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sábado, 29 de agosto de 2015

La Golondrina y el Mirlo ( Relato Dramático)

    


       Este fue mi primer relato de ficción. Un tanto decimonónico. Una alegoría sobre las almas nómadas y las sedentarias: aferrarse a lo conocido o volar. Yo siempre elegí volar.

     En un frondoso jardín de algún país del centro de Europa anidaban, desde hacía tiempo, una pequeña golondrina y una pareja de mirlos.
      Como cada año, antes de partir, la golondrinita fue a despedirse de  sus vecinos. La señora mirlo había salido a hacer unos recados, así que sólo pudo despedirse del señor mirlo.
     —Mañana parto hacia el sur, ¿por qué no os animáis y venís conmigo?
     —No, no, yo no soy viajero, prefiero quedarme en mi hogar, aquí tengo mi vida y no me expongo a los peligros del mundo.

     —Querido mirlo, los peligros son parte de la vida.

     —Sí, sí, pero no hay por qué exponerse tanto, ya nos contarás tú tus historias cuando  vuelvas —contestó el mirlo.  
     —Bueno, como quieras, pero no es vivir ver el mundo a través de ojos ajenos —replicó decepcionada la pequeña golondrina.

      Al día siguiente  emprendió el vuelo hacia el sur. Voló sobre los majestuosos Alpes deteniéndose a beber en el agua clara de sus arroyuelos. El esplendor de sus cimas y valles engrandecían su espíritu —.   iAh, si mi amigo el mirlo pudiera ver tanta belleza! , estoy segura de que cambiaría de idea y  no dudaría en acompañarme —pensaba.  Disfrutó de su comida a las orillas de una laguna de aguas esmeralda, escuchando el canto de otros pájaros cuyo lenguaje no conocía, aunque no le era del todo extraño.
    
     Reemprendió el viaje después de comer y no había cruzado ni dos cimas, cuando se desató una tempestad. Perdida en sus ensoñaciones no había sido capaz de anticiparla. Luchó con todas sus fuerzas batiendo fuertemente sus alas antes de que la lluvia la calara dejándola fuera de combate; su cuerpecillo se tambaleaba indefenso al viento haciéndola sentir  tan insignificante como los insectos que tan ávidamente comía.
    
       El viento amainó y el ave aterrizó a las faldas de un arce bajo el que  se refugió. —La verdad, no soy más importante que los animales de los que me alimento —se dijo—, quizá tendría que hacer caso al mirlo y conformarme con una vida más sencilla. Pero, ¿cómo entonces conocería el límite de mis fuerzas? ¿Cómo, si vivo en la falsa apariencia de la seguridad, me conoceré a mí misma de verdad? Por otro lado la vida está llena de tormentas que hay que afrontar. La próxima vez dejaré que pase la tormenta y después emprenderé el camino de mi libertad —. En esto, el arce, que no se había perdido palabra, le dijo:
      
     —Tu amigo tiene razón. Mírame a mí, vivo arraigado a la tierra y no hay viento o tormenta que pueda conmigo. Nada da más seguridad que echar raíces. Llevo más de cien años dominando este panorama y, cada mañana al despertar, tengo la  certeza de que el lago, las flores, la hierba, todo seguirá a mis pies. Así que no  tengo de qué preocuparme —dijo  con aire altanero.
     —Pero tú no eres sólo  tronco y  ramas. ¿Qué me dices de tus raíces? Tú no las ves  pero ellas viven sin la certeza de la que hablas —rebatió la pequeña ave—. Las raíces crecen en la oscuridad, luchan abriéndose paso a través de la tierra en busca del agua que te da vida, al igual que yo viajo en busca de alimento para mi alma. Además, ¿qué hay de excitante en la certeza?, ¿no te aburres viendo siempre el mismo paisaje? A mí me gusta conocer el mundo, ¡hay tanto por descubrir! —exclamó soñadora—. ¿Has oído hablar de los delfines?
     — ¿Los delfines? ¡Y a mí qué me importa! Yo soy un árbol empírico y no creo en lo que no veo, así que no pierdas el tiempo contándome tonterías. Sé todo cuanto  tengo que saber! —dictaminó el arce malhumorado.
     — ¡Lo que eres es un inflexible!
    ¡Soy  sensato! Vosotros los pájaros sois dados a la vaguedad y la ensoñación.
     Un hermoso lirio que había escuchado la conversación, intervino:
   —Querido, tienes un ego insoportable. Quizá la golondrina tenga razón. Yo ya estoy  aburrida de escucharte día y noche, y, la verdad, ¡no me importaría cambiar de  paisaje!
     —Bueno, ya está bien; ahora voy a dormir que mañana me espera un largo día —concluyó la golondrinita.
     Y, a pesar de los gruñidos del encopetado árbol, se echaron todos a dormir.

      A la salida del sol, la golondrina se puso de nuevo en marcha. La naturaleza había mudado ya su verde ropaje desplegando un abrumador abanico de tonos ocres, naranja y amarillos.
     
     Al sobrevolar una pequeña aldea y oler el humo de sus chimeneas  se apoderó de ella la melancolía  y dudó de nuevo de  si hacía bien al ser tan ambiciosa queriendo apurar tanto la vida. Pero pronto desapareció su inseguridad, pues estaba sedienta de nuevas experiencias e intuía que la vida era una fuente ilimitada para quien se atrevía a aventurarse más allá de lo conocido.
    
     Absorta en sus pensamientos atravesó el poblado y, apenas lo había dejado atrás, una sombra cruzó rauda el firmamento. Levantó la mirada justo a tiempo de ver como un majestuoso  halcón finalizaba las maniobras pertinentes antes de abalanzarse en picado sobre ella. En un instante los latidos de su  corazón se fundieron con el frenético batir de sus alas y comenzó a virar a un lado y a otro, como una embarcación en plena marea, tratando de esquivar a su verdugo. Presurosa, voló hacia un castaño vecino y se escondió en una de sus cavidades, justo a tiempo de evitar  que las garras de la rapaz apresaran su cuerpo tembloroso.
    
     —Sal de ahí —gruñó el halcón.
     —Crees que soy tonta, no pienso salir —musitó la golondrina con un hilillo de voz.
     — ¡No puedes quedarte ahí sin pagar derecho de pernada!
     —Este es un hueco público y no tengo que pagar nada —contestó atrevida.
     —Eso era antes de que yo promulgara mis leyes. Este reino es mío, y los lugares públicos han sido privatizados por decreto ley, ¡así que sal de ahí ahora mismo! —gritó colérico el halcón.
      —Pues sí quieres sacarme de aquí tendrás que mandar  que me desalojen, los árboles no pertenecen a nadie —respondió la envalentonada golondrina.
     La noche cayó y la golondrina, agotada, se sumió en un profundo sueño no exento de pesadillas.

      A miles de kilómetros de distancia, el mirlo pasaba una noche de insomnio pensando en su vecina y, como no era nada sufrido, decidió despertar a su señora:

     —Señora mirlo despierta —susurró—, ¡despierta que no puedo dormir!
     — ¡Ay, qué pesado eres! —dijo la señora mirlo bostezando.
     — ¿Qué será de la golondrinita? Me tiene preocupado.
     —No te preocupes por ella; es un pájaro de mundo; sabrá salir adelante —contestó la señora mirlo dándose la vuelta en el nido, dispuesta a proseguir con su sueño.
     — ¿Eres feliz? —insistió, dándole un picotazo en el hombro  a su señora.
     — ¡Ay qué pesado! Pues claro que soy feliz, ¡qué cosas tienes! 
     —No soporto el dolor ni  la incertidumbre. No entiendo por qué la pequeña golondrina se empeña en enfrentarse a ellos. ¿Merece la pena tanto sufrimiento?
     —A veces también yo me lo pregunto y la verdad es que no lo sé — respondió su señora con la mirada perdida en la oscuridad—. Cuando era joven tenía sueños, pero los sueños sólo son  sueños. Hay que labrarse una vida, ser coherente con la realidad y conformarse humildemente con lo que tenemos. Supongo que ahí reside  la felicidad.
     —Eso mismo pensaba yo. Vamos a dormir, que tengo sueño.
     —Sí, al fin y al cabo, vivimos cómodos aquí, ¿no?
     Y en una comodidad impregnada de sopor se echaron a dormir.

       

     Al despertar la golondrinita sacó la cabeza con cuidado para escudriñar  el   lugar. Al parecer el halcón se había ido, así que, no sin recelo, se puso de nuevo en marcha.
  
     Tras varios atardeceres la brisa salada del mar inundó su olfato.  Sus alas se expandieron y advirtió que todo su ser se exaltaba anticipándose a la magnificencia del mar cercano. Surcó la costa buscando un lugar donde descansar  hasta que vislumbró una arboleda situada sobre un lindo cerro con vistas al mar; le pareció un lugar idóneo, de modo que, sin perder un minuto, se dispuso a prepararse un cómodo nido donde yacer unas horas; y en ello estaba cuando la sorprendió el delicioso canto de un ruiseñor entonando, melancólico, “Chanson d´Amour”.

      ¡Oh! ¡Qué románticos son los franceses! —suspiró la golondrinita entornando los ojos.
     El exquisito canto, lleno de notas aterciopeladas irrumpiendo con ímpetu en brillantes agudos, sumió los sentidos de la golondrina en el más absoluto arrobamiento, alzándola a la cima de la sensualidad, sumergiéndola repentinamente en una profunda melancolía para , desprovista ya de cualquier voluntad, volverla a elevar al máximo delirio en un crescendo final.
      
     Al acabar supo que ya nunca sería la misma, ni ante la más recia tormenta se había sentido tan vulnerable. De repente comprendió, aterrada, que su corazón no le pertenecía.
      
     Al día siguiente, el alba la descubrió alienada, aturdida, después de una larga noche en vela.
      —Bon jour —oyó decir a sus espaldas. Trémula se dio la vuelta y vio al bello ruiseñor. Tenía un aire distinguido, caballeroso.
     Bon jour —contestó la  azorada golondrina—. No sé trinar como trináis aquí, lo siento, vengo de muy lejos —balbuceo nerviosa.

     C´est bien. Soy ave cosmopolita y cultivada,  acostumbro a alternar con mesdemoiselles de todas las nacionalidades —declaró el ruiseñor, con aire de afectado garçon de la Riviera.

      El trastornado corazón de la golondrinita obvió esta clara señal de alerta y siguió  latiendo con fuerza, cegado por la pasión.
     — ¿Volamos por la plage? —interpeló él, alzando su blanca ceja, inclinándose hacia la turbada golondrina.
           
       Fue así como, amanecer tras amanecer,  los rayos del sol naciente presenciaron el inusual cortejo entre un ruiseñor y  una golondrina surcando el ruborizado cielo.
     
     —Hay que amar con valor, aun a riesgo de no volver a ser yo misma — meditaba un anochecer el ave enamorada —. Pero, ¿No es este estado de enajenación contrario al conocimiento que tanto anhelo? ¿Es amor genuino aquél que me despoja de todo cuanto soy, como el buitre despoja al ave de su plumaje para después devorarle las entrañas?
    
      En tales filosofías andaba la pobre golondrina, brincando de rama en rama, en estado de total exaltación, cuando un ardoroso do de pecho la sacó brúscamente de su ensimismamiento. El amado ruiseñor detuvo, orgulloso, su canto en seco, y alzando el torso, pavoneándose de su hazaña, se acercó pausadamente a la lisonjeada golondrina. El menudo Aznavour procedió a cantar “J´e T´aime”; prosiguió con  “La Vie en Rose”; y, haciendo caso omiso a los repetidos  intentos de su pretendida de interrumpirle, pues poco le interesaban las pamplinas de las féminas, entonó, endiosado, “Venecia sin ti”.
         
     Desencantada se acostó la golondrinita esa noche; pero, ¡ay! una vez clavada la flecha de Cupido es como arrancar a un beodo de su botella.
     
     —Es muy cantarín mi amado. ¡Me gustaría tanto compartir con él mis sentimientos!...pero, ¡qué desagradecida soy!, él partiéndose el pecho para demostrarme su amor con sus bellos cantos y yo quejándome en vez de mostrarle agradecimiento.
      
     Las veladas musicales se siguieron sin que la confusa golondrina tuviera la menor posibilidad de volcar  las notas turbadas de su alma en las estudiadas melodías del pájaro cantor.
     
     Una apacible tarde, a la hora acostumbrada,  se hallaba la golondrinita esperando oír el familiar do de pecho de su enamorado anunciando su presencia, cuando un timbre de voz desconocido la sobresaltó.
    
      —Disculpa si te he asustado —dijo el recién llegado.
     — ¿Quién eres?

     —Mi amigo, el ruiseñor, me manda a decirte que no vendrá más —. Las inesperadas nuevas cayeron como un  chaparrón  inundándola con las oscuras gotas de la  humillación. 

      —Dice que una nueva mademoiselle ha llegado del norte y requiere sus cantos, y que es cosa de gran generosidad y misión suya en este mundo enseñar el amor a cuantas doncellas se crucen en su camino —. Dicho esto, desapareció el mensajero  por donde había venido.  
     Ah, ¿lágrimas por qué existís?, si en vuestra levedad no ha lugar para el dolor ni la alegría y sin embargo sois de ellos mensajeras… pero qué  digo… al fin y al cabo las aves no pueden llorar.

      Posado sobre una rama de abeto el señor mirlo reflexionaba casualmente sobre las cosas del amor, al parecer afectado por la crisis de la mediana edad.

     —Ay que ver, ¡qué de mirlas guapas vuelan hoy en día por ahí! ¿Cómo me tiene que gustar, pues, lo que tengo en casa? —Cruzaba rauda esta frase por su pensamiento—. Pero, qué digo, ¡con lo buena que es la señora mirlo!  —corregía lleno de arrepentimiento—. Mi señora me ha dado hijuelos, cuidado de mi nido, y consolado en la prematura muerte de mi madre; no, no, quererla la quiero, ¡ya lo creo que la quiero!

     Acurrucada sobre sí lloraba la golondrinita desconsolada su amor perdido, cuando un bullicioso batir de alas, como de ángeles que acudieran en su auxilio, la sacó de su  recogimiento. Al levantar la vista una bandada de golondrinas la observaba.
    
     — ¿Qué te ocurre, golondrinita? —inquirió una de ellas.
     —Mi amor me ha abandonado.
     — ¿No será el ruiseñor afrancesado? —preguntó otra.
     — ¿Cómo lo sabes? —contestó sorprendida el ave despechada.
    ¡Ese don Juan de opereta! —gritaba una tercera enfurecida.
    ¡Nos lo ha hecho a todas! —vociferaba enardecida otra.
     ¡Venganza contra el chanteur de pacotilla! ¡Ni siquiera es francés! bramaba una, desgañitada.
     — ¡¿Qué no es francés?! —interpeló nuestra heroína con el  pico abierto
     — ¡No!! ¡Es siciliano! ¡Proveniente de mafiosi!
     — ¡Mirad! ¡Allá va volando con otra víctima! ¡A por él, venguemos el oprobio!
        
     El  ejército de enfurecidas amazonas se lanzó contra el seductor acorralándole contra la falda de un abedul; con el retorcimiento de las hembras mancilladas decidieron meterle una pluma por  la cloaca—: ¡Así podrás cantar Madame Butterfly!!! —gritó una de ellas con la esperanza de convertir al cantamañanas en eunuco.
      
     Lo que fue del humillado tenor, no lo sabremos nunca; quizá se convirtió en soprano para deleite de los pájaros machos de la Riviera; o bien murió como había vivido: henchido de mierda. Pero, ¿a quién le interesa?

     —Volando todas juntas alcanzamos más velocidad y llegaremos más pronto al sur —explicaba una vieja golondrina a su joven compañera, mientras se acercaban a la costa norteafricana. Y la vieja golondrina, que era muy cursi y relamida, y se  había adjudicado en el grupo el papel de sabia, pues en todo grupo, según ella, debía  haber un sabio, prosiguió—: Pronto olvidarás amiga. El verdadero amor nace del conocimiento y no ofusca nuestro discernimiento; es a nuestro ser lo que el agua fresca del pozo a un caminante sediento: refresca, calma, serena; al contrario que la  pasión, cuyo fuego desmesurado puede quemar nuestra alma en lugar de templarla.
     —Pero, ¿cómo lo reconoceré si lo encuentro? —inquirió la joven ave. A lo que la vieja golondrina, satisfecha en su papel, y haciendo pleno uso de su pedantería, contestó:
      —Cuando la pasión tienda su alfombra de fuego a tus pies, el humo cegará  tus ojos y  el calor secará tu garganta privándote de tu voz. Pero no temas,  la implacable  dama del tiempo no tardará en asomar su negra faz sepultando el fuego en la oscuridad del pasado. El humo se dispersará y, poco a poco, dará paso a la  claridad. Si entonces aún sientes amor, con suerte, lo habrás encontrado.  

       Un día la señora Mirlo descubrió a su marido revoloteando por un parque con una joven mirla, el encuentro fue obviamente embarazoso para todos; sin embargo, por la noche en el nido decidieron no hablar sobre lo sucedido.
      
     Fue tiempo después cuando la señora mirlo empezó a oír rumores por el vecindario; aun así, temerosa de enfrentarse con la realidad, hizo oídos sordos y siguió adelante con su vida; mejor no saber.

       

     Con el paso de los días el señor Mirlo se mostraba cada vez más retraído, hasta que la tormenta que se gestaba en su interior estalló al fin:
     —He decidido empezar una nueva vida sin ti.
      
    Las palabras retumbaron  en su cerebro como el eco en las paredes desnudas de una cueva; el terrible repiqueteo se infiltró en su sangre haciendo temblar cada una de sus venas; era una brizna de hierba arrancada por una mano atroz  y abandonada a la merced de un viento inmisericorde. Mareada, se apoyó en la pared del nido que durante años la había protegido, y que ahora sentía agrietarse a sus espaldas. ¡Horror! La verdad, que había estado eludiendo, se le revelaba ahora incontestable, dictatorial, dejándola al amparo de la soledad, temido polizonte arrebujado en nuestra incierta existencia. Fue en ese momento cuando  supo que tendría que volver a nacer y, por primera vez, se sintió vieja.
   
       El señor Mirlo, por su parte, se trasladó al nido de su joven amante. Esperaba que la pasión lo enardeciera, tal como la recordaba de sus días de juventud; pero, con el transcurrir de los días, la decepción se instaló en su corazón. Nada era igual que antaño: la realidad no se ajustaba a sus anhelos; los colores del día a día desmerecían las exultantes tonalidades de sus sueños; ni siquiera el olor de la lluvia se asemejaba al  de aquellos lejanos días de juventud que el recuerdo encerraba con recelo de avaro; la lluvia, de hecho, apenas olía a nada. ¿Por qué moraban más vívidos los sentidos allá donde reside el ayer, tan exento de vida?
     
     Volar, tenía que salir volando; de otro modo moriría; acaso… ¿no estaba muerto ya?
    
     El camino de regreso es arduo, incierto, y sin embargo necesario. Porque, en el fondo, nadie vuelve a pertenecer exactamente al lugar del que partió. Iniciar un camino significa renunciar a  la vida que transcurre en los otros. No, ¡no podemos bifurcarnos!  Y el alma nómada averigua, tarde o temprano, que la pérdida es a la vida lo que el vacío al universo.
    
      De vuelta al origen, la golondrinita no había hallado todavía el amor que tanto anhelaba, pero no era menos cierto que había vivido intensamente que,  una vez más,  se había enriquecido con las enseñanzas de otros seres a quienes de otro modo no habría conocido.

     Al llegar se dirigió al nido del señor y la señora Mirlo. Una punzada, como un rayo atravesando una nube despistada que no sabe que ha originado una tormenta, atravesó su pecho de plumas. El nido reposaba vacío sobre el árbol; el hogar de sus queridos amigos estaba ahora habitado por tocones secos y hojas muertas. Se acordó de las palabras de su amiga, la vieja y resabiada golondrina, mientras surcaban el cielo africano: el tiempo sepultando la pasión en la oscuridad del pasado, el tiempo sepultándolo todo en su insondable oscuridad. Pero, ¿cómo podía sepultar una vida tan corto espacio de tiempo? Los mirlos habían habitado este lugar desde que tenía uso de razón; algo incomprensible había acontecido.
    
      A fuerza de buscar y preguntar en la vecindad, encontró por fin a la señora Mirlo. Había envejecido inimaginablemente. Le contó, llena de pena infinita, la pérdida de su amor arrebatado por la juventud de otra. Le refirió su humillación, sus celos al verlos juntos; y que un día, sin más, había dejado de ver a quien fue el amor de su vida. Tras la desaparición, ella misma había pensado en migrar como la golondrinita; huir de la inhumana sensación que sentía cada vez que se encontraba con la joven que había vaciado su hogar, como el ladrón sigiloso sustrae de la humilde morada los más queridos recuerdos para después arrojarlos, indiferente, al viento;  la amante cuya juventud denunciaba la temida vejez, como una foto amarillenta  nos alerta del paso del tiempo. Pero, no tenía valor, en todo caso, esperaría a que llegara el otoño; estaba acostumbrada a esperar.

     Miles de ramilletes de Nomeolvides parecían haber subido volando hacia el firmamento para concederle el singular azul que irradiaba aquel día. El señor Mirlo miraba al cielo lleno de fascinación y de miedo. Volaría hacia el invierno, lo sabía,  tendría que atravesar tormentas, quizá moriría, pero detrás de la tempestad, o aun de la muerte misma, se alzaría un mundo tan refulgente como la luz de las luciérnagas.
     
     Una parte de él quiso volver con la señora Mirlo a su viejo hogar, barrer de un plumazo la realidad, como la barre un sueño al caer la noche, solo que los sueños, al igual que las gotas de rocío, se evaporan al llegar el alba.
    
     Fascinado, y lleno de miedo, alzó al fin el vuelo hacia los ramilletes de Nomeolvides.

©Celia Seguí 2010

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miércoles, 26 de agosto de 2015

Dónde tirar el papel higiénico en Viena, según la tía Elisa. (Crónicas Vienesas)

      


     Tengo a la tía Elisa pasando una semana en casa, ya sabéis, la que me echó el bloque de hielo encima (leer aquí). Como le dan miedo los aviones, el único país extranjero que mi tía visita  es Austria: eso es amor, lo demás son tonterías. Debe creer la buena mujer que al ser país extranjero las costumbres pueden diferir hasta a la hora de orinar porque recién salida del baño me sorprendió con la siguiente pregunta:
    
    —Hija mía, aquí después de mear ¿el papel se tira en el wáter o en la papelera esa que tienes al lado?
   Anonadado silencio.
     —Piensa en lo que has dicho —digo patidifusa.
     —Mujer, al wáter, ¿no?
     —¿Tú Q-U-É CRE-ES???
     —Oye, pues en España a veces en los bares pone: Por favor, echen el papel higiénico en la papelera.
   —¡¡Pero cuando está atascado, tía Elisa!!!!! ¿¿¿¿Dónde has tirado el papel???? —inquiero temiéndome lo peor.
     —¡¡Pues en el wáter, como en España!!!
     —¡Pues menos mal porque si no vas tú detrás !!! —le grito.

    El domingo transcurre apacible y por la tarde, el mariden y yo la llevamos a un bonito Heuriger ( especie de tabernas) con vistas al Danubio en las lindes de Viena: Música folklorica austriaca, camareros vestidos de tiroleses, que digo yo siempre. Entonces la tía Elisa descubre un artilugio de metal gris con tres patas arrumbado en una esquina del jardín.
     
     —Mira, tienen un paellero —dice.
     El mariden y yo nos volvemos incrédulos.
     —Eso no es un paellero —dice don Manfredo.
     —¿Y qué es?
     —Es para poner las bolsas de basura.
  —Io loro, loro hiho, loro hiho, loro hiho— La tía  canturrea feliz la música “tirolesa” balanceando la cabeza . El jefe del local  la mira y se ríe. Ella riéndose a su vez le dice: ¡Hace frío, ¿eh?! El hombre, que obviamente no ha entendido un carajo y está pendiente de su empleado que viene con las manos vacías le dice sonriendo al chico: “Ohne Glässer geht´s net, geht´s net”. Y la tía Elisa, riendo le contesta: ¡Sí , sí!.  El mariden que está tan flipao como yo le dice, « ¿Pero qué dices, si tú no has entendido lo que ha dicho? ». «¿Cómo que no? Yo le he dicho que hace frío y él ha contestado que hace un frío que pela».

    Llega la hora de la cena en casa. Mientras hablamos ponen una peli de Sandra Bullock en alemán, obviamente, que la tía Elisa ha visto en España. A pesar de la conversación la tía Elisa se engancha a la peli. «¿Qué ha dicho, qué ha dicho?», se lo pasa diciendo. La cámara saca a la Bullock saliendo de un pozo y se va alejando hacia arriba.
     
     —Ya se ha acabado —digo yo.
     —Qué va. Ahora el jefe la vuelve a admitir (la habían despedido) y ella se va con el chico que está enamorado de ella.
     —Ya se ha acabado —insisto.
     —¡Que te digo yo que no! ¡Que la he visto!
     —¡Pero no ves que la cámara se está alejando, puñetera!
     —¡Que no, ya verás!
     
     THE END
   
       —¿Ves? ¿Entiendes The End?
     —¡Claro que  lo entiendo! —dice toda digna , para añadir —; ¡Pero te digo yo que allá en España al final ella se va con el chico y el jefe la vuelve a admitir!

      Me levanto para ir a coger mi libreta y muerta de la risa le digo: «Tía Elisa, me has regalado una Crónica Vienesa». «Mírala, qué risa tiene —dice—. !Pues chica, te digo yo que allá en España se acababa como digo yo!

 Ojú.¿Qué más puedo decir?









     

sábado, 22 de agosto de 2015

Alrededores de Viena: Wachau ( Turismo Austria)




     Una de las zonas más bonitas de Austria, en mi opinión, es el Wachau. Tierra de  viñedos bordeando el Danubio, con  pintorescos pueblecitos , ruinas y la imponente Abadía de Melk.

     Si no tenéis coche, una buena opción es hacer un crucero desde Viena. Es una belleza y si el tiempo acompaña podéis  tomar un aperitivo en cubierta mientras disfrutáis del paisaje.
    Aquí os dejo un enlace donde econtraréis información:

   La primera parada es Krems, la capital del Wachau, una ciudad pintoresca aunque si no tenéis mucho tiempo yo la dejaría. Desde Krems  se pueden coger cruceros hasta Melk ( final de esta ruta). Es decir, podéis ir a Krems desde Viena en tren o autobús y desde allí coger el barco.




      La siguiente parada es Dürnstein,  hermoso pueblecito con el campanario azul. En la calle principal podréis degustar diversas variedades de Schnapps fabricados en la zona. A la salida del pueblo hay un  hotel con terraza sobre el Danubio donde se puede comer disfrutando de las vistas. No os perdáis la parte de atrás del campanario, aunque en los últimos años hay que pagar para entrar, pero igual desde fuera se puede apreciar el patio, merece la pena. También  podéis subir a las ruinas donde estuvo encerrado Ricardo Corazón de León, justo a las espaldas del pueblo.




      De ahí, seguiremos hasta Melk. En mi opinión el pueblo  más bonito de Wachau . La abadía benedictina, asentada en un acantilado sobre el Danubio,  es uno de los ejemplos más bellos de arquitectura  barroca de Europa. Imponente la capilla, abarrotada de oro hasta resultar un tanto cursi. Su biblioteca es una auténtica joya, llena de manuscritos medievales.




VISTAS DE WACHAU:



      De vuelta a Viena, en el margen del río de Melk ( Krems y Dürnstein quedan al otro lado) , visitaremos las ruinas de Aggstein para disfrutar de las más bellas vistas de la zona. Yo siempre he ido en coche pero  también  se puede subir a pie. Desgraciadamente los cruceros no tienen parada allí.
     Sin embargo podéis coger el tren en Melk hasta Aggstein Nord y después ir andando.una hora y 57 minutos.!El espectáculo lo vale!

    Otra opción es hacer una ruta en bicicleta por la zona, puesto que todo  Wachau está preparado con rutas para ciclistas al lado del río.
    En las ruinas se puede comer o tomar un refresco.


Con el mariden don Manfredo en las ruinas de Aggstein
El mariden en el transbordador de Aggstein a Dürnstein

                                     
     Si viajamos en coche, seguiremos dirección a Viena por el cauce del río hasta llegar a un desvío donde tomaremos un transbordador que nos cruzará a Dürnstein, para volver por la autopista a Viena.
Por último aquí os dejo un mapa de la zona: ! NO OS LO PERDÁIS!!!





miércoles, 19 de agosto de 2015

Fumigadores don Manfredo ( Crónicas Vienesas)

   


     Señores, aquí estoy, sentada frente al ordenata, cosa normal si no fuera porque acabo de descubrir un vaso boca abajo en la esquina de la habitación y dentro del vaso hay un abejorro del copón subiéndose por las paredes, literalmente. Esto es cosa del mariden Don Manfredo, que tiene, a saber, dos obsesiones desde que le conocí: una, construir una autopista al Senegal (estoy convencida de que soy la única alma de esta valle de lágrimas que reza para que no le toque la lotería) y dos, capturar insectos, y en esto último se aplica con creatividad, el tío.

    Le acabo de llamar por teléfono para darle las gracias por el regalo de buenos días y decirle que en ese vaso va a beber su austriaca madre. « ¡Voy a aspirarlo con la aspiradora!», le grito. Y él, que no, que lo deje hasta que él vuelva, que los insectos son cosa suya. Le digo que  está sufriendo y me entero de que el animalillo lleva así toda la noche. No es que el mariden sea un sádico, es que al parecer pensó que el abejorro estaba malito, pues lo vio entrar mareado y pensó que así moriría en paz, según me dice. Y es que hacía un caloramen de la leche anoche y el animal estaría alelado, como todos.
     Al final he pasado la aspiradora porque tenía que limpiar la casa y haciéndole caso al mariden la he pasado por el lado del vaso, intentando no tocarlo, pero ¡ay!, el vaso se ha dado la vuelta, el bicho ha volado hacia mí y yo gritando como una posesa le he dado con el mango de la aspiradora y el pobre  ha salido  por la ventana.

     La suerte que tengo es que en Austria no hay cucarachas, la especialidad de Don Manfredo, porque cuando vivíamos en Valencia para sustos no ganaba.
     Este  hombre tiene el don de oírlas a cien metros de distancia y dormido. Tal talento no le viene de nacimiento sino que lo desarrolló en su pisito de soltero de la Avenida de América de Madrid, pero eso lo dejamos para luego.
    El caso es que en Valencia me entraban asquerosillas cucarachas voladoras por la terraza.
    Imaginaos la siguiente  escena:

    Son las tres de la madrugada, intuitivamente me despierto, toco el lado del mariden y me doy cuenta de  que no está. Habrá ido al baño, pienso. En esto que veo una halo de luz que oscila en el pasillo. ¡Ladrones!, pienso. Aguzo el oído y oigo que alguien anda por  ahí.  !Manfreeeed!, bisbiseo. Con el corazón en un puño voy a hurtadillas hacia el salón. Ahí está la lucecita moviéndose de un lado a otro. A punto del llanto  ruego que no le hayan hecho nada. Por fin me atrevo a asomarme y veo a un tipo alto andando sigilosamente con una linterna de camping en la cabeza, a lo minero: es el mariden

     ¡Joder, ¿qué pasa?!, susurro  convencida de que  los ladrones están en  la terraza. ¡Shhhh!, me dice apuntando el oído  hacia una esquina. ¡¿Pero que pasaaaa?!, barboteo yo.
     —¡Vete a dormir! —exclama cabreado.
     —¿Has oído ladrones??
     —¡Que no!
     —¿Entonces qué haces?
     — !Hay una cucaracha!

    Oye, y el capullo la cazó.

   Una noche, en nuestro piso anterior, me levanté de madrugada para ir al baño. Era verano y las ventanas estaban abiertas. De repente veo por el patio de luces que en el baño de enfrente ( al otro lado del piso),  fluctúa en plena oscuridad una lucecita a derecha y a izquierda. Histérica, grito: !ladrones, ladrones!:  una luz cegadora me acribilla los ojos,  un tipo con una  linterna en la cabeza se acaba de asomar: es el mariden. ¡¿Qué te pasa, estás loca?!!!, me grita.
     Todavía hoy no me explico como oyó una cucaracha mientras dormía,  al otro lado del piso ; pero, en efecto, había una y no paró hasta que la  mató.
  
    Como ya he apuntado, tal talento sobrehumano no le viene de nacimiento sino que  lo adquirió a base de arduo trabajo. 
   
     La cocina de su pisito de soltero en Madrid  estaba limpia como una patena pero cada noche, cuando llegaba de trabajar, las cucarachas, por decenas, campaban a sus anchas. ¿Qué hacer? Pues lo que cualquier persona normal: 
     Sigiloso, te acercas  a la cocina. La escoba y el recogedor preparados tras la puerta. Abres,  coges rápidamente  escoba y recogedor , enciendes la luz y las barres a toda leche. Cual sartén tortillera, vas removiendo el recogedor con una mano  mientras con la otra enciendes el gas, o lo que tengas. La olla la preparas ya por la mañana  y cuando el agua hierve, zas, a escaldar cucarachas.

     Como buen y metódico austriaco, el mariden repetía la operación hasta que acababa con toda la tanda , noche tras noche. ¿Qué por qué este método? Pues para ahorrarse el chasquido asqueroso que hacen al pisarlas

   Los matacucarachas según él no son tan efectivos.
   Así que ya sabéis, si  alguien necesita un fumigador de insectos:

               Fumigadores don Manfredo,
               lo más eficaz del mundo entero.

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domingo, 16 de agosto de 2015

Por si a alguien se le ocurre creerse importante ( Pensamientos)




 No creo que a nadie le de tiempo a envejecer a la velocidad de su cuerpo, es la gran putaden de la vida. La segunda putaden es que nadie se imagina con más años de los que tiene hasta que llegado un buen día te das cuen de que sí, de que a ti también te toca, y entonces empiezas a mirar a los que antes llamabas viejos como personas que hace bien poco tenían tu edad. Digo bien poco porque veinte o treinta años son una puta mierden, pero esto de joven ... ♫ no lo sabe nadie ♫,   que diría Rafael.

Pero la mayor de las putaden , la putaden más  inhumanen  es la toma de conciencia de que lo más gordo está por venir. Y si tienes la ¿suerte? de hacerte muy viejecito habrás tenido la desgracia de ver desintegrarse tu mundo por el camino antes de desintegrarte tú y para esto hay que tener hueven u ovarien, según. Porque las muertes de los demás tienen que doler más que la propia.

Por eso, cuando veo a un viejecito de cien con la cabeza sobre los hombros y cierto sentido del humor me quito el sombrero: esta persona se encuentra  no ya  más allá del bien y del mal, sino más allá de la vida y de la muerte.

Pero como dice un amigo mío: la única forma de vivir mucho es hacerse muy viejo. Putaden o no.

¿Que por qué se me ocurre esta mierden de pensamiento ahora? Pues porque la semana que viene cumplo 50, ¡hostien puten!. Y aunque aún me veo joven y no me lo creo, dentro de nada tendré desprendimientos vaginales, y papada,  y soñaré que me tiro a un jovencito Aston Kutcher ( el primero que se me ha ocurrido y que no me oiga el mariden…) que entre tanto ya será un cincuentón ( El Aston, digo) y yo sin darme cuen; y yo me levantaré las tetas con arnés, como el que usaba mi Jorgito para defecar , en mi (de algún culo saldrá sangre), y a lo peor me crece el mostacho  y me quedo  pelona , que esto de la edad parece que deja a los pelos tan confusos y alterados que se equivocan de sitio.
      Qué bello es vivir, que dijo Frank Capra mucho antes de que se le descolgaran  el culo y el pito , y que el pelo se le secara en la cabeza para ir a florecer en las orejas (tie hueven).
      El otro día en twitter, un hombre escribía: "La vejez no es nada, envejecer es maravilloso. Tengo 47 años y me siento mejor que nunca". Un twitt más abajo otro, obviamente mayor, le contestaba: "Eso me lo dices  cuando cumplas 60".

Y es que el tiempo tiene el poderío de pitorrearse de nosotros, por si a alguien se le ocurre creerse importante.

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miércoles, 12 de agosto de 2015

Cachondeíto en la Consulta ( Crónicas Vienesas)




      Se dice que los austriacos son gente fría y  "zurückhaltend", o sea retraídos, pero la verdad es que es solo apariencia, al  menos en mi experiencia. Y para constatarlo, nada como ir al médico, donde uno menos se espera tanta guasa.

    Mi primera experiencia al respecto, fue a la semana de llegar. Acojonada yo, pero insistiendo en lanzarme a hablar sin la ayuda del mariden Don Manfredo, que me acompañaba al principio, le expliqué al  médico mi dolencia en alemán tan claramente que orgullosa me sentía de mí misma. Poco me duró el orgullo, porque mientras yo le iba explicando, el doctor me interrumpía cada dos por tres con evidente tono de sorna : « ¡Muy bien, muy bien, cuánto sabe usted!», a lo que yo, insistiendo en mi humildad,  le decía: «Le estoy contando lo que los médicos me dijeron en España». Pero al señor le daba igual y seguía: « ¡Hombre, usted lo sabe todo!». Y cuando ya me había hinchado bien los ovarios, se gira hacia el mariden, encima machista el tipo, y le pregunta:
    
     —¿A qué se dedica su mujer?
     —Tenemos un negocio— contesta.
     —¡Hombre, cheffin (jefa)! —exclama el tío—.  !Eso le va mucho a su mujer!
    
     La madre que lo hizo. A punto estuve de largarle cuatro improperios pero preferí levantarme dignamente y no volver jamás.

   Me cambié de doctora y en la primera consulta, cuando empecé a contarle mi historial, estalló en carcajadas y exclamó: « ¡Ah, qué historia tan interesante!». En ese mismo momento la interrumpe la enfermera para poner unas infiltraciones: «Ahhh, ¿Cómo me interrumpen una historia tan interesante? ¡ Espere que vuelvo volando, qué divertido!». Y yo flipando.
Tengo que decir que esta doctora, que sigue siendo la mía, anda descojonándose todo el día. Muy salá la tía.

      La doctora me manda al dentista, al que acudo  por primera vez desde que vivo en Viena: Abro la boca, y al tío le da un ataque de risa, vaya, que me tuvo que dejar y retirarse hasta calmarse. Juro por dios que tengo unos dientes cuidados y apañaditos, igual se reía de otra  cosa, pero yo ya no sabía a qué atenerme. Se disculpó y siguió su tarea no sin echar un par de carcajadas más ante mi jeta boquiabierta.
   
     Un día , relatándole estas chocantes experiencias  a una amiga austriaca, me cuenta que su mariden ha ido al urólogo porque últimamente anda padeciendo problemillas de erección,  probablemente debido al estrés.  Y le dice el urólogo : «¿Pero no le funciona a usted solo con su mujer o le pasa también con las demás? (guiña el ojo, el pícaro). «Hombre, doctor, solo estoy con mi mujer», «Ande, ande…qué cosas dice...», contesta el urólogo.
      Total, que tras las pruebas,  en la segunda consulta le extiende una receta de viagra y dice: «Ande, tome, folladorcito. !Hala , a pasarlo bien!»

     ¿A que en España son más comediditos?

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