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miércoles, 5 de agosto de 2020

EL SOMBRERO GRIS ( RELATOS / RETO PALABRA CLAVE)

Parece mentira que fuera ayer , jueves 25 de abril, cuando estuve ahí arriba, en el desván . Tuve que venir a Staten Island forzado por las circunstancias, por la muerte de mi padre, un padre que me importaba un bledo , no siento pudor alguno en decirlo, y al que no veía desde hacía más de una década, concretamente desde que murió mi madre. Pero igual tuve que venir. Quería echarle un vistazo a la casa antes de ponerla en venta.


Guardaba inolvidables recuerdos de los ratos pasados con mi madre en el desván. Sobre todo, recordaba obsesivamente el sombrero gris. Tenía diez años cuando puse mi atención en la vieja maleta de metal arrumbada en la pared. La abrí. Dentro estaba el sombrero , quería sentirme un hombre , me lo puse y exclamé: !mamá, mira! Pero en vez de admirarme mi madre profirió un grito horripilante, corrió hacia mí, me lo quitó de un zarpazo , lo echó en la maleta y la cerró. Recuerdo su respiración agitada mientras me abrazaba, y la humedad de sus lágrimas en mi cuello y su suave, llorosa voz diciendo: Jimmy, prométeme que nunca más volverás a abrir esa maleta. Pero ayer , de repente, sentí una indescriptible premura por romper la promesa y traicionar el recuerdo de mi madre. Nada más abrir la puerta del desván mis ojos se dirigieron a esa esquina, y en cuanto mi vista se acomodó a la penumbra, la distinguí medio iluminada por finos rayos de sol filtrándose entre las lamas rotas de la persiana. Mi corazón se aceleró. Cerré la puerta tras de mí y así, medio a oscuras, me dirigí hacia ella. Me arrodillé y observé la maleta durante más de un minuto. Solo se trata de un sombrero, por el amor de dios, pensé, cualquiera diría que soy un afamado odontólogo de Manhattan, ¿qué estoy haciendo? Pero esto no tenía nada que ver con la razón, era algo más: el impulso primitivo de violar cualquier prohibición , la seducción de entrar en el reino de lo desconocido y desafiar al destino. El sombrero estaba tal y como lo había dejado mi madre aquel día hacía dos décadas. Tuve la hermosa sensación de estar cerca de ella por primera vez en muchos años. Como si se tratara de una liturgia sagrada lo tomé con ambas manos, lo sacudí para quitarle el polvo, lo alcé en el aire y me lo puse. Lógicamente no ocurrió nada inesperado. Sin embargo, lamentaba no haberle preguntado nunca a mi madre el motivo de su grito aquel día, eso sí.


Tomé una hamburguesa en el bar de Tom antes de coger el Ferry de vuelta a Manhattan. Después me encaminé al embarcadero de Saint George. Cogí el Ferry de las dos, podía haberlo cogido una hora antes o una después y todo hubiera sido diferente, al menos no la hubiera visto a ella, eso es casi seguro. No había ningún motivo para coger el Ferry de las dos, de hecho paré a comerme la hamburguesa más por capricho que por hambre. Podría haber permanecido más tiempo rondando por la vieja casa, abriendo cajones, rebuscando recuerdos, pero no lo hice, no me interesaba, de modo que cogí el ferry de las dos y no otro. Por otro lado , de no haber tenido el coche en el mecánico me hubiera quedado todo el trayecto en la parte de abajo e igualmente no la hubiera encontrado , pero lo cierto es que el día anterior mi coche se había averiado, de modo que subí a cubierta y me senté en uno de los bancos de proa. Dada la hora no había mucha gente, la vi nada más salir a cubierta y fue en ese mismo momento donde inconscientemente decidí que esa mujer iba a jugar un papel decisivo en mi destino, ignoraba totalmente de qué tipo de papel se trataba, como digo , fue algo totalmente automático de lo cual solo soy consciente ahora. Lo cierto es que desde el momento en que la descubrí, quedé inexorablemente atado a ella. Era una mujer de apariencia anodina, no se me ocurre ninguna razón de peso para haber puesto mis ojos sobre ella y no sobre  cualquier otra; quizá su elegante vestimenta que contrastaba con una cara de lo más corriente: barbilla ligeramente alargada y algo prominente, unos treinta años de edad, nariz ni ancha ni delgada ni larga ni corta, una de tantas, ojos azules sin especial atractivo; un vestido ceñido verde oliva con cinturón, una chaqueta cárdigan del mismo color y unos elegantes Stilettos a juego eran su única marca de distinción.


Me quité el sombrero y lo sujeté entre mis manos. Había salido con él puesto del desván y ya no me lo había quitado. Hice como que me distraía mirando el cielo azul, la estatua de la Libertad, el skyline de Nueva York, no la miré directamente ni un solo momento, algo me decía que no debía. Simplemente era consciente de su presencia con todo mi ser y sé que si se hubiera levantado de su asiento para irse a cualquier otra parte del transbordador aun sin mirarla lo hubiera sabido y la hubiera seguido sin dilación, tal era la compulsión que sentía.


Cuando atracamos en el muelle de Whitehall, temí que fuera a coger un taxi o que hubiera alguien esperándola pero  no fue así. Anduve unos pasos tras ella , los suficientes para no alertarla. Subimos un buen trecho por Whitehall hasta que torcimos a la derecha por Beaver Street. Una manzana más arriba la mujer entró en un viejo edificio de ladrillos rojos, entonces todo sucedió muy deprisa. No lo pensé dos veces, corrí la poca distancia que me separaba de ella y llegué justo para sujetar la puerta antes de que se cerrara dejándome fuera. «Disculpe», dijo la mujer. «Gracias», sonreí. Mientras nos encaminábamos al ascensor me empecé a desanudar la corbata «Hace calor», proferí. La puerta se cerró, la mujer preguntó «¿A qué piso?», pulsé el botón del cuarto y sin darle tiempo a pronunciar palabra la agarré de los hombros, le di la vuelta bruscamente, enrollé la corbata alrededor de su cuello y la degollé. Fue como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Cuando el cuerpo inerte de la mujer cayó al suelo, la arrastré fuera del ascensor y bajé. No encontré a nadie en el camino. Después anduve por la calle en dirección norte. No iba pensando en nada en particular, era el cuerpo el que me guiaba. En ningún momento pensé en coger el metro y dirigirme a mi consulta , donde, aunque había cancelado las citas del día, tenía trabajo por hacer. Solo seguí andando como un autómata hasta que de algún modo supe lo que debía hacer.


Supe que debía entrar en aquel edifico blanco de tres plantas cuyo portal se hallaba abierto. No había nadie. Me senté en las escaleras y esperé. Debió pasar media hora cuando oí cerrarse una puerta en un piso superior y el sonido de unos tacones al bajar. Me levanté y empecé a quitarme la corbata. Me puse de cara al portal que había cerrado al entrar. Cuando oí los tacones bajando los últimos escalones me di la vuelta y la saludé. Me miró extrañada pero no dijo nada. Era una mujer baja y delgada, con el cabello rubio ceniza recogido en un moño. Unos cuarenta años. No se me quedó muy grabada su cara, daba igual. Cuando la mujer extendió la mano para abrir la puerta la agarré de los hombros, entonces dio un grito que me asustó. Le tapé la boca con mi brazo derecho mientras con el izquierdo le pasaba la corbata por el cuello y una vez enrollada, ayudándome con el derecho, apreté y apreté hasta que dejó de revolverse y cayó al suelo. Comprobé que no tenía pulso y me fui. Anduve deprisa abandonando Beaver Street hacia el oeste. Vi un taxi libre y lo tomé: «A Sutton Place» ,  dije.


Mi mujer y mis hijos veían la tele en el salón. Charlamos un poco. Mi mujer me preguntó por el sombrero, se extrañó de verme con un sombrero obviamente viejo que no era mío. «Un recuerdo de mi padre», le dije, sabía cuánto odiaba a mi padre pero no dijo nada. Fui al dormitorio a darme una ducha y mudarme de ropa antes de cenar. Cuando me quité el sombrero, me quedé mirándolo hipnotizado. Lo puse en el armario , me desnudé y entré en la ducha. Fue entonces cuando empecé a llorar desconsoladamente. No es que antes no fuera consciente de lo que había estado haciendo, es que de repente se me antojaba una monstruosidad. Intenté calmarme. Permanecí en la habitación hasta estar seguro de que podía mantener la compostura delante de mi familia. Cené rápido y alegué dolor de cabeza para retirarme cuanto antes al dormitorio principal. No pegué ojo en toda la noche. Lloré a esas mujeres, me pregunté quiénes serían, por qué se me había ocurrido hacer algo semejante, algo que ni en mis peores pesadillas habría imaginado hacer. De vez en cuando me invadían espacios de calma para volver a sumirme en la desesperación poco después. Así fue pasando la noche, intentando yo que las convulsiones de mi cuerpo provocadas por un llanto silencioso no despertaran a mi mujer.


Esta mañana me he levantado más temprano de lo habitual, nada más amanecer. Me he dado una ducha, me he vestido y le he dado un beso a mi mujer. Después he cogido el sombrero gris pero esta vez no me lo he puesto , lo he metido en mi maletín . He pasado por el dormitorio de mis hijos que dormían plácidamente, les he besado la frente y me he quedado mirándolos en el umbral de la puerta brevemente. En lugar de dirigirme a mi consulta he cogido un taxi hasta el embarcadero de Whitehall. Imposible describir el desgarro que he sentido y que sigue sin abandonarme. No podía dejar de pensar en lo que ha sucedido. En esas dos pobres mujeres y sus familias, en sus historias, en cómo lo imposible , lo inimaginable, lo horrendo, lo monstruoso, lo infernal, ha sucedido. Y él monstruo soy yo.


He subido al desván nada más entrar en la casa, me he dirigido a la maleta de metal, la he abierto, he buscado como un loco algo que me diera una explicación, he imaginado un viejo recorte de periódico en el que saliera algún hombre con el sombrero puesto, un hombre que hubiera asesinado como yo a varias mujeres. Pero lo único que había en la maleta eran unas viejas cortinas y hojas de laurel que recuerdo mi madre usaba contra las polillas. Después he abierto mi maletín y tembloroso he sacado el sombrero gris, lo he guardado en la maleta y he recorrido toda la casa, abriendo todos los cajones y armarios en busca de algo, una foto, supongo, algo que me dijera quién fue el dueño de ese sombrero. El grito que dio mi madre cuando me vio con él puesto retumba en mi cabeza una y otra vez, creo que voy a enloquecer. Sé que de no habérmelo puesto nada de lo que ha sucedido hubiera sucedido. No son excusas, es algo que sé. Sé que el que fui ayer no era yo, aunque lo recuerde con todo lujo de detalles. Simplemente algo que no puedo explicar se apoderó de mi.


Y porque no puedo explicarlo, y porque jamás podría vivir con una carga semejante sobre mis hombros he decidido escribirlo todo antes de quitarme la vida.


Evelyn, Jimmy, George, ruego que me perdonéis, no era yo, os juro que vuestro padre , tu marido, jamás hubiera hecho algo así. Jamás. Os quiero más que a mi vida.

Hasta siempre,

James Davon.

New Brighton . Staten Island. 26 de abril de 1957

                                                        ©   Celia Segui 2020

Reto con J.M.M  y A. V.  palabra clave: "sombrero".