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martes, 31 de mayo de 2016

Noventa aniversario de Marilyn Monroe



(Con su madre en una de sus visitas)




Hoy se cumplen 90 años del nacimiento de Marilyn Monroe, de quien como muchos sabéis soy más que fan. No era la más guapa ni la mejor actriz  pero sí la más luminosa, para mí no hay duda, al menos yo percibo una luz bestial cuando la veo. Está infravalorada como la gran actriz cómica que era ( Wilder, Huston, Logan y un montón de directores lo reconocieron). Hay que verla en versión original, los doblajes son una caca.

Reposteo "Una vida en Blanco", relato basado en su último día que escribí hace unos años. Aunque estoy segura de que se suicidó he tomado otra alternativa para el relato. 

Es muy largo, por lo tanto no lo leáis ni comentéis si no os apetece.  Me hago cargo. Pero yo tengo que postearlo porque es mi homenaje.

Y para que no os vayáis de vacío: una secuencia del rodaje de su última película inacabada. Aquí se puede ver su problema para memorizar los textos, lo cual creo que tenía que ver con el insomnio y los barbitúricos. (Al final del post he puesto unas fotos de Maf, uno de los protagonistas del relato).








                                                     UNA VIDA EN BLANCO

Sus párpados temblaron asustados, hostigados por un mal sueño. El aliento, entrecortado, luchaba por aferrarse a un resquicio de aire, ese aire que parecía querer librarse de ella para siempre. La cabeza, coronada de serpientes rubias deslizándose a ambos lados de su cara, se agitaba intentando espantar los monstruos noctívagos.
    Los ojos se abrieron arañados por los primeros rayos de sol; la mirada se derramó exhausta sobre las sábanas blancas de raso. Esas mismas sábanas que cubrirían su cuerpo sin vida al caer de nuevo la noche.
    Las noches se sucedían como malditas extensiones del día; y, mientras el mundo dormía, ella, semejante a un faro penado a presenciar las constantes contiendas entre la noche y el día, alumbrando la oscuridad con su blonda cabellera, permanecía pavorosamente despierta; asida, a su pesar, a la vida.
   Aturdida por la ingente cantidad de somníferos que su cuerpo se había acostumbrado a tolerar se levantó y se dirigió al baño. Su cara, de 36 años, reflejaba en el espejo una belleza sobrehumana: como si para contrarrestar las ojeras y el mate en la piel y ojos absorbiera la luz de cualquier superficie reflectante y la engullera. Al igual que un pigmento absorbe los rayos de luz.
     Quizá fuera por haber vivido siempre en la oscuridad por lo que era tan luminosa, por lo que había aprendido a convertirse en una lámpara que se enciende y se apaga a voluntad. Una bella lámpara colgada en lo alto, inalcanzable, resplandeciendo solitaria en un gran baile de máscaras.
    Refrescó su cara con abundante agua y se dirigió a la cocina. Con qué esperanza había comprado hacía pocos meses su casa, la primera casa que poseía, un pedazo de tierra a la que pertenecer al fin. Está tan vacía, pensó, mientras atravesaba la mullida moqueta blanca del salón. Todo era blanco, estéril, un reflejo de su propia vida: sin padres ni hermanos ni marido ni hijos ni familia alguna a la que recurrir.
    Porque siempre había sido eso exactamente, un candil transportado de casa en casa, intentando captar con su destello el amor de las numerosas familias de acogida; o como la imagen al otro lado del espejo que trata de atrapar en vano un atisbo de realidad, sabiéndose condenada desde el origen a no formar parte jamás de la vida de los otros.
    Por eso probablemente me hice actriz, pensó, mientras abría el frigorífico y se servía un zumo de frutas. Al fin y al cabo, ¿no había logrado el amor del mundo entero? Pero...un amor que no abraza, ¿es amor?, se preguntaba. ¿Por qué tenía que conformarse con vivir las vidas ajenas de sus personajes? ¿Por qué lo único que la vida le había concedido era el éxito profesional?
  El reloj de la cocina, celoso de su carismática presencia, decidió tomar protagonismo: el gris plomizo de su voz saltó súbitamente de la pared, y una hilera interminable de tic tacs invadieron sus oídos martilleándolos —torvos, dolorosos, torturadores—, determinados a recordarle quién tenía el control.
    Deseó ser inexistente, escapar a la angustia del tiempo. Pero no: ella siempre había luchado; era experta en alumbrar la oscuridad, se recordó. Cerró los ojos, sorbió su zumo, los abrió, fijó el azul de sus pupilas en las mangas blancas de su albornoz (el blanco lo diluía todo; por eso lo amaba tanto).
    Los pensamientos y el blanco no eran compatibles; tampoco el blanco y los tic tacs del reloj: demasiado inmenso, silencioso, estéril, pensaban los tic tacs.
   La mirada clavada en la manga blanca quedó ahí suspendida, y ella voló a algún lugar remoto de su imaginación; mientras los tic tacs se retiraban a su escondrijo en el reloj de la cocina guardando un terrible secreto que nadie más sabía: que esa noche cuando las varillas marcaran las diez y veinte, ella se desgajaría para siempre entre el blanco de sus sábanas; en cambio, ellos seguirían penetrando los segundos, empujándolos hacia delante, exhortándolos a seducir a su amada productividad eternamente; porque... ellos tenían el control.
    En aquel lugar remoto de su imaginación existía la niña que fue. ¿Por qué no la dejaba en paz? La odiaba. Esa huérfana no querida. Aunque, no era huérfana; su madre vivía, o al menos existía en algún lujoso sanatorio psiquiátrico.
    Respecto a su padre, nunca supo quién fue. A su madre no la quería ver: demasiado dolor. No entendía por qué había permitido que su mente enfermara dejándola a ella sola a tan tierna edad ¿Cómo había podido? Nadie que ame de verdad puede enloquecer, pensaba. Enloquecer es un acto egoísta y cobarde, una huida.
    Y, porque había huido de ella, sabía que no la quería.
    Ella, sin embargo, siempre había temido enloquecer; porque estaba sola, sin nadie a quien amar. « La locura se hereda, y es fruto del desamor», le decían sus psiquiatras. Aunque, en realidad, no tenía nada que temer: el público la amaba y vivía para él; no podía huir, no podía decepcionarles volviéndose loca; además, ella también lo amaba.
    Pero... ¿es amor el que no abraza? Y, ¿cómo sobrevivir a los torturantes tic tacs sin nadie a quien abrazar? ¿Cómo mantener la mirada en el blanco el suficiente tiempo para no sucumbir a la locura?
    Un hijo, un hijo hubiera sido su salvación. ¡Cómo había deseado tener un hijo! Y, ¡cómo había amado los tic tacs aquel día en que supo que estaba embarazada! ¡Con qué ansiedad había esperado el paso del tiempo, la llegada del día en que tendría a su niño entre sus brazos! Al fin una familia, alguien a quien pertenecer, por quien vivir: un amor que abraza.
    Pero aquella terrible enfermedad... ¿Por qué el diccionario no se revelaba ante todas las palabras horribles que manchaban sus páginas blancas?
   «Endometriosis» le dijeron los tic tacs, taladrando su oído con la horrenda combinación de sílabas.
    Aunque...podía intentarlo de nuevo tras una operación, le habían dicho los médicos.
    Y aquel marido, el tercero, el que iba a salvarla por fin del naufragio interminable que era su vida, el que le había devuelto la fe en sí misma, él también la animaba. ¿Por qué no? Todo no podía ser tan malo en su vida. De pequeña, las católicas familias de acogida siempre le decían que tuviera fe, que si era buena Dios la premiaría. Pero yo soy buena, había pensado entonces. ¿No era más fácil que ellos la premiaran con un poco de amor? ¿Tenía que esperar a Dios? ¡Dios estaba tan lejos! Eso era: ella no era digna de amor.
    Entonces llegó él y le dijo que era digna; la amó; la animó a aquella dolorosa operación. Y los tic tacs del reloj se disfrazaron de música celestial el día en que supo que estaba embarazada otra vez. Y el marido la amó aún más, admirado por su valentía. Al fin y al cabo era buena y Dios la premiaba al fin. Tenía que tener fe.
     No obstante, los tic tacs se aburrían si vestían a menudo de colores, y, como su voz era plomiza, disfrutaban más ataviándose con harapos grises y malolientes. Por eso descendieron de la pared de aquella blanca habitación de hospital, vestidos de horror, y la martillearon de nuevo con aquella terrible palabra: En-do-me-trio-sis.
    Nunca pudo superar la humillación de un segundo aborto. Ella era la culpable de que ese hombre, que por fin la amaba, no tuviera la alegría de un hijo suyo. No; definitivamente no era digna de amor.
   El fruto maduro de una palmera decidió desprenderse, golpeó la ventana de la cocina y ella volvió al blanco de su manga. ¡Ah! Este promete ser un sábado muy cansino, pensó, mientras se levantaba y dejaba el vaso en el fregadero. Echó un vistazo a la cocina: estaba orgullosa de los alegres azulejos mexicanos que había elegido. Sonrío. Cuando esté acabada será una casa bonita; un verdadero hogar, pensó.
   Pero sola, estás sola, le susurró un pensamiento traidor justo antes de echar a correr. Y un globo blanco como la nada se hinchó súbitamente en su pecho robándole el aire. Todo a su alrededor se confabulaba para hurtarle el aire, para gritarle que no tenía derecho a él. Cruzó corriendo el comedor; salió al jardín; estalló al fin en una gran bocanada de aire blanco de agosto. Tenía derecho a vivir, a pesar de lo que le gritaran miles de globos blancos.
   ¡Blanco!...de repente se acordó de Max ¿Cómo podía haberlo olvidado? No estaba sola, aquel pensamiento que había echado a correr, le mentía: tenía a Max. Cruzó la casa a toda prisa, salió a la fachada principal y se dirigió al bungalow de invitados.
    — ¡Max! —gritó. Y una pequeña bola blanca, lanuda, le abrazó las piernas, brincó, y le sonrió con sus pupilas perrunas.
    De vuelta en el salón decidió leer un poco, quizá así se quedaría dormida. Buscó entre las revistas algo que leer. «Maureen Drexler, la esposa de Guy Green, ha dado a luz a una niña». ¿Por qué no lo tiraba? ¿Por qué se castigaba una y otra vez con ese titular? La congoja le estrujaba el cuello; los celos repuntaban el corazón como rabiosas costureras solteronas, puntada a puntada, puntada a puntada; la rabia, roja como las paredes del infierno, le mordía el estómago como un perro furioso; la pena —siempre humilde, siempre humillada— luchaba por abrirse paso subiendo costosamente desde el estómago, atravesando el corazón lacerado, empujando por la tráquea, hasta librarse de aquella caterva de rufianes y nadar libre en un mar de lágrimas nimias.
     Apenas se había cumplido un año de su divorcio y él ya había tenido un hijo con su nueva esposa, una mujer digna de ser amada, una compañera que no le había fallado. ¿Por qué? ¿Por qué tanta tortura? Hacía mucho que no tenía buena opinión de Dios, caso de que existiera en absoluto.
    Las llaves giraron en la puerta principal, y ella violó su dolor: esa mujer espesa, cachazuda, irreverente, fea; esa mujer espantosa entraba en su salón con llaves propias y violaba su dolor. Y hacía y deshacía a voluntad, en su propia casa; porque así lo había dispuesto el doctor Davenport, su psiquiatra. La echaré, mañana le diré que el lunes no vuelva, pensó. Despediría a todos, incluido el doctor Davenport. Era hora de empezar a vivir, de fumigar los insectos que se pegaban a su lámpara, chupando su luz, formando una muralla negra que la apartaba del mundo real, que impedía a la poca gente que le importaba acercarse a ella.
    —Buenos días señorita Meredith —saludó la intrusa.
  —Buenos días señora Cartwright —respondió con voz casi inaudible mientras guardaba la revista bajo la mesa. ¿Por qué la miraba así? ¿Es que no tenía derecho a estar triste? Esa sensación de superioridad, ¡cómo odiaba a esa mujer!
   La misma mirada condescendiente del personal de aquel hospital psiquiátrico, recordó horrorizada. Aquel aterrador hospital. Sólo de pensarlo se le quebraba el alma. ¡Cuánta traición en 36 años de vida! Pero la traición de la doctora Malone fue la mayor de todas. Ella, que había depositado en la psiquiatra toda su confianza, que la había dejado pasar al otro lado del espejo —ese lado en el que habitaba sola con sus monstruos—, fue traicionada de una forma brutal.
    Fue después de su último divorcio. Se derrumbó, y ¿quién no se derrumba tras un fracaso matrimonial? La doctora Malone la convenció para ingresar en aquel hospital: —te tratarán por agotamiento emocional —le dijo—. Es el mejor hospital. Estarás muy bien —. Y ella la había creído.
   Aquella celda blanca, blanca como la inexistencia, pero al contrario de ésta, tan dolorosa. Sin enchufes, sin ventanas, sin cajones; nada con lo que se pudiera dañar. ¡Pero ella no quería dañarse!, gritaba a los médicos a través del ventanuco de la puerta blindada; ¡Era un tremendo error! Estaba allí para descansar por agotamiento emocional. No, no era cierto; ella no se daba cuenta pero estaba muy enferma mentalmente, le decían los médicos (con esa misma mirada impertinente, la mirada de la señora Cartwright violando su dolor, allí, de pie, en la entrada de su casa).
    Y el pánico, como un dardo envenenado, se incrustó en su cuerpo. Y, de repente, todos los pensamientos sobre la locura que la habían perseguido durante su vida entera cobraron vida propia y se abalanzaron sobre ella, negruzcos, con sus faces dantescas, sus rotos lamentos, difuminando el blanco de la celda, gritándole que existía, que estaba terriblemente viva. Chilló, chilló desgarrada por dentro; enloqueció brevemente, y paró. Sabía que no estaba loca. Y allí, acurrucada en el suelo, lloró silenciosamente, lloró el total abandono de su alma.
    La mujer más amada y admirada del mundo carecía del amor que abraza. Y le lloró, le lloró; por si el amor se conmovía y acudía a salvarla.
    Allí, de pie, en el umbral de la puerta, la señora Cartwright, con su mirada altanera, se sintió plena, poderosa, como se siente el gobernante déspota que somete al talentoso para ocultar ante sí mismo y ante el mundo los jirones míseros que revisten su alma.
    —Tiene mal aspecto. Llamaré al doctor Davenport —dictaminó la señora Cartwright. Y el pequeño Max gimoteó y se enrolló en un ovillo de lana. Odiaba a la señora Cartwright, ese agujero negro en su espacio de moqueta blanca que lo engulliría si se acercaba a él, así la percibía Max.
    —No, señora Cartwright, no lo llame; estoy bien. Sólo necesito dormir un poco —. Max adoraba la dulce voz aniñada de su ama; y, vista a ras de suelo, la cabellera plateada, la luz que irradiaba sobre su mundo de moqueta blanca... era su sol; la adoraba; y a su manera, con sus cuatro patitas, la abrazaba.
    —Lo llamaré igualmente —insistió el agujero negro.
    Ella, resignada, hizo oídos sordos y se retiró a su dormitorio.
    Ya es la hora de comer, pensó. Pero tenía que estar delgada para embutirse en el ceñido traje que tenía preparado para la fiesta de esa noche. No, no comeré, se dijo. A lo mejor asistiría él; le había prometido que si lograba encontrar una excusa creíble dejaría a su mujer y sus hijos en el rancho en el que pasaban el fin de semana y volaría en avión privado para asistir a la fiesta; para verla. La deseaba, le decía. Y ella se había enamorado como una colegiala. ¡Era tan guapo! y ¡Tan poderoso! Tan poderoso que podía hacer lo que quería, por eso dejaría a su mujer por ella.
Su anterior marido también había dejado a su mujer por ella; conseguir enloquecer a un hombre no era su problema; sabía hacer sus deseos realidad.
    Pero... sus monstruos... ¿cómo mantenerlos a raya? Tarde o temprano ellos los veían.
    Se enamoraban de su luz, de su dulzura, de su inteligencia y talento, de su alegría —porque podía ser la criatura más alegre y más triste del mundo, se daba en ella esa dicotomía—, de todas las maravillosas cualidades con que Dios la había dotado —el mismo Dios que se olvidó de su obra, quizá por considerar que ya había sido lo bastante generoso—, hasta que se abría delante de ellos el abismo oscuro de su pasado de huérfana y por el subían una miríada de monstruos y de seres esperpénticos.
    Sólo un héroe podía rescatarla del yugo de esos engendros, y él lo era. Sabía que lo era. Una vida amable la esperaba más allá de los monstruos y de los agujeros negros y de los psiquiatras.
   —Tengo que dormir algo, tengo que estar descansada y brillante para esta noche —. Cogió uno de los múltiples botes de pastillas que cubrían su mesilla de noche, engulló un puñado y se tumbó.
    Mientras los tic tacs del reloj de la cocina golpeaban furibundos las manillas del reloj —deprisa, deprisa, apremiaban—, la señora Cartwright telefoneaba al doctor Davenport.
    —Tenemos problemas doctor. Creo que está deprimida otra vez. Y creo que debería usted venir —murmuró, mientras arreglaba el cuello de su camisa: importante, solemne, con la satisfacción impostada de quien sabe que se ahoga en un mar de normalidad.
   —Voy enseguida señora Cartwright. Por favor, vigile usted que no tome demasiadas pastillas —. La señora Cartwright se preguntó cómo, sin embargo lo prometió: la eficacia no plantea dudas.
    El doctor llegó; saludó al ama de llaves, grave, trascendental, como un maestro de ceremonias antes de presentar un acontecimiento de máxima importancia.
    — ¿Dónde está?
    —Se ha encerrado en su habitación hará como una hora y no quiere salir.  
Le he dicho que le llamaría a usted, pero no quería saber nada del asunto.
    — ¡Mary Ann ! —llamó el doctor. No hubo respuesta. El psiquiatra abrió la habitación ( tenía derecho, su condición de sanador mental le daba derecho a invadir cuantas mentes enfermas creyera conveniente sin pedir permiso; él tenía el bisturí, las herramientas adecuadas para coser y cortar, coser y cortar todo cuanto él considerara anormal. Y gracias a este sublime poder sanador conseguido a base de leer tantísimos libros, aparecía siempre erguido, lúcido, clarividente, sacramentalmente preparado para empezar su ceremonia.)
   —Por favor, doctor, necesito descansar —alcanzó a balbucear la voz ahogada en sustancias químicas.
   —Por dios santo, ¿Cuántas pastillas has tomado? —preguntó mientras examinaba el único bote abierto entre los quince que había sobre la mesilla.
    —No lo sé doctor, unas cuantas. Tengo que dormir para la fiesta —murmuró.
   —Habíamos acordado que fueras dejándolas poco a poco. ¡Señora Cartwright! —llamó, asomándose al pasillo—. De momento no hay peligro, pero vigílela y que no tome más fármacos. Que vaya esta noche a la fiesta y se distraiga. El lunes tenemos una sesión y hablaremos sobre su estado de hoy. Yo me voy, tengo una cena esta noche.
    —Descuide, doctor —replicó el ama de llaves.
    En la penumbra del dormitorio la voz de Frank Sinatra susurraba As Time Goes By. En la cocina, los tic tacs del reloj acababan de dar las ocho, impacientes, con la ansiedad de los que se niegan a disfrutar el presente. El teléfono, en el suelo del dormitorio, sonó. Ella, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, contestó.
   Era su amigo, el anfitrión de la fiesta a la que debía asistir:
    —Él no asistirá, irán a verte para hablar contigo. De todos modos espero que vengas a la fiesta —. Pero por qué, y quién iba a venir a verla, y, por qué motivo. No; no tenía ganas de ir a la fiesta. Lo llamaría. Tenía que hablar con él.
    —No lo llames, no puedes hacer eso, es un hombre importante. Está con su familia; no puedes poner su vida familiar y su carrera en peligro. Si esta relación sale a la luz, será el fin de su carrera — le advirtió.
    La sombra de un monstruo se proyectó sobre la moqueta blanca del dormitorio: Vete, vete, no eres real, le decía. ¡Él la quería! ¡Le había dicho que no estaba enamorado de su mujer! Además, ¡él era el héroe que la rescataría al fin de los monstruos! «Vete, vete, no existes» repetía.
    Dios estaba en deuda con ella. Había esperado toda su vida. Y el amor era el pago justo, no podía ser de otro modo; si no....estaría perdida: — ¡No cabe más dolor en mi alma, no cabe más dolor! —gritaba la voz interior.
    Además, él...estaba enamorado, lo sabía; le pertenecía. —Le llamaré; es mi amor; vendrá a abrazarme. Lo llamó, lo llamó unas diez veces. El señor no se puede poner, le dijeron; o, «haga usted el favor de no volver a llamar».
    Y su mente flotó vagando por la habitación, chocando con una pared blanca, rebotando contra la otra, como una pelota de ping pong: la preferida de Dios, cuando éste se dignaba a existir. Vagaba anticipándose a la muerte; intentando verle la cara antes de ir a su encuentro... por si se arrepentía. Pero si volvía, si su mente dejaba de vagar y de rebotar, entonces vería al monstruo, a este en concreto, que planeaba su inmensa sombra negra sobre la moqueta de la habitación. ¡No, no quería ver al monstruo!
    El timbre de la puerta principal sonó. Ella no oyó nada. Flotaba como una lámpara solitaria en el techo del dormitorio. Proyectando la plata de su pelo sobre la sombra del monstruo. La señora Cartwright abrió. Dos señores con trajes oscuros, importantes, muy importantes —tanto que la señora Cartwright quedó transformada, sintiendo como una vaporosa muselina rosa pálido trepaba por sus piernas , se deslizaba sensualmente por sus caderas , acariciaba sus senos marchitos rociándola de placer, y la impregnaba de una extraña condición de majestad —, entraron. Max, que percibió la transformación de la señora Cartwright como una expansión del agujero negro, salió despavorido entre las piernas de los hombres en dirección a su camastro de la casa de huéspedes.
    — ¿Qué se les ofrece, señores? —inquirió su majestad.
    — ¿Dónde está la señorita Meredith? Nos manda el senador Johannson.
   —Síganme, por favor —replicó la señora Cartwright mientras ondeaba, envuelta en muselina rosa pálido, hacia el dormitorio de la señorita Meredith. —Señorita Meredith, tiene visita —anunció golpeando la puerta.
    La puerta se abrió, ella apareció en su albornoz blanco, pálida como la luz de la última luna que ya afloraba sobre los setos del jardín. La echaron atrás, los hombres importantes entraron y cerraron la puerta tras de sí; y, en el corredor, la muselina de la señora Cartwright se evaporó.
    —Deje en paz al senador Johannson —la conminaron.
   — ¿Quienes son ustedes? ¡Fuera de mi habitación! ¿Con qué derecho...? —gritó intentando salvaguardar un último resto de dignidad.
    —El senador nos manda a decirle que si vuelve a contactarle tendremos que tomar medidas drásticas.
    La habitación daba vueltas a su alrededor; no podía estar sucediendo; sentía su cuerpo huir, alejarse del alma repudiada. ¿Qué cuerpo querría albergar un espíritu condenado al rechazo desde la cuna? Enloqueció: golpeó aquellos monstruos disfrazados de elegancia. ¡Cobardes! ¡Cobardes! ¡Cobardes! chillaba la voz enajenada, independiente, desligada de cualquier voluntad; ya no había voluntad, solo el llanto del dolor enquistado. 
    La señora Cartwright, alarmada, entró. Ayúdenos a calmarla, le pidieron.
    La atraparon entre los tres, como a un animal enjaulado; la echaron sobre la cama
   —Le daré una injección calmante —dijo el ama de llaves.
    Sabía como tratar a los locos, había sido enfermera y tenía instrucciones precisas del doctor Davenport en casos extremos, les dijo. Preparó una jeringa; la aplicó sobre el animal herido.
    —Váyanse, ya me encargo yo —declaró la voz de la experiencia.
    Mary Ann, tendida en la cama, vio alejarse a los lobos pardos a través del poco azul que quedaba en sus pupilas.
   —Duerma un poco señorita Meredith. Mañana a primera hora llamaré al doctor Davenport. Vendrá aunque sea domingo, así que no tiene de qué preocuparse.
   Dejó encendida la lamparita de noche y se encaminó a la cocina a preparase una infusión relajante. Tratar con locos es un trabajo muy estresante, se dijo. El lunes pediría un aumento de sueldo, pensó. ¿Qué hora era? Ah, sí, las diez menos cinco, rieron los tic tacs del reloj. Habría que cenar algo.
    Un grillo chirriaba enojando a la brisa nocturna, que mecía a las anémonas del jardín tratando de dormirlas. Indignada, alcanzó a infiltrarse por la ventana del dormitorio en penumbra. Rozó una piel desnuda con aroma a vainilla amarga. Ella sintió el abrazo y se estremeció llena de agradecimiento. La brisa la acunó; le susurró al oído que no estaba sola. Una lágrima surcó su rostro de porcelana rota. Extendió la mano hacia la mesilla de noche: serena, llena de dignidad infinita, y engulló las últimas píldoras.
    No había más monstruos, sólo el blanco sosegado de las sábanas.
    Al otro lado del jardín, en el bungalow de invitados, la brisa rozó la nariz de Max impregnándola de un aroma a vainilla amarga. Max saltó sobresaltado, rascó la puerta enloquecido. Aulló desde las entrañas de su diminuto ser intentando espantar aquel olor a muerte. Temblaba horrorizado, arañando aquella perversa puerta que hería sus pezuñas y le separaría de su amada para siempre.
    Exhausto, frustrado, doloridas las pezuñas sangrantes, se enroscó en su pequeño ovillo de lana y sollozó abandonado a la luz blanca de la luna.
    Su sol se había apagado para siempre.
    En la cocina, la señora Cartwright había acabado de cenar. ¿Qué hora es? Se preguntó mirando el reloj. Oh, las diez y veinte ya. Hora de irse a la cama.

                                                                     -fin-

5 de agosto de 1962, la policía se lleva a Maf ( verdadero nombre) de su casa tras la muerte de Marilyn.


Fotos de Maf tomadas por Marilyn en su piso de Nueva York (el que había vivido con su ex Arthur Miller)  en 1961.



©2011

50 comentarios:

Lapiz Pluma dijo...

Estoy de acuerdo en que los doblajes la desmerecen mucho, hay que verla en versión original! De hecho yo he visto "Los caballeros las prefieren rubias" en español, alemán e inglés, y no hay punto de comparación!
Besos

El collar de Hampstead dijo...

Al final se rompió el juguete,nadie logró abrazar bien sus piezas para que no se desmoronara.
Un amor que abraza...eso es...
De nada sirve ser el deseo de medio mundo,eso sólo les vale a los simples ególatras.

Cuánto tuvo que sufrir...
Su infancia fue espeluznante : desde bebé de mano en mano adoptada no sé cuantas veces,violada...
Cómo no iba eso a lastrar su vida?
Y luego...ni muerta fue respetada...las fotografías del cadáver,etc...

Coincido en que no era ni la más guapa ni la mejor actriz,pero tenía "algo",una luz especial que ha atrapado a millones de espectadores de todo el mundo.
Un estilo propio,también.Que puede gustar más o menos pero...
desde luego dejó su huella en algunas escenas que han pasado a la historia del cine,y eso hay que reconocérselo.
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Me has conmovido.
Y hay dos detalles en el post que también lo han hecho...imaginar lo que sentiría el pobre perrito cuando se lo llevó la policía...quedaría en manos de extraños (como le sucedió a Marilyn) ?
Y el vídeo con Dean Martin...un diez para él.Fíjate que es un señor del que yo tenía otra imagen : el Rat Pack,frívolidad...(tantas veces nos equivocamos con los prejuicicios,verdad?) pero...con qué ternura la mira...
Ella se equivoca por enésima vez y...él la rodea con sus brazos.
Ole Dean Martin.

Hermoso homenaje Celia.
Que además da para pensar mucho.

Un beso,artista.
: )

Antony G. Martínez dijo...

En mi habitación tengo dos cuadros de Marilyn. Fue preciosa a más no poder.
Me gusta saber que hay otras personas que le rinden homenaje. Es interesante tener gustos iguales con otras personas.

Por cierto, me has dejado desconcertado al saber que soy guionista.
¿Si no te importa podrías decirme cómo lo lograste saber por correo electrónico?
Además de contaré la "historia exacta". JEJEJE

Mi correo es-> peliculasantony@gmail.com

Celia Segui dijo...

Carmen, ante todo gracias por tomarte el tiempo y por tu comentario.
Dean Martin era un tío estupendo y fue un verdadero amigo para ella. Él se negó a seguir en la película cuando a ella la expulsaron injustamente (por ir a lo de Kennedy cuando le habían dado permiso. Pagó el pato por el despilfarro de la Taylor en Cleopatra). En fin, él sabía que ella estaba enferma, además de bipolar tenía sinusitis y fiebre muchos días.

Antony, lo del guionista lo pone en tu blog a la derecha :) Te contacto luego.
Besos y gracias a todos.

Celia Segui dijo...

Por cierto, Carmen, el perro se lo quedó la secretaria de Frank Sinatra (fue él quien se lo regaló en 1961, de ahí que ella le pusiera Maf, por mafia)
Besos

Mi Álter Ego dijo...

Como ya te he dicho alguna vez, nunca he sido una gran fan de Marilyn pero hay que reconocer que tuvo una vida muy trágica. Me ha gustado mucho el relato. Un besote!!!

lavelablanca dijo...

Tuve durante unos años una imagen de Marilyn leyendo en la cama (hasta uno de esos traslados en los que se las cosas toman vida y se despistan o se marchan a hacer su vida).

Es ella.

Abrazos.

Celia Segui dijo...

ATENCIÓN: Muchos estamos teniendo problemas de actualización del blog. Hoy ya llevo más de siete horas y no se ha actualizado a pesar de que hemos probado varios trucos. Creo que cada vez somos más los afectados por lo que observo.
Me recomendaron feedly.com y es una pasada: se actualiza al momento, se ahorra tiempo, todos los posts organizados y vas borrando lo que ya has leído. Es estupendo. Poneoslo! Es gratis.
Besos

anuar bolaños dijo...

Marilyn, su misterio invita a hacer literatura profunda.

Amapola Azzul dijo...

Un homenaje precioso lleno de sentimientos . Enhorabuena.

Besos.

lopillas dijo...

Snif pobre mujer. Buenísima pluma Celia y precioso homenaje.
Besitos

Marigem Saldelapuro dijo...

Hola!!!!!!
Pues me he leído el relato entero y me ha gustado, ese amor que no da abrazos nunca sabremos si es amor.
Yo he leído muchísimo sobre Marylin, su infancia fue terrible. Yo también escribí un relato sobre ella, pero me centré en su infancia hasta su boda y no me quedó tan bien como a ti, que el tuyo logra captar a la perfección ese mundo entre tinieblas en el que vivía por los somníferos, esos miedos...me ha parecido muy bien narrado o a mí particularmente no se me ha hecho nada largo.
Besos.

Enrique Tarragó Freixes dijo...

No sé por qué, Celia, esa mujer siempre atrajo mi atención. Su vida, su arte, su estupidez bien medida, su coquetería, su sinuosa elegancia, su muerte ... es un artículo extraordinario. Gracias.
Feliz tarde.

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Reblog: https://etarragof.wordpress.com/2016/06/01/cronicas-de-una-espanola-en-viena-noventa-aniversario-de-marilyn-monroe/

Ilduara dijo...

Maravilloso relato.

Me encanta cómo describes su estancia en el psiquiátrico, reflejas magistralmente el dolor que siente, la sensación de impotencia y el sentirse engañada.

Percibo tu implicación afectiva, la presentas como una persona poliédrica, no como un mero personaje.

Rosana Marti dijo...

Precioso homenaje Celia, una mujer admirable y única, todavía ahora sigue brillando, he visto casi todas sus películas porque adoro el cine clásico, y sinceramente me han gustado mucho. Murió joven una lástima pero jamás será olvidada, será un mito por siempre.

Un cálido abrazo con mi cariño siempre para ti.

Macondo dijo...

No te disculpes por la extensión, Celia. Es un precioso homenaje, sentido y muy bien escrito.
Te felicito.
Besos.

AMBAR dijo...

Homenaje bien merecido, no se le ha reconicido su valía.
Guapa, maravilloso cuerpo y posiblemente más inteligente de lo que le daban crédito.
Fatalidad que su belleza le deparara ese final.
Los ojos se me hacen lucecitas y sombras a la vez, y me ha costado lo mío acabarlo, tu admiración por ella es grandeeeeeeeeeeeeee, de eso no me cabe duda.
Sigo repasando que me he perdido algunos escritos.
Un abrazo.
Ambar

Celia Segui dijo...

Gracias a todos por tomaros el tiempo y por vuestros comentarios.
Besos

unjubilado dijo...

Si te voy a ser sincero no lo he leído del todo, pero seguro que lo hago mañana si tengo tiempo y si no, seguro que pasado.
Besos

Tracy dijo...

Me sumo a tu homenaje.

Alfred dijo...

Un relato impresionante. Te mantiene con el corazón encogido a pesar se saber el triste final.
Besos.

Celia Segui dijo...

F
F
Mil gracias a todos.
Besos



Rosa dijo...

Un amor que no abraza ¿es amor? No.
Se encuentra muy bien reflejado en este texto que, se nota, has escrito con tanto cariño.
Y me ha encantado ese abrazo de Dean Martin.

A mí esta mujer siempre me produce ternura, su mirada tenía un fondo triste.

Un beso, Celia. Bonito homenaje.
:)

Marta Morandini dijo...

gracias por el recuerdo triste luz que se apago...

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Escucha mi enorme aplauso,,, un texto precioso, muy bonito. Rezuma sensibilidad

Ambar dijo...

Un relato sobrecogedor y un precioso homenaje el que has realizado. He descubierto muchas cosas que ignoraba porque has sabido iluminar a la persona que era Marilyn.
Felicidades por el relato y un beso.

Anusca77 dijo...

Ay Celia que bonito! Y yo sensible que estoy! Me has hecho llorar. Uff, escribes muy bien corazón! No te has planteado nunca una novela. Mira que yo soy muy lectora pero no de todo lo que me cae en las manos, me tiene que enganchar y te aseguro que tus relatos enganchan. Tienes una forma de describir las cosas tan personal y tanta sensibilidad. Me ha encantado.
A mí me ha gustado siempre esta mujer y sí me parecía guapísima. No sé si buena actriz porque no soy especialista en el tema precisamente, aunque yo me he tragado todas sus pelis y varias veces y me chiflan. Una pena que con ese talento, esa cara tan bonita...no supiera vivir. Bueno, eso si no hay algo escondido detrás de su muerte, que tampoco lo vamos a saber.
Besazos y no dejes de subir tus relatos, por favor.

Ein Tag mit Pepa dijo...

que pena, a mí también me encanta! Era única! Bonito post, un besín!

Holden dijo...

Yo sí que me he leído tu homenaje a tu tan querída Marilyn, no podía menos que eso, y me ha gustado mucho. Yo nunca la he tenido en un pedestal, aunque claro... es muy complicado que yo admire tanto a nadie. Sin embargo, como cinéfilo aficionado, sí que me he tomado la molestia de ver alguna peli suya. Es una pena lo mucho que abusaron del papel de rubia tontita para ella, creo que era mucho más mujer que la que la industria trató de vendernos.

AtHeNeA dijo...

Hay personas que brillan con luz propia, con una luz que supera y desafía incluso la mala lengua, baba o hastío de ciertas personas, incluso los corsés en los que se ven envualtas.

Hay personas con una luz que queda y hace piruetas de mil maneras, que siempre perdura ...

Y creo que una de esas es ELLA

Mi abrazo

Marta B dijo...

que bien escribes, me encanta todo lo que haces!! el homenaje es puro sentimiento, me ha gustado mucho! yo no sabia mucho de su vida (mas bien nada) y me voy de aqui sabiendo bastante!!

un besito guapa! <3

Celia Segui dijo...

Gracias a todos. Me habéis sorprendido, la verdad, no esperaba que lo leyerais tantos de vosotros :P
Besos y gracias.

Jane Jubilada dijo...

Celia, el relato está muy bien, me ha gustado mucho. Y, como decía una poesía que recitábamos en la infancia, "si no ha sucedido así, pudo muy bien suceder". En uno de mis post nombré a Marilyn, que habló de puentes en uno de sus poemas. A mí me gusta mucho como actriz. Como dices, llenaba cualquier escena de luz.

MATT dijo...

Me ha encantado. Precioso y muy bien escrito. No conozco detalles de su vida, por ejemplo no sabía que tuvo endometriosis, enfermedad que tuve con 25 años y superé tras operación y tratamiento.
Siempre he pensado que Marilyn está infra valorada como actriz, tiene una vis cómica brutal. Además de que era diferente, con un estilo propio. Y al leerte también me he dado cuenta de que tenía luz propia.
Una pena que su bipolaridad y todas las sombras que la acompañaron desde niña, acabaran con su vida tan pronto....
Un beso

Marcos dijo...

Curiosísimo el vídeo. Te he leido de un tirón; eres increible, Te veo triunfadora en todas tus facetas. A ver si eres tan perfeccioniasta que una vez llegas a conseguir tu meta, buscas demostrar tu valía en la siguiente prueba.Eres muy buena escribiendo novela.

Carmela dijo...

Celia has escrito una maravilla, se lee del tirón y describes con tanta delicadeza y admiración sus distintas etapas, que haces que se quiera aún más a Marilyn. Me ha encantado.
Muchos besos.

Alfredo Ramírez Vega dijo...

Te tengo que decir muchas cosas respecto a este relato:

Primera: me has arrancado una lagrimita furtiva en contra de mi voluntad (y no es broma).

Segunda: el personaje del Max es el único al que el lector se puede aferrar con un mínimo de empatía en medio de tanta desesperanza, lo cual no deja de ser una ironía el que, aparte del personaje principal, el más humano de todos los demás personajes sea un perro.

Tercera: la repetición del color blanco en el relato agobia hasta tal punto que casi puedes verlo mientras vas leyendo (y no me confundas, esto es un halago a tu talento de escritora).

Cuarto: el personaje principal es una prueba evidente de algo que siempre he pensado: la sociedad machista ha manipulado la psique femenina de tal manera que siempre espere la ayuda de un hombre, de un caballero andante, de un príncipe azul que la rescate del castillo en el que se encuentra encerrada, sin que en ningún momento ella se plantee salir por sí misma. Su última opción fue ese "hombre poderoso" (imagino que J.F.K.) que la amaba y dejaría a su familia por ella, y la rescataría de la alargada y negra sombra de sus monstruos.

Quinta: a colación precisamente de los dos puntos anteriores, el contraste entre el blanco impoluto, aséptico, casi clínico, y el negro de la sombra es demoledor. Y eso vuelve a demostrar una vez más una maestría absoluta de la narración.

Sexta: ahora entiendo perfectamente cuando dices que eres fan de Marilyn, hasta el punto de ponerte en su pellejo el último día de su vida.

Visto lo visto, mi jefa, mi gran amiga, sólo puedo decirte: chapó. Eres una ARTISTAZA, con mayúsculas.

Muchos besos.

Celia Segui dijo...

Alfredo, me dejas muerta. No sé qué decir. Gracias de corazón. Yo admiro tu talento como poeta y narrador, espero que lo sepas. No puedo expresarte con palabras lo que te agradezco... Besos

Marcos, tú me miras siempre con buenos ojos. Mil gracias.

Carmela y Matt, gracias de corazón.
Besos a todos

Celia Segui dijo...

Por cierto, Alfredo No lo hice intencionadamente, pero respecto al perro. Marilyn siempre decía que los perros le daban más amor que los humanos. Y no es JFK , era Robert K, de quien se enamoró.
Besos

Isa dijo...

Guauuuuuuuuuuuuuuuuu, vaya homenaje a una dama herida de muerte por la sin razón de la falta de amor. Qué dolor tan grande y forma de manipular a una gran actriz. Sólo su perrito le era fiel y la amaba a su manera. Es muy cruda la vida que le tocó vivir a Marilyn. Que manipuladores las personas que decían mirar por su salud. Se lee de un tirón porque está muy bien escrito. Eres fabulosa escribiendo y no sabría diferenciar la realidad de la ficción. La verdad, nunca me interesé por esta mujer, pero desde hoy mi aplauso inmenso para ella por todo lo que sufrió a pesar de tener tanto dinero y poder en los hombres.
Enhorabuena por este escrito y el gran homenaje a esta dama. Celia, eres única.
Saludos y abrazosssssssssssss

Piruli dijo...

Nunca me he interesado por Marilyn ni sé demasiado de su vida. Así que prometo sacar un hueco para leer el relato y te cuento.
Besos

Piruli dijo...

Sinceramente, muy, muy, muy buen relato. Me ha gustado mucho, con muchos paralelismos y bien escrito. Es más, me ha permitido conocer un poco más la vida de esa pobre chica, porque se puede tener todo y no tener nada. De ello hablaré la semana viene. Besos

Alfredo Ramírez Vega dijo...

Sí que lo sé, jefa, no te preocupes. Y mira, respecto a lo de Robert K, es verdad, no recordaba que en sus últimos tiempos estaba con él. Así que muchas gracias por el apunte, por refrescarme la memoria...

Muchos besos, amiga mía.

Tania (Sevilla desde La Giralda) dijo...

Buenos días Celia,

cada vez que leo tu post (lo he leído ya tres veces), pienso que estoy en el teatro viendo una obra que se llama Las últimas horas de Marilyn.

No me parece guapa me resulta una criatura sublime en toda su esencia.

Me siento en un callejón sin salida. Se enAmora toda su vida de persnas inadecuadas. Además por todo lo que ha vivido en su infancia es incapaz de quererse a sí misma. Y ahora veo que igual Dean Martin era la respuesta a todas sus plegarias. Siento una gran impotencia por todo lo que le ocurre.

La vida es puro capricho...

Un abrazo.

Celia Segui dijo...

Gracias, Isa, Alfredo, Pirulí, Tanya... ¿Tres veces???? Me dejas boquiabierta. Gracias a todos.
Besos

X dijo...


Muy bueno y muy creíble, has sabido meterte en su piel y eso no es fácil y menos con alguien con quien hay una gran distancia espaciotemporal.
Buen homenaje, se nota tu admiración y tu conocimiento sobre ella.

Triste su historia llena de claroscuros...
Hay una gran inteligencia detrás de hacer creíble la ausencia o la mínima expresión de la misma... yo creo que ella sabía ocultarla muy bien detrás de su belleza exterior.
Muchos temen la inteligencia en las mujeres... 'ni está invitada, ni se la espera'...

Un beso y un cálido abrazo!

;)

Blanca Lafarga dijo...

Un homenaje precioso con un relato conmovedor.
Gracias por dejarnos compartir tus escritos.
Un besico.

MI PADRE ES GUAPO Y MI MADRE ES LISTA - Blog para Padres Inquietos dijo...

Me uno a tu homenaje a Marilyn, yo creo que era más que un personaje y que por dentro era una mujer muy lista y nada tonta ni frívola. Aunque ingenua.
Un abrazo Celia.

Opiniones incorrectas dijo...

Tiene gracia, no te pude responder la pregunta sobre la muerte de Marilyn porque no sé dónde la metí, pero mi respuesta era suicidio.
Sin embargo, no sé porqué pensaba que tú defendías la conspiración sobre su muerte.
Besos, flor!

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