""
Bienvenido al blog de Celia Seguí
RSS

jueves, 28 de julio de 2016

La partida ( Relato dedicado a los emigrantes)

     

(No pensaba repostear esto pero una compañera bloguera que lo ha leído  hoy y ha pasado por esto me ha hecho cambiar de opinión, porque hay mucha gente pasando por lo mismo en estos tiempos, muchos forzados por la difícil situación actual. El relato está basado en lo que muchos hemos vivido y seguimos viviendo en cada dolorosa despedida.  Obviamente ni vine en autobús ni vivo en Alemania).


     El cielo ha amanecido encapotado de nubes afligidas apunto de verter sus lágrimas sobre la ciudad.
    Durante el trayecto en coche a la estación hablamos de trivialidades. Mi madre me da algunos consejos intrascendentes, al fin y al cabo ella nunca ha vivido fuera, mucho menos en un país extranjero. Me alecciona sobre lo que me ha puesto en la maleta: “tus galletas favoritas”, la receta de la paella, infusiones de hierbas para el resfriado, unas cuantas fotos “para que no te olvides de la familia”.
      
    Al fin llegamos a la estación y las nubes han empezado  a lagrimear. Entre las dos sacamos las maletas del coche fingiendo normalidad, fijando toda nuestra atención en las acciones, en nuestra charla banal y aparentemente despreocupada, en el murmullo de las conversaciones ajenas. Ambas obviamos los sentimientos subrepticios, como si ignoráramos la inmediatez de la despedida y el dolor inevitable.
       
    Mi autocar aparca ahora en el andén previsto, se abre la puerta del  maletero, ya  no hay vuelta atrás. Tengo miedo, o es tristeza, no lo sé exactamente. Sólo sé que  no quiero llorar. Pero qué más da, la lluvia moja mi cara, si lloro no se notará, mis lágrimas se fundirán con las de las nubes. Me pregunto por qué a las nubes les cuesta tan poco deshacerse en lágrimas. Aunque quizá sí les cueste y no lo puedan evitar. Me siento indefensa como una gota de lluvia. Súbitamente percibo un espesor cálido que se desplaza por mi interior hasta llegar a mi cara,  el rostro se me hincha como si quisiera estallar; la masa candente me abrasa y no deja de presionar, me doy cuenta de  que no puedo sujetarla más; las lágrimas brotan ya sin control.
          
     Bajo la cabeza y cojo mi equipaje, me vuelvo rápidamente hacia el maletero —no quiero que mi madre me vea llorar—. Instintivamente coloco las maletas en una esquina. Siento la necesidad de protegerlas, de que estén a salvo. Cuando llegue las abriré y oleré la ropa planchada por mi madre; comeré las galletas que me ha puesto; me sorprenderé con algo que no esperaba encontrar. Así no me sentiré tan sola lejos de casa. Esas dos maletas son el único referente de quien he sido hasta ahora. Además, en ellas hay también lágrimas de mi madre, lo sé. Se le deben de haber caído cachitos de alma mientras doblaba mi ropa.
    
     El tiempo no se puede dilatar. Llegó el momento del adiós.  Me doy la vuelta y nuestras miradas se encuentran. Me acerco a ella, nos abrazamos y ya nada se puede evitar. Noto el grosor pegajoso de su  llanto entremezclado con  el mío rodando por nuestras mejillas. No quiero seguir, no quiero estirar este momento. En unos segundos subiré al autocar y ahogaré mi pesar. Mi historia se desleirá con la de los otros pasajeros. Seré una más, formaré parte de un grupo con un mismo destino y ya no me sentiré tan sola. No quiero que nadie me vea llorar. Subiré al autobús y me transformaré en una persona nueva. Tengo que hacerlo. A partir de ahora todo va a ser nuevo.
     
     Ya está, mamá, me voy. Me separo de mi madre y me pongo en la cola para subir. Detrás de mí dejo un espacio de aire lleno de moléculas espesas, creo que es  dolor. Quiero que acabe esto, quitarme ese peso de la espalda, que las moléculas que dejo atrás se diluyan cuanto antes.
     
     Ya estoy dentro,  ahora soy sólo un rostro más; eso me fortalece, me da una sensación de libertad. Mientras busco mi asiento entre las caras de mis compañeros de viaje me doy cuenta de que ya no siento pesadumbre. Sólo busco, eso es todo. Es curioso, me pregunto de dónde vienen y adónde van los sentimientos; por qué se presentan sin ser requeridos y se esfuman, en ocasiones, cuando más se los necesita. ¿A quién pertenecen? Porque nuestro no puede ser  lo que actúa con tanto albedrío.
     
     El veintiocho, este es mi asiento, me ha tocado ventanilla. Mi compañera de viaje me cede el paso amablemente. Ahí está mi madre, ahora sonríe y me saluda: ella también ha olvidado la  pena momentáneamente mientras se preguntaba, buscándome con la mirada,  en qué lado del autobús me sentaría. Ya estamos todos; se han cerrado las puertas; el motor se pone en marcha y nosotras seguimos sonriendo, agitando las manos, mirando el rostro querido que desaparecerá de nuestra retina y de nuestra cotidianeidad, esto último con carácter definitivo, quizá. El autobús se mueve, ya nos vamos. Ahora sí, veo que mi madre ha sucumbido al momento luctuoso. Su cara llorosa se borra en la lejanía. Ella no me ve, pero yo también lloro.
   
       No quiero seguir aferrada a esta aflicción. Ahora decido despedirme de mi ciudad. Los lugares acostumbrados que ya no formarán parte de mi día a día  desfilan ante mí tras los cristales húmedos.  Ahí está la calle de la que fue mi oficina. Si no fuera por esta maldita crisis yo no tendría que reinventarme, que crear un nuevo yo en un país extraño. Aunque quizá sea mejor así, al fin y al cabo en Alemania valoran más el trabajo. Estaré bien, lo sé, pero no deja de entristecerme que el país que tanto amo no me corresponda. Ahora pasamos por la misma calle que hace apenas media hora transitaba con mi madre. Qué extraña sensación: todo va quedando atrás como un amor deleznable. Me voy desprendiendo de retazos de mi vida a medida que los lugares pasan, como si me estuviera despojando de mis ropas para quedarme desnuda.
   
       Ya salimos a la carretera. Mi ciudad con todo mi pasado tira de mí como de una cuerda, pero ahora soy igual que  un barco amarrado a puerto por una cuerda mal atada: el viento me aleja y me aleja hasta que al fin la amarra se suelta y yo floto sola adentrándome en la inmensidad del océano. Siento una inesperada sensación de libertad, o liberación, no sabría decir. Miro a través de la ventanilla: los cipreses, formados como para un desfile, parecen decirme adiós. Ahora sonrío. Me invade una inesperada agitación. Mi mirada se dirige ya al futuro, a la larga carretera que tenemos por delante. Sé que mucho antes de llegar a nuestro destino los pasajeros ya no seremos extraños. No estaremos tan solos. Luego, recogeré los retales de mi pasado encerrado en mis dos maletas y empezaré una nueva vida. Quizá las lágrimas me sorprendan de nuevo al abrirlas, estoy casi segura, hasta que la ropa y los objetos adquieran, como yo, un nuevo significado, y el espacio inusitado los impregne de connotaciones hasta ahora desconocidas transformándolos para siempre.
    
     Presiento que este es el viaje más apasionante de mi vida.
     Cuando vuelva ya no seré yo. Sé que nunca volveré a esta misma ciudad ni mi ciudad a mí, pues cuando volvamos a encontrarnos ni ella ni yo seremos ya las mismas.

A todos los emigrantes.
                                                              
©2011
                                                                

23 comentarios:

El collar de Hampstead dijo...

Qué emotivo Celia...
Me ha parecido ver esa despedida.

De corazón,un besazo para ti.

Inma_Luna dijo...

Se me ha erizado la piel...
Despedidas dolorosas, e inolvidables.
Besitos

Alfred dijo...

Todas las despedidas son dolorosas y más si son hacia un destino incierto aunque el cotidiano lo sea más. Muy emotivo, estar en un andén o muelle, viendo como se te va un hijo, es muy duro y para una madre mucho más. Un gran homenaje a todos los desplazados por las razones que sean. Pues algunos se van sin mirar atrás y en primera, pero también se van y pierden sus orígenes y con ellos si identidad.
Besos.

Chaly Vera dijo...

Fue el día mas feliz de mi vida partir de esa ciudad y de la casa paterna y nunca mas volví. Y sigo siendo feliz.

Besos

Rosana Marti dijo...

Es una gran aventura, en la que no sabemos con lo que nos vamos a encontrar, pero así es la vida y así nos la has contado Celia.

Besos guapa!!

Ilduara dijo...

No emigré, pero tu relato me recuerda a mi partida, a los doce años a un internado. Años después volví al pueblo, pero la niña que lo habitó había huido, nunca fui la misma.

Muchos emigrantes me contaron historias semejantes a las que tú relatas, el alma se quiebra en el viaje.

Rosa dijo...

Casi lloro al leerte, las despedidas no me gustan nada, lo paso fatal. Tanto para ti como para tu madre tuvo que ser muy duro. Nadie debería irse obligado, este País, como dice Toro, no cuida a sus hijos, ni más ni menos.
Hay mucha gente fuera que quiere regresar y no puede.

Un beso enorme, Celia.
Me salen las actualizaciones mal, cuando quieren ...

Macondo dijo...

Me has metido la congoja en el cuerpo, cacho bruja.
Besos.

Carmela dijo...

He podido vivir esa despedida.
Un abrazo, Celia.

la MaLquEridA dijo...

Una pena que tenga la gente partir de su país porque en el suyo sobrevivir se hace imposible.

Un abrazo

Mirella S. dijo...

Qué bien lo relataste, Celia. Me emocionó, Cuando tenía tres años y medio con mi familia emigramos de Italia y vinimos para Buenos Aires. En barco.
Insertarnos, adecuarnos fue duro, más para ellos que para mí que dejaba atrás solo recuerdos borrosos, apenas escenas parecidas a sueños. Pero cuando empecé el colegio era la extranjera, eso sí que cuesta.
Un montón de besos y un gran abrazo.

Celia Segui dijo...

Bueno, lo que he contado no solo lo he vivido al venir al extranjero sino en muchos otros momentos, pero los más duros fueron la ida a Londres y luego aquí.

Lo que dice Charly depende mucho de situaciones personales y de la personalidad en sí. Hay personas más desapegadas que otras. Yo personalmente valoro ahora mucho más todo y cada vez que voy o alguien viene, sea familia o amigos me deja un sentimiento de ruptura interior. Como si una parte de ti se fuera y te quedaras muy solo y desolado. Es mi carácter, supongo. Demasiado emocional.
Besos y gracias a todos y todas.

unjubilado dijo...

No he pasado por ello ni al menos de momento ninguno de mis hijos, pero es una situación que has plasmado tal y como es.
Deseo de corazón que todos los emigrantes pudieran volver a su madre patria, y que esta los recibiera con los brazos abiertos, pero me temo que estoy pidiendo algo imposible.
Un beso

Jo dijo...

yo creo que irse a buscar suerte, por decisión , por accidente, por circunstancias... irse de tu patria siempre nos va a cambair en algo

hay quien no lo entiende o lo minimiza, ahora mismo con los desplazados o gente que esta en fronteras sin ningún hogar.

querida celia gracias por compartir...

Juli Gan dijo...

Bravo relato de un momento decisivo. Quizá, despedirse de un padre o de una madre y alejarse de lo que se llama "zona de confort", (Que suena a espacio chill out) sea una de las cosas más duras a las que se tiene que enfrentar un@. Pero luegola cosa mejora.

Conxita Casamitjana dijo...

Muy emotivo Celia, has conseguido que imaginara perfectamente esa escena y esa tristeza inmensa que se quiere disimular por parte de ambas. Has retratado ese momento intenso en que se deja atrás una vida y ya se sabe que nunca más se volverá a ser la misma persona.
Un beso

Marcos dijo...

Me has puesto el corazón en un puño. Aun te valoro mas por tu entereza.

palomamzs dijo...

Buenísimo, Celia, por bien escrito y por sentido. Me has emocionado.
Besos y ......¡feliz findeeeeee! grrrrr

Nefertiti Munguia Triana dijo...

Es algo duro, últimamente han salido en las noticias casos de personas que salen de su país esperando encontrar oportunidades y lo único que encuentran son problemas, las mafias los amenazan y los hacen venderse, los extorsionan, amenazan sus familias, los engañan, muchas cosas tristes.

Algunos logran salir y cumplir sus sueños pero para muchos lo único que encuentran es un infierno, saludos!

X dijo...


Se nota que está escrito por alguien que lo ha vivido/lo sigue viviendo de alguna manera...
Y está muy bien escrito.
Te deja con ganas de más... como si fuera el comienzo de una historia/un libro.

Un beso y un cálido abrazo, Celia.
Y buen finde!

:)

Noa dijo...

Es increíblemente ''puff''. Es que no tengo una palabra, ahora mismo no.
Curiosamente en varios fragmentos me he sentido identificadísima; puede que sea porque yo me sentí extranjera en mi propia casa, y como tú dices, todo se ha disipado en algo que fui y ya no soy.

Me ha gustado mucho la parte en la que sonríe, donde se da cuenta que en cualquier momento dejará de sentirse una extraña. Eso, y cómo hablas de la lluvia... la frágil lluvia.

Gracias por regalarnos éste relato.

Noa

Blanca Lafarga dijo...

Decir adiós y volver a empezar en ocasiones es muy duro y si encima vienes en patera...
muy bonita entrada.
Un besico

Ann dijo...

Es un texto genial, no he vivido fuera de mi casa nunca así que no se que es esta experiencia pero me ha gustado

Publicar un comentario