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martes, 31 de mayo de 2016

Noventa aniversario de Marilyn Monroe



(Con su madre en una de sus visitas)




Hoy se cumplen 90 años del nacimiento de Marilyn Monroe, de quien como muchos sabéis soy más que fan. No era la más guapa ni la mejor actriz  pero sí la más luminosa, para mí no hay duda, al menos yo percibo una luz bestial cuando la veo. Está infravalorada como la gran actriz cómica que era ( Wilder, Huston, Logan y un montón de directores lo reconocieron). Hay que verla en versión original, los doblajes son una caca.

Reposteo "Una vida en Blanco", relato basado en su último día que escribí hace unos años. Aunque estoy segura de que se suicidó he tomado otra alternativa para el relato. 

Es muy largo, por lo tanto no lo leáis ni comentéis si no os apetece.  Me hago cargo. Pero yo tengo que postearlo porque es mi homenaje.

Y para que no os vayáis de vacío: una secuencia del rodaje de su última película inacabada. Aquí se puede ver su problema para memorizar los textos, lo cual creo que tenía que ver con el insomnio y los barbitúricos. (Al final del post he puesto unas fotos de Maf, uno de los protagonistas del relato).








                                                     UNA VIDA EN BLANCO

Sus párpados temblaron asustados, hostigados por un mal sueño. El aliento, entrecortado, luchaba por aferrarse a un resquicio de aire, ese aire que parecía querer librarse de ella para siempre. La cabeza, coronada de serpientes rubias deslizándose a ambos lados de su cara, se agitaba intentando espantar los monstruos noctívagos.
    Los ojos se abrieron arañados por los primeros rayos de sol; la mirada se derramó exhausta sobre las sábanas blancas de raso. Esas mismas sábanas que cubrirían su cuerpo sin vida al caer de nuevo la noche.
    Las noches se sucedían como malditas extensiones del día; y, mientras el mundo dormía, ella, semejante a un faro penado a presenciar las constantes contiendas entre la noche y el día, alumbrando la oscuridad con su blonda cabellera, permanecía pavorosamente despierta; asida, a su pesar, a la vida.
   Aturdida por la ingente cantidad de somníferos que su cuerpo se había acostumbrado a tolerar se levantó y se dirigió al baño. Su cara, de 36 años, reflejaba en el espejo una belleza sobrehumana: como si para contrarrestar las ojeras y el mate en la piel y ojos absorbiera la luz de cualquier superficie reflectante y la engullera. Al igual que un pigmento absorbe los rayos de luz.
     Quizá fuera por haber vivido siempre en la oscuridad por lo que era tan luminosa, por lo que había aprendido a convertirse en una lámpara que se enciende y se apaga a voluntad. Una bella lámpara colgada en lo alto, inalcanzable, resplandeciendo solitaria en un gran baile de máscaras.
    Refrescó su cara con abundante agua y se dirigió a la cocina. Con qué esperanza había comprado hacía pocos meses su casa, la primera casa que poseía, un pedazo de tierra a la que pertenecer al fin. Está tan vacía, pensó, mientras atravesaba la mullida moqueta blanca del salón. Todo era blanco, estéril, un reflejo de su propia vida: sin padres ni hermanos ni marido ni hijos ni familia alguna a la que recurrir.
    Porque siempre había sido eso exactamente, un candil transportado de casa en casa, intentando captar con su destello el amor de las numerosas familias de acogida; o como la imagen al otro lado del espejo que trata de atrapar en vano un atisbo de realidad, sabiéndose condenada desde el origen a no formar parte jamás de la vida de los otros.
    Por eso probablemente me hice actriz, pensó, mientras abría el frigorífico y se servía un zumo de frutas. Al fin y al cabo, ¿no había logrado el amor del mundo entero? Pero...un amor que no abraza, ¿es amor?, se preguntaba. ¿Por qué tenía que conformarse con vivir las vidas ajenas de sus personajes? ¿Por qué lo único que la vida le había concedido era el éxito profesional?
  El reloj de la cocina, celoso de su carismática presencia, decidió tomar protagonismo: el gris plomizo de su voz saltó súbitamente de la pared, y una hilera interminable de tic tacs invadieron sus oídos martilleándolos —torvos, dolorosos, torturadores—, determinados a recordarle quién tenía el control.
    Deseó ser inexistente, escapar a la angustia del tiempo. Pero no: ella siempre había luchado; era experta en alumbrar la oscuridad, se recordó. Cerró los ojos, sorbió su zumo, los abrió, fijó el azul de sus pupilas en las mangas blancas de su albornoz (el blanco lo diluía todo; por eso lo amaba tanto).
    Los pensamientos y el blanco no eran compatibles; tampoco el blanco y los tic tacs del reloj: demasiado inmenso, silencioso, estéril, pensaban los tic tacs.
   La mirada clavada en la manga blanca quedó ahí suspendida, y ella voló a algún lugar remoto de su imaginación; mientras los tic tacs se retiraban a su escondrijo en el reloj de la cocina guardando un terrible secreto que nadie más sabía: que esa noche cuando las varillas marcaran las diez y veinte, ella se desgajaría para siempre entre el blanco de sus sábanas; en cambio, ellos seguirían penetrando los segundos, empujándolos hacia delante, exhortándolos a seducir a su amada productividad eternamente; porque... ellos tenían el control.
    En aquel lugar remoto de su imaginación existía la niña que fue. ¿Por qué no la dejaba en paz? La odiaba. Esa huérfana no querida. Aunque, no era huérfana; su madre vivía, o al menos existía en algún lujoso sanatorio psiquiátrico.
    Respecto a su padre, nunca supo quién fue. A su madre no la quería ver: demasiado dolor. No entendía por qué había permitido que su mente enfermara dejándola a ella sola a tan tierna edad ¿Cómo había podido? Nadie que ame de verdad puede enloquecer, pensaba. Enloquecer es un acto egoísta y cobarde, una huida.
    Y, porque había huido de ella, sabía que no la quería.
    Ella, sin embargo, siempre había temido enloquecer; porque estaba sola, sin nadie a quien amar. « La locura se hereda, y es fruto del desamor», le decían sus psiquiatras. Aunque, en realidad, no tenía nada que temer: el público la amaba y vivía para él; no podía huir, no podía decepcionarles volviéndose loca; además, ella también lo amaba.
    Pero... ¿es amor el que no abraza? Y, ¿cómo sobrevivir a los torturantes tic tacs sin nadie a quien abrazar? ¿Cómo mantener la mirada en el blanco el suficiente tiempo para no sucumbir a la locura?
    Un hijo, un hijo hubiera sido su salvación. ¡Cómo había deseado tener un hijo! Y, ¡cómo había amado los tic tacs aquel día en que supo que estaba embarazada! ¡Con qué ansiedad había esperado el paso del tiempo, la llegada del día en que tendría a su niño entre sus brazos! Al fin una familia, alguien a quien pertenecer, por quien vivir: un amor que abraza.
    Pero aquella terrible enfermedad... ¿Por qué el diccionario no se revelaba ante todas las palabras horribles que manchaban sus páginas blancas?
   «Endometriosis» le dijeron los tic tacs, taladrando su oído con la horrenda combinación de sílabas.
    Aunque...podía intentarlo de nuevo tras una operación, le habían dicho los médicos.
    Y aquel marido, el tercero, el que iba a salvarla por fin del naufragio interminable que era su vida, el que le había devuelto la fe en sí misma, él también la animaba. ¿Por qué no? Todo no podía ser tan malo en su vida. De pequeña, las católicas familias de acogida siempre le decían que tuviera fe, que si era buena Dios la premiaría. Pero yo soy buena, había pensado entonces. ¿No era más fácil que ellos la premiaran con un poco de amor? ¿Tenía que esperar a Dios? ¡Dios estaba tan lejos! Eso era: ella no era digna de amor.
    Entonces llegó él y le dijo que era digna; la amó; la animó a aquella dolorosa operación. Y los tic tacs del reloj se disfrazaron de música celestial el día en que supo que estaba embarazada otra vez. Y el marido la amó aún más, admirado por su valentía. Al fin y al cabo era buena y Dios la premiaba al fin. Tenía que tener fe.
     No obstante, los tic tacs se aburrían si vestían a menudo de colores, y, como su voz era plomiza, disfrutaban más ataviándose con harapos grises y malolientes. Por eso descendieron de la pared de aquella blanca habitación de hospital, vestidos de horror, y la martillearon de nuevo con aquella terrible palabra: En-do-me-trio-sis.
    Nunca pudo superar la humillación de un segundo aborto. Ella era la culpable de que ese hombre, que por fin la amaba, no tuviera la alegría de un hijo suyo. No; definitivamente no era digna de amor.
   El fruto maduro de una palmera decidió desprenderse, golpeó la ventana de la cocina y ella volvió al blanco de su manga. ¡Ah! Este promete ser un sábado muy cansino, pensó, mientras se levantaba y dejaba el vaso en el fregadero. Echó un vistazo a la cocina: estaba orgullosa de los alegres azulejos mexicanos que había elegido. Sonrío. Cuando esté acabada será una casa bonita; un verdadero hogar, pensó.
   Pero sola, estás sola, le susurró un pensamiento traidor justo antes de echar a correr. Y un globo blanco como la nada se hinchó súbitamente en su pecho robándole el aire. Todo a su alrededor se confabulaba para hurtarle el aire, para gritarle que no tenía derecho a él. Cruzó corriendo el comedor; salió al jardín; estalló al fin en una gran bocanada de aire blanco de agosto. Tenía derecho a vivir, a pesar de lo que le gritaran miles de globos blancos.
   ¡Blanco!...de repente se acordó de Max ¿Cómo podía haberlo olvidado? No estaba sola, aquel pensamiento que había echado a correr, le mentía: tenía a Max. Cruzó la casa a toda prisa, salió a la fachada principal y se dirigió al bungalow de invitados.
    — ¡Max! —gritó. Y una pequeña bola blanca, lanuda, le abrazó las piernas, brincó, y le sonrió con sus pupilas perrunas.
    De vuelta en el salón decidió leer un poco, quizá así se quedaría dormida. Buscó entre las revistas algo que leer. «Maureen Drexler, la esposa de Guy Green, ha dado a luz a una niña». ¿Por qué no lo tiraba? ¿Por qué se castigaba una y otra vez con ese titular? La congoja le estrujaba el cuello; los celos repuntaban el corazón como rabiosas costureras solteronas, puntada a puntada, puntada a puntada; la rabia, roja como las paredes del infierno, le mordía el estómago como un perro furioso; la pena —siempre humilde, siempre humillada— luchaba por abrirse paso subiendo costosamente desde el estómago, atravesando el corazón lacerado, empujando por la tráquea, hasta librarse de aquella caterva de rufianes y nadar libre en un mar de lágrimas nimias.
     Apenas se había cumplido un año de su divorcio y él ya había tenido un hijo con su nueva esposa, una mujer digna de ser amada, una compañera que no le había fallado. ¿Por qué? ¿Por qué tanta tortura? Hacía mucho que no tenía buena opinión de Dios, caso de que existiera en absoluto.
    Las llaves giraron en la puerta principal, y ella violó su dolor: esa mujer espesa, cachazuda, irreverente, fea; esa mujer espantosa entraba en su salón con llaves propias y violaba su dolor. Y hacía y deshacía a voluntad, en su propia casa; porque así lo había dispuesto el doctor Davenport, su psiquiatra. La echaré, mañana le diré que el lunes no vuelva, pensó. Despediría a todos, incluido el doctor Davenport. Era hora de empezar a vivir, de fumigar los insectos que se pegaban a su lámpara, chupando su luz, formando una muralla negra que la apartaba del mundo real, que impedía a la poca gente que le importaba acercarse a ella.
    —Buenos días señorita Meredith —saludó la intrusa.
  —Buenos días señora Cartwright —respondió con voz casi inaudible mientras guardaba la revista bajo la mesa. ¿Por qué la miraba así? ¿Es que no tenía derecho a estar triste? Esa sensación de superioridad, ¡cómo odiaba a esa mujer!
   La misma mirada condescendiente del personal de aquel hospital psiquiátrico, recordó horrorizada. Aquel aterrador hospital. Sólo de pensarlo se le quebraba el alma. ¡Cuánta traición en 36 años de vida! Pero la traición de la doctora Malone fue la mayor de todas. Ella, que había depositado en la psiquiatra toda su confianza, que la había dejado pasar al otro lado del espejo —ese lado en el que habitaba sola con sus monstruos—, fue traicionada de una forma brutal.
    Fue después de su último divorcio. Se derrumbó, y ¿quién no se derrumba tras un fracaso matrimonial? La doctora Malone la convenció para ingresar en aquel hospital: —te tratarán por agotamiento emocional —le dijo—. Es el mejor hospital. Estarás muy bien —. Y ella la había creído.
   Aquella celda blanca, blanca como la inexistencia, pero al contrario de ésta, tan dolorosa. Sin enchufes, sin ventanas, sin cajones; nada con lo que se pudiera dañar. ¡Pero ella no quería dañarse!, gritaba a los médicos a través del ventanuco de la puerta blindada; ¡Era un tremendo error! Estaba allí para descansar por agotamiento emocional. No, no era cierto; ella no se daba cuenta pero estaba muy enferma mentalmente, le decían los médicos (con esa misma mirada impertinente, la mirada de la señora Cartwright violando su dolor, allí, de pie, en la entrada de su casa).
    Y el pánico, como un dardo envenenado, se incrustó en su cuerpo. Y, de repente, todos los pensamientos sobre la locura que la habían perseguido durante su vida entera cobraron vida propia y se abalanzaron sobre ella, negruzcos, con sus faces dantescas, sus rotos lamentos, difuminando el blanco de la celda, gritándole que existía, que estaba terriblemente viva. Chilló, chilló desgarrada por dentro; enloqueció brevemente, y paró. Sabía que no estaba loca. Y allí, acurrucada en el suelo, lloró silenciosamente, lloró el total abandono de su alma.
    La mujer más amada y admirada del mundo carecía del amor que abraza. Y le lloró, le lloró; por si el amor se conmovía y acudía a salvarla.
    Allí, de pie, en el umbral de la puerta, la señora Cartwright, con su mirada altanera, se sintió plena, poderosa, como se siente el gobernante déspota que somete al talentoso para ocultar ante sí mismo y ante el mundo los jirones míseros que revisten su alma.
    —Tiene mal aspecto. Llamaré al doctor Davenport —dictaminó la señora Cartwright. Y el pequeño Max gimoteó y se enrolló en un ovillo de lana. Odiaba a la señora Cartwright, ese agujero negro en su espacio de moqueta blanca que lo engulliría si se acercaba a él, así la percibía Max.
    —No, señora Cartwright, no lo llame; estoy bien. Sólo necesito dormir un poco —. Max adoraba la dulce voz aniñada de su ama; y, vista a ras de suelo, la cabellera plateada, la luz que irradiaba sobre su mundo de moqueta blanca... era su sol; la adoraba; y a su manera, con sus cuatro patitas, la abrazaba.
    —Lo llamaré igualmente —insistió el agujero negro.
    Ella, resignada, hizo oídos sordos y se retiró a su dormitorio.
    Ya es la hora de comer, pensó. Pero tenía que estar delgada para embutirse en el ceñido traje que tenía preparado para la fiesta de esa noche. No, no comeré, se dijo. A lo mejor asistiría él; le había prometido que si lograba encontrar una excusa creíble dejaría a su mujer y sus hijos en el rancho en el que pasaban el fin de semana y volaría en avión privado para asistir a la fiesta; para verla. La deseaba, le decía. Y ella se había enamorado como una colegiala. ¡Era tan guapo! y ¡Tan poderoso! Tan poderoso que podía hacer lo que quería, por eso dejaría a su mujer por ella.
Su anterior marido también había dejado a su mujer por ella; conseguir enloquecer a un hombre no era su problema; sabía hacer sus deseos realidad.
    Pero... sus monstruos... ¿cómo mantenerlos a raya? Tarde o temprano ellos los veían.
    Se enamoraban de su luz, de su dulzura, de su inteligencia y talento, de su alegría —porque podía ser la criatura más alegre y más triste del mundo, se daba en ella esa dicotomía—, de todas las maravillosas cualidades con que Dios la había dotado —el mismo Dios que se olvidó de su obra, quizá por considerar que ya había sido lo bastante generoso—, hasta que se abría delante de ellos el abismo oscuro de su pasado de huérfana y por el subían una miríada de monstruos y de seres esperpénticos.
    Sólo un héroe podía rescatarla del yugo de esos engendros, y él lo era. Sabía que lo era. Una vida amable la esperaba más allá de los monstruos y de los agujeros negros y de los psiquiatras.
   —Tengo que dormir algo, tengo que estar descansada y brillante para esta noche —. Cogió uno de los múltiples botes de pastillas que cubrían su mesilla de noche, engulló un puñado y se tumbó.
    Mientras los tic tacs del reloj de la cocina golpeaban furibundos las manillas del reloj —deprisa, deprisa, apremiaban—, la señora Cartwright telefoneaba al doctor Davenport.
    —Tenemos problemas doctor. Creo que está deprimida otra vez. Y creo que debería usted venir —murmuró, mientras arreglaba el cuello de su camisa: importante, solemne, con la satisfacción impostada de quien sabe que se ahoga en un mar de normalidad.
   —Voy enseguida señora Cartwright. Por favor, vigile usted que no tome demasiadas pastillas —. La señora Cartwright se preguntó cómo, sin embargo lo prometió: la eficacia no plantea dudas.
    El doctor llegó; saludó al ama de llaves, grave, trascendental, como un maestro de ceremonias antes de presentar un acontecimiento de máxima importancia.
    — ¿Dónde está?
    —Se ha encerrado en su habitación hará como una hora y no quiere salir.  
Le he dicho que le llamaría a usted, pero no quería saber nada del asunto.
    — ¡Mary Ann ! —llamó el doctor. No hubo respuesta. El psiquiatra abrió la habitación ( tenía derecho, su condición de sanador mental le daba derecho a invadir cuantas mentes enfermas creyera conveniente sin pedir permiso; él tenía el bisturí, las herramientas adecuadas para coser y cortar, coser y cortar todo cuanto él considerara anormal. Y gracias a este sublime poder sanador conseguido a base de leer tantísimos libros, aparecía siempre erguido, lúcido, clarividente, sacramentalmente preparado para empezar su ceremonia.)
   —Por favor, doctor, necesito descansar —alcanzó a balbucear la voz ahogada en sustancias químicas.
   —Por dios santo, ¿Cuántas pastillas has tomado? —preguntó mientras examinaba el único bote abierto entre los quince que había sobre la mesilla.
    —No lo sé doctor, unas cuantas. Tengo que dormir para la fiesta —murmuró.
   —Habíamos acordado que fueras dejándolas poco a poco. ¡Señora Cartwright! —llamó, asomándose al pasillo—. De momento no hay peligro, pero vigílela y que no tome más fármacos. Que vaya esta noche a la fiesta y se distraiga. El lunes tenemos una sesión y hablaremos sobre su estado de hoy. Yo me voy, tengo una cena esta noche.
    —Descuide, doctor —replicó el ama de llaves.
    En la penumbra del dormitorio la voz de Frank Sinatra susurraba As Time Goes By. En la cocina, los tic tacs del reloj acababan de dar las ocho, impacientes, con la ansiedad de los que se niegan a disfrutar el presente. El teléfono, en el suelo del dormitorio, sonó. Ella, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, contestó.
   Era su amigo, el anfitrión de la fiesta a la que debía asistir:
    —Él no asistirá, irán a verte para hablar contigo. De todos modos espero que vengas a la fiesta —. Pero por qué, y quién iba a venir a verla, y, por qué motivo. No; no tenía ganas de ir a la fiesta. Lo llamaría. Tenía que hablar con él.
    —No lo llames, no puedes hacer eso, es un hombre importante. Está con su familia; no puedes poner su vida familiar y su carrera en peligro. Si esta relación sale a la luz, será el fin de su carrera — le advirtió.
    La sombra de un monstruo se proyectó sobre la moqueta blanca del dormitorio: Vete, vete, no eres real, le decía. ¡Él la quería! ¡Le había dicho que no estaba enamorado de su mujer! Además, ¡él era el héroe que la rescataría al fin de los monstruos! «Vete, vete, no existes» repetía.
    Dios estaba en deuda con ella. Había esperado toda su vida. Y el amor era el pago justo, no podía ser de otro modo; si no....estaría perdida: — ¡No cabe más dolor en mi alma, no cabe más dolor! —gritaba la voz interior.
    Además, él...estaba enamorado, lo sabía; le pertenecía. —Le llamaré; es mi amor; vendrá a abrazarme. Lo llamó, lo llamó unas diez veces. El señor no se puede poner, le dijeron; o, «haga usted el favor de no volver a llamar».
    Y su mente flotó vagando por la habitación, chocando con una pared blanca, rebotando contra la otra, como una pelota de ping pong: la preferida de Dios, cuando éste se dignaba a existir. Vagaba anticipándose a la muerte; intentando verle la cara antes de ir a su encuentro... por si se arrepentía. Pero si volvía, si su mente dejaba de vagar y de rebotar, entonces vería al monstruo, a este en concreto, que planeaba su inmensa sombra negra sobre la moqueta de la habitación. ¡No, no quería ver al monstruo!
    El timbre de la puerta principal sonó. Ella no oyó nada. Flotaba como una lámpara solitaria en el techo del dormitorio. Proyectando la plata de su pelo sobre la sombra del monstruo. La señora Cartwright abrió. Dos señores con trajes oscuros, importantes, muy importantes —tanto que la señora Cartwright quedó transformada, sintiendo como una vaporosa muselina rosa pálido trepaba por sus piernas , se deslizaba sensualmente por sus caderas , acariciaba sus senos marchitos rociándola de placer, y la impregnaba de una extraña condición de majestad —, entraron. Max, que percibió la transformación de la señora Cartwright como una expansión del agujero negro, salió despavorido entre las piernas de los hombres en dirección a su camastro de la casa de huéspedes.
    — ¿Qué se les ofrece, señores? —inquirió su majestad.
    — ¿Dónde está la señorita Meredith? Nos manda el senador Johannson.
   —Síganme, por favor —replicó la señora Cartwright mientras ondeaba, envuelta en muselina rosa pálido, hacia el dormitorio de la señorita Meredith. —Señorita Meredith, tiene visita —anunció golpeando la puerta.
    La puerta se abrió, ella apareció en su albornoz blanco, pálida como la luz de la última luna que ya afloraba sobre los setos del jardín. La echaron atrás, los hombres importantes entraron y cerraron la puerta tras de sí; y, en el corredor, la muselina de la señora Cartwright se evaporó.
    —Deje en paz al senador Johannson —la conminaron.
   — ¿Quienes son ustedes? ¡Fuera de mi habitación! ¿Con qué derecho...? —gritó intentando salvaguardar un último resto de dignidad.
    —El senador nos manda a decirle que si vuelve a contactarle tendremos que tomar medidas drásticas.
    La habitación daba vueltas a su alrededor; no podía estar sucediendo; sentía su cuerpo huir, alejarse del alma repudiada. ¿Qué cuerpo querría albergar un espíritu condenado al rechazo desde la cuna? Enloqueció: golpeó aquellos monstruos disfrazados de elegancia. ¡Cobardes! ¡Cobardes! ¡Cobardes! chillaba la voz enajenada, independiente, desligada de cualquier voluntad; ya no había voluntad, solo el llanto del dolor enquistado. 
    La señora Cartwright, alarmada, entró. Ayúdenos a calmarla, le pidieron.
    La atraparon entre los tres, como a un animal enjaulado; la echaron sobre la cama
   —Le daré una injección calmante —dijo el ama de llaves.
    Sabía como tratar a los locos, había sido enfermera y tenía instrucciones precisas del doctor Davenport en casos extremos, les dijo. Preparó una jeringa; la aplicó sobre el animal herido.
    —Váyanse, ya me encargo yo —declaró la voz de la experiencia.
    Mary Ann, tendida en la cama, vio alejarse a los lobos pardos a través del poco azul que quedaba en sus pupilas.
   —Duerma un poco señorita Meredith. Mañana a primera hora llamaré al doctor Davenport. Vendrá aunque sea domingo, así que no tiene de qué preocuparse.
   Dejó encendida la lamparita de noche y se encaminó a la cocina a preparase una infusión relajante. Tratar con locos es un trabajo muy estresante, se dijo. El lunes pediría un aumento de sueldo, pensó. ¿Qué hora era? Ah, sí, las diez menos cinco, rieron los tic tacs del reloj. Habría que cenar algo.
    Un grillo chirriaba enojando a la brisa nocturna, que mecía a las anémonas del jardín tratando de dormirlas. Indignada, alcanzó a infiltrarse por la ventana del dormitorio en penumbra. Rozó una piel desnuda con aroma a vainilla amarga. Ella sintió el abrazo y se estremeció llena de agradecimiento. La brisa la acunó; le susurró al oído que no estaba sola. Una lágrima surcó su rostro de porcelana rota. Extendió la mano hacia la mesilla de noche: serena, llena de dignidad infinita, y engulló las últimas píldoras.
    No había más monstruos, sólo el blanco sosegado de las sábanas.
    Al otro lado del jardín, en el bungalow de invitados, la brisa rozó la nariz de Max impregnándola de un aroma a vainilla amarga. Max saltó sobresaltado, rascó la puerta enloquecido. Aulló desde las entrañas de su diminuto ser intentando espantar aquel olor a muerte. Temblaba horrorizado, arañando aquella perversa puerta que hería sus pezuñas y le separaría de su amada para siempre.
    Exhausto, frustrado, doloridas las pezuñas sangrantes, se enroscó en su pequeño ovillo de lana y sollozó abandonado a la luz blanca de la luna.
    Su sol se había apagado para siempre.
    En la cocina, la señora Cartwright había acabado de cenar. ¿Qué hora es? Se preguntó mirando el reloj. Oh, las diez y veinte ya. Hora de irse a la cama.

                                                                     -fin-

5 de agosto de 1962, la policía se lleva a Maf ( verdadero nombre) de su casa tras la muerte de Marilyn.


Fotos de Maf tomadas por Marilyn en su piso de Nueva York (el que había vivido con su ex Arthur Miller)  en 1961.



©2011

sábado, 28 de mayo de 2016

Pánico en el metro ( Crónicas vienesas)


El verano de 2005 lo pasé “sola” en Viena (quiero decir sin mariden) tomando un curso intensivo de alemán. El día en cuestión salí de clase a las doce, como de costumbre, y como todas las noches, con la excusa de que había una extranjera, había sarao en algún jardín de mi vecindario, me había levantado resacosa. De modo que en lugar de irme a pasear por la ciudad o a visitar algún museo, cogí el metro de vuelta a casa.En una de las estaciones el metro para. Alguien habla por megafonía, pero yo no escucho. La gente baja. El vagón queda vacío. “Qué raros son estos —me digo—son solo las doce y ya se bajan todos...”

El tren se pone en marcha conmigo dentro, miro otros vagones y no hay nadie pero no me alarmo. Pasa una estación y otra y otra, y no para, pero yo voy dando cabezaditas y sigo sin hacer caso. Por fin  para. Miro afuera: “Hostien. Estoy en el garaje. ¿Y ahora qué?”. Espero unos minutos inquieta pero aún en relativa calma. Poco a poco empiezo a desesperarme.

Diálogo interior: “Ay, madre, que me quedo aquí toda la noche… Socorro… Pensemos…. Móvil… Voy a llamar a Markus a la oficina (el amigo en cuya casa me hospedaba)”. Cojo móvil: “Hostien. No hay red…. Socorro… Calma… Calma…” “Voy a intentar salir”. Me levanto e intento abrir una puerta, obviamente está cerrada. Corro a otra, y a otra… todas cerradas. Me siento: “Ay madre… Ya está, ¿Y si esto no vuelve a salir hasta mañana???” Me visualizo ahí dentro por la noche: “Frío… muerte… violación… Vendrá un mendigo y me violará… Socorro”. Me levanto ya acojonada del todo. “Tengo que romper una ventana y salir… ¿Pero cómo?? “ Veo que las paredes del vagón se achican sobre mí, es claustrofobia, por primera vez en mi vida. Me lanzo sobre una ventana golpeando histérica y gritando: ¡HILFE, HILFE, HILFE! (Socorro, socorro , socorro). Espero un rato, nadie viene. Me abalanzo sobre otra: ¡HILFE, HILFE, HILFEEEEEE!!!! Nadie viene. “Se acabó, es el fin. Nadie sabrá que estoy aquí hasta mañana, socorro… Tengo que hacer algo, encontrar una solución”. 

Miro histérica a mi alrededor, veo unas cosas rojas con unas palabras que no entiendo: “Notbremse”. “Tiene palanca, será para estos casos.” Me abalanzo sobre uno y tiro con fuerza. No tengo paciencia para esperar ni un segundo más, corro al otro y al otro, tiro de todos los “frenos de mano” (Yo no lo sabía) que hay en el vagón.

Y ahora sí, viene un tío muy cabreado y abre la puerta:

—!!!¿Pero a usted qué le pasa????!!! —Me grita con bastante mala leche. Y yo, temblando, con mi pobre alemán:
— “¿A mí? que estoy muy asustada, que me he quedado encerrada y no podía salir”. 
—¿Y qué?¿Ese es motivo para ponerse así?
—Pero es que yo pensaba que me quedaba aquí toda la noche…
—¿Pero cómo se va a quedar usted aquí toda la noche?!!! Si son las doce del mediodía…

El hombre inicia la retirada cabreado, de repente se para, se vuelve a mí y pregunta:

—¿Ha tirado usted de los frenos de mano?
—Yo… yo… 
—¡!!!¿Usted sabe lo que cuesta eso????!!!! Tiene usted suerte de que no le ponga una buena multa por esto. 
—Por favor, por favor, por favor, disculpe…
—Vale, vale. Vamos a hacer una cosa, voy a darle mi número de teléfono y si a usted le pasa cualquier cosa en el metro no toque nada, ¿vale? Me llama a mí. Soy Herbert—me dice escribiéndome su número en un papelito.

Y  entonces, cuando me doy la vuelta para sentarme de nuevo  veo a un pasajero en el siguiente vagón, pegado al cristal del mío, observando la escena llorando a lágrima viva, el cabrón. Ya podía haberme ayudado antes de que se desatara la histeria. Hay gente pa´to.

Por cierto, me dijo mi amigo Markus que por tirar de los frenos en Viena ponen unos multones importantes, y que si me libré es porque le caí bien al tal  Herbert...

En  clase con mis compañeros y el profe, (la más clase divertida del mundo), un día de aquel inolvidable verano.(Foto sacada de web de la academia)




jueves, 26 de mayo de 2016

Nuestra programación (Pensamientos)


(Os hago caso y posteo sin programar, sin pensar, sin corregir, desde las vísceras)

Hace tiempo me di cuenta de que habia patrones que se repetían en mi vida y yo no sabía por qué. Pensé y pensé y llegué a la conclusión de que determinadas frases o comportamientos de los padres , pero no solo, son como programas que uno mete en un ordenador. Y que cada niño, según su sensibilidad y circunstancias registra las cosas de modo diferente.

Uno va por la vida con frases escritas en la frente sin saberlo, y por arte de magia el subconsciente de las personas con las que uno se encuentra las lee, sin saberlo ellos ni nosotros y reaccionan en consecuencia.Y toda la energía alrededor de uno se confabula para que todo encaje con nuestras creencias subconscientes.

Las circunstancias se presentan con diferentes disfraces, de tal manera que uno no las reconozca, pero si uno está atento al final se da cuenta de que debajo de todos los disfraces subyace lo mismo.

No es fácil desprogramarse, sobre todo a determinadas edades, sin embargo, no queda otra si uno quiere superarse y dejar de repetirse.

Yo no soy madre y sé por qué no quise (tiene que ver la niñez), no se puede culpar a los padres de nada, puesto que muchos no son conscientes. Lo que me da miedo es la cantidad de inconsciencia que hay por todas partes. Y que una gran cantidad de gente no se da cuenta de lo importante que es lo que uno hace y dice y cómo repercute en los demás. 

Muchos niños de hoy están superados por el perfeccionismo de sus padres o por el contrario por su dejadez y falta de responsabilidad. Y lo peor, es que es muy posible que cuando estos niños sean mayores nunca lleguen a tomar conciencia de por qué son como serán y jamás intentarán cambiarlo, convirtiéndose de esta manera en víctimas o verdugos de por vida.

lunes, 23 de mayo de 2016

La ultra derecha en Austria ( Vivir en Austria)


!Horror!

!A punto hemos estado de tener un presidente ultraderechista! 

Miro horrorizada a la gente en la calle, en el súper, donde sea... casi el 50% de las personas que me encuentro por la calle con cara de buena gente han votado a la ultraderecha. Pedazo de racistas, egoístas, mierdas... Y yo me pregunto en qué tipo de sociedad ( de mundo) vivo. 

Hace unos años, en una comida "familiar", suegros y cuñados ( de los cuales a Dios gracias me libré) empezaron a arremeter contra los extranjeros. Al final estallé: "!Yo soy extranjera!", les grité. Pero no, yo para ellos no era lo bastante extranjera, los extranjeros son los turcos, los pobres, esos son los que les "roban" los medicamentos, los que viven sin trabajar o trabajando uno para que coman quince.


Estas barbaridades las he oído también en España: "vienen aquí y a ellos les dan más que a nosotros, nos quitan el trabajo, las medicinas,etc. !Nos roban!"

Hombre, ya está bien. Si las leyes están mal que las cambien. Pero me temo que no se trata de eso, se trata del miedo feroz a tener que mover el culo y superarse para que alguien que a lo mejor se lo tiene que currar más que tú por necesidad, te lo quite porque simplemente se tiene que esforzar más o está más preparado , sabe más lenguas , tiene más estudios  ( ahora no me refiero a turcos o no turcos). !Tiene necesidad! .. Vale, sí , sí , lo de la explotación, pero de eso no tiene la culpa ellos, la tiene quien lo consiente que es siempre !el Estado!

El bienestar amuerma, amuerma muchísimo, tanto que la gente se agilipolla y se lo quiere llevar muerto atendiendo a la ley del mínimo esfuerzo.

Cierto es que hay que cuidar dónde va el dinero social y no dar ayudas sin control, pero de ahí a echar la culpa a los emigrantes del pésimo funcionamiento de una sociedad.... Me cabrea tremendamente.  Es señal de gran irresponsabilidad y tremenda inmadurez.

Putos nacionalismos ( aquí son nacionalistas a muerte), puta cerrazón mental, puta pobreza de espíritu. Y perdón por lo de "puta",  pero me parece gravísimo estar viviendo en medio de un polvorín neonazi, porque del
pulcro formalismo   a la salvajada del holocausto solo media el hambre  y la desesperación y vamos camino.

De momento nos hemos salvado del presidente, que al fin y al cabo no pinta más que el Rey de España, pero en las próximas elecciones generales, dentro de dos años, si nada cambia  es más que probable que el próximo canciller de este país sea el capullo de Stracher, un impresentable que arremete contra todo lo que no sea austriaco.

 El auge de la ultraderecha es el fracaso de los que se llaman políticos cuando en realidad son un atajo de rastreros ineptos.
  
                                                El "encantador" Strache. 


viernes, 20 de mayo de 2016

El retorno del expatriado ( Vivir en Austria)



Hace poco leí un artículo sobre la realidad con la que nos encontramos los expatriados cuando decidimos volver a casa. En mi caso, no he vuelto y no sé si algún día lo haré, aunque lo deseo muchas veces.

Sin embargo, lo que contaba el artículo lo he vivido ya en primera persona: tras más de una década fuera de Valencia cuando decidí volver a “casa” al principio la sensación fue de paz, alegría: cenas con mis amigas de toda la vida, a las que hasta entonces había visto  una vez cada tantos meses, planes , la alegría de mi familia, el sentirse protegido. Sin embargo todo esto se esfumó en poco tiempo. Pronto me di cuenta de que la vida había seguido sin mí durante muchos años, que ni yo ni los demás éramos los mismos que cuando me fui. “¿Qué pinto yo aquí? Esta ya no es mi casa”, era el pensamiento recurrente. A punto estuve de volverme a Londres.

Entré en un principio de depresión. Estaba perdida, totalmente descolocada, encontré un puesto de trabajo en una óptica, que acepté por la presión del entorno y no por decisión propia, lo cual fue peor, porque yo no estaba ni estoy hecha para una vida que a mí me parecía monótona y sin sueños de futuro. Creo que mis amigas no me entendían, nadie que no haya pasado por esto puede entenderlo, ni yo tampoco a ellas.  Yo no podía ya entrar en su mundo no porque fuera mejor ni peor sino porque era otra.

El gran shock llegó cuando me di cuenta de que la que yo consideraba mi hermana del alma, mi mejor amiga de siempre, ya no me tenía por su mejor amiga, el distanciamiento fue gradual hasta la total disolución de una amistad que había sido de las más importantes de mi vida.

Según el artículo que leí, cuanto más tiempo pasa uno fuera de casa, mayor es el golpe al volver, y al final uno quiere volver al lugar en el que era extranjero.

El artículo  resume diciendo que los expatriados de larga duración al final no tenemos nuestro hogar en ningún sitio, que somos eternos viajeros y la única opción es aceptar e intentar sentirte lo más que puedas en casa allá donde estés.

Cuando estoy aquí, pienso en volver a España muchas veces, sin embargo cuando voy de visita y me visualizo viviendo en mi ciudad natal, sé que no funcionaría, al menos no ahora, quizá sí en la vejez, cuando ya solo quiera descansar al sol. Sé que no formo parte de ellos. De hecho, ya no tengo ningún contacto con mis amigas de toda la vida. Mis amigos de verdad  están casi todos en Madrid, donde hay una gran parte de mi corazón, pero vivir en Madrid sería impensable para mí ahora. Con Valencia capital me pasa algo semejante. Miro atrás y solo veo huecos vacíos donde antes tenía mi hogar.

Al final  o aceptas tu condición o vives en una condena. Tras seis años y medio en Viena, estoy trabajando en la aceptación y en la valoración de las cosas buenas que esto me ha dado, pero os aseguro que no es nada fácil, sobre todo cuando hay dolor "Heimweh"  en alemán o "homesickness" en inglés, debería existir una palabra así en español y no la hay, es una pena.

Sé que tengo que   sacar la pierna que tengo en España y pisar con los dos pies aquí. Pero no sé si lo conseguiré, la verdad. Son muchos los días en que cogería la maleta y volvería. Sin embargo, una amiga mía alemana residente en Viena me dice que seis años es muy poco tiempo.


Obviamente, cuanto mayor es uno y más vidas ha dejado atrás, más difícil se vuelve todo. Pero algo tengo que hacer, porque son demasiados los días en que me siento "Homesick".
                                                          

martes, 17 de mayo de 2016

SIN TÍTULO (R D)








viernes, 13 de mayo de 2016

1º Cumple del blog y La verga de Teobaldo (Paridas)



Para celebrar el primer cumple de este blog , quiero presentaros a mis freakies favoritos, que aparecieron un domingo de 2012 en el salón de mi casa y empezaron a hablarme en verso (por primera vez) y me largaron esta historia.

Se dicen aquí muchas barbaridades pero entended que yo solo transcribí tal cual, bueno puliendo un poco la rima durante los días siguientes. Hoy os pido un poquito más de tiempo y espero que os compense.

Mi agradecimiento por este tiempo con vosotros os lo pongo en el primer comentario, ya que este post es algo más largo de lo habitual . Sin más, os presento a Teobaldo, a la Consuelo y al pueblo de Puerto Ugalde:

(Al loro menores de ... 14??? : ♦ ♦ ♦).


Teobaldo tenía una verga
que no cabía en un fardo.
Tal era el peso del dardo,
que no sabía qué hacer
con semejante tabardo.

De estatura menguada
y polla desmesurada,
el pobre nunca hallaba
la paz que tanto anhelaba.

Y la polla tampoco ayudaba:
por fuerte que la enrollaba
la cabrona se soltaba,
y allá iba el desgraciao,
a tragarse el empedrao.
Tal era el desequilibrio,
tal el puto martirio.

«¡Verga al suelo! », aullaba.
Y el pueblo se presentaba
y a gritos lo maldecía.
Y al poco aparecía
la grúa y la policía:

«¡Ámarratela con gana,
que van cinco ya esta semana
y es para el pueblo
gran sacrificio
tener a la grúa
a tu servicio!».

Gritaban cansinos

algunos vecinos.


« Que mi verga se suelte
y me tire al suelo,
no es tanto culpa mía
como de mi Consuelo.
Que ya le ruego yo
que fuerte me la ate,
pero ella tiene miedo
a que se me desbarate
y que a fuerza de apretarla
llegue ella a estrangularla.
Pues por sus gritos sabréis,
que mi verga es más valiosa
que la que vosotros tenéis».

Y mientras esto afirmaba,
la grúa lo levantaba
y a casa se lo llevaba.

« ¡Encima se pone chulo
y presume de cachirulo!»,
Gritaba un joven garrulo.

« ¡¿No te jode, la Consuelo?!
Se mete ella el fiambre
y nosotras muertas de hambre,
pagando de nuestro sueldo
el gasto que tiene el pueblo
llamando todos los días
a la grúa, a la policía
y al cuerpo de los bomberos,
que vale muchos dineros».


Gritaban cuatro solteras
y algunas casamenteras.

«¡Digamos pues al alcalde,
que la verga del Teobaldo
no debe salir de balde!»,

Chillaba desaforado
un joven desgañitado.

Y Consuelo, desesperada,
dejó de estarse callada:
« A las mujeres os digo
que animéis vuestro semblante,
pues no cabe en ningún higo
un capullo semejante,
ni por detrás ni por delante.
Envidiarme no debéis,
pues lo que ninguna sabéis
es que los gritos los doy
por lo cagada que estoy
cada vez que mi marido
me pone la picha a tiro.
Cosa que solo sucede
cuando ve un porno en la tele.
Por eso se los prohíbo,
fijaos bien lo que os digo.
Pues lo que para él es gusto,
es para mi higo un susto.
Cada vez que se empalma,
la casa entera desarma.
Pues con los muebles se topa:
que ya me tiró un armario
todo llenito de ropa.
Cuando la tranca se estira,
me quito del punto de mira,
que aquello es un periscopio
que a izquierda y derecha gira
buscando como un poseso
donde meter el hueso.
Y el periscopio se para
cuando conmigo se encara.
Y yo le grito violenta:
!Que no me metas la vara,
que mi chumino revienta!
Entonces él se detiene,
como un niño castigado
a quedarse sin helado.
Esto viendo, me derrito.
Y para no decepcionarle
meto yo con cuidadito,
y apartando to´l pelambre,
solo la punta del pito.
De placer finjo los gritos.
él me observa calladito
tras los tres metros de pito.
Como acercarse no puede,
hago yo cuanto quisiere
sin que Teobaldo se entere.
Y así cree él que entra
hasta tocar la placenta,
y que yo de placer muero
cuando en verdad ni me entero.
Pues bueno, ya lo sabéis,
a mi suerte no envidiéis.
Que orgasmos nunca he tenido
con este puto marido».

Entonces se hizo un silencio
y habló el viejo Inocencio.
Quien como dice su nombre,
tenía fama en el pueblo
de inocente y de buen hombre:


«Nosotros te comprendemos
y solución buscaremos.
Pero el gasto que tenemos
hora es ya que lo cortemos».

Aprovechando el percal,
pues estaba el buen alcalde
en campaña electoral,
decidió sacar partido
del asunto discutido:

«!Atención el personal!
Yo convoco desde ahora
asamblea general.
Vete, Consuelo, a tu hogar
y átale el miembro al marido.
De tal forma que al jodido
no se le pueda soltar.
Llévate ayuda si quieres,
que si otra vez se le suelta
te juro que no habrá vuelta
y lo tendréis que pagar.
Se acabó la discusión,
que a conflicto tan costoso
hay que buscar solución».

A la hora convocada
se sentaba todo el pueblo
en la sala ovalada.
El alcalde y concejales
presidían la tribuna
gritando todos a una
como allá en Fuenteovejuna.


Por fin, se hizo el silencio
y mirando al Inocencio,
habló pausado el alcalde
del pueblo de Puerto Ugalde:

«Como Inocencio ha indicado,
el pueblo está preocupado,
y hay que buscar solución
a tan grave problemón.
No puede ser, Teobaldo,
que por tener tan gran cardo
el pueblo entero se arruine
cada vez que se te ocurre
salir solo o ir al cine.
Si la picha se te escurre
no es problema de este pueblo,
que el tema ya nos aburre
y yo con las cuentas tiemblo.
Que llamar a los bomberos,
al cuerpo de policía,
y a la grúa cada día
nuestras arcas nos vacía.
Y o subimos los arbitrios
y sacamos beneficios,
o quedamos en miseria:
ya no tendremos ni feria”.

Y el pueblo, lleno de hastío,
estalló en un griterío:

«!La feria no nos la quita,
que el pueblo la necesita.
Si nos sube los arbitrios,
perderá las elecciones.
No nos pida sacrificios
ni nos toque los cojones!».

«!Silencio, pueblo rabioso,
que no hay cosa más fea
que quien así chantajea.
Ni honor más deshonroso
que ser hombre piojoso!
Subir arbitrios no oso,
que no me dejáis ni hablar.
Que sería peligroso
dejaros sin el reposo
de la fiestas del Pilar.
Y no os las pienso quitar.
Pero aquí hay un problemón
que requiere solución:
Consuelo y Teobaldo,
de los gastos y perjuicios
que el apéndice ocasione
deberéis haceros cargo
cuando éste se desplome.
Pero, ¿estáis en condiciones
de asumir el sacrificio?ۚ».

«Pobres somos, mi señor,
y el gasto que ocasionamos
nos causa mucho dolor.
Si nos cargan con los costes,
no sabremos ya qué hacer.
Pues pagarlos no podemos,
y en la calle moriremos
faltando a nuestro deber.
No nos quiten pues la casa,
que es nuestro único haber».


Lloriqueó la Consuelo
bajando la vista al suelo.
Y entonces habló el alcalde
para la pena acallarle:

«Hace tiempo que cabilo
buscando una solución.
Y la encontré el otro día
visitando a don Camilo

en la clínica de Hebrón.
Al ver al urólogo entrar,
se me ocurrió una pregunta
que no se hizo esperar.
La respuesta fue tan buena,
que es la justa solución
a este nuestro dilema.
Solo un pequeño problema:
para acabar el suplicio
tendremos todos que hacer
un último sacrificio.
Dinero ya no nos queda,
por lo que pido al que pueda
voluntaria donación
para pagar de Teobaldo
los gastos de operación».

El pueblo entero rugía.
Tras estas declaraciones,
se montó una algarabía
de tres pares de cojones.
Teobaldo se levantó,
y el pueblo entero calló.
No se sabe si por respeto
o por miedo a que le saliera
la manguera fuera del peto.


«¿Qué operación es esa
que el pueblo ha de pagar?
!No les mienta, que estoy sano
y no me pienso operar!».

«¡Que te calles, Teobaldo,
que tu picha es una ruina!
!Harás lo que se te mande,
o te planto en una esquina
y me vuelvo con mi madre!».

Gritó harta la Consuelo
tirando a Teo del pelo.

El culpable se sentó
y el alcalde prosiguió:

«La operación consiste
en acortar tanto ristre.
Después de una semana
haciendo reposo en cama,
tu pene será tan normal
como el de cualquier chaval.
Ya no tendremos que atarlo
ni mandar a retirarlo.
¿Qué te parece, Teobaldo?».

Teobaldo volvió a levantarse
y el pueblo entero a callarse.

«¿Que qué me parece, alcalde?
Que si me sale de balde,
quisiera, si no le importa,
hacer realidad un sueño.
Ya que tengo que operarme,
en vez de acortarme eso
quisiera yo aprovecharme
y hacerme un cambio de sexo”.

Consuelo se levantó
e iracunda exclamó:

«!Teobaldo, maldición!
¡Tenía que haber sabido
que eres todo un maricón!».

El público murmuraba,
una vieja se santiguaba.
El alcalde y un concejal
ponían orden en el corral.

«¡Silencio en el Consistorio,
que acabo con el jolgorio!
Si largo toda la mierda
que me contáis bajo cuerda,
me cargo de un sopetón
vuestra puta reputación.
Teobaldo, ¿tú estás seguro
de que quieres renunciar
a tener un miembro duro?».

“Para mi sería un sueño
que he tenido de pequeño
ser de un chumino el dueño.
El problema es la Consuelo,
que se queda sin marido,
y sin poder llevarle duelo.
Además, que yo la quiero
y si con ella no vivo
yo de penita me muero.
¿Qué dices tú, mi Consuelo?».

«!¿Que qué digo yo, tarambana?!
Que si me juras amor
yo me hago lesbiana.
Que de pene tengo hartazgo.
Pero tienes que jurarme
que en la cama al acostarme
llevaré yo el liderazgo».

«Por mi vida te lo juro,
y ahora podremos chingar

aunque no lo tenga duro».

La pareja se abrazó,
el pueblo, en pie, aplaudió,
y el alcalde sentenció:

«¡Vamos todos a brindar,
a beber y a festejar.
Bailemos toda la noche,
celebremos con derroche,
este bonito final.
Con esto el problema se salda
y el pueblo se enorgullece
de dar la bienvenida
a la nueva Teobalda!».

—FIN—

Nota: A partir de este texto mío,  tengo hecha una adaptación a obra corta de teatro (tanto el tema grúa como la verga son muy fáciles de resolver) , si alguien la requiriera (algún grupo de teatro amateur, por ejemplo) ruego se ponga en contacto conmigo en el apartado "contacto" de este blog y lo cederé gratuitamente.

                                                          

©2012



domingo, 8 de mayo de 2016

El emigrante arrogante ( Pensamientos)



No son una especie común, gracias a Dios, pero existe, y yo los percibo en cuanto topo con uno de ellos.

Son serios, superiores, en su vestimenta se han colgado el cartel de "soy diferente. Ya no formo parte de la gran masa". Solo que esto es mentira. Hacer algo diferente a lo que hace la mayoría no te convierte en diferente si no tienes como lema la humildad y estás dispuesto a bajar a los confines del infierno para dejar de entenderte sólo a ti mismo y entender lo que significa ser humano.

Les ha ido bien, no han tenido que lidiar con demonios, aunque ellos creen que sí, porque al fin y al cabo han hecho el esfuerzo de dejar lo conocido atrás. Tienen trabajo, generalmente bien remunerado, se hacen con facilildad con un círculo de amigos, de su país normalmente ( nada más fácil que encontrar gente con la que salir, sobre todo cuando uno está en el extranjero). 

Sin embargo, en cuanto ven el lado opuesto del espejo, saltán furiosos sobre el ser "débil", lo increpan, le gritan: "!Vuélvete a tu país si no aceptas esto!". Observan con menosprecio a quien no sabe adaptarse tan divinamente como ellos, a quien sufre y quizá no acepta.

Y yo me digo cada vez que oigo sus disparates (generalmente en muros de Facebook) : Pero idiota. ¿Quién eres tú? ¿Qué sabes tú de los paisajes con los que cada persona tiene que lidiar? ¿Qué sabes del pasado de esa persona a la que tanto criticas? ¿Qué de su niñez, de sus traumas? ¿Qué sabes tú de los motivos por los cuales ha venido a parar aquí? De sus soledades, de sus miedos. De si quiere volver y no puede...

Mira idiota: Imagínate que por caprichos de la vida , tú y esa persona débil coincidís en un crucero. Tú con tu traje de Armani, él o ella con sus vaqueros. Imagínate que el barco naufraga y que os encontráis en cubierta. Imagínate que  él o ella sacan una fuerza de la que tú careces. Que tú empiezas a gritar como un cobarde. Que él o ella de manera milagrosa logran mantener la calma. Y al final, pedazo de idiota, va y  te salvan.



jueves, 5 de mayo de 2016

Marilyn y yo ( Vídeo de mi actuación)



(Nota: No sé si voy a tener problemas por derechos de autor, ya que recibí una notificación, es posible que pongan publicidad encima o que no se permita ver en algunos países.)

Todos los que me conocen saben que Marilyn Monroe es una parte inextricable de mi vida.  Soy fan-freak desde muy niña. Tengo montones de libros, fotos, vídeos. Me sé al dedillo su vida. Si veo una foto puedo decir  el año , el evento y en ocasiones el día en que fue tomada. Este no sería mi blog si no estuviera Marilyn de alguna manera.

De cara no me parezco absolutamente en nada. Pero fue como mi segunda madre en el sentido de que estaba tan presente en mi vida diaria que me bastaba un click para apropiarme de su gestualidad y sentirla mía. Por eso yo lo llamo mi interpretación de Marilyn y no mi imitación, porque es el modo en que yo la siento en mí. Además de que creo que Marilyn es inimitable.

El vídeo que vais a ver fue mi actuación para  la inauguración de la macro discoteca "Aire", en la calle José Abascal de Madrid. Octubre del año 1987, en plena movida madrileña. Yo tenía 22 añitos y el local estaba a reventar de gente.

Lo he cortado para que no se hiciera pesado. Salía de una tarta enorme que transportaban dos chicos. Un cañón me enfocó y subí al escenario donde bailé los números "My heart belongs to daddy" y "Diamonds are a girl´s best friend". Lo he cortado en vídeos separados, para quien solo quiera ver uno, y del primero he cortado la salida de la tarta, subida al escenario y toda la primera parte de la canción, para no hacerlo pesado. Al final canté a capella el "Happy Birthday", pero como no me salió como a mí me gusta lo borré y ahora me arrepiento.

Jamás en mi vida ensayé  ni preparé "My heart belongs to Daddy" o "Mi corazón pertenece a papá",   ni me miré en el espejo para hacer sus gestos, simplemente de tanto verlo sabía cada movimiento y los hacía desde dentro. En realidad era algo que llevaba haciendo para los amigos desde hacía muchos años. Solo que lo cantaba a capella , sin música y sin peluca. La frase de todos los fines de semana durante mi adolescencia  era "Celia,  haz Marilyn", y allá iba, donde me pillara, en plena calle, en un restaurante ( recuerdo una vez que me hicieron bailarla encima de una mesa, con el beneplácito de los dueños). De hecho, la discoteca me contrató porque el dueño me vio  una noche en el paseo de la Castellana de Madrid montando el show para mis amigos, que me lo habían pedido,  (en un  ladito y de madrugada, nunca monté el show de día con la calle llena de gente, Dios me libre). 

Mi debut en televisión fue haciendo de Marilyn en el programa "Tan contentos", que presentaba Consuelo Berlanga en Antena 3.  Lo hice en directo y sin ensayar nada de nada, simplemente salí de una tarta al plató, que pisaba por primera vez  y ahí estaba el público y  una mesa redonda con varios famosos que  hablaban de Marilyn y cuatro cámaras que me volvían loca con los pilotitos rojos o verde, y yo a bailar. Consuelo Berlanga jamás había visto el show, me recomendó Jesús Cisneros, el actor y copresentador del programa. Algún día igual pongo un trozo y os cuento la experiencia, que fue tela. Pero lo tengo en vídeo y tengo que pasarlo a dvd.

 Es un playback. A todo el mundo le gustaba más a capella y sin peluca, a mí incluida, era más divertido. En esta ocasión, como también en Antena 3 me pusieron una peluca horrorosa que se me caía a la cara todo el tiempo y me maquillaron las cejas un poco demasiado para mi gusto. El vestido también me  lo puso la discoteca, con el tiempo me hice yo uno y me compré mi propia peluca. Me pagaron un pastón por estos dos números y me salieron más actuaciones. De hecho me llegué a ganar la vida haciendo de Marilyn cuando estaba en paro. La última vez que lo hice entre amigos fue hace tres años, y la  última que me lo pidieron  el verano pasado en mi 50 cumple y ya me negué. No voy a plantarme con 80 haciendo el ridículo :P

Bueno, ahí va "My heart belongs to Daddy", primero.
Podéis verlo en el blog o en la   URL de youtube, donde  se ve un poco más grande (Parece que en el blog no se puede ver):



https://www.youtube.com/watch?v=lw-03EdEm5A



"Diamonds are a girl´s best friend". Esta si la tuve que ensayar y montar los pasos cogiendo movimientos de "Two little girls from Little Rock" también de "Los caballeros las prefieren rubias",  porque era la primera vez que lo hacía  . Por cierto, hay un momento en que me tiemblan las manos casi al principio, es porque me había quedado en blanco, jajaja.
Bueno, espero que os guste.