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Bienvenido al blog de Celia Seguí
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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Hace diecinueve años, un 31 de diciembre me despedía de un sueño (Anécdotas)

     


     A menudo la gente me pregunta por qué dejé la profesión de actriz y siempre pongo las mismas excusas porque no quiero contar  lo que voy a relatar  en los siguientes posts, tal como ocurrió a lo largo de tres días, concretamente el día 1, 2 y 3 de enero de 1997. Que si es una profesión muy difícil, que no quería vivir el resto de mi vida con tanta inseguridad... Y algo de eso hay, sin duda, pero el auténtico motivo es el anómalo suceso que voy a relatar en este blog.

    Yo jamás pensé en ser otra cosa que actriz, de hecho por aquel entonces , aparte de hablar inglés, no sabía hacer otra cosa. Como casi todo actor, uno se plantea en ocasiones si está dispuesto a vivir toda una vida de altibajos e inseguridades, puesto que ser actor y el paro van de la mano. Sin embargo, y a pesar de todo, yo estaba enamorada y sigo enamorada de esa profesión y creo firmemente, que de no haber sucedido lo que sucedió, no hubiera dejado mi vida atrás de esa manera. No lo lamento, aunque lo echo de menos. Pero sin este suceso no hubiera conocido a mi marido, ni hubiera tenido las vidas que tuve después, muchos periodos de gran felicidad, otros menos.

   Hubo una serie de sucesos que se acumularon antes de llegar a este punto aberrante:  viví durante siete años sola en una buhardilla al lado del Teatro Real de Madrid. En los últimos meses me intentaban entrar yonkis en casa a las tres de la mañana, todos los santos  días. Yo , tras la puerta, contenía la respiración mientras ellos intentaban abrir la cerradura. Y cuando salía  por la noche, volvía aterrorizada por si me los encontraba fuera. Fue una época horrible. Finalmente, unas amigas me acogieron temporalmente en su casa. De ahí pasé a casa de mi amigo Juan  hasta quedar libre una habitación en un piso compartido con otros actores. Ya no quería vivir sola de momento. Finalmente entré en el piso pero la conviviencia con una de las personas era mala, de modo que tres de nosotros buscamos otro piso y nos trasladamos al  147 de la calle Embajadores, donde tan solo seis meses después tuvo lugar el suceso en cuestión.

   En total fueron cinco cambios de domicilio desde 1994 a 1996. Simplemente no pude con uno más. Me planteé el suceso como una señal de que tenía que cambiar mi vida.

   La convivencia con Miriam y Alfonso era genial. Recuerdo esos meses en el piso con mucho cariño. Yo estaba trabajando , no me faltaba el dinero para vivir. Representábamos el Quijote por las mañanas en el Teatro Fígaro, tenía bolos con otra compañía, lo compaginaba con animaciones. En esos meses también hice un par de sesiones en series de televisión y una prueba como copresentadora de un programa para Antena 3 que al final no se hizo, pero para el que me habían cogido, según me dijeron. La cosa pintaba bien,  me sentía más preparada que nunca ... pero no tenía que ser.


    El 31 de diciembre de 1996 lo pasé en el Teatro Infanta Isabel. Mi amigo, el actor Juan Meseguer, me invitó a tomar las uvas con ellos en el escenario. Cenamos en el ambigú del teatro , después me senté en el patio de butacas y  empezó la representación de la obra "Mariquilla Terremoto", representada por José Luis López Vázquez, Maria José Cantudo y Juan Meseguer. Poco antes de las doce se hizo un descanso y la familia y amigos de los actores subimos al escenario a despedir el año tomando  las uvas. Yo no lo sabía, pero me estaba despidiendo del teatro. Así es la vida.



    Foto tomada esa noche, con mi amigo del alma Juan Meseguer, cenando en el ambigú del Infanta Isabel. 



    Aun así, mi despedida real fue en febrero de 1997, en un bolo que hicimos en Murcia, tierra de Juan Meseguer. Cuántas casualidades tiene la vida.
    
    El día 1 , diecinueve años después, os contaré la historia más increíble que he vivido jamás. 


                                                  Que paséis un feliz fin de año

   Para leer la historia, pincha AQUÍ



   


viernes, 18 de diciembre de 2015

Mercadillos de Navidad en Viena ( Vivir en Viena)


    
     Como ya he dicho varias veces, llevo seis años viviendo aquí y en este tiempo hemos visto una evolución que no nos gusta nada y que da miedo, la verdad: la masificación. Durante años, vine año sí , año no,  a pasar las navidades en Viena y venía con ansias de tomar unos Glühwein ,o vino caliente especiado, en estos preciosos mercadillos. 

   Algunos de estos mercadillos aún son visitables entre semana, pero otros desgraciadamente, se han convertido en hormigueros con hordas y hordas de turistas, como pasa con el del ayuntamiento o el de los museos.

    Se llaman "Christkindlmarkt" por el Christkind ( niño Jesús), que es un angelito luminoso que deja los regalos bajo el árbol la tarde de Nochebuena haciendo sonar una campanilla para que los niños sepan que ha llegado.

  Además de vino especiado se pueden tomar ponches de varios sabores, con o sin alcohol.

    Están abiertos desde el  21 de noviembre al 24 de diciembre y cierran todos los días a las nueve de la noche, aunque al parecer, para rentabilizar el  negocio van a dejarlos abiertos hasta Año Nuevo, como en Praga u otras ciudades centroeuropeas. 

    Hay varios mercadillos famosos en esta ciudad. Aquí los principales.
                                        (Hacer click en imágenes para ver grande)

El del ayuntamiento.




Uno de mis favoritos es el de Karlplatz o Plaza de San Carlos.




Frente a los dos museos, en Theresianerplatz hay otro, también muy visitado por turistas.


En el palacio de Schönbrunn ( el de Sisi de verano) , hay uno muy agradable , aunque hace años que no voy y me dicen que desgraciadamente está abarrotado de gente. Nevado es espectacular.



Mi favorito sin duda el de Spittelberg , es como un viaje al pasado. 




El del palacio Belvedere


En el centro, otro al que me gusta ir, frente al pasaje Freyung.


Hay más, pero estos son los principales.  
Con el mariden y mi amiga Nuria ayer en Spittelberg


La semana que viene me voy a Spanien. Os visito a la vuelta.

FELIZ NAVIDAD A TODOS 

FROHE WEIHNACHTEN! o ALLES GUTE!

lunes, 14 de diciembre de 2015

Nunca comáis churros en el metro ( Pensamientos peregrinos)

     


     Pongamos que encontramos una parada de churros a la entrada del metro, vosotros o yo, para el caso es lo mismo. Que nos compramos un cucurucho y cuando llegamos al andén llega nuestro tren y que nuestro vagón va medio vacío, de modo que nos sentamos junto al pasillo y nos damos a comer nuestros churros tan ricamente.
   
     Sin embargo, la siguiente estación tiene mucho tránsito y en cuanto se abren las puertas del metro entra la marabunta y una señora de amplio trasero nos obliga a echarnos algo hacia adentro, a nosotros y a  nuestro paquete de churros. Menos cómodos, pero disfrutando aún  ,seguimos comiendo.
  
     Y entonces ocurre lo que tenía que ocurrir: el tren se zarandea  y nuestros churros y el trasero de la señora se dan los buenos días: el resultado es una mancha de aceite de cierta enjundia en los vaqueros blancos de la mujer.

     A partir de ahí estamos perdidos: no podemos apartar la vista de la mancha de aceite. ¿Se lo decimos o no se lo decimos? ¿Salimos corriendo en la próxima parada? Esto último es impensable, la mancha se ha apoderado de nosotros.  Cerramos el cucurucho y lo sujetamos  a cierta distancia con  asco. Enseguida nuestra mirada vuelve al culo de la señora: es grande la mancha. Pensamos en frotarla suavemente con saliva, pero si lo hacemos la señora lo notará. La culpabilidad nos embarga: ¿Y si la mancha no se va? ¿Y si la pobre está en paro y no tiene dinero para otros pantalones? ¿Y sí ahora mismo va camino de una entrevista de trabajo y por nuestra culpa no se lo dan? ¿Y si está casada y el marido sospecha de ella? ¿Cómo va  a justificar una mancha de aceite en el trasero cuando lo normal es que esté delante? ¿Y si el marido piensa que se ha liado con un mecánico? ¿Y si el mecánico se ve envuelto en un problemón con el marido por culpa nuestra? ¿Y si la mujer del mecánico se entera y lo abandona? ¿Y si pone a los hijos en contra del pobre hombre? ¿Y si se busca un buen abogado y lo arruina? 

      Acojonados, al barruntar las terribles consecuencias que nuestro acto de comer churros en el tren puede acarrear a una familia de bien, tragamos saliva y escondemos el aceitoso paquete en una bolsa de plástico que por suerte llevamos. En este momento para el tren y el trasero de la señora se zarandea a un lado y al otro, restregándonos nuestro pecado por las narices. 

    Ojo, la señora parece que se apea. ¿Qué hacemos? Dudamos brevemente, pues no podremos justificar la no asistencia al trabajo. Pero... la mujer y su marido… el mecánico y su mujer… uf, ¿No son ellos más importantes que nuestro trabajo? Al fin y al cabo estamos a punto de arruinar la vida de dos familias. Uf.

     No se hable más: saltamos del vagón antes de que sea demasiado tarde y seguimos a la mujer. ¿Cómo lo haremos? ¿Cómo advertirla de la hecatombe que se le viene encima? Estamos a punto de llamarla pero no hay huevos, la situación es demasiado grave.  Andamos tras la mujer por una calle ancha y vacía, llena de setos a un lado y a otro: uno de esos barrios obreros de nueva construcción. Nuestra mente bulle y rebulle buscando soluciones: «se lo diremos al marido y al mecánico antes de que lleguen a mayores, será lo mejor. » 

    Pero, ¿y nosotros? ¿Qué va a ser de nuestra vida? El jefe llamará a casa y dejará un mensaje en el contestador, nuestro consorte pensará lo peor. No nos perdonará la supuesta infidelidad: divorcio: separación de bienes: ruina: el jefe nos despide del trabajo al enterarse de todo: doble ruina: final en psiquiátrico o peor, debajo de un puente. Uf.

    ¿Qué hacemos? Bueno, ya estamos aquí, y sería muy mala suerte que nuestro consorte nos arruinara la vida por faltar un día al trabajo. Y si no estamos casados, pues esta última preocupación ni la tenemos.

     Uy, la señora se mete en un portal, la vemos llamar al ascensor. Uy. ¿Y ahora qué?...

     Al trabajo ya no llegamos , es ridículo. Cabe esperar a la señora en el portal, quizá llegue el marido a la hora de comer. Quizá aún podamos rescatarla cuando oigamos los gritos. Vamos pues a hacernos con algún arma. A ver… ¿Qué hay alrededor?  Árboles. Busquemos pues una buena rama para atizarle un ramalazo al huevón del marido. Puta mancha, si nos está trayendo problemas, pensamos, y también: “ Ojalá no hubiera comprado los churros, uf. “

     Oye… pasan las horas y pasan las  horas y ni llega marido ni muerto al que resucitar. Nos aburrimos, nos damos con la cabeza contra la pared del edifico por burros. Pensamos en nuestro jefe, en las reprimendas. En los consortes. Uf. “Burro”, nos decimos. Pero ya es tarde, no hay vuelta atrás. Hay que esperar a ver cómo se desencadena todo.

     Atiza. La mujer sale del portal con una jaula y un loro, le dice a alguien por el móvil que lo lleva al veterinario. Lo deja brevemente sobre la escalera y vuelve a entrar un momento. Uf, un loro es un problema añadido, puede hablar. Corremos hacia el loro y antes de que vuelva la señora trincamos la jaula y salimos corriendo.

     Corremos y corremos carretera arriba como poseos. ¿”Onde” vas, alma de cántaro? , nos preguntamos. Pero no podemos dar marcha atrás. Si nos pillan con el loro nos encierran por ladrones. Uf. Hay que correr.

     Hay suerte y el metro entra justo cuando llegamos al andén, esta vez sin churros pero con un loro. Ea, la mañana está guapa, nos decimos. El vagón se cierra y respiramos aliviados a medias, pues todavía nos queda el problemón de la catástrofe familiar que estamos a punto de desatar por los putos churros. Pero como somos personas de recursos se nos ocurre una brillante idea: llevaremos el loro al  veterinario. El resto, Dios dirá, las cosas de la vida se desarrollan con tirar de un hilo, tampoco hay que andar pensándolo todo, es imposible. 

    Bien, aquí estamos porque hemos venido. En la consulta de un veterinario que nos ha aconsejado una buena mujer en la calle. Entramos. El veterinario inspecciona al animal. «Menos mal que lo ha traido a tiempo, si no este animalito se muere. Vaya, que tarda una hora más y no lo cuenta.» La alegría nos embarga. Nuestra buena acción del día. Nosotros hemos llegado, si lo hubiera traído la señora le hubiera podido pasar cualquier cosa y el animal podía haber muerto: uno no sabe si llega a un sitio o no hasta que no ha llegado y nosotros hemos llegado y la señora no, esto es indiscutible.

     Volvamos pues a casa de la mujer. El loro, lorito bonito, nos ha salvado la vida.

   Esperamos en el zaguán hasta que una vecina nos dice en qué piso viven el loro y su dueña. 

    Llamamos nerviosos a la puerta. La señora abre, se abalanza llorando sobre la jaula. Nos invita a entrar. Aceptamos una cerveza encantados sentados en el sofá. Explicamos que pasábamos por casualidad y vimos la jaula tirada en la calle. «Alguien me la debió robar», dice la señora. Para que no salga corriendo al veterinario le contamos que el loro estaba tan asustado que se ahogaba por lo que decidimos llevarlo al veterinario de urgencias, quien nos dijo que de no haberlo llevado habría muerto. La mujer nos abraza agradecida. Se da la vuelta y se dirige a la cómoda a sacar algo. Y ahora, que nos hemos venido arriba y nos sabemos unos héroes aprovechamos la ocasión: «Señora, disculpe que se lo diga, pero dado el lugar, si no se lo dice alguien difícilmente se dará cuenta: lleva usted una mancha de aceite en el trasero.»

    «Ay, qué amable es usted. En cuanto se vaya me los cambio. »  «No, no, cámbieselos ahora, antes de que llegue el marido, que son muy mal pensados.» Pero la señora nos aclara que no tiene marido y respiramos aliviados por ella , por nosotros y por la familia del mecánico.

    Entonces, sonrientes, le entregamos el quitamanchas que hemos comprado en una droguería al salir del veterinario: «Pruebe esto, quita las manchas sin frotar», declaramos eufóricos.

     Y así es como al final hemos ganado una amiga para toda la vida. Y nuestro jefe no se ha enfadado porque sabe que hemos faltado al trabajo por salvar a un loro. Esta vez nos ha salido bien , pero podía haber sido nuestra ruina y la de unos cuantos inocentes. 

      De modo que ya sabéis... !Nunca comáis churros en el metro!

                        

                                                        ©2015


jueves, 10 de diciembre de 2015

DISCULPAS A UNA COMENTARISTA DE ESTE BLOG

Ayer eché , injustamente , ahora lo sé, a una persona a los leones.
Puesto que sois varios los que leísteis y comentasteis y visteis su comentario, diré que ahora , después de hablar con ella en privado entiendo todo. Y que estaba muy equivocada.

Te pido disculpas, Eva. Si no las quieres aceptar , lo entenderé.
Un abrazo.
(He borrado el post de ayer y el único motivo de que haga estas disculpas públicas es porque  que fui yo la que hice que muchos de vosotros mirarais mal  a esta persona y me apoyarais a mí.)
MEA CULPA :(  

martes, 8 de diciembre de 2015

La tía Elisa peta el campo de concentración de Mauthausen ( Crónicas Vienesas)



     Dos días después del colocón que contaba aquí, por deseo expreso del primo Ernestín visitamos  el campo de concentración de Mauthausen que se halla a dos horas de Viena en coche. Ernestín pasa el viaje emocionado y entusiasmado: aún no sabe la que le espera.
   
     En la entrada nos preguntan si queremos audífonos.
     
   —No —digo yo.
   —!Sí! —exclama la tía Elisa.
   —Tía Elisa, no —insisto—. Dentro hay carteles ( yo ya había estado) explicándolo todo, yo os los traduzco. Eso de los audífonos es eterno. —Ernestín asiente.
  —¡Pues yo quiero un audífono!— insiste tía Elisa.
  —¡Que no! —grita Ernestín (y aún no hemos pasado ni de la taquilla).
   —¡Español! —grita la tía Elisa al señor de la taquilla, que inmediatamente le extiende el audífono de marras.

    Ernestín me hace una señal con la cabeza: ya estamos jodidos. Y vaya si lo estamos, solo que aún no vislumbramos cuánto.

    La primera parada son las duchas. Hay un grupo de japoneses, para variar, en el centro. Ernestín mira acongojado, no hacen falta palabras para sentir el horror. Aun así, le traduzco en voz muy baja los carteles que hay sobre la pared. Y entonces oímos el primer: ¡AY! ¡HIJOS DE PUTA! , de la tía Elisa a todo pulmón. Ernestín corre y le da un toque. Ella se quita los cascos gritando “ ¡!¿QUÉ PASA?!”, “Que te calles, joder—dice Ernestín—que aquí no se chilla.”, “ay, ¿tú sabes lo que están contando aquí? ¡Salid y coged un audífono!” , “ ¡Que no!”. Y así subimos al exterior para empezar a visitar los barracones.
  
     Tal como esperábamos, la tía Elisa, con su audífono, se nos va a quedar rezagada. Andamos nosotros por el segundo barracón cuando desde el primero oímos gritar: «!CRIMINALES, CRIMINALES! ». Echamos a correr y la arrastramos del brazo fuera del barracón. Ernestín le grita en susurros: « ¡Mamaaaaaaá! ¡Que te calles! ¡Que te calles ya!», y la tía Elisa: « ¡Burros! ¡Os lo estáis perdiendo todo!», « ¡Que te calles! ¡Que no chilles! ¿No ves que está todo el mundo en silencio???», «Ay, hijo mío, tú sabes, los muy criminales…»
  
    La cosa se calma de alguna manera y seguimos nuestra visita. La tía Elisa debía andar por el segundo barracón y nosotros por el último porque salimos al exterior   y a lo lejos  vemos venir corriendo  a toda leche un  metro cincuenta y siete de mujer, con los brazos en alto, chillando como una posesa: « ¡Escuchad estoooo!!! ¡ Escuchad!!!!!  ¡ASESINOOOOS! ¡CRIMINALEEES! ¡HIJOS DE PUTAAAAA!».
   
     El primo Ernestín, rojo como un pimiento morrón echa a correr hacia ella. Veo que la coge de los brazos y la sacude. La tía Elisa se está quitando los cascos cuando yo llego corriendo. «!Ay, mare de deu, qué desastre!», exclama como si nada. Y Ernestín , encendido: « ¡Que te calles yaaa!! ¡Deja el puto audífonooo!» , « ¡Ni hablar!, !Os lo estáis perdiendo todo! !Burros! » 

     Y en medio de todo esto, los turistas mirándonos.

     Acabada la visita, nos reunimos fuera con el mariden, que junto con los turistas que llegan asiste acojonado al  griterío : «¡Me has amargado la visita! ¡Esperando este momento meses y me lo has amargado,, cabrona!!!!», «!Burros, más que burros! Manfred, !estos dos burros se lo han perdido todo!»

    Rojos de rabia y frustración , volvimos todos a Viena armando la marimorena en el coche. 

     Y Así fue como mi tía Elisa acabó con 61 años de paz en Matthausen.  Con dos ovarien.


 MAS HISTORIAS DE LA TÍA ELISA AQUÍ

viernes, 4 de diciembre de 2015

Un día como este hace cincuenta años ( Relatos Dramáticos)

    


     En la penumbra del viejo salón suena Night and Day. La música de Cole Porter arropa su alma marchita y le acaricia los cabellos: alfileres enhebrados con  hilos de fina niebla. El whisky tiembla en las manos ajadas, doloridas de tanta sangre.

     Desde el porche observa el rielar del mar al atardecer, tan  ajeno a la muerte. El aire fresco y salado acude en su ayuda secándole las  lágrimas, como cada atardecer de un día como este desde hace cincuenta años.
    
    Súbitamente se detiene el llanto, se endereza el torso como un  tallo de flor recién regada. Oye  pasos avanzando por el asfalto. Sonríe, se atusa el cabello, que reluce  en sus pupilas como chorretones de miel, dibuja el contorno de sus labios con un lápiz, enciende un cigarro nerviosamente y   cruza coqueta las mustias piernas a la espera del macho que resucite su pasado.

    El cigarrillo arde en su boca cada vez más nervioso. Se pregunta si será el idóneo: enclenque, manejable, lo suficientemente viejo para no enamorarse esta vez. La duda se disipa al fin al aparecer él: apenas más joven, fláccidos ya los músculos en su masculinidad trasnochada, y ella, divertida y pinturera, se lanza al juego.
    
     Apenas caer la noche  el porche se moja de besos impregnados de humo y whisky. Ella le arrastra al salón. La música hace rato dejó de sonar. Se acerca al armario de los discos. Selecciona Glenn Miller del estante, y del cajón contiguo saca un reluciente cuchillo que esconde en su liguero antes de darse la vuelta, sonriente.
    
    Moonlight Serenade y el graznido del mar encabritado envuelven   los cuerpos  que bailan pegados. 

    Tras sus párpados caídos  da  latigazos el tiempo :

    «Mamá, voy a nadar», el hijo salió corriendo con la merienda en la mano. Intenta advertirle  pero su  voz se  ahoga humillada en el silencioso mar del pasado. Impotente, ve como  se aleja  hacia la playa. Pero en  el porche ya ha aparecido él, tan joven y tan apuesto que  de inmediato templa su dolor y aniquila todos sus temores: el ardor  subyuga su cuerpo colmándolo de mil placeres , de mil olvidos.
    
     La mano infantil le dice adiós desde la orilla, el brazo viril rodea su cintura y la aprieta contra sí, en el salón suena Moonlight Serenade.
   
     Abre los ojos al presente por un instante, la tez marchita del hombre con quien baila la asusta y vuelve a refugiarse en la intemporalidad de los recuerdos:
    
     Lejanos bramidos femeninos procedentes de la playa le hielan el alma. Se separa del torso masculino momentáneamente, pero él la ciñe  contra su  pecho y ella vuelve a sucumbir. De fuera llega ya solo  un murmullo de voces, el ronroneo del mar,  y pasos,  decenas de pasos de otros tiempos.
   
     Dos hombres depositan el cuerpo sin vida en el sofá. Ella, silenciosa aún, lo abraza y siente en sus manos las manos gélidas  e inertes del hijo; en su cara la frialdad macabra de la muerte; en sus brazos el peso inerte de los niños nonatos.

En su oído, el aliento viejo del hombre que no debió nacer. En su pierna, el frío roce del metal que  arrastra suavemente por las huesudas caderas. En su vientre, el calor de la sangre que  brota como  fuente dadora de  vida desde el vientre del hombre,  impregnando sus maternales manos  una y otra vez  todos los atardeceres de  un día como este, desde hace cincuenta años.
   
©2015

martes, 1 de diciembre de 2015

Mobbing en el trabajo: un gran problema en Austria (Vivir en Austria)



    «No me esperéis esta tarde. Estoy muy mal. No aguanto más mi trabajo» , este fue más o menos el sms que me mandó ayer una amiga con la que había quedado.  No es la primera vez. De hecho mi amiga X , que es una de las mejores personas que conozco, se ha visto forzada a cambiar de trabajo una y otra vez. Y  cada vez tarda más en encontrar un nuevo puesto  tanto por la edad ( tiene 44)  como por el paro , que como ya comenté va en aumento a velocidad de vértigo.

    Por supuesto fue el primer tema que tocamos S y yo en nuestra quedada de ayer. S , que es terapeuta, me comentó que tiene muchos pacientes diganosticados con burnout a causa del maltrato en la oficina por parte de sus compañeros: « Y lo peor es que si se van ya no van a volver a trabajar por la edad que tienen», dijo.

   Caí entonces en el hecho de que conozco tres personas que toman antidepresivos para poder soportar el día a día en la oficina (X no es una de ellas) . La mayoría no denuncia por miedo a que la situación empeore.

    Estos son los datos que he encontrado buscando en la prensa austriaca:

   * En más del 40 % de las oficinas austriacas se practica el mobbing.
   * En la ciudad de  Viena el porcentaje sube hasta el 63%.
   * Los resultados son desmotivación, ataques de pánico, depresiones.
   * Las víctimas de mobbing suelen tener más de 45 años.
   * Cada sexto suicidio en Austria está causado por el mobbing.

    En España el porcentaje se halla en el 8%. 

    Percibo mucha insatisfacción, frustración y amargura en este Estado de "bienestar", y no me refiero precisamente a las víctimas de tan atroz divertimento.