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lunes, 24 de mayo de 2021

Enamorada de un macho musculoso

 


A mediados de la década de los noventa del siglo XX  me enamoré locamente de un macho musculoso que se hacía llamar Mr. Hyde...

Solíamos revolcarnos por el suelo, lo dejaba lamerme de arriba a abajo y de vez en cuando compartía con él una cama individual, de unos 90 centímetros donde dormíamos los dos, él estirado, todo lo largo que era, yo encogiéndome para no robarle espacio. Y en mitad de la noche, o al amanecer me despertaban sus estertores, que parecían los de la muerte, y yo le gritaba "Mr. Hyde! Joder, vuélvete del revés o aléjate!" Y él entreabría sus lacios párpados, me intuía, los cerraba y pasando ampliamente de mí seguía resoplando. Esto me ponía de los nervios... 
Mr. Hyde me defendía de los macarras del barrio del Lucero de Madrid, donde viví durante los nueve meses en que compartí casa y algunas veces lecho con él.
Tras nueve meses me mudé a la calle Embajadores, fue tan duro sin Mr. Hyde...

Y de repente, él llego por primera vez a visitarme, y nada más abrir yo la puerta del nuevo piso de Embajadores me empotró contra la pared... era tan alto.... mucho más alto que yo, y me lamía de arriba abajo y yo gritaba llena de júbilo: por Dios, por Dios! Apartando la cara a un lado y al otro. Llena de júbilo y de amor eterno...

Desde que Mr. Hyde se cruzó en mi vida amo a los Bóxer, son mi debilidad... Su pinta de bestias no da fe de su alma infantil y juguetona... Son los perros más dulces que ha parido madre. 

Hyde debió morir hace muchos años lejos de mí...  Lo sigo amando...


domingo, 21 de marzo de 2021

CERCA DE LA INGENUIDAD DE UN NIÑO LEJOS DEL VIEJO AMARGADO

 

Mientras los muy inteligentes escupen a la vida por todo lo que les ha hecho, mientras defienden la infelicidad como la única forma de inteligencia e insultan a las personas positivas porque son lo felices que ellos no son capaces de ser, yo , que soy tonta del culo, beso la vida, limpio mis escupitajos y mando a los muy inteligentes al planeta superior al que obviamente pertenecen y que me dejen disfrutar de mi bendita ingenuidad que tan cerca está de un niño inocente y tan lejos de un viejo amargado.

(Reflexión recurrente y constatada tras ver la película "Falling")

viernes, 19 de marzo de 2021

PEDRO, LA INDIA, MI SOLEDAD...





                                           Torre de Madrid, Plaza de España.

Ando de mi buhardilla en Ópera a la plaza de España. En la torre de Madrid vive Pedro. Pedro es un amante de la India y en uno de sus múltiples viajes de trabajo me trae un Sari rojo y dorado que perdí en mi mudanza de Viena a España.

Pedro me descubre Madrid en mis primeros años, me acoge, me adora... Me dibuja y cuelga mi retrato en el pasillo de su casa. Me invita a reuniones privadas con gente variopinta, de alto nivel cultural, recuerdo a la mujer del tiempo de la TV1, el único canal por entonces. Era gente  bastante mayor que yo que cursaba el año 22 de mi vida.

Nunca sabré por qué Pedro me tenía a su lado. Yo no le ofrecía nada de lo que obviamente él buscaba en mí. En realidad no le ofrecía nada de nada.

Pedro solía fantasear con llevarme a la India y hacerme una estrella de Bollywood, según él yo lo tenía todo y él los contactos. El único interés por la India que yo tenía era el magnífico restaurante hindú al que solía llevarme detrás de la plaza de España. Uno de sus legados ,mi fascinación por la cocina hindú de calidad sigue hasta hoy.

En el salón de Pedro, un psiquiatra loco me invita a tenderme en una camilla y me hace  una sesión de regresión. Yo, dada a todo tipo de locuras, cierro los ojos y me dejo llevar a otras vidas. Tengo la suficiente imaginación para poder inventarme todo tipo de vidas, pero lo que sucede, me sorprende:
Revivo mi nacimiento y descubro, y mi madre me confirma después, que nací ahogándome con el cordón umbilical alrededor del cuello , que me salvé de milagro y achaco a este hecho el pánico y la sensación de asfixia que me acompañó durante gran parte de mi vida y que dificultó mi niñez y juventud. 
Me veo en el Nueva York de los años treinta y en la Francia de siglos pasados y recuerdo varias  escenas vividas en esas supuestas vidas pasadas, no las recuerdo, las vivo, las lloro, las siento. También veo personas que me acompañan en la vida actual con diferentes cuerpos y personalidades y reconozco conflictos por resolver.

Pedro intenta besarme una noche colándose en el dormitorio en el que duermo, en su casa. Noto sus caricias en mi cara. Abro los ojos y le digo: Pedro, no. Se aleja respetuoso y nunca más vuelve a intentarlo, aún así, sigue estando a mi lado.

Una madrugada de 1987 me lleva al Templo de Debod en su coche y me enamoro tanto de ese sagrado lugar que es el que elijo unos años  después para no suicidarme.

Cuando llega la primera noche de mi alma  me obligo a ir al templo de Debod cada día, es la terapia que no me puedo pagar, mi reconciliación con la vida. Me siento bajo un árbol y me dejo absorber por el hombre que fuma sentado en el  banco de enfrente , las hojas de un árbol cuyo nombre siempre lamentaré no haber averiguado. Las personas que conversan alegres y no parecen estar tan solas como yo me invitan a la esperanza de una vida luminosa en algún lugar del futuro. Mi soledad en mi juventud fue tan grande que mi madre , al sentir la tristeza cada vez que la visitaba, no dejaba de decir: qué juventud más amarga, hija mía... Y yo bajaba la cabeza.

Ya se fueron, mamá. La juventud y la amargura, las dos.

Encontré a Pedro muchos años después, yo estaba trabajando e  iba vestida de Marilyn Monroe. Nos abrazamos. Se había casado y tenía una hija. Me alegré tanto...
Nunca más supe de él. 
Gracias , Pedro, por tu huella indeleble en mi joven vida.
Mi juventud fue tan dura, por motivos tan diversos, que aprendí a ser feliz en la madurez. 



domingo, 21 de febrero de 2021

241 REGENT STREET

 


Princess Di aún vive. Paso por delante de su palacio cada día, de vuelta del trabajo en two four one Regent Street donde unos días después me encuentro con un desconcertado Geoffrey que  grita  tragedia como animal a punto de degüello: “Princess Diana is dead”.  Trago saliva. No quiero creerlo. Ella no. De vuelta a casa paso por la entrada trasera de Kensignton sin poder soñar con la preciosa princesa a salvo del mundo y de la muerte, con sus niños abrazados, con su chimenea y la calidez de la vida de los ricos. Me gustaba más Londres cuando sabía que la princesa estaba viva y que me la podía encontrar haciendo jogging cualquier día en que me diera por bajar a High Street Kensignton o ir a ver a los patitos de los estanques de Holland Park.

Yo era sexy y mona y perdida y sola e infeliz. Me salvaba el cielo esponjoso de Londres del que estaba locamente enamorada , no hay cielos tan esponjosos ni grandilocuentes en el mundo como el de Londres. Los miércoles por la noche iba a bailar al Scandal y disfrutaba intensamente maltratando a Paul, tan guapo o más que Tom Cruise en sus mejores tiempos. Sus ojos azules, su cara perfecta. Paul es un bello animal sexual y a mí me gusta desconcertarlo. “Why do yo do this to me, girl?” Me gusta que me llame “girl”, me da poder, un poder de lo más inglés, de cup of tea at five, de no sé qué... Le hago pagar a Paul por todos los hombres de mi pasado, pero él no lo sabe y yo por entonces tampoco. Mi relación con Paul es demencial , irracional, pasional, irreverente y tremendamente sexual.

En “two four one” reina Geoffrey, el encargado, tan viejo, tan bajito, tan judío , tan árabe, tan jodido, tan dulce con sus miniojitos de algodón de azúcar, tan avinagrados , tan de aceite de ricino. Un koala malhumorado que grita “yala, yala, yala, yala” mientras echa sal en la acera para atraer a los turistas ricachones de Rusia , de New York City y de México D.F. En two four one la mamá del joven méxicano riquísimo y timidísimo me confiesa que soy la nuera de sus sueños y me promete una vida de riquezas, quesadillas y fajitas en una fabulosa mansión de México D.F. Si dejo mi puesto de dependienta de ropa escocesa y me caso con su hijo , que enrojece a su lado , mudo de vergüenza, delante del “till”, la caja registradora donde le cobro las 150 pounds que he vendido a esta familia de locos a la que jamás he visto en mi vida. Mientras le digo que no, gracias, que no me pienso casar con su hijo, que soy una rebelde irreverente, que no encajo en México ni probablemente en ningún otro ambiente conservador. Pero la mujer insiste en que vaya esa noche a cenar con ellos. Y no, lo siento, pero tengo otros planes y le repito que no tengo ninguna intención de casarme con nadie ahora mismo. Pero la mujer, antes de irse, me deja su tarjeta.

El sótano de two four one es el lugar donde bajamos a ensanchar los suéters a base de estirones cuando al cliente le viene pequeño y no tenemos una talla más grande. El cliente no deber irse jamás de House of Scotland sin haber comprado algo, por miserable que sea. Corro abajo en busca de la talla adecuada para el cliente pero en realidad estiro y estiro el suéter con fuerza, lo doy de sí, lo deformo, cojo las tijeras y corto la etiqueta donde pone la talla, al igual que hacemos la francesa Cecile y yo con las etiquetas de los abrigos de Cashemira que delatan que los abrigos vienen de no sé qué país asiático cuando en House of Scotland todo es pura lana escocesa. También miento al cliente ruso y le digo que uso una talla 12 cuando mi talla es la 10, porque el cliente quiere una falda escocesa de mi talla para regalarle a su mujer y no nos quedan faldas Black Watch talla 10, de modo que el cliente se lleva una falda muy grande que su mujer nunca se podrá poner. Soy una vendedora corrupta que cobra una mierda de sueldo. Geoffrey sabe que una vez en Rusia es muy improbable que el cliente vuelva con un bate para romperle la cabeza. Yo, de tener el dinero del cliente ruso, me tomaría la molestia de volver y romperle la cabeza a Geoffrey y a la dependienta española que le timó , y para ello me compraría  el bate que uso Joe Dimaggio para batir 67 hits en el Yankee Stadium en 1941.  O se tiene poder o no se tiene. 

El sótano es también el reino de Jeff, el bulldog. Es guapo y alto, y elegantísimo..., pero da miedo, no a mí, pero en general da miedo. Nunca lo he visto sonreír. Sí lo he visto plantarse en la acera de enfrente de la amplia Regent Street para vigilarnos. Él no sabe que yo sé que está allí. En el baño del sótano me encierro a fumar, aunque está prohibido y Cecile, la francesa pelota, listilla e insoportable, siempre al acecho, baja, huele el humo y me delata. Entonces salgo a fumar a la calle delante del escaparate mientras el bulldog me mira fijamente desde la acera de enfrente y me pone a prueba. ¿Pero a qué prueba?  Él no sabe lo mucho que me la suda. A mí lo que haga el bulldog me da igual. Lo que haga Cecile y el enano de Geoffrey también. Ellos solo son el circo en la tragedia de mi vida. Yo era actriz, apareció un fantasma o un ente inexplicable y me fui, me piré. Y ahí estaba, desconcertada, en un mundo nuevo que no entendía, con personajes sobreactuados inimaginables en las obras de teatro que había estudiado. Yo estaba triste, estaba rota , y ellos eran solo un rico escenario del que yo, a golpe de lágrima, me alimentaba.


lunes, 12 de octubre de 2020

EL HOMBRE QUE HABLABA AL INFINITO


No decía nada. No hacía falta. El hombre que hablaba al infinito ya lo había dicho todo. Ahora solo hablaba sonidos inaudibles , palabras desprovistas de vocablos. El hombre que hablaba al infinito se había deshecho en mil partículas silenciosas de llantos , risas, caricias dadas y no dadas, campanadas a muertos y borracheras de vida. No quería amar, no quería odiar , estaba hambriento de nada.

Un día apareció una mujer y el hombre enamorado quiso hablarle . Pero ya no pudo, porque el infinito y su silencio hacía mucho lo habían devorado.

                                         Celia Seguí  ©2020


sábado, 19 de septiembre de 2020

GISELLE ( RELATO DRAMÁTICO) Viena, ©2012




Es domingo. Marta levanta la mirada del libro; la luz del sol la ilumina; observa  la tierna suavidad del cogote de Armando que lee el periódico en su sillón y se enamora.
Él siente la mirada y se vuelve hacia ella. Ambos sonríen, turbados, como si de un amor incipiente se tratara.

Abre los ojos a la conciencia de un nuevo día. Casi siempre despierta antes. Sus ojos abotargados observan la inercia en el rostro de Marta. Podría ser cualquier otra, así, dormida, desprovista de los pequeños y variados ademanes que imprimen su personalidad es sólo una preciosa concha, la envoltura del alma ausente. El tiempo presente no se evidencia hasta que ella comienza a redefinirse en el primer bostezo, el primer sacudir de párpados; es entonces cuando la existencia se ratifica. Armando ha decidido libremente esperar cada mañana a su mujer para incorporarse a la vida, como una señal secreta, un resorte que abre la puerta al nuevo día. Marta despierta a la hora acostumbrada, cuando las manillas de su reloj mental le arañan los párpados. Los cuerpos se ensamblan en un abrazo intenso y así permanecen un largo rato.

En su reluciente Audi azul se dirige al estudio. Está algo inquieta porque hoy empieza un nuevo curso. A pesar de los largos años de experiencia, el primer día de clase no puede evitar un aleteo en el estómago. Es un seminario para bailarines profesionales. Estas clases son las más gratificantes, piensa sonriente. En el reproductor de música pone la grabación de Giselle que le proporcionó el pianista de su Estudio —el Estudio de Danza Marta Abellán— y mentalmente repasa la coreografía. Tras darles la bienvenida, les pide que se presenten. Trabajarán en profundidad una escena del segundo acto de Giselle, les anuncia: la escena del cementerio, donde el fantasma de Giselle, tras atravesarse con la espada, rota de dolor por el desengaño amoroso se aparece a su amado el conde de Albrecht que ha ido a visitar su tumba. En breve se percata de que el talento de Alfonso lo desmarca del resto manifiestamente: como si los acordes musicales poseyeran el cuerpo esculpido y su alma escapara danzando por los poros de su piel. Marta tiene que hacer un considerable esfuerzo para observar el baile de los demás completamente eclipsado por la gracia asombrosa de Alfonso. Al acabar la escena, la profesora observa al resto de los alumnos. En sus caras lee admiración y miedo. Admiración por el talento extraordinario; miedo porque semejante derroche de genio les ha confrontado despiadadamente con su inanidad como bailarines.
No suele bailar en sus clases, pero Alfonso ha despertado este profundo impulso en ella, el impulso de la danza; necesita bailar con él; su cuerpo entero ansía ser habitado por el alma de Giselle. Es la única que puede darle la réplica como él necesita a juzgar por el nivel de las demás bailarinas. Para el resto de la clase será una buena lección, se excusa ante sí misma.
Él la guía en el adagio, la sujeta por la cintura con firmeza mientras ella se eleva en un cambré. Giselle danza brevemente alrededor de su amor. Él la observa de rodillas, ella se aleja y queda de espaldas con los brazos elevados, enteramente indefensa ante el nuevo avance de él. Siente la caricia de las palmas de sus manos rozando su cintura, se desliza, da varios giros alejándose, huyendo de la vulnerabilidad que su presencia le provoca. Entonces Giselle retorna despaciosamente, extiende sus brazos hacia el ser amado y hay una fugaz pausa, sucinta, concisa, en la que Alfonso y Marta se miran a los ojos antes de que ella salga danzando hacia las tinieblas.

No puede deshacerse de esa mirada. Sentada en el sofá frente al televisor, junto a Armando, es incapaz de desprenderse de ella. Se siente dividida entre la euforia que le produce esta sensación ya casi olvidada, el misterio de conectar inesperadamente y de manera estremecedora con un extraño, y la culpa. La felicidad deviene súbitamente en silencioso y secreto llanto. No entiende. No le cabe la menor duda del amor auténtico que siente por Armando. Se trata sólo de un cicatero e incongruente enamoramiento. En la oscuridad del dormitorio, entre las sábanas, todo razonamiento es engullido por la negrura; Marta no puede evitar su excitación. Es una diosa bacante: acaba de terminar la clase, el pianista y los alumnos se despiden, él queda el último; discuten algunos pasos de baile hasta que llega el momento de despedirse, pero él no se mueve; pasa su mano masculina por la melena de ella, agarra su cabeza con fuerza, la empuja suavemente contra la pared y la besa apasionadamente. Ella desliza su cuerpo hacia suelo y él roza con sus manos los muslos ocultos bajo la falda retirándole las suaves medias de baile. La penetra lentamente. Marta se revuelve en la cama cerrando la garganta para ahogar un grito. A su lado, Armando duerme ajeno a la traición.

Este imprevisto acontecimiento la ha dejado desnuda, vulnerable. Su papel de profesora representado cotidianamente sin apenas esfuerzo le viene ahora forzado. Por eso se retira un momento a su oficina, respira profundamente, se dice a sí misma que es una profesional, se yergue dignamente, sobreactuada, y entra en clase esperando que el disfraz sea lo bastante opaco. El estrés emocional que esta situación le produce logra canalizarlo a través de una inusual entrega de energía que oculta su realidad interior. El temor a que lo ocurrido entre ella y Alfonso haya sido solo un ensueño se esfuma en cuanto sus presencias se encuentran. Por mucho que Marta se escude en una potente energía pedagógica la fuerza de esta atracción animal se impone. Solo Alfonso y Marta entienden esta verdad subrepticia.

El viernes, al finalizar la primera semana de clase, los alumnos se despiden. Él queda el último; se miran en silencio. A Marta la invade una gran incomodidad: la seguridad en la que se ha estado desarrollando esta relación intangible está obviamente en peligro. Su entendimiento y su sensualidad la empujan en direcciones opuestas. El aire que la rodea chispea erizándole la piel. Mientras Marta intenta ocultar la convulsión interior, la grave y armónica voz masculina irrumpe en el espacio y la invita a tomar algo.

En el interior del coche pende un nerviosismo velado. Ningún sonido distorsiona la sensualidad latente en el aire durante los cinco minutos de trayecto hasta el semáforo en rojo. Él frena, baja la cabeza hacia el pecho, respira profundamente, la vuelve a subir lentamente y la mira; ella inspira antes de volverse hacia él. La sangre borbotea en sus rostros. Los cuerpos se aproximan. Ambos se pierden en la oscuridad calida y húmeda del beso. El resto del trayecto transcurre en una implosión muda de sexualidad refrenada.
Entra en el hotel con la cabeza gacha. Al llegar a la recepción la levanta e intenta fingir una normalidad inexistente. La vergüenza de saberse malmirada, la obviedad de la falta de equipaje la incomodan tremendamente. En un acto de autodefensa se coge las manos ocultando el anillo de casada. Él abre la puerta del dormitorio, ella pasa y permanece paralizada en el centro cubriéndose la cara con ambas manos. Alfonso la abraza por detrás y le susurra al oído que no tenga miedo. Sus labios recorren el cuello femenino, abrasadores; las manos musculosas desabrochan los primeros dos botones de la blusa blanca y le acarician firmemente los senos. Marta se estira hacia atrás gimiendo de placer o de dolor o de ambas cosas a la vez. Su frágil resistencia se consume rápida, vorazmente. Ahogada en su propia concupiscencia, gira su torso y se entrega al desorden de tocamientos.

De vuelta a casa, no sabe cómo actuar. La ineludible presencia de Armando la tortura. Tendrá que encontrar un espacio donde refugiarse. Y lo encuentra en la limpieza. A Marta le da por limpiar y ordenar la casa compulsivamente. Este desorden de carácter es más fácil de justificar que el silencio o que un estado de ánimo desacostumbrado. Sin embargo, los muebles y demás enseres que la han acompañado en estos quince felices años de matrimonio cobran una relevancia inusual, se convierten en un dedo acusador. La culpa la asalta en cada rincón de la casa. No puede hacer nada sin sentirse despreciable a cada momento. Sabe que quiere a Armando, lo quiere muchísimo; aunque se pregunta si el amor y la traición son compatibles.

A medida que el idilio se prolonga el estado de Marta se agrava. La asfixia en el hogar conyugal se le hace insoportable pero no se siente capaz de abandonarlo. Ese no abandono es el único resquicio de benignidad que Marta encuentra en sí misma. Con todo, la casa se le cae encima y empieza a pasar cada vez más tiempo fuera; esto es: en casa de Alfonso.

Armando ha ido experimentando el abandono gradualmente. Hace casi cuatro semanas que no espera a que su mujer despierte por las mañanas para empezar juntos el nuevo día. Le ha dicho que está impartiendo un seminario de danza en Barcelona.

Desde la ventana de su oficina, a 150 metros del Paseo de la Castellana, los ojos exánimes contemplan el cielo de Madrid; un aire cálido se mece en su cara. No muy lejos, treinta y dos plantas más abajo y a unas cuantas manzanas de distancia se halla el Estudio de Marta. Armando lo visualiza lleno de sus cosas, de su energía. Piensa en su hogar vacío, en el que los mismos recuerdos que han amedrentado a Marta le van sustrayendo el alma noche tras noche. Desde la oficina se ve el Círculo de Bellas Artes, donde cada tarde suelen tomar juntos una copa antes de volver a casa. Un fuerte dolor le oprime el pecho.

Marta no ha abandonado Madrid en ningún momento. En realidad no ha salido del apartamento de Alfonso. Llama el primer día a Armando y le cuenta que le han robado el bolso con el móvil, le dice que estará todo el mes absorbida por el intenso trabajo, que no se preocupe, le llamará cuando pueda. —Tal mentira le ahorra el horror de enfrentarse a su verdad adúltera día tras día. — Y se abandona a un sueño de vida marital con Alfonso. Este amor de fábula como el de Giselle y su conde de Albrecht no está adulterado por la falta de poesía de la vida real, pertenece por entero al mundo sensorial al que Marta ha dedicado toda su vida. Es un amor espontáneo, fresco. En su aislamiento cobra una dimensión épica: exuberante porque ni pasado ni futuro lo apresan; libre porque existe fuera de las convenciones; desesperado porque puede morir a cada segundo; y cómplice, por secreto. Armando queda atrás, allá donde ni Giselle ni el conde de Albrecht pertenecen. En este espacio Marta se siente a salvo, libre para vivir este amor hasta sus últimas consecuencias.

La mentira se ha instalado en Marta como un cuerpo extraño que debe quitarse de encima, de manera que decide contarle a Armando la verdad y liberarse del peso; tras lo cual lo abandonará, así se lo comunica a Alfonso. También le pide que la deje quedarse en su casa unos días hasta que encuentre algún lugar. Tal declaración cae como un fuego graneado sobre el mundo idílico de Alfonso, acorralándolo. Nunca se ha manejado bien en el tedioso mundo real, el suyo es el mundo del arte, de la fantasía, del sueño. Su amor se llama Giselle.
Tras tomar la decisión Marta conecta su móvil. Le dirá a Armando que la policía recuperó su bolso. O mejor no. No más mentiras, ya no son necesarias.

Hay varias llamadas perdidas de números desconocidos pero ninguna desde el móvil de Armando. Se arma de valor y lo llama sin lograr localizarlo. A lo largo de varias horas sigue intentándolo sin éxito. Finalmente decide ir a su casa. En el piso no hay nadie. Se para en el recibidor e inspira profundamente. De la cocina sale un fuerte hedor a basura. Abre el cubo, dentro hay restos putrefactos. En el salón encuentra un periódico de hace cuatro días. Ha anochecido cuando Marta sale del piso en busca de Armando.

Apoyado en la ventana de su oficina, Armando observa el escenario de su vida como si de una obra de teatro se tratara. Desde la lejanía física y mental en la que se halla, Madrid se perfila a sus pies como un decorado de cartón-piedra. El dolor es asfixiante, el pecho arde, la vista se le nubla brevemente y, como en un suspiro, el Madrid de cartón-piedra se ha volcado boca abajo y vuela hacia él acercándose; hasta quedar fundido en negro.

Armando ha muerto, musita una desencajada Marta en el umbral de la puerta de Alfonso. Sufrió un ataque al corazón y cayó desde el piso treinta y dos de su oficina hace cuatro días. La voz ahogada abruma a Alfonso. La abraza aterrorizado y culpable. Culpable porque no sabe qué hacer con Marta.

Tampoco Marta sabe cómo seguir. El tiempo se ha estancado y en su inercia le muestra su dislate en toda su crudeza: la futilidad de un amor sin ataduras. Debería haberse parado aquel domingo que precedió al día maldito en que Alfonso apareció en su vida; cuando enternecida observaba el mullido cogote de su marido leyendo el periódico y lo amaba.
Dios santo, cómo lo ama.

Lánguida, etérea, portando el pesado equipaje Giselle se despide de su conde Albrecht y se interna en la oscuridad.

      Viena, 2012   ©Celia Seguí






miércoles, 26 de agosto de 2020

LO QUE ME DICEN QUE HACEN LOS EXTRANJEROS EN LA PANDEMIA (Experiencias personales)

 Un colegio con una pésima dirección y un alumnado pésimo hacen la peor escuela.
Esto no es un dicho, lo digo yo, y por supuesto me refiero a un / unos gobiernos ( el general y los autonómicos) que no dan la talla y un pueblo que tampoco...

En esta casa trabajamos a diario con gente de todo el mundo vía online. Eso quiere decir con gente norteamericana, sudamericana, asiática, europea y lo que es más , cada día con gente nueva, nunca o casi nunca con los mismos... pero entre ellos abundan los que viven en Alemania en primer lugar, en Suiza y en Austria. Por supuesto, se habla de miles de cosas pero es inevitable que muy a menudo surja la pandemia e intercambiemos lo que cada uno hace y cómo se está viviendo.

Desde casi el principio , mi marido y yo coincidimos en que el carácter español era uno de los factores causantes de que la pandemia escalara en tan poco tiempo, no el único ni quizá el más importante sobre todo al principio ( el gobierno llegó tarde, etc) , pero importante.  Ni él ni yo nos podemos imaginar a los austriacos comportándose como lo que vemos en la calle todos los días, por supuesto que hay de todo en todas partes pero hay patrones y unos imperan más aquí que allá y viceversa.  Pero no se trata de opinión únicamente, vamos a hablar de hechos. De lo que le dicen a mi marido reiteradamente las personas que viven en Alemania, Suiza y otros países nórdicos:

1. No está prohibido pero nosotros salimos de casa lo menos posible ( dicho por muchos).

2-La empresa no quiere que vayamos presencialmente hasta que no sea más seguro, estamos trabajando online. (Aquí me consta que es lo contrario en general y eso que no soy defensora del trabajo online obligado  en circunstancias normales)

3. Aquí el ocio nocturno está cerrado o la gente no va ( horror para la economía, lo sé... )

ETC.

Yo solo sé que conozco al austriaco y al alemán y que en general es gente que lleva la distancia de seguridad incorporada , no creo que por nacimiento pero sí por educación, desgraciadamente para ellos y afortunadamente para su gestión de la pandemia.

Yo sí sé que en Austria y Alemania las familias no significan lo que significan aquí, que hay mucho desapego , que casi nadie se junta, salvo por Navidad y en pequeños grupos.

Yo también vi que allí la gente queda en petit comité y con uno o dos meses de antelación, lo viví en carne propia y lo conté en este blog. Yo sé que allí hay muchos padres que no besan a sus hijos cuando son mayores, les dan la mano cuando los ven y punto.

Yo sé que la gente allí no es ni la cuarta parte de efusiva que aquí, que allí nadie se toca, es más si pueden lo evitan. 

Yo sé que en Austria te ponen una multa por menos que canta un gallo y si no la pagas te las ves y las deseas y te ves en situaciones indeseables y más te vale que la pagues, lo cual me hizo odiarla por verla como un estado policial que es lo que creo que es.

No podemos comparar unas culturas con otras. Yo destesto a Kurz, el canciller austriaco de extrema derecha, pero claro, allí todo funciona mejor aunque también escale. Esto no es por Kurz , es porque la sociedad es como es, pondría la mano en el fuego. Por eso y porque son mentes cuadriculadas que no se dan al jolgorio como aquí y se lo toman todo "demasiado"??? en serio??

But Spain is different. Aquí lo tenemos todo... Políticos ineptos  y caóticos, un gobierno chulesco que se niega a llevar el timón, algunas autonomías que no quieren reconocer que no saben lo que están haciendo...  Y nuestra gracia y salero...

Sobre las escuelas:

30.000 nuevos maestros para 28.000 colegios!!!! Se jactaba Sánchez....  Ochenta y pico mil en Italia!!!!   Sánchez sale a un profe por colegio!!!! El éxito está asegurado, vaya...!!!! 

En fin... dos semanas después de abrir los colegios... es decir en un futuro muy próximo... Eureka!!!       No hay que demostrar nada, solo hay que esperar, desgraciadamente los resultados estarán aquí en breve, no hay que ser mago ni bruja, solo ellos no lo ven...

Como he dicho al principio:  un colegio con una pésima dirección y un alumnado pésimo hacen la peor escuela. 

El problema es que aquí no hablamos de niños. Ellos son solo víctimas de la ineptitud de los mayores... Es una tragedia que pasará, como todo, o nos adaptaremos a ella, pero no se está tratando con la seriedad que merece y pagan el pato los que menos se lo merecen, como siempre. Y     hoy estoy particularmente cabreada porque también escucho a mis alumnos pequeños y me  puede la rabia de ver que  a una semana de abrir los coles no saben NADA y en la mayoría no han separado clases ni hay más profes ni nada. Los echan a los leones a ellos y a sus familias donde a lo mejor hay abuelos y me dan ganas de matar a los ineptos que están haciendo este  desastre y solo puedo animar a esos niños, y en algunos noto el lastre que esto les está dejando , su falta de concentración, su decepción, el daño .... Aunque también tengo que decir que su fortaleza y madurez me deja con la boca abierta en la mayoría de los casos. Cuando una niña de diez años te dice con una sonrisa sarcástica: "bah, en dos semanas nos vuelven a confinar, lo tengo claro"... Un niño de diez años tendría que estar soñando, cabrones...





miércoles, 12 de agosto de 2020

EXTINCIÓN

 

Aplasto mis pensamientos

bajo la piedra negra.

Surca la ola una flor

de pétalos mojados

intentando arrojarse en vano

en brazos del viento.


Me extingo en la boca roja

de un firmamento atardecido,

donde hacen el amor

la nada y el universo


No soy

no vivo

no pienso.


La golondrina vuela sin alas

El pez se enamora del viento

La piedra baila entusiasmada


Y mi alma fugaz,

henchida de muerte,

halla la paz anhelada

fundida entre mil estrellas

desorientadas.


©Celia Seguí 2020


viernes, 7 de agosto de 2020

LO QUE NO SE PUEDE VER ( PENSAMIENTOS)

 “Ves lo que yo veo o no ves”

Yo veo lo que veo . Tú ves lo que tú ves.

¿Y cuando hayamos muerto, si se ve, cómo se verá lo que no se puede ver?

NO PASA NADA ( PENSAMIENTOS)

 Nada está pasando. Todo pasa.

jueves, 6 de agosto de 2020

BAILA SEXY (Mierdecillas mentales, para Liber)

 

Baila sexy y sola : sexy desde dentro, no como las mujeres que sienten que deben ser sexys, o que han aprendido a ser sexys. . Baila sexy desde un lugar nada carnal. Su sexualidad,  sabe, viene de lo lejano, de lo desconocido, de una unión silenciosa con sonidos que nadie más oye. Viene del sexo universal, de la pura sensualidad que nace del roce del cuerpo con el aire, del alma con el aire.  El mero aire, lo etéreo. La cadera se desplaza suavemente bajando y subiendo y el hombro hace lo propio, y los brazos y las manos dibujan suaves figuras en el aire, y los párpados se cierran y se abren y la barbilla roza el hombro y nada tiene que ver con sexo y sin embargo todo emana sexo. Sexo de nubes, sexo de estrellas, sexo fulgurante que no es sexo,  tan solo un alma solitaria  bailando con el puro universo. 



miércoles, 5 de agosto de 2020

EL SOMBRERO GRIS ( RELATOS / RETO PALABRA CLAVE)

Parece mentira que fuera ayer , jueves 25 de abril, cuando estuve ahí arriba, en el desván . Tuve que venir a Staten Island forzado por las circunstancias, por la muerte de mi padre, un padre que me importaba un bledo , no siento pudor alguno en decirlo, y al que no veía desde hacía más de una década, concretamente desde que murió mi madre. Pero igual tuve que venir. Quería echarle un vistazo a la casa antes de ponerla en venta.


Guardaba inolvidables recuerdos de los ratos pasados con mi madre en el desván. Sobre todo, recordaba obsesivamente el sombrero gris. Tenía diez años cuando puse mi atención en la vieja maleta de metal arrumbada en la pared. La abrí. Dentro estaba el sombrero , quería sentirme un hombre , me lo puse y exclamé: !mamá, mira! Pero en vez de admirarme mi madre profirió un grito horripilante, corrió hacia mí, me lo quitó de un zarpazo , lo echó en la maleta y la cerró. Recuerdo su respiración agitada mientras me abrazaba, y la humedad de sus lágrimas en mi cuello y su suave, llorosa voz diciendo: Jimmy, prométeme que nunca más volverás a abrir esa maleta. Pero ayer , de repente, sentí una indescriptible premura por romper la promesa y traicionar el recuerdo de mi madre. Nada más abrir la puerta del desván mis ojos se dirigieron a esa esquina, y en cuanto mi vista se acomodó a la penumbra, la distinguí medio iluminada por finos rayos de sol filtrándose entre las lamas rotas de la persiana. Mi corazón se aceleró. Cerré la puerta tras de mí y así, medio a oscuras, me dirigí hacia ella. Me arrodillé y observé la maleta durante más de un minuto. Solo se trata de un sombrero, por el amor de dios, pensé, cualquiera diría que soy un afamado odontólogo de Manhattan, ¿qué estoy haciendo? Pero esto no tenía nada que ver con la razón, era algo más: el impulso primitivo de violar cualquier prohibición , la seducción de entrar en el reino de lo desconocido y desafiar al destino. El sombrero estaba tal y como lo había dejado mi madre aquel día hacía dos décadas. Tuve la hermosa sensación de estar cerca de ella por primera vez en muchos años. Como si se tratara de una liturgia sagrada lo tomé con ambas manos, lo sacudí para quitarle el polvo, lo alcé en el aire y me lo puse. Lógicamente no ocurrió nada inesperado. Sin embargo, lamentaba no haberle preguntado nunca a mi madre el motivo de su grito aquel día, eso sí.


Tomé una hamburguesa en el bar de Tom antes de coger el Ferry de vuelta a Manhattan. Después me encaminé al embarcadero de Saint George. Cogí el Ferry de las dos, podía haberlo cogido una hora antes o una después y todo hubiera sido diferente, al menos no la hubiera visto a ella, eso es casi seguro. No había ningún motivo para coger el Ferry de las dos, de hecho paré a comerme la hamburguesa más por capricho que por hambre. Podría haber permanecido más tiempo rondando por la vieja casa, abriendo cajones, rebuscando recuerdos, pero no lo hice, no me interesaba, de modo que cogí el ferry de las dos y no otro. Por otro lado , de no haber tenido el coche en el mecánico me hubiera quedado todo el trayecto en la parte de abajo e igualmente no la hubiera encontrado , pero lo cierto es que el día anterior mi coche se había averiado, de modo que subí a cubierta y me senté en uno de los bancos de proa. Dada la hora no había mucha gente, la vi nada más salir a cubierta y fue en ese mismo momento donde inconscientemente decidí que esa mujer iba a jugar un papel decisivo en mi destino, ignoraba totalmente de qué tipo de papel se trataba, como digo , fue algo totalmente automático de lo cual solo soy consciente ahora. Lo cierto es que desde el momento en que la descubrí, quedé inexorablemente atado a ella. Era una mujer de apariencia anodina, no se me ocurre ninguna razón de peso para haber puesto mis ojos sobre ella y no sobre  cualquier otra; quizá su elegante vestimenta que contrastaba con una cara de lo más corriente: barbilla ligeramente alargada y algo prominente, unos treinta años de edad, nariz ni ancha ni delgada ni larga ni corta, una de tantas, ojos azules sin especial atractivo; un vestido ceñido verde oliva con cinturón, una chaqueta cárdigan del mismo color y unos elegantes Stilettos a juego eran su única marca de distinción.


Me quité el sombrero y lo sujeté entre mis manos. Había salido con él puesto del desván y ya no me lo había quitado. Hice como que me distraía mirando el cielo azul, la estatua de la Libertad, el skyline de Nueva York, no la miré directamente ni un solo momento, algo me decía que no debía. Simplemente era consciente de su presencia con todo mi ser y sé que si se hubiera levantado de su asiento para irse a cualquier otra parte del transbordador aun sin mirarla lo hubiera sabido y la hubiera seguido sin dilación, tal era la compulsión que sentía.


Cuando atracamos en el muelle de Whitehall, temí que fuera a coger un taxi o que hubiera alguien esperándola pero  no fue así. Anduve unos pasos tras ella , los suficientes para no alertarla. Subimos un buen trecho por Whitehall hasta que torcimos a la derecha por Beaver Street. Una manzana más arriba la mujer entró en un viejo edificio de ladrillos rojos, entonces todo sucedió muy deprisa. No lo pensé dos veces, corrí la poca distancia que me separaba de ella y llegué justo para sujetar la puerta antes de que se cerrara dejándome fuera. «Disculpe», dijo la mujer. «Gracias», sonreí. Mientras nos encaminábamos al ascensor me empecé a desanudar la corbata «Hace calor», proferí. La puerta se cerró, la mujer preguntó «¿A qué piso?», pulsé el botón del cuarto y sin darle tiempo a pronunciar palabra la agarré de los hombros, le di la vuelta bruscamente, enrollé la corbata alrededor de su cuello y la degollé. Fue como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Cuando el cuerpo inerte de la mujer cayó al suelo, la arrastré fuera del ascensor y bajé. No encontré a nadie en el camino. Después anduve por la calle en dirección norte. No iba pensando en nada en particular, era el cuerpo el que me guiaba. En ningún momento pensé en coger el metro y dirigirme a mi consulta , donde, aunque había cancelado las citas del día, tenía trabajo por hacer. Solo seguí andando como un autómata hasta que de algún modo supe lo que debía hacer.


Supe que debía entrar en aquel edifico blanco de tres plantas cuyo portal se hallaba abierto. No había nadie. Me senté en las escaleras y esperé. Debió pasar media hora cuando oí cerrarse una puerta en un piso superior y el sonido de unos tacones al bajar. Me levanté y empecé a quitarme la corbata. Me puse de cara al portal que había cerrado al entrar. Cuando oí los tacones bajando los últimos escalones me di la vuelta y la saludé. Me miró extrañada pero no dijo nada. Era una mujer baja y delgada, con el cabello rubio ceniza recogido en un moño. Unos cuarenta años. No se me quedó muy grabada su cara, daba igual. Cuando la mujer extendió la mano para abrir la puerta la agarré de los hombros, entonces dio un grito que me asustó. Le tapé la boca con mi brazo derecho mientras con el izquierdo le pasaba la corbata por el cuello y una vez enrollada, ayudándome con el derecho, apreté y apreté hasta que dejó de revolverse y cayó al suelo. Comprobé que no tenía pulso y me fui. Anduve deprisa abandonando Beaver Street hacia el oeste. Vi un taxi libre y lo tomé: «A Sutton Place» ,  dije.


Mi mujer y mis hijos veían la tele en el salón. Charlamos un poco. Mi mujer me preguntó por el sombrero, se extrañó de verme con un sombrero obviamente viejo que no era mío. «Un recuerdo de mi padre», le dije, sabía cuánto odiaba a mi padre pero no dijo nada. Fui al dormitorio a darme una ducha y mudarme de ropa antes de cenar. Cuando me quité el sombrero, me quedé mirándolo hipnotizado. Lo puse en el armario , me desnudé y entré en la ducha. Fue entonces cuando empecé a llorar desconsoladamente. No es que antes no fuera consciente de lo que había estado haciendo, es que de repente se me antojaba una monstruosidad. Intenté calmarme. Permanecí en la habitación hasta estar seguro de que podía mantener la compostura delante de mi familia. Cené rápido y alegué dolor de cabeza para retirarme cuanto antes al dormitorio principal. No pegué ojo en toda la noche. Lloré a esas mujeres, me pregunté quiénes serían, por qué se me había ocurrido hacer algo semejante, algo que ni en mis peores pesadillas habría imaginado hacer. De vez en cuando me invadían espacios de calma para volver a sumirme en la desesperación poco después. Así fue pasando la noche, intentando yo que las convulsiones de mi cuerpo provocadas por un llanto silencioso no despertaran a mi mujer.


Esta mañana me he levantado más temprano de lo habitual, nada más amanecer. Me he dado una ducha, me he vestido y le he dado un beso a mi mujer. Después he cogido el sombrero gris pero esta vez no me lo he puesto , lo he metido en mi maletín . He pasado por el dormitorio de mis hijos que dormían plácidamente, les he besado la frente y me he quedado mirándolos en el umbral de la puerta brevemente. En lugar de dirigirme a mi consulta he cogido un taxi hasta el embarcadero de Whitehall. Imposible describir el desgarro que he sentido y que sigue sin abandonarme. No podía dejar de pensar en lo que ha sucedido. En esas dos pobres mujeres y sus familias, en sus historias, en cómo lo imposible , lo inimaginable, lo horrendo, lo monstruoso, lo infernal, ha sucedido. Y él monstruo soy yo.


He subido al desván nada más entrar en la casa, me he dirigido a la maleta de metal, la he abierto, he buscado como un loco algo que me diera una explicación, he imaginado un viejo recorte de periódico en el que saliera algún hombre con el sombrero puesto, un hombre que hubiera asesinado como yo a varias mujeres. Pero lo único que había en la maleta eran unas viejas cortinas y hojas de laurel que recuerdo mi madre usaba contra las polillas. Después he abierto mi maletín y tembloroso he sacado el sombrero gris, lo he guardado en la maleta y he recorrido toda la casa, abriendo todos los cajones y armarios en busca de algo, una foto, supongo, algo que me dijera quién fue el dueño de ese sombrero. El grito que dio mi madre cuando me vio con él puesto retumba en mi cabeza una y otra vez, creo que voy a enloquecer. Sé que de no habérmelo puesto nada de lo que ha sucedido hubiera sucedido. No son excusas, es algo que sé. Sé que el que fui ayer no era yo, aunque lo recuerde con todo lujo de detalles. Simplemente algo que no puedo explicar se apoderó de mi.


Y porque no puedo explicarlo, y porque jamás podría vivir con una carga semejante sobre mis hombros he decidido escribirlo todo antes de quitarme la vida.


Evelyn, Jimmy, George, ruego que me perdonéis, no era yo, os juro que vuestro padre , tu marido, jamás hubiera hecho algo así. Jamás. Os quiero más que a mi vida.

Hasta siempre,

James Davon.

New Brighton . Staten Island. 26 de abril de 1957

                                                        ©   Celia Segui 2020

Reto con J.M.M  y A. V.  palabra clave: "sombrero".



jueves, 30 de julio de 2020

LOS NEGACIONISTAS INDIVIDUALISTAS

Los ya llamados negacionistas de la mascarilla confunden individualismo salvaje con libertad. No son muy diferentes a Trump y Bolsonaro. Lo que proclaman es egoísta y no tiene ni pies ni cabeza. Llevar mascarilla no es de miedicas , es de personas que respetan la salud y la vida propia y de los demás. El resto, son descabezados, como Trump y  Bolsonaro. (En una ciudad es imposible mantener distancia de seguridad en según que zonas, en la mayoría, para eso no hay que pensar mucho, ¿no? Tampoco hay que pensar mucho para saber que hay muchísimo irresponsable que se toma esto a cachondeo).

Pero nada, que venga uno de estos valientes a defender la libertad de hacer lo que a cada uno le dé la gana sin imposiciones y que lo haga delante de todas las personas que han pasado un horror. 

Aquí un deportista, joven, sin patologías previas que se creyó morir en el hospital. 

https://www.diariodecadiz.es/cadizcf/Chico-Flores-Pense-morir-hospital_0_1487251544.html

Y aquí la batalla de los sumisos con bozal ( así nos llaman un gran número de ellos) contra los libres de espíritu ( así les llamo yo a ellos) . Nada, que tengan mucha suerte, yo los mandaría a todos con un cohete espacial , sin pruebas PCR,  sin mascarilla , pero con distancia de seguridad por si les apetece, con mucho whisky, vodka  y rock & roll, a darse un paseíllo alrededor del planeta, lo que dure la pandemia y luego si salen vivos, los recibimos con vítores y les ofrendamos miles de fiestas y banquetes,  y nos arrodillamos cuando pasen y pedimos perdón por haber sido tan necios , tan sumisos y gilipollas.


Si no se puede salir una época larga como a uno le dé la gana no se sale. Peor sería pasar una guerra. Lo contrario es de niñatos y niñatas caprichosos sin empatía alguna por la salud y el bienestar del prójimo. 

sábado, 4 de julio de 2020

CALDO DE PUCHERO ( OBRA DE TEATRO DEL ABSURDO EN 5 ESCENAS) PRIMERA PARTE ©2018


PERSONAJES:


SEÑOR DIFUSO: hombre de unos sesenta y tantos años, vestido con sombrero y traje gris, debe dar la impresión de que es un personaje de los años cincuenta del siglo XX.

SEÑOR NORIEGA: Hombre de unos cincuenta y tantos años, de clase trabajadora. Vestimenta clásica de la época actual algo desaliñada.

PEPA: Mujer de cuarenta y muchos años. Vestimenta sofisticada y surrealista para la época actual: un tocado tipo pamela , vestido barato de gasa. Un quiero y no puedo. Tonos rosa.

PATXI: Joven vasco entre los veintiocho y treinta y pocos años, vestido con vaqueros y camiseta.

MIRIAM: Mujer de edad indefinida. Etérea y ausente. Tipo hippy.

UN CHINO o actor / actriz disfrazado de chino.


                                                                ESCENA I


Los personajes están sentados en semicírculo en el centro del escenario. En medio está sentada Miriam, la coach.


SEÑOR NORIEGA:

—A mí me pone muy nervioso esperar al autobús, eso y que se me haga tarde para hacer el caldo de puchero.

MIRIAM:

—No piense en el futuro, el tiempo es una ilusión.

SEÑOR NORIEGA:

—Pues el autobús pasa cada quince minutos, eso no es una ilusión, es una realidad.

PEPA:

—Tonterías, el autobús depende del tráfico, este marca su tiempo.

SEÑOR DIFUSO:

—A mí lo que me saca de quicio es que no sé por qué ando. Ando y ando y sé que un día habré de parar y uf, solo de pensarlo. Miren ( se pone de pie), pongo un pie delante, luego adelanto el de atrás, luego el que estaba atrás vuelve a pasar delante, y así toda la vida hasta que un día se acabe y eso no me entra en la cabeza, y luego qué, ¿eh?, ¿qué? ¿Podré andar por la eternidad? No, no podré andar sin pies, no podré. Dios mío, qué va a ser de mí.

MIRIAM:

—Visualícese ya muerto. Verá qué paz.

PATXI:

—¿Paz? ¿Qué es eso? Yo estoy en el paro. En la espera eterna. En el no tiempo, y a mí el no tiempo se me hace eterno. ¿Cómo quiere que viva sin pensar en el futuro si no tengo presente?¿Qué quiere, condenarme a vivir eternamente en la nada?

MIRIAM:

—Ustedes no tienen ningún problema en el momento presente, en el ahora nunca hay ningún problema. Usted, aquí y ahora no está sin trabajo, está aquí, lo de después no existe. Ni siquiera el minuto anterior a este existe, ¿lo entienden?

PEPA:

—A mí lo que me pone de los nervios es ver que la vida se me pasa esperando. Esperando al autobús, en la cola del supermercado, en el banco, esperando a que se haga la comida, a comer, a poner la lavadora, a que acabe la lavadora y tender la ropa, a que acabe el programa de televisión para irme a dormir, a que se acabe la noche para volverme a despertar, a que suene el despertador, a ducharme y secarme el pelo, es un horror, un horror, no me extraña que no me haya casado. Lo mismo me casé y ni me acuerdo. Con tanta cosa en la cabeza es imposible acordarse de nada.

SEÑOR DIFUSO:

—Por eso mismo no me he casado yo. No hay tiempo, solo ando y ando y ando y nunca sé adónde ni por qué. Y pensar que a algunos les da tiempo a casarse y a tener hijos...

PEPA:

—Seguro que a muchos se les olvida que están casados y tienen hijos y un día, sin más, ya no encuentran el camino de retorno al hogar (llora). Lo mismo soy una de ellos... Familias llenas de falsos huérfanos, falsas y falsos viudos. Dios, qué tragedia.

PATXI:

—Pues imagínese yo, en mi tiempo eterno, en mi eterna espera. Mi mujer se aburriría infinito. Por eso estoy casi seguro de no tener mujer que si no también yo dudaría de si no tengo una familia olvidada en alguna parte, pero vaya usted a saber...

SEÑOR NORIEGA:

(Se mira el reloj)

—Se me hace tarde para el caldo de puchero. Yo siempre hago puchero para uno, por eso sé que no estoy casado que si no...

MIRIAM:

—Le voy a tener que prohibir que traiga reloj a la sesión. Aquí el tiempo no existe.

PATXI:

—Por otro lado, si encuentro trabajo, la situación tampoco será mucho mejor. Nada me librará de esperar, más bien al contrario: esperaré a que acabe la jornada de trabajo, a que llegue el fin de semana, a que me ingresen el sueldo, a que lleguen las vacaciones; eso respecto a las grandes esperas , si a estas les sumamos las pequeñas la situación se hace inaguantable: esperar el autobús, esperar el ascensor, esperar órdenes del jefe, la próxima bronca, esperar la hora de comer, la hora de volver a la oficina, que se encienda el ordenador, que se abran los emails. Un horror, creo que no quiero trabajar.

MIRIAM:

—Pues no trabaje. La cuestión es estar bien y dejar el resto en manos del universo.

SEÑOR NORIEGA:

—Pues mi puchero me lo tengo que comprar y hacer yo, a mí el universo no me hace nada, soy un pringado.

MIRIAM:

—Olvide el término “tengo que”, usted no tiene que hacer nada, solo fluir.

SEÑOR NORIEGA:

—¿Usted cree?

MIRIAM:

—Pruébelo y verá.

SEÑOR NORIEGA:

—Me cuesta creer que el puchero se compre y haga solo.

MIRIAM:

—Señor Noriega, cuando usted acepte que es y fluye con el universo ya no le supondrá ningún estrés hacer el puchero, “no tendrá que”, simplemente lo hará y disfrutará del momento de hacer su puchero.
(Mirándose el reloj)

Bien, ya retomaremos estos temas en la próxima sesión. Ahora pasemos a la siguiente fase, la fase de la liberación. Para avanzar hay que liberar el subconsciente. En esta frase han de expresarse con total libertad, decir todo aquello que les venga a la mente. ¿Preparados? (Todos asienten)

Empecemos pues. Pónganse todos en pie. Ahora cierren los ojos y respiren profundamente. Señor Noriega, diga usted lo primero que se le ocurra después sin pausa y por orden los demás. Sientan lo que anida en su subconsciente en lo más profundo de su ser.

SEÑOR NORIEGA:

—!Cuando llegue a casa tengo que poner el puchero al fuego!

PATXI:

—!Cuidado con el chucho, cuidado con el chucho! !Socorro, mamá, sálvame!

SEÑOR DIFUSO::

—!Hay que denunciar al dueño del chucho antes de que sea tarde!

PEPA:

—El dueño del chucho es un desalmado, el chucho está rabioso, el chucho muerde, el chucho ladra. El cucho se acuerda de su familia al contrario que su dueño que no recuerda dónde vive con sus hijos y a su mujer. El cucho trinca lo primero que se le pone delante y muerde y ladra y muerde y ladra. Está rabioso.

SEÑOR DIFUSO:

—!Guau, guau, guau!

PEPA:

Rabiosa

—Grrrrrr, grrrrrr, grrrrrrrr.

SEÑOR DIFUSO:

Rabioso.

—Nadie se hace cargo de los chuchos. Vamos a la deriva. Guau, guau, guau.

SEÑOR NORIEGA:

Rabioso

—Nadie se hace cargo de mi puchero. Voy a la deriva. Grrrrr, grrrr, grrrrr.

PATXI:

Rabioso.

—Mi mamá, que tanto me mimaba de pequeño, no pudo salvarme del chucho, voy a la deriva. Grrrr, grrrr, grrr.

SEÑOR NORIEGA:

Rabioso.

—!Se me hace tarde para el puchero!

SEÑOR DIFUSO:

—¿Cómo de tarde?

SEÑOR NORIEGA:

—Tarde es tarde. No hay vuelta atrás.

SEÑOR DIFUSO:

—Nunca es tarde si la dicha es buena.

PEPA:

—La dicha siempre llega tarde, y eso cuando llega.

SEÑOR NORIEGA.

—La dicha es mi caldo de puchero. Ustedes la retrasan.

PEPA:

—A usted solo le importa su puchero. No me extraña que esté solo.

Han ido abriendo los ojos a medida que hablaban.

SEÑOR DIFUSO:

—El puchero es mejor comerlo en soledad.

PEPA:

—¿Y eso por qué?

SEÑOR DIFUSO:

—Porque lo contrario es una cesión de poder personal.

MIRIAM:

—Muy bien, señor Difuso. Cada uno debe cocinarse y comerse su propio puchero. Cuando uno crea su propio puchero, atrae más puchero. Comerse el puchero cocinado por otros es ceder el poder personal. Lo cual lleva a vivir en la escasez.

PATXI:

—!Ahí va la hostia!

PEPA:

—No sé si lo he entendido bien. ¿Quiere decir que si me hago y me como sola mi puchero me haré más rica?

SEÑOR NORIEGA:

—Seguro que gastará menos.

SEÑOR DIFUSO:

—Pues estoy jodido. Yo no sé hacer puchero.

PEPA:

—No se preocupe, yo le enseño.

MIRIAM:

—Eso, Pepa, se llama estar en tu zona errónea. El señor Difuso nunca hará el puchero como tú, sería una dejación de su poder personal, él tiene todo lo que necesita dentro de sí, solo debe aceptarlo y todo vendrá dado. El señor Difuso hará exquisitos pucheros sin que nadie le enseñe. De hecho ya sabe hacerlos, solo que él lo ignora.

SEÑOR DIFUSO:

—En cuanto llegue a casa me hago uno.

SEÑOR NORIEGA:

—¿Podemos acabar la sesión ya? Se me hace tarde para el puchero.

SEÑOR DIFUSO:

—¿Cómo de tarde?

SEÑOR NORIEGA:

—Ya estamos.! Tarde!

PATXI:

—Dicen que nunca es tarde.

PEPA:

—Quizá sea tarde para casarse. No recuerdo haberme casado.

SEÑOR NORIEGA:

—Yo tampoco.

PATXI:

—Yo tampoco.

SEÑOR DIFUSO:

—Yo tampoco... Cuantas menos manos en el puchero mejor.

SEÑOR NORIEGA:

—Cierto, cierto...

PEPA:

—Pues a mí me hubiera gustado casarme para no comerme el puchero sola, sobre todo en Navidad.

SEÑOR DIFUSO:

—Un motivo tan válido como otro cualquiera.

PATXI:

—También puede casarse y no hacer puchero, sobre todo en Navidad.

PEPA:

—Pero entonces me quedaría sin comer puchero. Si acaso haré el puchero para mí y él que se haga el suyo.

SEÑOR DIFUSO:

—Creo que estamos evolucionando mucho.

SEÑOR NORIEGA:

—Puede, pero a mí se me hace tarde para hacer el puchero.

SEÑOR DIFUSO:

—Ese puchero no existe.

SEÑOR NORIEGA:

—Pero si llego a tiempo existirá.

SEÑOR DIFUSO:

—Nunca se sabe, igual muere usted antes.

SEÑOR NORIEGA:

—Hombre, por Dios, no me diga usted eso.

PEPA:

—La muerte nos pisa los talones. Debo apresurarme a encontrar a mi marido antes de que sea demasiado tarde.

SEÑOR DIFUSO:

—Lo mismo se muere su marido antes de que lo encuentre.

PEPA:

—¡No me diga eso, por Dios!

SEÑOR NORIEGA:

—La muerte nos pisa los talones y yo siempre quise llevar tacones.

MIRIAM:

—Eso tiene solución. Póngaselos antes de palmarla. Hay que estar en sintonía con la propia esencia si no luego vienen las enfermedades crónicas y terminales.

SEÑOR NORIEGA:

(Secándose las lágrimas con un pañuelo)

—!Joder, gracias, qué liberación!

PEPA:

—Propongo que acompañemos al señor Noriega a comprarse sus zapatos de tacón y luego vamos todos por mi traje de luto no sea que el señor Difuso tenga razón y mi marido se muera antes de que lo encuentre.

PATXI:

—El luto ya no se lleva.

PEPA:

—Pues es verdad. Además, no conozco al muerto.

MIRIAM:

—Claro que lo conoces.

PEPA:

—¿Usted cree ?

MIRIAM:

—Conocemos a todas las almas que nos cruzamos en el camino.

PEPA:

—¿Pero y si no me lo he cruzado?

MIRIAM:

—Si no te lo has cruzado es porque seguramente murió antes. Pero os conocéis, no lo dudes.

PEPA:

—Lo mismo está abandonado a su suerte en el cementerio y yo sin acordarme. Qué mala viuda .¿Creen que debería ir al cementerio?

SEÑOR DIFUSO:

—Sin duda alguna. Si quiere usted ser una viuda, sea al menos una buena viuda.

PEPA:

—Pero es que yo no quiero ser una viuda.

MIRIAM:

—Uno no es siempre lo que quiere ser.

SEÑOR DIFUSO:

—Pero hay que ser bueno en lo que se es.

MIRIAM:

—Efectivamente.

PEPA:

—No se hable más. Yo cuando me pongo me pongo. Seré la mejor viuda nunca vista, iré al cementerio y te encontraré, esposo mío. (Pausa). No soy de aquí. ¿Harían el favor de acompañarme?

SEÑOR NORIEGA:

—No sin mis tacones.

SEÑOR DIFUSO:

—Ya se le olvidó el puchero...

SEÑOR NORIEGA:

—Ni hablar. Primero haré mi puchero y después me pondré los tacones.

MARIAN:

—Está bien. Se acabó por hoy. Acompañaremos a Pepa mañana al cementerio a que aclare su situación. La clarificación es esencial para no desarrollar enfermedades crónicas o terminales.¿ A las doce en punto delante de la consulta?

(Todos asienten).


OSCURO



ESCENA II

Todos los personajes andan por el escenario de izquierda a derecha, de derecha a izquierda . El señor Noriega lleva sus zapatos de tacón.

SEÑOR NORIEGA:

—Duele, duele.

MIRIAM:

—Todos los cambios son dolorosos.

PEPA:

—¿Por dónde se va al cementerio? No soy de aquí.

PATXI:

—Se casaría con un forastero.

SEÑOR DIFUSO:

—Lo sabremos cuando encontremos la lápida.

SEÑOR NORIEGA:

—En las lápidas no pone el lugar de nacimiento.

PEPA:

—Mira que si es chino...

SEÑOR NORIEGA:

—¿Y por qué va a ser chino?

PEPA:

—Porque el mundo está lleno de chinos.

PATXI:

—Lo mismo es japonés. Los japoneses están en todas partes cámara en mano.

PEPA:

—Si está muerto no llevará cámara.

SEÑOR NORIEGA:

–Si es chino, en la foto tendrá cara de chino.

PEPA:

–O de japonés.

PATXI:

–Pues yo no sé distinguirlos.

SEÑOR DIFUSO:

–Yo tampoco.

SEÑOR NORIEGA:

–Yo tampoco.

PEPA:

–Yo tampoco.

MIRIAM:

—Yo tampoco.

SEÑOR DIFUSO:

–Si es un selfie será japonés.

PEPA:

–¿Por dónde se va al cementerio? No soy de aquí.

PATXI:

–Se casó con un forastero, fijo.

SEÑOR DIFUSO:

–En efecto, chino o japonés según todas las estadísticas.


OSCURO


ESCENA III



Entre todos los personajes sacan tres lápidas y las reparten por el escenario. Llevan la misma ropa que en la escena anterior. Andan alrededor de las tumbas.


SEÑOR NORIEGA:

—Duele, duele.

SEÑOR DIFUSO:

—Alégrese, señor Noriega, a esos no les duele nada.

PEPA:

—Pues si no le duele nada, ¿para qué lo busco?

PATXI:

—Y si no quiere buscarlo, ¿para qué hemos venido?

SEÑOR NORIEGA:

—A buscar a un chino.

SEÑOR DIFUSO:

—De todos es sabido que no hay chinos en los cementerios.

PATXI:

—¿No se mueren los chinos?

PEPA:

—El mío sí, pero no le importo porque no le duele.

SEÑOR NORIEGA:

—No le duele porque está muerto.

MIRIAM:

—Seguro que le duele el alma.

PATXI:

—El alma china.

SEÑOR DIFUSO:

—O japonesa.

SEÑOR NORIEGA:

—Me pregunto cómo lo vamos a distinguir.

PATXI:

—Si es japonés tendrá el brazo alargado.

PEPA:

—Pues espero que sea chino, no me gustan los hombres con brazos alargados, parecen pulpos.

PATXI:

—Alargado porque se está haciendo un selfie.

PEPA:

—¿Por qué me casaría con un chino? Ahora que lo pienso, no son mi tipo...

PATXI:

—El amor es ciego.

SEÑOR NORIEGA:

—Y tanto, mira que casarse con un muerto.

SEÑOR DIFUSO:

—Cuando se casaron no debía estar muerto.

PEPA:

—Lo mismo sí y por eso no me acuerdo.

MIRIAM:

—No te acuerdas porque quedaste traumatizada.

PEPA:

—Sí, debí quererlo mucho. (Llora).

SEÑOR NORIEGA:

—Sí, sí, pero el puchero se lo hacía para usted solita...

PEPA:

—Nos hacíamos cada uno el nuestro, para atraer la prosperidad ( Mira a Marian).

MIRIAM:

—Eres fantástica, Pepa.

PATXI:

—Tonterías, dos pucheros son más gasto que uno.

SEÑOR DIFUSO:

—Y donde come uno comen dos,

MIRIAM:

—Y donde comen dos comen tres.

SEÑOR NORIEGA:

—Y donde comen tres comen cuatro. Volvamos. Se me hace tarde para hacer mi puchero.

SEÑOR DIFUSO:

—¿Come todos los días puchero?

SEÑOR NORIEGA:

—No, pero ya he sacado el arreglo para hoy.

PATXI:

—Pues podría invitarnos , que estoy en paro.

SEÑOR NORIEGA:

––Por mí no hay problema. Pero les advierto que solo tengo arreglo para uno.

SEÑOR DIFUSO:

—Donde come uno comen dos. Me apunto.

PATXI:

—Donde comen dos comen tres. Me apunto.

PEPA:

—Donde comen tres comen cuatro. Me apunto.

MIRIAM:

—Donde comen cuatro comen cinco. Me apunto.

SEÑOR NORIEGA:

—Pues no sé yo si dará para tantos...

PEPA:

—Tenga en cuenta que voy sin marido, uno menos para repartir.

SEÑOR NORIEGA:

—Mujer, si se lo quiere traer, donde comen cinco comen seis.

SEÑOR DIFUSO:

—Yo con muertos no como.

PATXI:

—Yo nunca he visto a un chino comiendo puchero.

SEÑOR NORIEGA:

—Yo tampoco, pero haberlos haylos.

PEPA:

(Señalando una lápida)

—Este no es chino.

PATXI:

—Ni japonés. Como no hay chinos en los cementerios no lo vamos a encontrar.

MIRIAM:

—¿Está segura de que se casó con un chino?

PEPA:

—No, pero siempre me rijo por las estadísticas, son muy fiables.

MIRIAM:

—No siempre. No la hago yo con un chino, presiento que era español.

PEPA:

—Ay, qué alivio.

SEÑOR NORIEGA:

—De alivio nada, no habrá bastante puchero para todos.

PATXI:

—No creo que coma. Está muerto.

SEÑOR NORIEGA:

—Pues si está muerto a mi casa que no venga.

SEÑOR DIFUSO:

—Yo si va el muerto tampoco voy.

PATXI:

—Anda, ni yo.

PEPA:

—Pues yo tampoco, me da yuyu.

SEÑOR DIFUSO:

—¿Yuyu su propio marido?

PEPA:

—Difunto marido, que no es lo mismo.

MIRIAM:

—A los muertos no hay que temerles, son almas incorpóreas.

PEPA:

—Y las hay chinas y japonesas también. Pero la de mi marido igual no es amarilla también pudiera ser blanca como dice Miriam. No podemos saberlo a ciencia cierta.

PATXI:

—Pues si es blanca no se verá.

SEÑOR DIFUSO:

—Cierto, un alma amarilla se distingue en seguida.

PATXI:

—Si se zambulle en el puchero para zampárselo nos daremos cuenta cuando ya no quede.

SEÑOR DIFUSO:

—Mal asunto.

SEÑOR NORIEGA: 

—Muy jodido. No le pondré azafrán al puchero por si acaso.

SEÑOR DIFUSO:

—Yo no sé si probaré su puchero.

PACO:

—¿Y eso por qué ?

SEÑOR DIFUSO:

—Por si el muerto está dentro.

PACO:

—Lleva pollo, ternera y verduras. Con carne humana nunca lo he probado.

SEÑOR DIFUSO:

—Me refiero a su alma amarilla.

PATXI:

—O blanca, pues.

SEÑOR DIFUSO:

—Si es blanca veremos la mancha, si es amarilla nos lo zamparemos sin darnos cuenta

SEÑOR NORIEGA:

—Ya le he dicho que no pondré azafrán.

SEÑOR DIFUSO:

—En ese caso si es un alma blanca nos la zamparemos igual. Yo no como puchero, me traeré un bocata.

PEPA:

—¿Y si no va a comer puchero para qué va a ir?

SEÑOR DIFUSO:

—Tengo curiosidad por conocer a su marido.

PATXI:

—¿Por qué solo hay tres muertos en este cementerio?

SEÑOR DIFUSO:

—Porque nadie quiere morirse.

PEPA:

—Al parecer estos tres sí.

SEÑOR NORIEGA:

(Se recuesta sobre una tumba)

—Estos zapatos me están matando.

PEPA:

—A las mujeres llevan siglos matándonos.

PATXI:

—Pues en este cementerio no las entierran.

PEPA:

—Debemos estar en otro.

SEÑOR NORIEGA:

—Siento la frialdad de la muerte a mis espaldas.

MARIAN:

—Noriega, levántate y anda.

El señor Noriega se levanta.

SEÑOR NORIEGA:

—Duele, duele. (Pausa). ¿Por qué solo hay tres muertos en este cementerio?

PEPA:

(Lloriqueando)

—Y ninguno de ellos es mi marido.

SEÑOR NORIEGA:

—Las mujeres solo quieren enterrarnos.

PEPA:

—Yo no he dicho eso.

SEÑOR NORIEGA:

—Llora porque su marido no está muerto.

PEPA:

—Lloro porque no está aquí.

SEÑOR NORIEGA:

—Es lo mismo.

PEPA:

—No lo es.

SEÑOR NORIEGA:

—Si estuviera aquí estaría muerto. Llora porque no está muerto.

PEPA:

—Lloro porque quizá me olvidé de enterrarlo. A saber dónde ha acabado. (Lloriquea) Qué mala viuda, qué mala viuda.

SEÑOR DIFUSO:

—Vámonos, está atardeciendo y me da yuyu.

PATXI:

—Sí, a mí también me da yuyu.

PEPA:

—¿Y dónde vamos?

SEÑOR NORIEGA:

—A casa. Se me hace tarde para el puchero.

PEPA:

—¿Y dejamos de buscar a mi marido?

SEÑOR DIFUSO:

—Vendrá mañana a comer puchero.

PATXI:

—¿A qué hora mañana? Estoy en paro, me comería un muerto.

SEÑOR NORIEGA:

—A las dos en punto.

MIRIAM:

—Vámonos pues.

(Haciendo mutis todos)

SEÑOR DIFUSO:

—Me pregunto para qué hacen los cementerios tan grandes si nadie quiere morirse.



OSCURO


Segunda  y última parte: escenas IV  y  V 


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