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Bienvenido al blog de Celia Seguí
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martes, 30 de junio de 2015

De vuelta a la pelu ( Crónicas Vienesas)



(Si no has leído la Pelu I  , te recomiendo leerla primero. Para leerla pincha aquí )
     
     Uno de los pequeños traumas recurrentes de mi vida ha sido siempre la visita a la peluquería: por bueno que fuera el peluquero siempre me he puesto en sus manos acojonada, y según el grado de madurez he salido más o menos afectada emocionalmente.
      Hasta los veinte y pico, después de halagar al peluquero o peluquera de turno por dejarme el pelo como a la difunta Rocío Jurado, que en paz descanse, en su mejor gala, en cuanto ponía el pie en la calle se me saltaban las lágrimas. A partir de los treinta y pico cambié las lágrimas por una carrera hacia la ducha, para luego cagarme en  todos sus muertos.   !Un caso de  psiquiátrico!
     Pero señores,  ¡gracias a mi Anja he descubierto el corte en seco! ¡No hay engaños! Ves exactamente qué carajo te están haciendo y por lo tanto ¡puedes reaccionar! 
     Mi Anja es  Eduardo Manos Tijeras: la tía coge el pelo seco entre las manos y: “ clack, clack, clack, clack”, a toda leche, que no me explico cómo no me deja llena de trasquilones.
     ¡Por fin salgo de la pelu como las maracas de Machín! Porque  aunque me largan con un  mocho por cabeza en lugar de  “la melena rociera”, sé que después de la ducha no me voy a acordar de su madre.
     ¡Y qué rapidez! Cruzo la calle, “Clack, clack, clack, clack”... y ya estoy de vuelta en mi tienda.
      —¿Has ido a mear? —pregunta mi marido sorprendido.
     —No, qué va, ¡he estado en la pelu! 
     ¡Qué felicidad!



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viernes, 26 de junio de 2015

Emigrar al extranjero ( Artículos)


     A lo largo de mi vida he emigrado en una ocasión dentro de España y en dos  al extranjero. A Inglaterra, a los treinta y dos años y a Austria a los cuarenta y cuatro. En las dos ocasiones fue una experiencia difícil, pero la segunda y definitiva (espero) superó con creces a la primera en cuanto a nivel de dificultad por varias razones.
     En ambas ocasiones experimenté un sentimiento como de rotura interior. Y es que esto es lo que suele pasar cuando dejas atrás “todo”. Emigrar al extranjero significa abandonar todo o casi todo cuanto conoces para crear desde la nada una nueva vida. Casi nada.
     Nunca  he sentido la soledad de manera tan profunda (y eso que la segunda vez estaba ya con mi marido).
     El entorno en el que has crecido (hablamos del país), al que estás acostumbrado desde la cuna, ya no está. Todo es ajeno a ti. Te sientes como si te hubieran quitado el suelo de debajo de los pies. Las  personas te hablan en una lengua que aunque ya hayas aprendido no es la tuya, una lengua que te va a costar esfuerzo hablar y entender (me vine con un nivel avanzado de alemán y seis años después en ocasiones  me cuesta entender una película o a determinadas personas, y eso teniendo facilidad para los idiomas. Que una lengua se aprende viviendo en el país en cuestión es un mito al que dedicaré otro post: sin esfuerzo no se aprende nada).
     En medio de esta soledad, la mayoría de los emigrantes comenten lo que para mí es un error: buscan inmediatamente amigos de su tierra, con el resultado de que en  muchas ocasiones acaban viviendo más en un ghetto que en la tierra de acogida. Las personas no somos mejores por ser de un país u otro ni por ser de tu país van a ser mejores amigos. Emigrar es como un duelo que durará más o  menos según las circunstancias y la forma de ser de cada persona. En mi caso, duró mucho, muchísimo, quizá porque la segunda vez había descartado la opción de volver si las cosas no salen como uno quiere. Cuando tomo una decisión voy hasta el final, pase lo que pase. En mi opinión solo así completas tus experiencias.
     El sufrimiento se suaviza con el tiempo, pero no pasa si no quieres que pase. Hay emigrantes   que no dejan de quejarse  de todo: que si la falta de  sol, que si el carácter de los españoles, que si la comida. Comparar una cultura con otra, algo en lo que todos caemos alguna que otra vez, es un error. Hay que buscar lo positivo de la cultura del país de acogida, que seguro es mucho. Y al final uno acaba aceptando  que nada es perfecto y que en realidad todos somos ciudadanos del mundo.
     Los puntos positivos de emigrar superan con creces los negativos: hacer nuevos amigos, hablar una nueva lengua, viajar más, conocer en profundidad una cultura muy diferente a la tuya, lo cual no hace si no enriquecerte como ser humano y abrir tu mente. A tu gente, la de verdad, nunca la pierdes, no la ves tanto como desearías pero en contraposición tu vida se llena de personas con vidas muy vividas. Gente que como tú ha arriesgado y está llena de experiencias. En las mesas a menudo confluyen personas de diversas nacionalidades y en ocasiones  se manejan  hasta  tres lenguas en una misma conversación. Nada más rico y la mejor cura para ridículos nacionalismos.
     Siempre he dicho que cualquier persona debería pasar mínimo un par de años en un país extranjero buscándose la vida. Si yo fuera madre animaría a mis hijos a hacerlo. Es el mejor regalo que una persona se puede hacer a sí misma y es genial para la autoestima.
     Y ahora, digo lo mismo que mi amiga Nuria, una granadina que lleva once años en Viena, decía anoche tomando unos vinos: “A mí de Viena no me mueve nadie”.


     A mí tampoco.


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domingo, 21 de junio de 2015

Die Firmung o la Confirmación ( Crónicas Vienesas)

     Todas las Crónicas son historias reales.



     El domingo pasado fue die Firmung (la Confirmación) de uno de mis sobrinos. Me tiré un par de semanas haciéndome a la dolorosa idea de levantarme a las 6.30 un domingo por la mañana, pues aquí, con tal de comer  a las doce te largan la misa de Confirmación, Comunión o lo que sea, a las nueve  de la mañana.
      Fue un día inolvidable, sin duda. Alterada por el domingo que me esperaba, abrí los ojos a las cinco de la mañana y así permanecieron hasta que sonó el despertador a las  seis y media.  Nos esperaba un viaje de una hora a Tulln, donde a las ocho y media  debíamos reunirnos con el resto de la familia a la puerta de la iglesia.
     Al ser Manfred el padrino, pensé que habíamos quedado media hora antes de la misa para ensayar, pero de eso nada. A las 8.30 en punto estábamos todos los austriaquitos y yo sentaditos en nuestros respectivos bancos de la abarrotada iglesia. « ¿Pero para qué leches viene todo el mundo tan pronto si no hay ensayo?», me pregunté fastidiada.
     Y así  transcurrió la primera media hora de este eterno día, sentada, observando los horrorosos cortes de pelo de las parroquianas, su nada favorecedora indumentaria, sus caras ausentes muchas de ellas de maquillaje, su incomprensible indolencia en lo que se refiere a su apariencia física. Tomar conciencia de mi guapura al lado de tanto pelo-paja, me hizo más llevadera  la primera  media horita, para que nos vamos a engañar.
     A las nueve en punto llegó el arzobispo y el cura del pueblo. Los feligreses nos levantamos y empezó el show. Un desafinado coro comenzó a cantar. En lugar de un coro celestial parecían una versión mala de los Beach Boys cantando “Surfing USA”. Se largaron un libreto entero en las dos soporíferas,  infumables horas que duró la  misa.
     Como al cumplirse  la primera hora  para mi desesperación  empezó a quedar claro que aquello iba para largo me saqué la libretita del bolso y empecé a tomar notas para mi “Crónica Vienesa”. Acto seguido  me eché una cabezadita, al rato entreabrí los ojos y vi que mi sobrino mayor también dormitaba plácidamente a mi lado, así que me di a sobar de nuevo.  Llegó por fin, no es que lo esperara con ansias, el momento de darnos la paz. « Friede sei mit dir», me dice mi cuñada dándome la mano. «¡Y con tu espíritu! », exclamo en español, intuyendo en el fondo que esa frase aquí no va.
     Al rato, empieza el personal a  extenderse desde los bancos a los pasillos. Confusa, pregunto que qué pasa; mi cuñada me hace una señal con las manos indicándome que debo desplazarme hacia el centro; lo hago y lo próximo que sé es que un señor desconocido a mi lado me mira y me coge de la mano, horrorizada por lo embarazoso de la situación, me meriendo otra cancioncita del disonante coro, agarraditos los dos.
     Llegado el momento de la Comunión, la iglesia en pleno se dirige a tomar el Cuerpo de Cristo, y para avanzar, una señora sale en ayuda del cura y reparte hostias en una esquina. Estaba tan muerta de hambre que estuve a punto de ir a por una, pero me resistí a la Sagrada Comunión (aunque católica de nacimiento no profeso ninguna religión). No así Manfred, mi marido, a quien, incrédula, veo dirigirse desde el tercer banco al altar. Más tarde, al preguntarle en el coche por qué había comulgado me confirmó lo que yo intuía: «estaba muerto de hambre ». 
     Y como todo se acaba, también el arzobispo, que el único atino que tuvo fue admitir que ir a misa era aburrido, puso fin al suplicio.
     Tras dos horas y media, salimos a la lluvia y al frío, donde una banda de música sacada de un desfile americano guió a la manada de feligreses hasta una fría cueva subterránea en la que nos sirvieron un par de vinos.
     Se impuso la hora de ir a comer, y a las 12.00 en punto entrábamos los dieciséis miembros de ambas partes de la familia al restaurante. Sobre la mesa, en el cartelito de la reserva  advertí que en realidad llegábamos tarde, pues la reserva estaba hecha para las 11.30  ¡Oh! ¿Cuándo me acostumbraré a estos horarios?
     Olvidémonos del aperitivo, ¿qué es eso?, o de la paella, del cordero, del marisco, de todos los manjares que los españoles comemos en las ocasiones más señaladas. La carta era la de siempre: filete de pollo empanado, filete de cerdo empanado, filete de pavo empanado…Todo se sirve aquí empanado. En menos de una hora, nos habíamos zampado los platos de empanados con patatas, en silencio una gran parte de la mesa. No pude por menos de añorar el bullicio de nuestras comilonas en España, los cafés después del postre, la copita para acabar la fiesta. “Na de na”, dos copitas de vino  y mi filete empanado fue todo lo que me llevé a la boca.
     Pero no nos engañemos, no es que no les guste comer ni beber, en general se come y se bebe más que en España. Tras la comida fuimos a casa de mi cuñada donde se sirvió el café, y cayeron dos tartas enteras servidas en descomunales porciones. Sin mediar pausa, una vez acabada la merienda, se sirvieron varias botellas de vino y… ¡el aperitivo! ¡El mundo al revés!  Pero eso mismo deben de pensar ellos cuando vienen a mi casa invitados, a juzgar por sus constantes quejas cuando les planto los chips y los cacahuetes delante de las narices. Ya van dos familias que se me han quejado: «No nos queréis dar de comer, por eso nos hartáis con chips y cacahuetes. »  «Exacto», les contesto yo siempre. «¡Así coméis menos y me salís más baratos!»
     No estoy segura de que se lo tomen a broma.

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jueves, 18 de junio de 2015

Como hacerse seguidor de mi blog

Puesto que varias personas me lo han preguntado, os lo explicaré aquí directamente:

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Eso es todo.
!Muchas gracias!

miércoles, 17 de junio de 2015

Las politicuchas del barrio (Crónicas Vienesas)

     Todas las Crónicas son hechos reales. Los nombres de las personas han sido cambiados para preservar su intimidad.



     A las pocas horas de aterrizar de vuelta de España, cansada y de mala gana (pedí que lo pasaran a otro día pero no hubo tu tía) me presento delante de la fotocopiadora del barrio. Suzane, la dueña, Elke, la de la quesería  y una morena rondando la cincuentena, como yo, con las tetas tan arrebatadas que  se le subían casi al cuello (pensé si se las habría subido con un arnés pero llevaba tirantes y con Wonderbra tampoco, que yo me lo he probado y a estas edades te las deja como papas arrugás, a lo canario).
     El caso es que cuando llegué estaban ya dándole al vino sentadas en una mesa “municipal”, de las que hay fijadas al suelo con sus respectivas sillas por toda la ciudad para el disfrute de los vieneses cuando el tiempo lo permite (de haber sido esto España, ya hubieran encontrado sito en las casas y terrazas particulares, como las macetas del Puente de las Flores de Valencia, que amanecía desflorado y lleno de calvas cada vez que la alcaldesa reponía los maceteros. Pero los austriacos carecen de nuestra  picaresca, los pobres). La mesa constaba de tres amplias sillas provistas de los cómodos cojines de quita y pon que la de la fotocopiadora  se  hizo fabricar a medida, tal cual si el acomodamiento fuera  suyo. Había tomado Suzane la precaución de sacar un largo banco sin respaldo, para que nos sentáramos Manfred y yo, y los espontáneos que se apuntan todos los años conforme nos van subiendo los vapores del alcohol y se monta la algarabía.
     Me senté en el banco ya malcarada, pensando en cómo tendría la espalda a las doce de la noche (eran tan solo las siete y media). La de las tetas se presenta efusivamente y me manifiesta su deseo de ser latina. Será cretina, pensé (tendría que haberla puesto a bailar salsa para ver si las “Manolas” le tiraban para algún lado o se quedaban tiesas, idiota de mí, ¡oportunidad perdida!). Era morena de bote (como yo, pero yo en rubio) y empezó a alardear de que ella parecía latina  con una energía desaforada que le quedaba postiza. “Con la cara de guiri que tienes”, pensaba yo.  
     Entonces Suzane me la presentó formalmente: “Elisabeth es la concejala del distrito”. Acabáramos, pensé, la tía de las flores (el año pasado fue criticada por comprar con nuestros impuestos macetas de flores en la floristería de una amiga y repartirlas de puerta en puerta entre los vecinos “para que las ponga usted en el balcón y embellezcamos el barrio”, decía la Barbie. (Por cierto, en Viena cada distrito está gobernado por según que partido). En estas estábamos cuando llega Manfred, mi marido, con los platos de embutidos y el pan. Suzane saca dos botellas más de vino y copas para nosotros. 
     Por la izquierda aparece entonces una especie de Virgen María mal retratada, fea de cojones pero con el místico puesto. La mujer toma asiento a mi lado. Ostras, qué agobio, pienso enclaustrada entre “la Virgen” y mi marido, con el calor que hace. Suzanne presenta a la  mística como otra concejala del barrio (no es casualidad que le pusieran la mesita y las sillas justo delante de su fotocopiadora y aunque en realidad no las soporta, tiene que quedar bien con ellas). En menos de cinco minutos las políticas habían entablado su propia conversación a mesa cruzada dejándonos a todos fuera.
     La de las tetas arrebatadas en un momento dado se levanta de un salto y se sienta en mi banco, al lado de la mística, que tira su culo más hacia mí dejándome completamente emparedada. Hacía un calor del copón y para más Inri había una fiesta un  poco más arriba en la calle con una banda de música que ponía los nervios al rojo vivo.
      Víctima atroz de la perimenopausia, sentí  como si me hubiera tragado un kilo de pimentón picante y empecé a sudar y a respirar convulsivamente: «me ahogo, me ahogo», le bisbisaba a Manfred. «Ponte aquí», me dice cediéndome su sitio. Y  yo: « que no quiero, que no quiero» (mira cómo sufro por haberme traído aquí después de medio día viajando, capullo, pensaba). Como en realidad miraba que me ahogaba, le pregunté a Suzane si me podía sentar en la silla que la de las tetas arrebatadas había dejado libre: «No, mejor quédate ahí», me dice yo qué sé por qué. Me quedé flipada.
      Desesperada empiezo a culear hacia la Virgen, pero espacio no había, así que poco pude lograr. «Yo me siento en la silla, carajo», le grito a Manfred en español para que nadie se coscara. Y apunto estaba de levantarme cuando un vecino se para a saludar y la Suzane le invita a  tomar asiento  en “mi” silla. Mi cara debía parecerse al Vesubio en erupción, así que antes de que me diera un soponcio me levanté y  con sonrisa fingida me disculpé y me piré a casa echando chispas, cabreada por partida doble porque para mi decepción  mi marido no me seguía.
     No hacía ni dos minutos que había llegado a casa cagándome en todo lo vivo,  cuando oigo la cerradura de la puerta y entra Manfred cabreadísimo: «Esas dos cabronas se han cargado todo el ambiente», me dice. «Que esperabas, políticos de hoy en día», contesto.  «Exactamente», me dice, «unas auténticas maleducadas».
    El resto de la noche nuestra conversación giró entorno a la arrogancia, prepotencia y absoluta carencia de educación de las gentes que nos gobiernan.
     «Y no te lo pierdas»,  dice Manfred, «la tipa (la de las tetas) ha llamado a la policía para que pararan la fiesta que había en la calle a las nueve en punto, y yo le he dicho:“¡Pero si tú estás aquí sentada y lo más probable es que te quedes hasta la madrugada! ¿Por qué te metes con ellos?” ¿Y sabes qué me ha contestado?, que nuestra mesa era pública y tienen derecho a estar hasta que les dé la gana».
      Con dos cojones o con dos tetones…este es el  nivel general de los que disponen nuestras vidas. Esperemos que algún día cambie.
    ¡De vergüenza!



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domingo, 14 de junio de 2015

Muerte ( Pensamientos)

(Foto cortesía de Didac Martínez)





Puesto que sólo existimos en el instante presente, no  más que muertos del  pasado somos;  y del futuro: mero imaginario.



viernes, 12 de junio de 2015

Las manías de Fredy Baby (Crónicas Vienesas)



(Te recomiendo leer primero "Fredy Baby". Pincha aquí y lee el post de abajo)
Todas las Crónicas son hechos reales.








     La vajilla en realidad no es el eje sobre el que gira la vida de Fredy Baby. Tiene una manía mucho más obsesiva y mucho más molesta para mamá Hofbauer,  que la sufre en carnes propias: el aparcamiento.
     Para ir de Viena a Königstteten y viceversa no hay problema, porque en el pueblo hay mucho espacio y pocos coches, y en Viena él paga su cuota para poder aparcar en su calle, como hace todo el mundo aquí, con lo cual se evita que gente de otros barrios o que está de paso aparque durante mucho tiempo delante de tu casa.
     El problema llega cuando hay que salir de vacaciones.
     Mamá Hofbauer y “su cruz” tienen una buena pareja de amigos los cuales siguen siendo amigos básicamente por mamá Hofbauer. El encantador señor Mayerhofer llamó un buen día a mamá Hofbauer para organizar unas vacaciones en el Tirol. Normalmente van todos los años al mismo hotel (con aparcamiento) pero ese año el señor Mayerhofer propuso cambiar de hotel. En cuanto Fredy Baby se percató de la conversación que su mujer y su amigo estaban teniendo reclamó ponerse inmediatamente al aparato:  «¡Mayerhofer ! », dijo hecho un manojo de nervios: « ¿¿¿ Por qué vamos  a ir a otro hotel??? ».
     —Mayerhofer:: Bueno, es que me han dicho que tiene unas vistas maravillosas, blablabla..
     —Fredy Baby: Ya, pero ¿¿ Tiene parking??
     —Mayerhofer:: Hombre, supongo que sí.
     —Fredy Baby: Supones, pero no lo sabes. ¿¿Y si voy y no puedo aparcar??
     —Mayerhoffer:  Mmm…
     —Fredy Baby: ¡Yo no voy! Yo no me arriesgo a ir y no poder aparcar, y ¿luego qué hago yo con el coche todas las vacaciones?                   
     —Mamá Hofbauer ( por detrás ): Du bist Blöd!!!!! ( ¡Tú eres idiota!) Ich gehe mit den Mayerhofers  und du  bleibst zu Hause!!!! ( ¡¡Yo me voy con los Mayerhohfer y tú te quedas en casa!!)          
     —Fredy Baby : Sei Still !!!! (¡¡Que te calles!!) …. Mayerhofer, dame el número de teléfono del hotel que voy a llamar y preguntar si tienen parking, y si tienen voy.


     El paciente señor Mayerhofer le dio el teléfono, y esta vez hubo suerte y mamá Hofbauer pudo disfrutar de sus vacaciones. Pero imagínate que no.

     Mamá Hofbauer todavía se encoleriza cuando cuenta lo que pasó con su regalo de 60 cumpleaños. Fredy Baby se asemejó a un amante marido cuando le regaló a su mujer una invitación a cenar en uno de los mejores restaurantes de Viena, los dos solos. Mamá Hofbauer estaba feliz, y creo que hasta pensó que después de casi 40 años podía volver a tener un marido; pero se equivocó.

    Los meses pasaban y pasaban y mamá  Hofbauer reclamaba su invitación una y otra vez, pero Fredy Baby daba largas: «ya iremos, ya iremos.»  Después de dos años, a Mamá Hofbauer “se le hincharon” y decidió hacer uso de sus derechos y “cobrarse”su regalo de 60 cumpleaños antes de cumplir los 70. Así que llamó a su querido amigo Mayerhofer, cuya mujer también se había negado en una ocasión  a salir a cenar con su marido a este famoso restaurante no sabemos por qué, y le propuso que ambos  pasaran de sus respectivos cónyuges y se fueran ella y él a cenar al Plachuta. Mayerhofer aceptó la invitación y entonces se desataron los infiernos. De repente, Fredy Baby empezó a gritar que el también iba y la señora Mayrehofer se picó y decidió que ella también.
      Así que mamá Hofbauer en lugar de una cena romántica con su marido tuvo una cena con los Mayerhofer y con el pesado de Fredy Baby.

     El día X se acercaba y Fredy Baby cada vez estaba más inquieto. Hasta que lo soltó:
     «Helga , he pensado que podríamos ir en metro.»
      —Mamá Hofbauer: ¿Estás loco?? ¡Yo me quiero poner tacones y con la nieve que hay yo no voy en metro. ¡Vamos en coche! 
     —Fredy Baby: ¡¡Y dónde aparco!!
     —Mama Hofbauer; ¡Tú no estás bien! ¡Todo el mundo encuentra parking tarde o temprano!!! ¿¿Por qué no  vas a encontrarlo tú??
     —Fredy Baby: Bueno, mañana cojo el coche y me doy una vuelta por allí para ver como está lo del parking

     Y en efecto, un día antes de la cena, Fredy Baby cogió su coche y se recorrió el barrio del Plachuta para ver si habría o no problema de parking. 
     Hay que decir que mamá Hofbauer pudo finalmente cenar en este exquisito restaurante, y además ir con tacones.

     El primer y único día que Fredy Baby vino invitado a comer a mi casa (no puso objeción a venir con el coche), al recibirle en la puerta le dije el consabido: « Hola, ¿cómo estás?» Y me contestó: «Muy bien, he encontrado parking enseguida».


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jueves, 4 de junio de 2015

Die Sonne ( El sol) (Crónica Vienesa)








     


     Después de un infernal invierno y una primavera inexistente, en la que die Sonne sólo se vio un día desde el 28 de abril hasta el mes de junio (tengo un amigo austriaco que los contó), por fin llegó el verano, aunque no se sabe por cuánto tiempo. En la  vida he hablado y oído nombrar tanto  das Wetter (el clima) y die Sonne. Aparecen casi en cada conversación. Los austriacos mismos  te dicen: “Ich bin deprimiert”. Pues si ellos se deprimen imáginate yo.
     Pues bien, ayer de camino al trabajo vi a un chico, que no un mendigo, tumbado en un banco de la calle con el bañador puesto y la cremita al lado. Y al llegar al trabajo me veo a mi peluquera  en la acera de enfrente, tomándose un descansito cara al sol, la saludo y me grita toda contenta: ¡Eh! ¿Quiéres que te mande un poco? Sin darme tiempo a responder se ha metido en la pelu y ha salido con un gran espejo redondo que ha puesto cara al sol y a mí , que por poco me quedo ciega
     Ahora entiendo perfectamente a  aquel señor del que Manfred ( mi marido) y yo nos choteamos  recién llegados a Viena: íbamos en coche y delante de nosotros había un cochazo con matrícula de  diplomático. Hacía un  sol esplendido y al parar en el semáforo el señor bajó la ventanilla del coche, se quitó las gafas de sol, sacó su sonriente cara por la ventana y la alzó hacia el cielo con los ojos cerrados. El semáforo se puso en verde y llegó el siguiente, y luego el siguiente, y en cada semáforo el señor bajaba corriendo la ventanilla, se quitaba las gafas, sacaba la cara al sol y sonreía con los ojos cerrados.
     De repente, en uno de los semáforos,  al pobre  se le puso una furgoneta al lado tapándoselo  por completo, entonces el señor avanzó y paró el coche justo en medio del paso de peatones, abrió su ventanilla y de nuevo sacó feliz su cara al sol.
     Yo misma me lanzo a la calle como una condenada en cuanto aparece la palabra más nombrada en este país: Die Sonne.
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