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sábado, 30 de mayo de 2015

La pelu ( Crónicas Vienesas)

     


(Todas las Crónicas son hechos reales)



 En este país hay cosas que son carísimas y una de ellas es la pelu. Por corte y lavado te cobran, si eres mujer, unos 53 €, aparte el secado .  Si  te tiñes o haces mechas más vale que vayas ahorrando porque por menos de 100 € no sales. 
     ¡¡Pero resulta que he descubierto un truco!! Aquí les parece de lo más normal cortar el pelo en seco (en España jamás he oído que hicieran algo semejante). De hecho, hace dos meses  se me debió aparecer la Virgen del Perpetuo Socorro cuando fui a la pelu con el pelo recién “lavao” porque ahora voy a correr jeden Tag: todos los días; y la peluquera, que es en exceso dulzona, me dijo que era una pena lavármelo otra vez y que me lo hacía en seco. Yo, idiota de mí, puse cara de incredulidad y una vez acabado de cortar la miré con cara de póquer y le pregunté: ¿¿Pero es que no me lo vas a lavar??  Ella  vio el cielo abierto, claro, y dijo: « ¡Por supuesto! Ahora te lo lavamos y te lo hacemos bonito.»  Y al acabar, pum: ¡los 53 eurazos! (con descuento por vecindad).
     Pero como ya estoy despertando de mi largo letargo, hoy he ido y le he dicho: «Anja, hoy he ido a correr y mañana también , es ist Blöd (es una estupidez) que me laves el pelo; así que me lo cortas y yo me vuelvo a mi tienda (que está justo enfrente). Y fíjate tú que al preguntar cuánto es, me dice: «dieciocho euros.»  Se me ha escapado decirle: ¡Jo, que barato!  

     He salido hecha un cristo porque como comprenderéis un pelo cortado a palo seco queda como un mocho de lavar el piso. Pero hoy paciencia y mañana me lo hago yo mono. Porque  de 53 a 18 se va un rato, digo yo. Así que a partir de ahora voy a ir siempre a la  pelu  ¡¡con el pelo recién lavao!!



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martes, 26 de mayo de 2015

Una vida en blanco ( relato dramático)




Relato sobre las últimas angustiosas horas de una Estrella de Cine.



     Sus párpados temblaron asustados, hostigados por un mal sueño. El aliento, entrecortado, luchaba por aferrarse a un resquicio de aire, ese aire que parecía querer librarse de ella para siempre. La cabeza, coronada de serpientes rubias deslizándose a ambos lados de su cara, se agitaba  intentando  espantar los monstruos noctívagos.
     Los ojos se abrieron arañados por los primeros rayos de sol; la mirada se derramó exhausta sobre las sábanas blancas de raso. Esas mismas sábanas que cubrirían su cuerpo sin vida al caer de nuevo la noche.
     Las noches se sucedían como malditas extensiones del día; y, mientras el mundo dormía, ella, semejante a un faro penado a presenciar las constantes contiendas entre la noche y el día, alumbrando la oscuridad con su blonda cabellera, permanecía pavorosamente despierta; asida, a su pesar, a la vida.
      Aturdida por la ingente cantidad de somníferos que su cuerpo se había acostumbrado a tolerar se levantó y se dirigió al baño. Su cara, de 36 años, reflejaba en el espejo una belleza sobrehumana: como si para contrarrestar las ojeras y  el mate en la piel y  ojos  absorbiera la luz de cualquier superficie reflectante y la engullera. Al igual que un pigmento  absorbe los rayos de luz.
     Quizá fuera por haber vivido siempre en la oscuridad por lo que era tan luminosa, por lo que había aprendido a convertirse en una lámpara que se enciende y se apaga a voluntad. Una bella lámpara colgada en lo alto, inalcanzable, resplandeciendo solitaria en un gran baile de máscaras.
     Refrescó su cara con abundante agua y se dirigió a la cocina. Con qué esperanza había comprado hacía  pocos meses su casa, la primera casa que poseía, un pedazo de tierra a la que pertenecer al fin. Está tan vacía, pensó, mientras atravesaba la mullida moqueta blanca del salón. Todo era blanco, estéril, un reflejo de su propia vida: sin padres ni hermanos ni marido ni hijos ni familia alguna a la que recurrir.

     Porque siempre había sido eso exactamente, un candil transportado de casa en casa, intentando captar con su destello el amor de las numerosas familias de acogida; o como la imagen al otro lado del espejo que trata de  atrapar en vano un atisbo de realidad, sabiéndose condenada desde el origen a no formar parte jamás de la vida de los otros.
     Por eso probablemente me hice actriz, pensó, mientras abría el frigorífico  y  se servía un zumo de frutas. Al fin y al cabo, ¿no había logrado el amor del mundo entero? Pero...un amor que no abraza, ¿es amor?, se preguntaba. ¿Por qué tenía que conformarse con vivir las vidas ajenas de sus personajes? ¿Por qué lo único que la vida le había concedido era el éxito profesional?
      El reloj de la cocina, celoso de su carismática presencia, decidió tomar protagonismo: el gris plomizo de su voz saltó súbitamente de la pared, y una hilera interminable de tic tacs  invadieron  sus oídos martilleándolos —torvos, dolorosos, torturadores—, determinados a recordarle quién tenía el control.
      Deseó ser inexistente, escapar a la angustia del tiempo. Pero no: ella siempre había luchado; era experta en alumbrar la oscuridad, se recordó. Cerró los ojos, sorbió su zumo, los abrió, fijó el azul de sus pupilas en  las mangas blancas de su albornoz (el blanco lo diluía todo; por eso lo amaba tanto).
      Los pensamientos y el blanco no eran compatibles; tampoco el blanco y los tic tacs del reloj: demasiado inmenso, silencioso, estéril, pensaban los tic tacs.
     La mirada clavada en la manga blanca quedó ahí suspendida, y ella voló a algún lugar remoto de su imaginación; mientras los tic tacs se retiraban a su escondrijo en el reloj de la cocina guardando un terrible secreto que nadie más sabía: que  esa noche cuando las varillas marcaran  las diez y veinte, ella se desgajaría para siempre entre el blanco de sus  sábanas; en cambio, ellos seguirían penetrando los segundos, empujándolos hacia delante, exhortándolos a seducir a su amada productividad eternamente; porque... ellos tenían el control.

En aquel lugar remoto de su imaginación existía la niña que fue. ¿Por qué no la dejaba en paz? La odiaba. Esa huérfana no querida. Aunque, no era huérfana; su madre vivía, o al menos existía en algún lujoso sanatorio psiquiátrico.
     Respecto a su padre, nunca supo quién fue. A su madre no la quería ver: demasiado dolor. No entendía por qué había permitido que su mente enfermara dejándola a ella sola a tan tierna edad ¿Cómo había podido? Nadie que ame de verdad puede enloquecer, pensaba. Enloquecer es un acto egoísta y cobarde, una huida.
     Y, porque había huido de ella, sabía que no la quería.
      Ella, sin embargo, siempre había temido enloquecer; porque estaba sola, sin nadie a quien amar.  « La locura se hereda, y es fruto del desamor», le decían sus psiquiatras. Aunque, en realidad, no tenía nada que temer: el público la amaba  y vivía para él;  no podía huir, no podía decepcionarles volviéndose loca; además, ella también lo amaba.
     Pero... ¿es amor el que no abraza? Y, ¿cómo sobrevivir a los torturantes tic tacs sin nadie a quien abrazar? ¿Cómo mantener la mirada en el blanco el suficiente tiempo para no sucumbir a la locura?
     Un hijo, un hijo hubiera sido su salvación. ¡Cómo había deseado tener un hijo! Y, ¡cómo había amado los tic tacs aquel día en que supo que estaba embarazada! ¡Con qué ansiedad había esperado el paso del tiempo, la llegada del  día en que tendría a su niño entre sus brazos! Al fin una familia, alguien a quien pertenecer, por quien vivir: un amor que abraza.
     Pero aquella terrible enfermedad... ¿Por qué el diccionario no se revelaba ante todas las palabras horribles que manchaban sus páginas blancas?
     «Endometriosis» le dijeron los tic tacs, taladrando su oído con la horrenda combinación de sílabas.
     Aunque...podía intentarlo de nuevo tras una operación, le habían dicho los médicos.

      Y aquel marido, el tercero, el que iba a salvarla por fin del naufragio interminable que era su vida, el que le había devuelto la fe en sí misma, él también la animaba. ¿Por qué no?  Todo no podía ser tan malo en su vida. De pequeña, las católicas familias de acogida siempre le decían que tuviera fe, que si era buena Dios la premiaría. Pero yo soy buena, había pensado entonces. ¿No era más fácil que ellos la premiaran con un poco de amor? ¿Tenía que esperar a Dios? ¡Dios estaba tan lejos! Eso era: ella no era digna de amor.
     Entonces llegó él y le dijo que era digna; la amó; la animó a aquella dolorosa operación. Y los tic tacs del reloj se disfrazaron de música celestial el día en que supo que estaba embarazada otra vez. Y el marido la amó aún más, admirado por su valentía. Al fin y al cabo era buena y Dios la  premiaba al fin. Tenía que tener fe.
     No obstante, los tic tacs se aburrían si vestían  a menudo de colores, y, como su voz era plomiza, disfrutaban más ataviándose con harapos grises y malolientes. Por eso descendieron de la pared de aquella blanca habitación de hospital, vestidos de horror, y la martillearon de nuevo con aquella terrible palabra: En-do-me-trio-sis.
     Nunca pudo superar la humillación de un segundo aborto. Ella era la culpable de que ese hombre, que por fin la amaba, no tuviera la alegría de un hijo suyo. No; definitivamente no era digna de amor.
     
     El fruto maduro de una palmera decidió desprenderse, golpeó la  ventana de la cocina y ella volvió al blanco de su manga. ¡Ah! Este promete ser un sábado muy cansino, pensó, mientras se levantaba y dejaba el vaso en el fregadero. Echó un vistazo a la cocina: estaba orgullosa de los alegres azulejos mexicanos que había elegido. Sonrío. Cuando esté acabada será una casa bonita; un verdadero hogar, pensó.
      Pero sola, estás sola, le susurró un pensamiento traidor justo antes de echar a correr. Y un globo blanco como la nada se hinchó súbitamente en su  pecho robándole el aire. Todo a su alrededor se confabulaba para hurtarle el aire, para gritarle que no tenía derecho a él. Cruzó corriendo el comedor; salió al jardín; estalló al fin en una gran bocanada de aire blanco de agosto. Tenía derecho a vivir, a pesar de lo que le gritaran miles de globos blancos.
     ¡Blanco!...de repente se acordó de Max ¿Cómo podía haberlo olvidado? No estaba sola, aquel pensamiento que había echado a correr, le mentía: tenía a Max. Cruzó la casa a toda prisa, salió a la fachada principal y se dirigió al bungalow de invitados.
     — ¡Max! —gritó. Y una pequeña bola blanca, lanuda, le abrazó las piernas, brincó, y le sonrió con sus pupilas perrunas.
     De vuelta en el salón decidió leer un poco, quizá así se quedaría dormida. Buscó entre las revistas algo que leer. «Maureen Drexler, la esposa de Guy Green, ha dado a luz a una niña». ¿Por qué no lo tiraba? ¿Por qué se castigaba una y otra vez con ese titular? La congoja le estrujaba el cuello; los celos repuntaban el corazón como rabiosas costureras solteronas, puntada a puntada, puntada a puntada; la rabia, roja como las paredes del infierno, le mordía el estómago como un perro furioso; la pena —siempre humilde, siempre humillada— luchaba por abrirse paso subiendo costosamente desde el estómago, atravesando el corazón lacerado, empujando por la  tráquea, hasta librarse de aquella caterva de rufianes  y nadar libre en un mar de lágrimas nimias.
      Apenas se había cumplido un año de su divorcio y él ya había tenido  un hijo con su nueva esposa, una mujer digna de ser amada, una compañera que  no le había fallado. ¿Por qué? ¿Por qué tanta tortura? Hacía mucho que no tenía buena opinión de Dios, caso de que existiera en absoluto.
   
      Las llaves giraron en la puerta principal, y ella violó su dolor: esa mujer espesa, cachazuda, irreverente, fea; esa mujer espantosa entraba en su salón con llaves propias y violaba su dolor. Y hacía y deshacía a voluntad, en su propia casa; porque así lo había dispuesto el doctor Davenport, su psiquiatra. La echaré, mañana le diré que el lunes no vuelva, pensó. Despediría a todos, incluido el doctor Davenport.  Era hora de empezar a vivir, de fumigar los insectos que se pegaban a su lámpara, chupando su luz, formando una muralla negra que la apartaba del mundo real, que impedía a la poca gente que le importaba acercarse a ella.
     —Buenos días señorita Meredith —saludó la intrusa.
     —Buenos días señora Cartwright —respondió con voz casi inaudible mientras guardaba la revista bajo la mesa. ¿Por qué la miraba así? ¿Es que no tenía derecho a estar triste? Esa sensación de superioridad, ¡cómo odiaba a esa mujer!
     La misma mirada condescendiente del personal de aquel hospital psiquiátrico, recordó horrorizada. Aquel aterrador hospital. Sólo de pensarlo se le quebraba el alma. ¡Cuánta traición en 36 años de vida! Pero la traición de la doctora Malone fue la mayor de todas. Ella, que había depositado en la psiquiatra toda su confianza, que la había dejado pasar al otro lado del espejo —ese lado en el que habitaba sola con sus monstruos—, fue traicionada de una forma brutal.
     Fue después de su último divorcio. Se derrumbó, y ¿quién no se derrumba tras un fracaso matrimonial? La doctora Malone la convenció para ingresar en aquel hospital: —te tratarán por agotamiento emocional —le dijo—. Es el mejor hospital. Estarás muy bien —. Y ella la había creído.
       Aquella celda blanca, blanca como la inexistencia, pero al contrario de ésta, tan dolorosa. Sin enchufes, sin ventanas, sin cajones; nada con lo que se pudiera dañar. ¡Pero ella no quería dañarse!, gritaba a los médicos a través del ventanuco de la puerta blindada; ¡Era un tremendo error! Estaba allí para descansar por agotamiento emocional. No, no era cierto; ella no se daba cuenta pero estaba muy enferma mentalmente, le decían los médicos (con esa misma mirada impertinente, la mirada de la señora Cartwright violando su dolor, allí, de pie, en la entrada de su casa).
     Y el pánico, como un dardo envenenado, se incrustó en su cuerpo. Y, de repente, todos los pensamientos sobre la locura que la habían perseguido durante  su vida entera cobraron vida propia y se abalanzaron sobre ella, negruzcos, con sus faces dantescas, sus rotos lamentos, difuminando el blanco de la celda, gritándole que existía, que estaba terriblemente viva. Chilló, chilló desgarrada por dentro; enloqueció brevemente, y paró. Sabía que no estaba loca. Y allí, acurrucada en el suelo, lloró silenciosamente, lloró el total abandono de su alma.
     La mujer más amada y admirada del mundo carecía del amor que abraza. Y  le lloró, le lloró; por si el amor se conmovía y acudía a salvarla.

     Allí, de pie, en el umbral de la puerta, la señora Cartwright, con su mirada altanera, se sintió plena, poderosa, como se siente el gobernante déspota que somete al talentoso para ocultar ante sí mismo y ante el mundo los jirones  míseros que revisten su alma.
     —Tiene mal aspecto. Llamaré al doctor Davenport —dictaminó la señora Cartwright. Y el pequeño Max gimoteó y se enrolló en un ovillo de lana. Odiaba a la señora Cartwright, ese agujero negro en su espacio de moqueta blanca que lo engulliría si se acercaba a él, así la percibía Max.
     —No, señora Cartwright, no lo llame; estoy bien. Sólo necesito dormir un poco —. Max adoraba la dulce voz aniñada de su ama; y, vista a ras de suelo, la cabellera plateada, la luz que irradiaba sobre su mundo de moqueta blanca... era su sol; la adoraba; y a su manera, con sus cuatro patitas, la abrazaba.
     —Lo llamaré igualmente —insistió el agujero negro.
     Ella, resignada, hizo oídos sordos y se retiró a su dormitorio.
     Ya es la hora de comer, pensó. Pero tenía que estar delgada para embutirse en el ceñido traje que tenía preparado para la fiesta de esa noche. No, no comeré, se dijo. A lo mejor asistiría él; le había prometido que si lograba encontrar una excusa creíble  dejaría a su mujer y sus hijos en el rancho en el que pasaban el fin de semana y volaría en avión privado para asistir a la fiesta; para verla. La deseaba, le decía. Y ella se había enamorado como una colegiala. ¡Era tan guapo! y ¡Tan poderoso! Tan poderoso que podía hacer lo que quería, por eso dejaría a su mujer por ella.
     Su anterior marido también había dejado a su mujer por ella; conseguir enloquecer a un hombre no era su problema; sabía hacer sus deseos realidad.

     Pero... sus monstruos... ¿cómo mantenerlos a raya?  Tarde o temprano ellos los veían.
    Se enamoraban de su luz, de su dulzura, de su inteligencia y  talento, de su  alegría —porque podía ser la criatura más alegre y más triste del mundo, se daba en ella esa dicotomía—, de todas las maravillosas cualidades con que Dios la había dotado —el mismo Dios que se olvidó de su obra, quizá por considerar que ya había sido lo bastante generoso—, hasta que se abría delante de ellos el abismo oscuro de su pasado de huérfana y por el subían una miríada de monstruos y de seres esperpénticos.
     Sólo un héroe podía rescatarla del yugo de  esos engendros, y él lo era. Sabía que lo era. Una vida amable la esperaba más allá de los monstruos y de los agujeros negros y de los psiquiatras.
     —Tengo que dormir algo, tengo que estar descansada y brillante para esta noche —. Cogió uno de los múltiples botes de pastillas que cubrían su mesilla de noche, engulló un puñado y se tumbó.
    
     Mientras los tic tacs del reloj  de la cocina golpeaban furibundos las manillas del reloj —deprisa, deprisa, apremiaban—, la señora Cartwright telefoneaba al doctor Davenport.
       —Tenemos problemas doctor. Creo que está deprimida otra vez. Y creo que debería usted venir —murmuró, mientras arreglaba el cuello de su camisa: importante, solemne, con la satisfacción impostada de quien sabe que se ahoga en un mar de normalidad.
     —Voy enseguida señora Cartwright. Por favor, vigile usted que no tome demasiadas pastillas —. La señora Cartwright se preguntó cómo, sin embargo lo prometió: la eficacia no plantea dudas.
     El doctor llegó; saludó al ama de llaves, grave,  trascendental, como un maestro de ceremonias antes de presentar un acontecimiento de máxima importancia.
      — ¿Dónde está?
     —Se ha encerrado en su habitación hará como una hora y no quiere salir.
Le he dicho que le llamaría a usted, pero no quería saber nada del asunto.
           — ¡Mary Ann ! —llamó el doctor. No hubo respuesta. El psiquiatra abrió la habitación ( tenía derecho, su condición de sanador mental le daba derecho a invadir cuantas mentes enfermas creyera conveniente sin pedir permiso; él tenía el bisturí, las herramientas adecuadas para coser y cortar, coser y cortar todo cuanto él considerara anormal. Y gracias a este sublime poder sanador conseguido a base de leer tantísimos libros, aparecía siempre erguido, lúcido, clarividente, sacramentalmente preparado para empezar su ceremonia.)
     —Por favor, doctor, necesito descansar —alcanzó a balbucear la voz ahogada en sustancias químicas.
     —Por dios santo, ¿Cuántas pastillas has tomado? —preguntó mientras examinaba el único bote abierto entre los quince que había sobre la mesilla.
     —No lo sé doctor, unas cuantas. Tengo que dormir para la fiesta —murmuró.
     —Habíamos acordado que fueras dejándolas poco a poco. ¡Señora Cartwright! —llamó, asomándose al pasillo—. De momento no hay peligro, pero vigílela y que no tome más fármacos. Que vaya esta noche a la fiesta y se distraiga. El lunes tenemos una sesión y hablaremos sobre su estado de hoy. Yo me voy, tengo una cena esta noche.
     —Descuide, doctor —replicó el ama de llaves.

     En la penumbra del dormitorio la voz de Frank Sinatra susurraba  As Time Goes By.  En la cocina, los tic tacs del reloj acababan de dar las ocho, impacientes, con la ansiedad de los que se niegan a disfrutar el presente. El teléfono, en el suelo del dormitorio, sonó. Ella, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, contestó.
    
      Era su amigo, el anfitrión de la fiesta a la que debía asistir:
      —Él no asistirá, irán a verte para hablar contigo. De todos modos espero que vengas a la fiesta —. Pero por qué, y quién iba a venir a verla, y, por qué motivo. No; no tenía ganas de ir a la fiesta. Lo llamaría. Tenía que hablar con él.
      —No lo llames, no puedes hacer eso, es un hombre importante. Está con su familia; no puedes poner su vida familiar y su carrera en peligro. Si esta relación sale a la luz, será el fin de su carrera — le advirtió.
     La sombra de un monstruo se proyectó sobre la moqueta blanca del dormitorio: Vete, vete, no eres real, le decía. ¡Él la quería!  ¡Le había dicho que no estaba enamorado de su mujer!  Además, ¡él era el héroe que la rescataría al fin de los monstruos! «Vete, vete, no existes» repetía.
     Dios estaba en deuda con ella. Había esperado toda su vida. Y el amor era el pago justo, no podía ser de otro modo; si no....estaría perdida: — ¡No cabe más dolor en mi alma, no cabe más dolor! —gritaba la voz interior.
     Además, él...estaba enamorado, lo sabía; le pertenecía. —Le llamaré; es mi amor; vendrá a abrazarme. Lo llamó, lo llamó unas diez veces. El señor no se puede poner, le dijeron; o, «haga usted el favor de no volver a llamar».
     Y su mente flotó vagando por la habitación, chocando con una pared blanca, rebotando contra la otra, como una pelota de ping pong: la preferida de Dios, cuando éste se dignaba a existir. Vagaba anticipándose a la muerte; intentando verle la cara antes de ir a su encuentro... por si se arrepentía. Pero si volvía, si su mente dejaba de vagar y de rebotar, entonces vería al monstruo, a este en concreto, que planeaba su inmensa sombra negra sobre la moqueta de la habitación. ¡No, no quería ver al monstruo!
   
      El timbre de la puerta principal sonó. Ella no oyó nada. Flotaba como una lámpara solitaria en el techo del dormitorio. Proyectando la plata de su pelo sobre la sombra del monstruo. La señora Cartwright abrió. Dos señores con trajes oscuros, importantes, muy importantes  —tanto que la señora Cartwright quedó transformada, sintiendo como una vaporosa muselina rosa pálido trepaba por sus piernas , se deslizaba sensualmente por sus caderas , acariciaba sus senos marchitos rociándola de placer, y la impregnaba de una extraña condición de majestad —, entraron. Max, que percibió la transformación de la señora Cartwright como una expansión del agujero negro, salió despavorido entre las piernas de los hombres en dirección a su camastro de la casa de huéspedes.
          — ¿Qué se les ofrece, señores? —inquirió su majestad.
          — ¿Dónde está la señorita Meredith? Nos manda el senador Johannson.
     —Síganme, por favor —replicó la señora Cartwright mientras ondeaba, envuelta en  muselina rosa pálido, hacia el dormitorio de la señorita Meredith.  —Señorita Meredith, tiene visita —anunció golpeando la puerta.
     La puerta se abrió, ella apareció en su albornoz blanco, pálida como la luz de la última luna que ya afloraba sobre los setos del jardín. La echaron atrás, los hombres importantes entraron y cerraron la puerta tras de sí; y, en el corredor, la muselina de la señora Cartwright se evaporó.
     —Deje en paz al senador Johannson —la conminaron.
     — ¿Quienes son ustedes? ¡Fuera de mi habitación! ¿Con qué derecho...? —gritó intentando salvaguardar un último resto de dignidad.
   —El senador nos manda a decirle que si vuelve a contactarle tendremos que tomar medidas drásticas.
     La habitación daba vueltas a su alrededor; no podía estar sucediendo; sentía su cuerpo huir, alejarse del alma repudiada. ¿Qué cuerpo querría albergar un espíritu condenado al rechazo desde la cuna? Enloqueció: golpeó aquellos monstruos disfrazados de elegancia. ¡Cobardes!  ¡Cobardes! ¡Cobardes! chillaba la voz enajenada, independiente, desligada de cualquier voluntad; ya no había voluntad, solo el llanto del dolor enquistado.  
     La señora Cartwright, alarmada, entró. Ayúdenos a calmarla, le pidieron.
     La atraparon entre los tres, como a un animal enjaulado; la echaron sobre la cama
     —Le daré una injección calmante —dijo el ama de llaves.
     Sabía como tratar a los locos, había sido enfermera y tenía instrucciones precisas del doctor Davenport en casos extremos, les dijo. Preparó una jeringa; la aplicó sobre el animal herido.
     —Váyanse, ya me encargo yo —declaró la voz de la experiencia.
     Mary Ann, tendida en la cama, vio alejarse a los lobos pardos a través del poco azul que quedaba en sus pupilas.
     —Duerma un poco señorita Meredith. Mañana a primera hora llamaré al doctor Davenport. Vendrá aunque sea domingo, así que no tiene de qué preocuparse.
     Dejó encendida la lamparita de noche y se encaminó a la cocina a preparase una infusión relajante. Tratar con locos es un trabajo muy estresante, se dijo. El lunes pediría un aumento de sueldo, pensó. ¿Qué hora era? Ah, sí, las diez menos cinco, rieron los tic tacs del reloj. Habría que cenar algo.
    
     Un grillo chirriaba enojando a la brisa nocturna, que mecía a las anémonas del jardín tratando de dormirlas. Indignada, alcanzó a infiltrarse por la ventana del dormitorio en penumbra. Rozó una  piel desnuda con aroma a  vainilla amarga. Ella sintió el abrazo y se estremeció llena de agradecimiento. La brisa la acunó; le susurró al oído que no estaba sola. Una lágrima surcó su rostro de porcelana rota. Extendió la mano hacia la mesilla de noche: serena, llena de dignidad infinita, y engulló las últimas píldoras.
     No había más monstruos, sólo el blanco sosegado de las sábanas.

     Al otro lado del jardín, en el bungalow de invitados, la brisa rozó la nariz de Max impregnándola de un aroma a vainilla amarga. Max saltó sobresaltado, rascó la puerta enloquecido. Aulló desde las entrañas de su diminuto ser intentando espantar aquel olor a muerte. Temblaba horrorizado, arañando aquella perversa puerta que hería sus pezuñas y le  separaría de su amada para siempre.

     Exhausto, frustrado, doloridas las pezuñas sangrantes, se enroscó  en su pequeño ovillo de lana y sollozó abandonado a la luz blanca de la luna.
      Su sol se había apagado para siempre.

       En la cocina, la señora Cartwright había acabado de cenar. ¿Qué hora es? Se preguntó mirando el reloj. Oh, las diez y veinte ya. Hora de irse a la cama.

                                       A la memoria de la actriz Marilyn Monroe.





sábado, 23 de mayo de 2015

La importancia del color de las asas de una Paella.(Crónicas Vienesas)




(Todas las Crónicas son hechos reales)



Hay gente “pa to”. Hoy ha llamado una inglesa a mi tienda preguntando si teníamos sartenes para paella, o sea calderos. Le digo que sí y a la media hora se presenta.
     Quería una sartén para hacer la paella en inducción (con chorizo, fijo). Le he sacado una pequeña. Entonces la mujer descubre fascinada  un caldero grande que tenemos colgado en la pared a modo de decoración como para unas quince personas,  y dice señalándolo: «Oh, how beautiful! (¡Oh, qué bonita!), quiero esa». Yo, flipando, por si la he malinterpretado, le  vuelvo a preguntar si de verdad piensa cocinar en un fuego de  inducción. «Sí»,  contesta la mujer.
      —Mire usted, señora, esta sartén—digo volviendo a la pequeña— puede usted ponerla encima de la placa porque el calor da por todas partes. En la  grande es imposible, olvídelo.
     —Oh! —exclama ella decepcionada —¡Qué pena, es tan bonita! — Y añade frunciendo el ceño—: Mmmm… Pero es que esta  pequeña tiene las asas negras y en la foto que tienen ustedes en la web las tiene verdes. ¡Me hacía tanta ilusión que las tuviera verdes!
     —Pues en eso no había pensado —digo, y pienso: “esta está flipá”—. Pero para hacer una paella el color de las asas no es importante—añado.
    —I don´t know ( no lo sé) —dice.
     He tratado de hacerla entrar en razón y al final ha admitido que debía coger el caldero pequeño. Como no llevaba dinero encima  se ha ido al cajero y ha vuelto  a los diez minutos:
   —Mmmm… Me lo he pensado muy bien, ¿sabe usted? Me hacía mucha ilusión que tuviera las asas verdes como en la página web. Con las asas negras no la quiero.

Y se va. ¡Con dos cojonen.!


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jueves, 21 de mayo de 2015

Sobre mi blog


         
     Este es un blog básicamente de humor, pero no solo. Las Crónicas Vienesas son hechos reales, acaecidos a lo largo de varios años, concretamente desde el 2010 a la actualidad. 

En el apartado relatos encontrarás mis relatos de humor y dramáticos.
     Próximamente iré posteando semanalmente un capítulo de mi primera novela.

     El blog comenzó su andadura el 14 de junio de 2015. Procuro generar contenido  los  miércoles y sábados cuando me es posible.

    Gracias por visitarme y espero que te guste y que te quedes conmigo.

    Un abrazo desde Viena.

     Celia Seguí




martes, 19 de mayo de 2015

De algún culo saldrá sangre ( Relato Humor)






     La mamá de Jorgito estaba segura de que los problemas  de la vida se resolvían de una manera u otra se buscara o no la solución activamente. No quiere decir esto que nunca hiciera nada para solucionar sus problemas, pero si el problema era morrocotudo, ella echaba mano de su frase favorita —un dicho típico en su país, Argentina— y seguía adelante con su vida sin preocuparse por la solución: “de algún culo saldrá sangre”, repetía.
     Jorgito creció escuchando esta frase a diario desde que nació. Hasta que un buen día, durante su tercer año de vida,  el niñito entendió de repente el significado total de la frase; abrió los ojos como bordes de cántaros, apretó el culo fuertemente, y así se quedó para los restos.  
     La madre al principio no se percató de lo ocurrido, sólo notó que el niño ponía el cuerpo raro y andaba con los ojos como un búho todo el día. Primero pensó que eran cosas de niño:
     —Jorgito, basta lindo, dejá ya de hacer el tonto y caminá bien. Y dejá de poner esos ojos de espanto, a ver si Dios te castiga y te quedás así hasta el fin de los tiempos. —Pero el niño hacía caso omiso.
    —Lucila, ¿Qué le pasó al niño? ¿Recién vio una película de miedo? —preguntó un día  Graciela María, la vecina de enfrente, que era ya casi como de la familia.
     —No, que yo sepa, pero vos ya sabés cómo son estas criaturas. Ya se cansará, ya. —Pero  el niño no se cansaba.
     Aquella noche, como todas las noches,  Lucila entró en la habitación de Jorgito mientras éste dormía, a apagar la lamparita de noche: « ¡¡¡Ahhhhh!!!», gritó horrorizada. Jorgito dormía con los ojos abiertos y espantados, como si se hallara a las puertas del infierno. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía que hacer algo inmediatamente.
     El chiquillo se levantó a la mañana siguiente, y a la otra, con el culo comprimido y los ojos clavaditos a los del jovencito Frankenstein:
    


      —Mamá, me duele la panza  —comenzó a quejarse el niñito
    — ¡Querés dejar de mirarme así, que me das miedo! —le riñó  la madre—.  ¡Y cómo no querés que te duela! ¡¿No ves que si no soltás el culo no podés hacer caquita?! —gritó enfadada—. Se acabó, hay que ir al médico de inmediato.
     Al día siguiente acudieron Lucila y su hijo a la consulta del doctor Balbiani, su médico de cabecera:
      —Buenos días, Jorgito. ¿Qué te pasa? ¿Viste una película de miedo? —bromeó el doctor.
     —Ese es el problema doctor Balbiani. Lleva cuatro días con los ojos como si hubiera visto a Drácula y no hay manera de hacérselos cerrar. Ayer entré a verle mientras dormía, y me llevé un susto de muerte. No los cierra ni dormido.
     —A ver Jorgito, sentate aquí. —dijo el doctor. Y sacó una lamparita para examinarle los ojos—. Pues no veo nada raro. ¿Y usted dice que duerme así?
      —Exactamente.
     —Preocupante, muy preocupante —respondió el doctor—. A ver Jorgito, hijo, relajá los ojos —le ordenó el doctor pellizcándole los párpados—. Pues nada, ni los mueve. Esto si que es curioso. No sé que decir, Lucila. No se me ocurre la solución, la verdad. —añadió preocupado—. Me temo que esto va a ser cosa del psicólogo
     —Bueno, de algún culo saldrá sangre —se resignó Lucila—. Pero es que el problema no acaba ahí. Es que además le ha dado por andar todo el día con el culo apretado como pedo de visita, y se queja de dolor de estómago porque lleva días sin hacer caquita, y claro, ya me dirá usted cómo va a hacer caquita con el ano sellado como una lápida. Lo he retado pero no hay manera de que me haga caso.
     —A ver Jorgito, parate, que yo te vea —demandó el doctor Balbiani—. Relajá el culo Jorgito, que eso es malo para la salud. —Pero Jorgito seguía con el culo atrancado como las puertas del metro en hora punta—. Es que encima es tan chiquito que cualquiera lo hace entrar en razón.
     —Bueno, de algún culo saldrá sangre —respondió la madre negándose a perder la
esperanza de encontrar una solución—. Pero a ver, mientras encontramos la solución para que se relaje, ¿cómo hago  yo para que el niño pueda ir a baño?
    —Hombre, pues, se me ocurre que para hacerle relajar el trasero habría que conseguir ponerle en posición de fetal. ¿Es que cuando se sienta tampoco relaja el culo?
      —Mírelo doctor, ¿no ve que tiene la pelvis tirada hacia delante?
     —Pues sí que es verdad —contestó el doctor extrañado—. Pero si andar así todo el día tiene que ser de lo más incómodo. No me lo explico. Es la primera vez que veo un caso así. No sé cómo podemos solucionar esto, la verdad.
     —Bueno; de algún culo saldrá sangre —contestó la madre—, pero mientras tanto, ¿cómo consigo que evacue doctor? Si sigue así me revienta como  petardo en fiestas.
     El doctor se quedó pensativo un rato:
     —¿Tiene usted un arnés?
     —¿Cómo? ¿Y para qué voy a tener yo un arnés?—preguntó la madre asombrada.
     —Pues tiene que comprar usted un arnés y una vara. Le explico: cuelgue usted el arnés con un gancho del techo del baño, justo a la altura de la taza, y la vara enfrente, ligeramente más alta que el arnés. Meta a Jorgito dentro del arnés, cuélguele las piernas de la vara como si fuera un trapecista y así tendrá que relajar el culo por cojones, con perdón —se disculpó el médico un tanto avergonzado —. Ahora, le digo una cosa Lucila, esto es cosa de psicólogo. Lleve al niño al  psicólogo sin más dilaciones.
     —Haré todo lo que me dice doctor. Este niño no se me queda así. Andá Jorgito, vamos a comprar un arnés y verás que pronto se te va el dolor de tripa —En cuanto vea que hace caca ya verá usted como se le va la tontería esta de andar con el culo en un puño todo el jodido día  —dijo dándole un cachete a Jorgito—. Gracias por todo doctor.
     Lucila compró el arnés y la vara, y efectivamente, esa misma noche Jorgito evacuó de lo lindo. Sin embargo, en contra de sus expectativas, no dejó de apretar el culo el resto del tiempo.
     —Al psicólogo, no hay otra. Si no te da la gana soltar el culo tendremos que ir al psicólogo. ¡Mirá que hacerme gastar un dineral porque te dé a vos la gana, pelotudo! ¡La concha de la lora! —le riñó la madre mientras Jorgito la observaba con la mirada desorbitada de un lunático que ha aterrizado en Marte.

     Tras escuchar atentamente y con estupefacción las explicaciones de Lucila, su desesperada visita al médico de cabecera, y las recomendaciones del doctor, la doctora Cuesta se dirigió a Jorgito:
     — ¿Pero vos no te das cuenta de que apretando el culete no vas a conseguir lo que querés? ¿Qué es exactamente lo que querés? Decímelo —El niño la miraba pasmado sin decir una palabra.
     —No le va a sacar nada, doctora. Ya llevo yo días intentándolo.
     —Creo que está traumatizado, el niño. ¿Le pasó algo?
     —No, que yo sepa. Y no me separo apenas de él, porque ni siquiera va al colegio todavía.
    —Pobre criatura. Entonces debe de ser un trauma durante la gestación, o quizá de otra vida. Y esa mirada ofuscada me da que no es como de este mundo. Si no es algo traumático ni físico está claro que el problema viene de más atrás. Desgraciadamente a esa fase los psicólogos no podemos llegar, lo siento, pero me temo que no puedo hacer nada. Tendría usted que buscar un regresionista.
     —¿Me está usted diciendo que este niño está reencarnado y que este problema ya lo tenía antes? ¿Y quién era? ¿El jovencito Frankenstein? ¿El asesino de “Psicosis”?—profirió la madre obviamente enfadada.
     — Lo mismo. Llévese usted al niño que me da malas vibraciones. Sólo mirarlo es para cagarse de miedo —contestó la doctora Cuesta con ese  poso típico de terapeuta argentina.
     —Andate  con cuidado boluda, que te denuncio al colegio de psicólogos. ¡Pero que mal educada la piba!  Vámonos niño, que de algún culo saldrá sangre —dicho lo cual, cogió  a Jorgito del cogote y salieron de la consulta dando un fuerte portazo.
      Lucila y Jorgito se recorrieron medio Buenos Aires de consulta en consulta sin que ningún especialista diera con la solución a su problema. Un día sonó el timbre de  la puerta y apareció Graciela María, la vecina de enfrente, que siempre estaba ahí para ayudarles en lo que fuera.
     —Lucila, vos y yo tenemos que hablar seriamente —anunció pasando directamente al salón.
     —¿Qué ocurre Graciela? —preguntó Lucila tomando asiento a su lado en el sofá.
     —Lucila... ¡Tu hijo es un sabio! —exclamó mirándola admirada.
     — Vos me estás tomando el pelo, ¿no? —inquirió Lucila frunciendo el ceño.
     — Mirá esto —Graciela metió las manos en su bolso y sacó un libro de tapas grises con un gran título en colores llamativos. “HOW TO GOOD-BYE DEPRESSION”, o cómo decir adiós a la depresión, si el libro hubiera estado traducido al español.
     —¿Pero esto qué es? — preguntó Lucila entre perpleja y molesta.            
   —¿Qué esto qué es? —continuó la vecina — ¡El libro del momento, Lucila! ¡El libro del momento! ¡Y este libro afirma que la depresión se cura apretando el culo, Lucila! ¡Mirá! —añadió, ante la mirada incrédula de su amiga. Acto seguido abrió la primera página del libro  y señaló una frase en mayúsculas: “CONTRA LA DEPRESIÓN APRETAR EL CULO 100 VECES” —: ¡Tu hijo es un gurú, Lucila! —Lucila tenía ahora los ojos más espantados que los de Jorgito—. Este libro dice que apretar el culo viene muy de dentro, de lo más profundo del ser humano —parloteaba entusiasmada Graciela gesticulando intensamente con las manos—. Y mirá, ya lo dice el refrán —añadió—:«A mal dar, apretar el culo contra el sitial».
     —«Tirado el pedo, buena gana es apretar el culo» —respondió Lucila con socarronería—. El problema es que para que mi hijo se tire pedos tengo que colgarlo de un arnés. Por lo demás, el boludo cumple  a rajatabla con el refrán.     
     —«Hay que joderse y apretar el culo para no peerse», dice otro. Los refranes son la sabiduría  popular, Lucila y tú hijo la tiene innata, amiga —sentenció Graciela orgullosa.
     —¡« Con el culo se aprieta y con lo que cuelga se tapa la grieta»! —gritó Lucila ahora entusiasmada—. La que enganche a mi hijo va a ser la más feliz del mundo, jajajaja —reían las dos mujeres—. Por dios, bajemos la voz no sea que se despierte el chico. Mirá que después de tanto médico y psicólogo averiguar que mi hijo es un sabio...
     —Más vale tarde que nunca, Lucila, más vale tarde que nunca —contestó Graciela.
     —Pero ¿Y la mirada, Graciela? ¿Cómo le quito esa mirada de criminal desaforado? Ni yo me puedo acostumbrar. Hay veces que me acojona de verdad, y eso que es mi hijo.
     —Es lo que tiene ser un gurú. Tienen que andar con los ojos muy abiertos, Lucila ¿No ves que no se les puede escapar nada? —la tranquilizó Graciela.
     Si bien Lucila nunca llegó a creerse que su hijo fuera un verdadero gurú, tal como Graciela predicaba por el barrio, tras leerse “How To Good-Bye Depresssion” se quedó tranquila y empezó a ver la situación con otros ojos.
     Como era mujer muy imaginativa, acabó encontrando una solución para el problema de la mirada de Jorgito: un día, mientras arreglaba unos papeles en el despacho, colocó a Jorgito delante del espejo, le agarró el pliegue lateral del párpado superior, lo juntó con el del inferior y los pinzó con un clip de presión dejando la mirada del niño como la de un chino miope.
       —Parezco un chino, mamá —le dijo Jorgito.
     —Mejor  chino que criminal. Te los voy a comprar de colores; los negros te hacen muy serio; parecés un gótico de esos —resolvió Lucila.
     Los clips de colores causaron furor. Al poco tiempo, el barrio parecía una colonia de chinos miopes, tal fue la cantidad de niños y jóvenes que imitaron a Jorgito.
      —Te lo dije, Lucila —se enorgullecía Graciela—.Tu hijo es un gurú.
     —Pues, no,  vas a tener razón, Graciela. La verdad es que tiene planta de líder —presumía la madre mirando el culete apretado de su hijo.
 
       Los años pasaron viendo a  Jorgito defecar colgado de un arnés cada vez más grande, y pasearse con sus pinzas de colores y andares de chulo del lejano oeste por toda la ciudad.
Lucila y Graciela se habían convencido a sí mismas y al chico, de que era un sabio, un elegido, un ser venido al mundo para liderar a las  masas; y entre los tres estaban dispuestos a hacer lo que fuera para que el mundo diera la bienvenida al nuevo gurú, que naturalmente, ante tales expectativas, había acabado convertido en un joven chulesco, creído y maleducado

     Lo primero que aparecía en la grabación era el título: “COMO SER FELIZ APRETANDO EL CULO”. A continuación, la cámara enfocaba a un Jorgito ya
adolescente durmiendo en su cama con los ojos como la niña del exorcista. Inmediatamente después, aparecía Lucila por detrás con un cartel que decía:
“DUERME CON LOS OJOS ABIERTOS
Y VIVIRÁS UNA VIDA DE ACIERTOS”.
     La siguiente secuencia mostraba a un Jorgito de mirada homicida pinzándose los ojos con los clips de colores ante el espejo del baño. Una piba espectacular, también con los párpados sacrificados, aparecía de repente tras Jorgito en el espejo y  le daba un bocado en la yugular. Fundido en blanco.  Lucila aparece con otro cartel:
 “LA PROPIA MODA HABRÁS DE CREAR,
SI A LAS CHICAS GUAPAS QUERÉS LEVANTAR”
     La cámara, llevada por Graciela, pasaba después a grabar a Jorgito y su aparatosa novia paseando por la calle, él con sus andares de pistolero. Barrido. La imagen se centra directamente en el culo apretujado de Jorgito. Fundido y cartel:
“APRIETA EL CULO Y SERÁS EL REY,          
UN TÍO TAN CHULO COMO JOHN WAYNE”.
     Como Graciela se quejaba de no salir en la película, Lucila la dejó sacar el cartel consecutivo:
”CON EL CULO BIEN APRETADO,
CUALQUIER PROBLEMA ESTÁ SOLUCIONADO”.
     Costó convencer a Jorgito de que saliera  haciendo mayores colgado de un arnés y una vara, pero finalmente, convencido de su superioridad sobre el resto de los mortales, cedió. Así pues, el siguiente plano mostraba a  Jorgito cagando, colgado del arnés, y sin necesidad de banda sonora. Detrás aparecía Lucila con el final del poema:
 “A LA HORA DE CAGAR,
EL CULO HABRÁS DE AFLOJAR.
LAS PIERNAS EN UNA ARISTA
COLGADO, CUAL TRAPECISTA
EMBUTIDO EN UN ARNÉS,
Y A DESCARGAR COMO UN MARQUÉS

     El video se convirtió rápidamente en número uno en youtube. Jorgito, transformado en ídolo de adolescentes, recorrió todos los platós de televisión del país contando su historia. Lucila y Graciela María, en su nuevo papel de  representantes, recitaban orgullosas el famoso poema por los múltiples programas de radio y televisión a lo largo y ancho del país. El grupo pop de moda pidió permiso para utilizar el poema como letra para su próxima canción que se convirtió en el Hit del año. En definitiva: se montaron en el dólar.
  Un día recibieron una llamada de España: «el chico tiene que venir pa España inmediatamente. Tiene planta de torero», les dijo el apoderado de Francisco Rivera Ordóñez, al otro lado del teléfono. En realidad, Jorgito era un cagao, pero su chulería no le permitiría admitirlo. Después de calibrar los pros y los contras la ambición le pudo al miedo  y Jorgito se embarcó para España.
     El día que tomó la alternativa no cabía ni un alfiler en la plaza, abarrotada como estaba de “chinos” miopes con pincetas de colores gritando a su ídolo. Allí se plantó Jorgito, con ojos de psicópata en crisis recién escapado del sanatorio —había decidido prescindir de las pinzas para poder ver bien al toro—; acojonao como la abuela de caperucita en la tripa del lobo; con el culo apretao como dientes de mono rabioso. Allí se plantó,  solo, en medio de la plaza. Gradualmente se hizo el silencio; se podía cortar el aire. De repente, salió el toro escopetado a la arena. Paró. Jorgito y el toro se miraron en silencio, midiéndose. Una ristra de petardos resonó súbitamente en la plaza ennegreciendo el pantalón amarillo pálido del torero. Por  primera vez en su vida Jorgito se había cagao por las patas abajo.
     En Buenos Aires, frente al televisor, Lucila y Graciela dieron un grito de horror:
     — ¡Ay Lucila! ¡Qué horror! ¿Qué va a ser de él ahora? —gritaba Graciela espantada. Hubo un momento de silencio. Lucila, movía la cabeza confusa, como si no se creyera lo que estaba sucediendo; entonces se volvió hacia Graciela y dijo:    
     — Y tener que esperar dieciocho años a que venga un toro para poder cagar sin arnés...  ¡qué huevos tiene el boludo!. Si ya lo digo  yo siempre: “de algún culo saldrá sangre”, pues mira, ya salió.



A Oscar Tissier, Viena, 24 de enero de 2012

Nota: Aunque he intentado respetar el español hablado en argentina en ocasiones me permitido licencias debido a cuestiones de rima y estilo.