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miércoles, 29 de julio de 2015

Peligrosas coincidencias (Crónicas Vienesas)

(Antes de leer esta crónica te recomiendo leer "El intento de asesinato" (pinchar) y "Los cerrojos de Fredy Baby" (pinchar) . Esta crónica viene a colación de lo que se cuenta en las dos anteriores )

He reparado en el inquietante hecho de que tía Elisa y Fredy Baby tienen mucho en común. Los dos tienen pánico a volar; de hecho Fredy Baby no ha volado jamás; y ambos viven obsesionados con lo que “podría pasar”. La tía Elisa suele llamarme desde España para alertarme de cualquier catástrofe acaecida al otro lado del planeta para que no salga de casa por si acaso.

Al contrario que tía Elisa, Fredy Baby no se dedica a echar bloques de hielo encima de la gente cuando duerme y hace mucho calor, lo suyo es lo contrario: evitar que pases frío (¡Como influye la patria en las manías! ). A la que te descuidas, Fredy Baby  entra en  tu habitación a hurtadillas y te pone el termostato a 35 grados. Tú lo apagas cuando sales de casa y para cuando vuelves, zas, ya estás en el Caribe. No falla.
No hay manera, por mucho que te quejes. En cuanto echas la cabeza sobre la almohada caes en un sopor del que no te despiertas hasta pasadas las doce, como mínimo. 

Pero lo que hizo saltar la alarma en mi cabeza ocurrió en una de mis visitas a tía Elisa en España, cuando  se negó a dejarme salir sin copia de las llaves (me iba para dos horas), y para esto se fue a casa de una amiga que vive en otro edificio a pedirle la copia que ella guarda. Antes de irse me sorprendió con una frase demasiado familiar: «Cuando salgas dale cuatro vueltas al cerrojo.»

Quien crea que la gente que hay en nuestra vida está ahí por algo, que me diga, ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Habrá que creer en el Karma.
    

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sábado, 25 de julio de 2015

Retrato de una Pintora Ciega (Relato Dramático)




(Si  quieres leer varias críticas a mi relato en el portal literario Falsaria, Pincha aquí )


     Mientras estoy aquí, de pie, en esta fría sala del juzgado de lo penal, todo me parece ilusorio. Los actos delictivos que me atribuyen son ahora vapor condensado en mi memoria. Oigo las palabras del fiscal, pero  su voz no alcanza a penetrar la neblina con la que he cubierto los hechos. Yo estoy fuera, me he elevado sobre las brumas; y desde aquí, observo sin comprender.
     
  Sé que me obligarán a descender, a adentrarme en la espesura y enfrentarme a los hechos punibles. No es mi intención mentir, he encubierto la realidad para  protegerme momentáneamente; para protegerla a ella, a esa mujer a la que observo desde aquí arriba. Aunque ella no es yo; pero entonces, ¿quién soy yo? No escucho respuesta alguna. Aquí, prendida en el aire, siento que el tiempo se desgarra, se estira en direcciones opuestas desmembrándome. Y desde las oquedades más recónditas de mi ser surge un grito desesperado: ¿quién eres? ¿Dónde estás?, dime, ¿dónde estás?

                                               ***   ***   ***

     Te hablo a ti, a la persona que quise ser. Presiento que estás ahí acurrucada, como un pétalo asustado al llegar la noche. Me pregunto dónde te perdí la pista.
     
      Estás junto a mí mientras el sol se inclina despojando a las casas blancas  de su  tostado maquillaje, antes de retirarse a dormir. Huele a aire fresco y  a leña quemada. Corremos llenas de entusiasmo con nuestro lienzo bajo el brazo.  Ligeras, como el vuelo de la garza que acabamos de pintar bebiendo de su reflejo en las aguas anaranjadas del lago.
     
     Soy joven. La vida se despliega como una palmera de hojas verdes que curvándose en múltiples direcciones nos invita a deslizarnos por sus sensuales ondulaciones; con sus ribetes rojos, sus frutos dorados.
     Soy joven, sí, pero ya sé cuál es mi propósito en la vida. Y tú todavía estás conmigo; aún no te he perdido. Crepitas por mi ser avivando mis sentidos, esparciéndome en mil chispas sobre los objetos. Al penetrarlos me invade el éxtasis. Es entonces cuando puedo pintarlos, cuando los poseo por dentro y ellos a mí.
     Todavía creo en el ser humano. Aún no he visto la planicie de su alma con sus bordes ásperos y punzantes, como las flechas de una verja de hierro. La descubriré más tarde; ahora,  no es tiempo aún, aún no es tiempo.
    
     De momento, tú estás aquí conmigo. Correteamos por las calles del pueblo desquiciando a los adoquines con nuestras insolentes zancadas. La luz de las farolas dibuja sombras grises sobre la cal de la pared de mi casa. Los ruidos diurnos se van desvaneciendo en la infinitud de la noche. No todos: ora se escucha el  golpe de una puerta que se cierra, ora, en la lejanía, un auto ahoga un último suspiro de alivio al llegar al hogar.
    
      Mis padres nos esperan. Él sentado a la mesa; ella apurando los últimos preparativos en la cocina. Se oye el tintineo de los vasos, un chasquido del armario al cerrarse; después, el estallido brusco de las burbujas de aceite hirviendo. Adoro los sonidos ancestrales que reinan tras las paredes de los hogares generación tras generación. Al caer la noche, cuando un muro de silencio se alza entre nosotros y el mundo, se tornan sutiles, tímidos, respetuosos; son el   cálido abrazo de la noche antes de empujarnos al olvido.
     Sin embargo, hoy quiero que enmudezcan, quiero que mi madre se detenga, que el mundo entero se detenga y me preste atención. Necesito liberar con urgencia esta inmensa fuerza vital que me posee y que tiembla atrapada entre láminas de dudas y miedo: «papá, mamá, esta es mi obra», anuncio orgullosa. 
     «Es precioso, Paula», las palabras débiles de mi madre levitan brevemente en la estancia antes de esfumarse sin dejar rastro. Su levedad confina la renuncia de millones de mujeres. No quiero ser como ella, quiero que mi voz se oiga contundente, vigorosa. Deseo expresarme a través de mis cuadros, ser alguien...Ser.
     
   Las lisonjas de mi madre son trémulas, pudorosas, ingrávidas: no me bastan. No a mí, que ansío ser su opuesto. Anhelo la aprobación poderosa de mi padre. Si él me aprueba, mi energía brincará por el universo, resplandeceré. Por eso, contengo el aliento y aguardo el veredicto paterno. «No está mal», observa, concediéndome dos segundos antes de volver a depositar la vista sobre su plato. Las láminas  de dudas y miedo baten fuertemente en mi interior y entre   sacudidas noto como mi energía vital escapa; mi espíritu se ovilla derrotado. Ser se me antoja algo utópico, y es ahora, en este momento, cuando siento un miedo visceral a perderte…seas quien seas.

                                          ***   ***   ***

      Ha llegado el momento. La pregunta del fiscal retumba entre las paredes del saco amniótico tras el que me protejo. Su fuerza poderosa  me arrastra de vuelta a la inhóspita sala como un burdo pedrusco atado a mi cuerpo. «Paula Garay, ¿mató usted a su marido?». No sé qué contestar. Estoy muy confusa. Paula  se me antoja ahora una intrusa sin rostro. ¿Quién soy?, ¿dónde estoy?... ¿Dónde estás?

                                         ***   ***   ***
                                                             
      Te hablo a ti, y en tanto que te hablo veo tus rasgos delicados danzando sobre las ondas verdes del lago. Nos miramos fijamente como si fuéramos extrañas. Me desconcierta verte sin ojos —la cuenca de tus ojos verdes ha sido reemplazada por el verdor líquido del agua—. Retendré esta imagen para pintarte más tarde. Será el retrato  de una pintora ciega y ojos de ondas de agua verde. Ojalá este momento se eternizara y no nos perdiéramos nunca de vista.
     
     Si las sombras de mi sino no se obstinaran en  desdibujarte,  nada de lo que va a suceder, sucedería y yo nunca traspasaría este umbral sin retorno. Cuando quede sola ante la verdura de esta basta superficie, la tragedia se consumará y ya solo podré pintar la oscuridad.
   
      La brisa electriza mi piel húmeda y el sol vierte anillos dorados sobre la superficie del agua. De vez en cuando un soplo de viento azota las hojas de los árboles reclinados en la orilla, que, perezosas, se quejan siseando al unísono.  Una familia de patos avanza, extraños al transcurrir del tiempo, a la llegada inevitable del momento atroz en las vidas ajenas; sólo existe  el ondular pacífico del agua bajo sus cuerpos, la calidez acogedora de los rayos del sol arropando sus plumas
      
     Mi momento atroz se acerca.
    
     La bestia negra dormita al abrigo invisible del tiempo. Tarde o temprano la asaltará el hambre, despertará, se agazapará a la espera del instante exacto y lanzará sus garras afiladas sobre la desprevenida presa. Mi bestia  acecha.
    
     Mientras escurro mi melena rubia le oigo llegar, el agua se abre a su paso recogiéndose en rizos sobre sí misma y estalla en  borbollones. El sonido metálico, apresurado, fatigoso, me sobresalta y me doy la vuelta. Se me acerca adentrándose en el lago; levanto la mano y le saludo; ambos sonreímos. Creo que me alegro de que esté aquí, aunque su presencia quebranta mi intimidad. Esta inesperada atención que me prodiga araña en mí muescas de esperanza. Sí, y una incipiente sensación de felicidad. Y timidez. No sé qué decir, así que me doy la vuelta y espero su llegada; el instante se resolverá por si mismo, los instantes siempre se resuelven por sí mismos.
    
     Es la última vez que te veré, tú imagen borrosa plasmada  en las aguas tibias del lago, y a tus ojos de ondas de agua verde.  Ahora la imagen de él se superpone a la tuya, te borra, te anula. Ni siquiera puedo decirte adiós.
   
     Su abrazo me confunde. Aunque todavía creo en el ser humano, por eso le correspondo esperanzada. Mi abrazo es tímido e inseguro, como todo lo incipiente, lo desacostumbrado. Me tambaleo entre ráfagas de ilusión y culpabilidad: quizá no debí dudar de su amor.
    
      Mi confusión aumenta a medida que percibo como su aliento se agita. Mis músculos se aflojan, se descomponen como traviesas carcomidas; una cortina de acero se desploma sobre mi mente; quizá sea algo semejante a la muerte. La bestia ha sacado sus garras, se ha abalanzado sobre mí. Sus miembros manosean mi  cuerpo desfallecido. Un rayo de sol atraviesa mis ojos y por un instante atisbo su rostro deforme.  Corrientes de adrenalina se disparan ahora en mi cuerpo estimulando mis músculos adormecidos. Me revuelvo;  intento rasgar su piel mientras él me desgarra por dentro. Forcejeamos en direcciones opuestas. Finalmente me libera, pero ya es tarde. Ya no se pueden recomponer los pedazos.
      
       Él te ha quebrado en mil fragmentos; ahora, ya no sabré encontrarte.
     La bestia cesó el ataque.  Ahora, seré yo la bestia; ahora, pintaré la oscuridad.

                                            ***   ***   ***
                                                          
     «Paula Garay, ¿mató usted a su marido?». Mi intención no es mentir, pero cómo evitarlo. Si lo niego, afirmaré mi verdad. Si lo afirmo, la estaré negando.  Mi verdad, no la suya. Mi verdad me pertenece, yace hundida en el abismo de mi alma atormentada y ahí deberá permanecer.
     «Sí, yo lo maté». Mi voz ha sonado con claridad. Su firmeza y convicción me han sobrecogido. La he liberado, he liberado a Paula. No importa haber matado una vez o más. Sólo la primera cuenta, sólo la primera pesa como centurias de ignominias. Mi segunda vez no fue dolorosa. Al contrario, fue la culminación de mi obra.

                                              ***   ***   ***

       Pinto convulsivamente, no he vuelto al lago. No pinto paisajes, ni objetos, ni vida: pinto oscuridad.
       
       Ella inspira ahora el horror de mi lienzo. La trazo con los ojos del  odio. Es mi odio quien pinta, no yo. Retuerzo la comisura de sus labios hacia abajo, en negro, sello la boca con pinceladas transversales, también negras. Es una boca que no habla. Inyecto sus ojos en sangre, doloridos; los hundo en la carne de un rostro pardo. El pelo, una maraña de pesados y fríos alambres plateados, tortura el rostro infame. Mis manos, exaltadas, trazan órbitas nigérrimas a la altura del corazón engullido por el abismo.  Pinto la imagen de mi madre merodeando por la casa, con la cabeza gacha, mascullando monosílabos ininteligibles, observando el horror de nuestras vidas, impasible. Mientras nuestras almas escapan aspiradas por un pozo infernal.
    
   Ya no existen los sonidos de la noche, sólo el rugido del abismo succionando todo.

      La penumbra de mi habitación está impregnada de protones de terror. En la oscuridad, la puerta se abre. Un halo de luz procedente del pasillo recorta la figura de la bestia noche tras noche. Es inmensa, abominable. Y mientras mi madre merodea por la casa musitando monosílabos, las garras de la bestia despedazan mi carne, quebrantan mi cuerpo; y los fétidos soplidos de su  aliento descomponen y pudren  mi alma.
    
      He decidido acabar con mi madre, y acabaré también con su bestia negra. Curiosamente la odio más a ella. La mataré. La desdibujaré, así no tendré que pintar más su oscuridad.
     
     He leído que el arsénico, administrado de a poco, provoca la muerte en cuestión de días. Me dará tiempo a acostumbrarme. Pensaré que es un proceso natural. Será lo mejor para ambas. Se borrará su mueca y el rojo de los ojos, no habrá agujero negro ni corazón que succionar. Vivir sin corazón no es justo para nadie. Las dos seremos liberadas.
    
     La imagen de mi cuadro ha ido cobrando vida día a día, curiosamente se ha hecho real para enfrentarse a la muerte. Ver a la criatura de mi cuadro retorcerse de dolor se me antoja algo mágico. Yo la cree en mi mente, la plasmé sobre el lienzo y ahora está aquí, ante mí, de carne y hueso.
     
    Siento una mezcla de miedo y placer al pasar un paño húmedo sobre las brasas de sus ojos, al aliviar la sudoración pegajosa del rostro púrpura y hundido. Mimo a mi criatura como una madre benevolente. Soy su Dios, yo le he dado vida. Ahora le doy la muerte.

    Tras la muerte de mamá quedamos solos la bestia y yo —ya no soy capaz de llamarle padre—. He ocupado el lugar de mi madre y al hacerlo se han precipitado sobre mí todos sus atributos,  poseyéndome como un espíritu en pena que se aferra a la vida. La pesada ancla de su sumisión yace sumergida, atada a mis pies, en aguas túrbidas y abismales, me es imposible soltarme, nadar hasta la otra orilla, convertirme en su opuesto; los cristales quebradizos que conforman su debilidad se desploman en astillas sobre mi piel, miles de punzadas cercenándome el cuerpo. Es su venganza. Ha lanzado sus redes desde el más allá con el propósito de perpetuarse; para evitar que mate a su bestia y así condenarme a las tinieblas.  Los monstruos no debemos ver la luz.
     Ahora lo entiendo todo, aunque no sepa explicarlo: la bestia sigue despedazándome, engulléndome a cachitos, día tras día, noche tras noche, y, mientras tanto, yo merodeo por la casa con la cabeza gacha, mascullando monosílabos ininteligibles, pintando, pintando monstruos en la oscuridad.

                                            ***   ***   ***

     «Sí, yo lo maté. Maté a mi marido», he oído mi voz resonar en la sala palmariamente, sin matices de arrepentimiento. Ya no necesito protección. No tengo miedo. Estoy dispuesta a todo. Fue mi segundo asesinato, el primero permanecerá sepultado en los  pantanos que inundan mi mente.

                                            ***   ***   ***

      Soy una pintora de éxito.  El mundo me cree una mujer feliz. Ama la abyección de mis pinturas. El horror y el mundo se aman y se odian, se odian y se aman, así ha sido a lo largo de los tiempos, lo mismo que una ola que rompe sobre  otra absorbiéndola y luego se recoge hacia atrás suavemente, como una caricia inesperada que pidiera perdón.
     Tengo dos hijas de cinco y tres años. He logrado mi sueño, he conseguido que mi voz se oiga a lo largo y ancho del planeta: contundente. Y, sin embargo, vivo dando saltos como un pez aterrorizado, atrapado en una red asfixiante que manos asesinas lanzan desde otros mundos: las manos de mi madre.
     
     El mundo ama mi ignominia y la aprueba. También él, mi padre —la bestia—, también él ama el horror de mi arte. Él es mi fuente de inspiración.

                                            ***   ***   ***

      Mientras confieso ante le juez, la muralla radial que apresaba los engendros se desmorona. Sus perversos rostros se alargan difuminándose al escurrirse entre las múltiples grietas. Ya no hay nada que temer. Quizá ahora salgas de tu escondite entre las húmedas sinuosidades del agua y pueda mirarme de nuevo en tus ojos de ondas de agua verde.
    
      « ¿Cómo sucedieron los hechos? ¿Qué ocurrió el sábado 20 de enero de 2011? »

                                            ***   ***   ***

      Dejé que las niñas lo vieran, se lo merecían. Ellas son la tabla salvadora  que  la vida me tiende:
     
     Estoy en el salón. Torrentes de luz me iluminan pero yo no la veo, los rayos se retraen asustados al roce con mi piel, no se aventuran donde danzan las tinieblas.
     Mis ojos se quedaron flotando en aquel lago de mi niñez, soy una pintora ciega. Los colores de mis lienzos nacen de la opacidad, titilan atormentados tras la vacuidad de mi retina, suplicando la existencia. Sin embargo, hoy no titilan. Aquí estoy, frente a mi lienzo, arando mis entrañas, intentando fracturar  capas embrutecidas en busca del horror definitivo. Hace meses que esta escena se repite. Los colores no titilan, los pedruscos alojados en  mis tripas forman bloques impenetrables. Nada sube, nada fluye, la inmundicia yace enquistada. Y mientras tanto él reposa ahí, dormitando sobre el sofá, recobrando fuerzas para perpetrar la próxima embestida. Las niñas juegan delante del televisor, a medio metro de su padre, de su abuelo. Mis hijas, mis hermanas —nada de esto deberá salir a la luz —, ellas son mi última esperanza. Antes de que la bestia extienda sus garras sobre ellas, las salvaré. Y, puesto que la bestia ya no me inspira, la mataré.
     
     La idea ha asaltado mi ser con la vehemencia de una llamarada cuyo intenso fulgor disipa por completo la oscuridad. Alumbrada al fin, corro a la cocina en busca de un cuchillo. El acero emana un frescor que no recordaba desde los días del lago. El brillo del sol, al chocar contra la fría superficie, rebota impresionado y  expulsa dagas doradas que traspasan el aire. Veo su luz.  Fascinada, sin poder apartar la vista del inmaculado metal que empuña mi mano, me aproximo a mi presa. Es mi momento; el éxtasis me posee. Me arrodillo tras  él en este instante sagrado, voy a consumar mi obra de arte definitiva, reunirá los colores de la luz y de las tinieblas. Levanto la esplendorosa superficie acerada, la suspendo brevemente sobre el cuello de la bestia, dejo que su luminosidad me penetre. Mi brazo baila seducido por el fulgor argentado. Con el sensual ondular de una serpiente atravieso su piel limpiamente. La calidez de sus fluidos me conmueve, no la esperaba. Un río de rubíes brota de su cuello manando por mis brazos: su belleza me enaltece. Los gritos de las niñas proclaman la culminación de  mi obra. Me siento gloriosamente  exhausta, pero no debo parar. Los colores están tan vivos... pintaré toda la escena, el mundo la amará.

                                          ***   ***   ***

      En el juicio alegué malos tratos. No me importa estar encerrada, ninguna cárcel  es tan oscura como mi vida. Pero sigo sin encontrarte, no sé por qué no vuelves ahora que los monstruos se han ido. Te pintaré, así quizá regreses; te pintaré tal como te recuerdo aquel lejano día, tu rostro reflejado en la superficie del agua, la cuenca de tus ojos verdes reemplazada por el verdor líquido del lago. Será el retrato de una pintora ciega y ojos de ondas de agua verde.

©Celia Seguí Hernández 2012



martes, 21 de julio de 2015

Los cerrojos de Fredy Baby (Crónicas Vienesas)

        

Todas las crónicas son hechos reales.
(Recomiendo leer antes los posts por este orden: Fredy Baby , y Las Manías de Fredy Baby 
    
       Una vez tranquilo por haber conseguido aparcamiento debajo de casa, otra curiosa manía echa por tierra la  recién conseguida paz en el peculiar espíritu de Fredy  Baby:   echar la cerradura de la puerta sin cometer el menor error. Pues  la mente de Fredy Baby está habitada por todo aquello que podría suceder y que hay que evitar a toda costa, de ahí su empeño en mantener su pequeña fortaleza vienesa a salvo de la codicia de ladrones y otros malhechores.
    
     Tanto es así que además de la cerradura normal  su piso está protegido por un  inmenso cerrojo con una barra de hierro que cruza la puerta por dentro  de lado a lado. Y  para que este cacho  hierro cubra toda la puerta hay que darle cuatro vueltas al cerrojo, ni una más ni una menos.
     
      Viendo peligrar su seguridad, Fredy Baby se pone extremadamente nervioso cuando tiene invitados y no le queda otra que  facilitarles una copia de las  llaves. 
     En el verano de 2005, aún residiendo  yo en España vine  a Viena con el fin de tomar  un curso intensivo de alemán.Unos buenos amigos me ofrecieron quedarme en su casa alertándome del estrés emocional  que supondría vivir sola con Fredy Baby entre sus aparcamientos , las tazas y platos ascensor arriba y ascensor abajo en sus diarios desplazamientos al pueblo y otras múltiples peculiaridades por todos conocidas. 
     Consciente de que no les faltaba razón, acepté su invitación , pero como el curso tenía lugar en el centro y mi amigo vivía a las afueras le pregunté a mamá Hofbauer (recordemos que ella pernocta fuera de Viena) si podía darme unas llaves de su casa por si algún día me quedaba por el centro hasta tarde. Mamá Hofbauer aceptó encantada pero para  Fredy Baby, que ya se alegraba de no tener que soportar la presencia de otros seres humanos en su casa, supuso un inesperado revés, una auténtica alteración de su sistema nervioso.
    
     Ya un  mes antes de mi llegada se dedicó a hincharle la cabeza  a mamá Hofbauer con el tema de las llaves: «No sabe cómo van las llaves, hay que decirle que tiene que dar cuatro vueltas »,   o «¿Cuándo viene? ...Mejor no le doy las llaves hasta  que no le haya enseñado como se cierra... »
     
     Mi avión llegó sobre las once de la noche y debo agradecerle a mamá Hofbauer que se negara en redondo a satisfacer la insistente petición de su marido de hacerme ir a su casa a las doce de la noche  antes de llevarme a casa de mis amigos, con el fin de enseñar a una servidora  cómo se da cuatro vueltas a la cerradura de una puerta.
    
     De todos modos, no dejó pasar la ocasión, no os creáis:  El día en que les visité  me hizo salir del piso llave en mano para aleccionarme   como dios manda: " Mira tienes que dar cuatro vueltas: rac, rac, rac, rac". Cosa que tuve que repetir, Fredy Baby mediante, hasta que quedó satisfecho con mi "performance".
     
     Por supuesto, durante el mes que pasé en Viena,  tuve la sensatez de no pernoctar en su casa ni una sola noche, no sea que me equivocara y se me cayera el pelo. O peor, que entraran ladrones y me echara la culpa.

  
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sábado, 18 de julio de 2015

La Partida ( Relato dramático dedicado a los emigrantes)


      




       El cielo ha amanecido encapotado de nubes afligidas apunto de verter sus lágrimas sobre la ciudad.
    Durante el trayecto en coche a la estación hablamos de trivialidades. Mi madre me da algunos consejos intrascendentes, al fin y al cabo ella nunca ha vivido fuera, mucho menos en un país extranjero. Me alecciona sobre lo que me ha puesto en la maleta: “tus galletas favoritas”, la receta de la paella, infusiones de hierbas para el resfriado, unas cuantas fotos “para que no te olvides de la familia”.
      
    Al fin llegamos a la estación y las nubes han empezado  a lagrimear. Entre las dos sacamos las maletas del coche fingiendo normalidad, fijando toda nuestra atención en las acciones, en nuestra charla banal y aparentemente despreocupada, en el murmullo de las conversaciones ajenas. Ambas obviamos los sentimientos subrepticios, como si ignoráramos la inmediatez de la despedida y el dolor inevitable.
       
    Mi autocar aparca ahora en el andén previsto, se abre la puerta del  maletero, ya  no hay vuelta atrás. Tengo miedo, o es tristeza, no lo sé exactamente. Sólo sé que  no quiero llorar. Pero qué más da, la lluvia moja mi cara, si lloro no se notará, mis lágrimas se fundirán con las de las nubes. Me pregunto por qué a las nubes les cuesta tan poco deshacerse en lágrimas. Aunque quizá sí les cueste y no lo puedan evitar. Me siento indefensa como una gota de lluvia. Súbitamente percibo un espesor cálido que se desplaza por mi interior hasta llegar a mi cara,  el rostro se me hincha como si quisiera estallar; la masa candente me abrasa y no deja de presionar, me doy cuenta de  que no puedo sujetarla más; las lágrimas brotan ya sin control.
          
     Bajo la cabeza y cojo mi equipaje, me vuelvo rápidamente hacia el maletero —no quiero que mi madre me vea llorar—. Instintivamente coloco las maletas en una esquina. Siento la necesidad de protegerlas, de que estén a salvo. Cuando llegue las abriré y oleré la ropa planchada por mi madre; comeré las galletas que me ha puesto; me sorprenderé con algo que no esperaba encontrar. Así no me sentiré tan sola lejos de casa. Esas dos maletas son el único referente de quien he sido hasta ahora. Además, en ellas hay también lágrimas de mi madre, lo sé. Se le deben de haber caído cachitos de alma mientras doblaba mi ropa.
    
     El tiempo no se puede dilatar. Llegó el momento del adiós.  Me doy la vuelta y nuestras miradas se encuentran. Me acerco a ella, nos abrazamos y ya nada se puede evitar. Noto el grosor pegajoso de su  llanto entremezclado con  el mío rodando por nuestras mejillas. No quiero seguir, no quiero estirar este momento. En unos segundos subiré al autocar y ahogaré mi pesar. Mi historia se desleirá con la de los otros pasajeros. Seré una más, formaré parte de un grupo con un mismo destino y ya no me sentiré tan sola. No quiero que nadie me vea llorar. Subiré al autobús y me transformaré en una persona nueva. Tengo que hacerlo. A partir de ahora todo va a ser nuevo.
     
     Ya está, mamá, me voy. Me separo de mi madre y me pongo en la cola para subir. Detrás de mí dejo un espacio de aire lleno de moléculas espesas, creo que es  dolor. Quiero que acabe esto, quitarme ese peso de la espalda, que las moléculas que dejo atrás se diluyan cuanto antes.
     
     Ya estoy dentro,  ahora soy sólo un rostro más; eso me fortalece, me da una sensación de libertad. Mientras busco mi asiento entre las caras de mis compañeros de viaje me doy cuenta de que ya no siento pesadumbre. Sólo busco, eso es todo. Es curioso, me pregunto de dónde vienen y adónde van los sentimientos; por qué se presentan sin ser requeridos y se esfuman, en ocasiones, cuando más se los necesita. ¿A quién pertenecen? Porque nuestro no puede ser  lo que actúa con tanto albedrío.
     
     El veintiocho, este es mi asiento, me ha tocado ventanilla. Mi compañera de viaje me cede el paso amablemente. Ahí está mi madre, ahora sonríe y me saluda: ella también ha olvidado la  pena momentáneamente mientras se preguntaba, buscándome con la mirada,  en qué lado del autobús me sentaría. Ya estamos todos; se han cerrado las puertas; el motor se pone en marcha y nosotras seguimos sonriendo, agitando las manos, mirando el rostro querido que desaparecerá de nuestra retina y de nuestra cotidianeidad, esto último con carácter definitivo, quizá. El autobús se mueve, ya nos vamos. Ahora sí, veo que mi madre ha sucumbido al momento luctuoso. Su cara llorosa se borra en la lejanía. Ella no me ve, pero yo también lloro.
   
       No quiero seguir aferrada a esta aflicción. Ahora decido despedirme de mi ciudad. Los lugares acostumbrados que ya no formarán parte de mi día a día  desfilan ante mí tras los cristales húmedos.  Ahí está la calle de la que fue mi oficina. Si no fuera por esta maldita crisis yo no tendría que reinventarme, que crear un nuevo yo en un país extraño. Aunque quizá sea mejor así, al fin y al cabo en Alemania valoran más el trabajo. Estaré bien, lo sé, pero no deja de entristecerme que el país que tanto amo no me corresponda. Ahora pasamos por la misma calle que hace apenas media hora transitaba con mi madre. Qué extraña sensación: todo va quedando atrás como un amor deleznable. Me voy desprendiendo de retazos de mi vida a medida que los lugares pasan, como si me estuviera despojando de mis ropas para quedarme desnuda.
   
       Ya salimos a la carretera. Mi ciudad con todo mi pasado tira de mí como de una cuerda, pero ahora soy igual que  un barco amarrado a puerto por una cuerda mal atada: el viento me aleja y me aleja hasta que al fin la amarra se suelta y yo floto sola adentrándome en la inmensidad del océano. Siento una inesperada sensación de libertad, o liberación, no sabría decir. Miro a través de la ventanilla: los cipreses, formados como para un desfile, parecen decirme adiós. Ahora sonrío. Me invade una inesperada agitación. Mi mirada se dirige ya al futuro, a la larga carretera que tenemos por delante. Sé que mucho antes de llegar a nuestro destino los pasajeros ya no seremos extraños. No estaremos tan solos. Luego, recogeré los retales de mi pasado encerrado en mis dos maletas y empezaré una nueva vida. Quizá las lágrimas me sorprendan de nuevo al abrirlas, estoy casi segura, hasta que la ropa y los objetos adquieran, como yo, un nuevo significado, y el espacio inusitado los impregne de connotaciones hasta ahora desconocidas transformándolos para siempre.
    
     Presiento que este es el viaje más apasionante de mi vida.
     Cuando vuelva ya no seré yo. Sé que nunca volveré a esta misma ciudad ni mi ciudad a mí, pues cuando volvamos a encontrarnos ni ella ni yo seremos ya las mismas.

A todos los emigrantes.

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miércoles, 15 de julio de 2015

El intento de asesinato (Crónicas Vienesas)



(Todas las Crónicas son hechos reales. Se ha cambiado el nombre de las personas para preservar su intimidad)

     Hoy voy a presentaros a la tía Elisa, una mujer imprevisible cuya peculiar personalidad no deja de sorprenderme, solo que esta vez  la sorpresa casi me cuesta la vida.
     
     Veréis , he estado de visita en casa de mi tía, en España.  No me sorprendió en absoluto que nada más poner el pie yo en su casa  corriera a la nevera con el fin de  presentarme su último descubrimiento. La tía Elisa siempre está al tanto de las últimas novedades.
     
     El nuevo invento que triunfa en la vecindad para dormir fresquito en una noche de calor sofocante  es un bloque de plástico duro sacado del congelador, recubierto a posteriori con un pañuelo "fallero" ( de los de cuadros negros y blancos),   que uno se coloca sobre el pecho  cuando se echa a sobar.  «Celia, me dijo mi tía, si no puedes dormir, coges esto, te lo abrazas y verás que fresquito que duermes.»
     
     Pues bien, a pesar del calor, pude dormir como un lirón todas las noches excepto la última, que hacía un calorazo del copón. Me imagino a la tía Elisa dando vueltas en la cama preocupada por mi descanso, pues tenía que levantarme a las 7.30 de la mañana para emprender el viaje de vuelta a Viena. Después tía Elisa debió saltar de la cama decidida a acometer su fechoría, porque lo único que recuerdo es que se encendió la luz del  pasillo, luego... caí en el sopor del dulce sueño.
     
     Suelo dormir con tapones en los oídos desde hace años. Debían de ser las 2.30 de la madrugada, o sea, tres minutos después de que la luz del pasillo se encendiera, cuando noté que me zarandeaban , después un murmullo, como de alguien hablando en la lejanía. 
     
     Abro los ojos en la penumbra ( la luz del pasillo seguía encendida), como drogada por el sopor, veo una sombra inclinada sobre mí, no sé exactamente dónde estoy ni qué leches está pasando y de repente,   !zas! un latigazo de hielo sobre el estómago ( ! Me había tirado el bloque helado encima!)
   
      Empecé a berrear como si me estuvieran matando. A mi tía, aterrorizada, se le ocurrió encender la luz, lo cual no hizo más que incrementar mi pavor y desconcierto, mis gritos y mis convulsiones debían de ser acojonantes a juzgar por los rebuznos respiratorios  de la tía Elisa. En cuanto fui consciente de la barbarie , la llamé de todo, todos los tacos que me sé en español y en alemán salieron de mi boca de carrerilla y a grito pelao. A mi tía, asimismo atacada de los nervios, no se le ocurrió otra cosa que decirme: « Ay, hija,  !cómo te pones!», lo cual no hizo sino propiciar otra sarta de improperios por  mi parte
     
     Al día siguiente, de camino al tren, yo muerta por no haber pegado ojo, apenas nos hablamos. Hasta que al final se lo dije: «Estás loca, casi me matas. ¿sabes? ». « ¿Yo?», dice ella, «Me diste un susto que me tuve que tomar una pastilla para los nervios, hija. Menuda  nochecita me has hecho pasar y yo que solo quería que durmieras fresquita. »
     Tía Elisa me ha dado su permiso para que os cuente, en otro post, su visita a Viena.
    !Ay!



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sábado, 11 de julio de 2015

Cargándose Apotegmas- Mark Twain ( Pensamientos)






MARK TWAIN:
«Estar satisfecho con lo que uno tiene, es la riqueza.»


PARADOS, MALTRATADOS, DESAUCIADOS, VÍCTIMAS DE GUERRAS Y HAMBRUNAS:
«Dígamelo usted a mí.»





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miércoles, 8 de julio de 2015

El camarero soez ( Crónicas Vienesas)

     Todas las Crónicas son historias reales

Un bonito domingo fuimos a comer a un agradable restaurante en  los bosques de Viena  con preciosa vista a la ciudad. Estábamos en la terraza y había bastante gente.
     Al cabo de un rato, cuando ya nos habían servido, se acerca un camarero y nos dice en español: «¡ Hombre, españoles!»  Tenía un acentillo como andaluz, pero raro. «¿Es usted español? », le pregunto. « No, soy austriaco, pero mi mujer es colombiana y tuvimos un restaurante en Tenerife durante 15 años », contesta.
      Seguimos hablando y el hombre se vino arriba. Hablaba tan alto que todo el que quisiera podía oírle. Menos mal que seguramente nadie, excepto nosotros, lo entendió:
     « ¡ Yo me vine porque en Tenerife trataban mejor a las cabras que a la gente! y me  dije, ¡a tomar pooo culo! … ¡ aaa tomaaar pooo culo! » Y yo le pregunto: «Aquí en Viena mejor, ¿no?». «No, no, qué va ¡Aquí son asquerosos! Aquí para encontrar gente maja te tienes que ir al campo. A Tirol, por ejemplo. Pero claro, ahí se conocen todos… Vamos, que en Tirol sólo hay tres apellidos: Mallnitz , Kogelnig ,y  Friesach . ¡Ahí sale la hija al campo y detrás van corriendo el padre y el hermano! Jajaja », reía el hombre. «Mira, en Tirol una vez estaba un tío sin camisa encima de una cabra, y había una vieja mirando, y le dice la vieja: “Ay, los jóvenes de hoy en día, sin camisa y con la moto blanca.” » Me imagino que esto último sería un chiste. 
     Todas estas perlas las soltaba el menda a voz en grito: « ¡¡ Que sí, que sí, que ahí con las cabras no veas, están todo el día dándole!!  Estos del Tirol no salen del monte, ¡sólo van a Innsbruck cuando hay  Lavine
( avalancha)! »

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sábado, 4 de julio de 2015

Bolas Tristes (Relato Humor)



                         

     
SINÓPSIS: Bonifacio Armendia nace con un defecto en los genitales. Su madre encuentra un eficaz método para que nadie se entere. Sin embargo, un buen día  Bonifacio se presenta en casa con su primera novia para  mayor preocupación de su madre y su peculiar abuela.

     La sala del quirófano donde nació se llenó de gritos nada más aparecer la parte baja de su cuerpecillo. La madre pensó que su niño venía muerto, hasta que la comadrona, con cara de haber visto a ET, se lo puso en brazos:
     — ¡Aaaayyy! —gritó la madre— pero ¡qué bolas más tristes!
     Por muchas pruebas que le hicieron, los médicos no pudieron averiguar por qué Bonifacio Armendia había nacido con los testículos de color gris oscuro. Ya se le irá cuando vaya creciendo, dijeron. Pero se equivocaron.
     Bonifacio fue criado por su abuela  y su madre en un barrio obrero de una pequeña ciudad de provincias.
     —Trae a Bolas Tristes que le cambie los pañales —decía la madre.
     — ¡Manda carajo!, ¡a ver qué mujer te quiere a ti de mayor  con los huevos como mortajas! —refunfuñaba la abuela—, si al menos los tuviera negros, podríamos decir que iba para mestizo pero se torció en la gestación. Eso te pasa por haberte quedado preñada de un pordiosero. Ya te lo dije, hija mía. ¡Si al final la mugre se graba en los genes! 
     —No diga tonterías, madre, que el padre sería lo que fuera pero los tenía encarnados como las mejillas de la Macarena.
     —Pues este se nos va a quedar para vestir santos, ya te lo digo yo. Adiós a mis ilusiones de perpetuar la estirpe.
     Las culpables de que a Bonifacio se le conociera en el pueblo como Bolas Tristes fueron sin duda su abuela y su madre.
      — ¿Por qué llamáis a la pobre criatura Bolas Tristes? —preguntó un día la carnicera.
     —Nada mujer, que tiene las bolillas chiquitillas, pero ya le crecerán; los hay que crecen enanos y luego dan el estirón, cosas de la infancia.
     Cuando llegó la edad de ir al cole todos los niños siguieron llamándole Bolas Tristes sin saber muy bien la razón. El día que tocaba clase de gimnasia su madre cogía una estampa de la Macarena y le pintaba los huevillos encarnados con pintura acrílica para que los niños del colegio no se rieran de él. Así que, una vez por semana, Bonifacio se sentaba en el patio de su casa cuando hacía bueno y delante de la calefacción en invierno, como dios lo trajo al mundo, pero con los cataplines sonrosados,  hasta que la pintura se secaba. Este tiempo lo aprovechaba Bonifacio para tomar el desayuno:
      —Cuidado, chiquillo, que no te caigan migas  encima y se te queden empanados; ya sería lo que nos faltaba —le decía su abuela.
     De modo que  Bonifacio creció sin que nadie supiera que tenía los testículos grises como nubarrones. Contrariamente a lo que se pudiera esperar, en vez de hacer honor a su apodo, Bolas Tristes salió de carácter alegre. Su madre se encargó de que el defecto no se transformara en un trauma:
      —Mamá, ¿por qué he salido con los huevos grises? En mi cole nadie los tiene como yo; ni siquiera tan encarnados como me los pintas. Algunos niños en la ducha me han  preguntado por qué yo los tengo tan sonrosados.
      — ¡Ay, hijo mío!, diles que la Virgen de la Macarena te ha premiado  por bueno —afirmaba la madre orgullosa.
      La pintada de los testículos de Bonifacio se convirtió en un ritual familiar. La noche antes Bonifacio la pasaba siempre en blanco después de que entre la madre y la abuela le hubieran quitado los restos de  pintura de la semana anterior con buenas dosis de acetona, preparando los susodichos para la pintada de la mañana siguiente:
     — Pero ¿es que con la acetona no le podemos quitar el gris también? ¡Lo tiene tan agarrao el pobre! —se quejaba la abuela.
     — ¡Más de prisa, mamá, que me suben los vapores y  me ahogo! —apremiaba Bolas Tristes.
     —No, si lo que usted quiere, madre, es que ahogue al niño, ¡no ve que si friego más se los arranco de cuajo!
     — ¡Ahhhhhh! ¡Que duele! —gritaba el crío.
     —Más les duele a los nazarenos llevar a la Virgen a hombros. ¿Tú los oyes quejarse? Pues hala, ¡a callar!
      En la cama, por la noche, el olor a acetona era tan insoportable que la criatura se lo pasaba tosiendo. —Es lo que hay, Bolas Tristes —le decía la madre—. Tú piensa que mañana por la mañana te despiertas con la cara de la Macarena, ¡que ese honor no lo tiene todo el mundo!
     En verano la familia Armendia se trasladaba a la playa. Como no había cole y  el chiquillo no tenía que ducharse con sus compañeros, le dejaban las criadillas al natural:
     —Ni se te ocurra quitarte el bañador, Bolas Tristes, o tenemos un disgusto — le advirtió un día la madre.
     —Pero si dices que es un premio de la Virgen, ¿por qué tengo que ocultarlo, mamá?
    —Porque si se enteran, la basílica de la Macarena revienta de peregrinos pidiendo huevillos como los tuyos. ¡Nos faltaba! Al poco tenemos a la Iglesia
exigiendo una indemnización o derechos de autor, o vete tú a saber, que esos con sacar pasta se aclaman a todo. Tú hazme caso y no te quites el bañador, leches.
     — ¡A la Iglesia hemos mentado! —añadió la abuela levantando la mirada de sus labores—, como se enteren de que tienes los huevos grises son capaces de
anunciar que ha llegado el anticristo, ¡que estos por un poco de publicidad son capaces de todo!
     Bonifacio consiguió pasar su infancia y adolescencia sin mayores problemas.
     —A Dios gracias ya no existe el servicio militar, hijo mío. Si no, te meten en el calabozo por hereje  —le dijo su abuela, un día en que advirtió que a su nieto estaba empezando a crecerle la barba.
     — ¡Madre, por dios! ¿Cómo le dice eso al chico?
     —Me parece a mí que ya va siendo hora de que le quites la estampa de la Macarena cuando se los pinta, hija. Que el muchacho ya los tiene grandes y no es cosa de la Virgen estar presente.
     —Pues con más motivo, madre, con más motivo. Ahora es cuando tiene que colorearlos bien  para que no parezcan dos bolas del árbol de Navidad. Bien sabe la Macarena que el chico necesita ayuda, y,  ¿quién mejor que ella que es madre de todos nosotros? —replicó la hija molesta.
     —Lo que tú digas. Sólo espero que esto no salga de estas cuatro paredes — sentenció la abuela.
     Un buen día Bolas Tristes anunció que se había enamorado. La madre y la abuela se miraron con evidente preocupación:
     — ¿Puedo traerla a cenar a casa un día, mamá? —preguntó ilusionado.
     —Claro, hijo, claro —contestó su madre—. Oye, ¿no te habrá visto…?
     —No, mamá, no. Además, si así fuera, ya sabes que los llevo coloreados.
     —No es solución, Bolas Tristes, no es solución —intervino la abuela—. El día que te cases, a ver como explicas lo de la Macarena.
       — ¿Pero qué dices, abuela?
       La cena fue un éxito. La muchacha era encantadora y se veían francamente enamorados. A partir de aquel día Bolas Tristes y su novia aparecían por la casa regularmente, la cosa iba en serio.
     Un día la abuela lo interpeló:
      — ¿Cuándo piensas decirle la verdad, Bolas Tristes?
      —No sé, abuela, lo he pensado varias veces pero no me  atrevo.
      —Pues más vale que se lo digas antes de que se le queden las manos manchadas de pintura.
      — ¡Madre! —le riñó su hija.
      —No te preocupes, abuela, la pintura es potente, no se quita fácilmente.
      — ¡Pero coña! ¿Es que si te casas con ella vas a ir con los huevos pintados hasta la tumba? ¡¿Y qué me dices de la Macarena?!
      —La abuela tiene razón, Bolas Tristes, tenemos que decírselo tarde o temprano.
      —De acuerdo. Pero me da miedo que me deje.
      —Si te quiere no te dejará, hijo mío. Tú pídeselo a la Virgen que ella te tiene confianza y te ayudará. Si no te ayuda a ti, juro por mis muertos que me vuelvo atea. Además, a la pobre Virgen le vendrá bien descansar, que ya son años.
      El temido día llegó. La cena estaba siendo tan amena como siempre. Había una empatía natural entre la joven y la familia de Bolas Tristes:
     —Natalia —dijo al fin la madre—, la verdad es que no sé como decirte esto.
     — ¿Ocurre algo? —preguntó la joven, preocupada.
     —No, no. Es que… A ver… ¿De qué color son los huevos?
   —Hombre, pues los hay blancos y coloraos, ¿no? Por lo menos en la  pollería donde mi madre los compra.
      —No, no, uf —contestó la madre apurada
     —¡Ay qué inútil, hija! —interrumpió la abuela mientras Bolas Tristes se movía inquieto en su silla sin saber adónde mirar.
  —Mi hija no se refiere a esos huevos; se refiere a los testículos, ¡a ver si no se puede hablar con propiedad en los tiempos en que vivimos!  
     —¡Abuela! —exclamó azorado Bolas Tristes. Asustado por la mala impresión que estaban dando a su novia, decidió intervenir:
     —Basta ya. Creo que esto es mejor que se lo diga yo a solas. Vámonos Natalia, te explicaré por qué me llaman Bolas Tristes.
     — ¡No te olvides de lo de la Macarena! —gritó la abuela mientras se alejaban.
     Natalia se tomó como una declaración de confianza la confesión de Bonifacio Armendia. Lejos de abandonarlo se enamoró más de él. Lo admiraba por haber podido sobrellevar esa carga toda la vida y sin embargo tener un carácter tan encantador.
     Natalia y Bonifacio se casaron y al poco ella se quedó embarazada:
      — ¡Ay, qué alegría! —gritó eufórica la abuela— ¡La estirpe se perpetúa a pesar de todo! Esperemos que nazca niña,  hijo. Por el bien de todos, incluida la madre de Dios.
     —Saldrá lo que tenga que salir, abuela —contestó el nieto. 
     A los pocos meses supieron que se trataba de un varón. La abuela y la madre tomaron la   noticia con más preocupación  que el propio Bolas Tristes y su mujer:
     —Si viene otro Bolas Tristes al mundo, que venga. Al fin y al cabo no me ha ido nada mal —las tranquilizaba Bonifacio.
      El día del nacimiento, la madre insistió tanto en estar presente en el parto junto a Bolas Tristes, que los médicos, sabedores de su preocupación porque se repitiera el defecto de su hijo, la dejaron pasar. La abuela, inquieta permaneció sentada en el pasillo, justo a la salida del  paritorio. Los minutos parecían una  eternidad para la anciana , que rozaba el rosario con la estampa de la Virgen de la Macarena en el regazo:       —Virgen bonita, espero que le hayas pedido a nuestro señor que te dé de baja una temporadita larga como te llevo pidiendo hace tiempo. Que digo yo, que tendrás cosas mejores que hacer que trabajar de modelo —dijo mirando a la  estampa—. Que los saque rosadillos, virgencita, que los saque rosadillos —repetía una y otra vez.
      Y de repente, se oyó un grito procedente del quirófano: 
     — ¡Tiene los huevos como las mejillas de la Macarena! 
     —¡Aleluya! —gritó la vieja.



                         A Óscar Tissier Duarte

©Celia Seguí Hernández.   Todos los derechos reservados. 

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