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lunes, 14 de diciembre de 2015

Nunca comáis churros en el metro ( Pensamientos peregrinos)

     


     Pongamos que encontramos una parada de churros a la entrada del metro, vosotros o yo, para el caso es lo mismo. Que nos compramos un cucurucho y cuando llegamos al andén llega nuestro tren y que nuestro vagón va medio vacío, de modo que nos sentamos junto al pasillo y nos damos a comer nuestros churros tan ricamente.
   
     Sin embargo, la siguiente estación tiene mucho tránsito y en cuanto se abren las puertas del metro entra la marabunta y una señora de amplio trasero nos obliga a echarnos algo hacia adentro, a nosotros y a  nuestro paquete de churros. Menos cómodos, pero disfrutando aún  ,seguimos comiendo.
  
     Y entonces ocurre lo que tenía que ocurrir: el tren se zarandea  y nuestros churros y el trasero de la señora se dan los buenos días: el resultado es una mancha de aceite de cierta enjundia en los vaqueros blancos de la mujer.

     A partir de ahí estamos perdidos: no podemos apartar la vista de la mancha de aceite. ¿Se lo decimos o no se lo decimos? ¿Salimos corriendo en la próxima parada? Esto último es impensable, la mancha se ha apoderado de nosotros.  Cerramos el cucurucho y lo sujetamos  a cierta distancia con  asco. Enseguida nuestra mirada vuelve al culo de la señora: es grande la mancha. Pensamos en frotarla suavemente con saliva, pero si lo hacemos la señora lo notará. La culpabilidad nos embarga: ¿Y si la mancha no se va? ¿Y si la pobre está en paro y no tiene dinero para otros pantalones? ¿Y sí ahora mismo va camino de una entrevista de trabajo y por nuestra culpa no se lo dan? ¿Y si está casada y el marido sospecha de ella? ¿Cómo va  a justificar una mancha de aceite en el trasero cuando lo normal es que esté delante? ¿Y si el marido piensa que se ha liado con un mecánico? ¿Y si el mecánico se ve envuelto en un problemón con el marido por culpa nuestra? ¿Y si la mujer del mecánico se entera y lo abandona? ¿Y si pone a los hijos en contra del pobre hombre? ¿Y si se busca un buen abogado y lo arruina? 

      Acojonados, al barruntar las terribles consecuencias que nuestro acto de comer churros en el tren puede acarrear a una familia de bien, tragamos saliva y escondemos el aceitoso paquete en una bolsa de plástico que por suerte llevamos. En este momento para el tren y el trasero de la señora se zarandea a un lado y al otro, restregándonos nuestro pecado por las narices. 

    Ojo, la señora parece que se apea. ¿Qué hacemos? Dudamos brevemente, pues no podremos justificar la no asistencia al trabajo. Pero... la mujer y su marido… el mecánico y su mujer… uf, ¿No son ellos más importantes que nuestro trabajo? Al fin y al cabo estamos a punto de arruinar la vida de dos familias. Uf.

     No se hable más: saltamos del vagón antes de que sea demasiado tarde y seguimos a la mujer. ¿Cómo lo haremos? ¿Cómo advertirla de la hecatombe que se le viene encima? Estamos a punto de llamarla pero no hay huevos, la situación es demasiado grave.  Andamos tras la mujer por una calle ancha y vacía, llena de setos a un lado y a otro: uno de esos barrios obreros de nueva construcción. Nuestra mente bulle y rebulle buscando soluciones: «se lo diremos al marido y al mecánico antes de que lleguen a mayores, será lo mejor. » 

    Pero, ¿y nosotros? ¿Qué va a ser de nuestra vida? El jefe llamará a casa y dejará un mensaje en el contestador, nuestro consorte pensará lo peor. No nos perdonará la supuesta infidelidad: divorcio: separación de bienes: ruina: el jefe nos despide del trabajo al enterarse de todo: doble ruina: final en psiquiátrico o peor, debajo de un puente. Uf.

    ¿Qué hacemos? Bueno, ya estamos aquí, y sería muy mala suerte que nuestro consorte nos arruinara la vida por faltar un día al trabajo. Y si no estamos casados, pues esta última preocupación ni la tenemos.

     Uy, la señora se mete en un portal, la vemos llamar al ascensor. Uy. ¿Y ahora qué?...

     Al trabajo ya no llegamos , es ridículo. Cabe esperar a la señora en el portal, quizá llegue el marido a la hora de comer. Quizá aún podamos rescatarla cuando oigamos los gritos. Vamos pues a hacernos con algún arma. A ver… ¿Qué hay alrededor?  Árboles. Busquemos pues una buena rama para atizarle un ramalazo al huevón del marido. Puta mancha, si nos está trayendo problemas, pensamos, y también: “ Ojalá no hubiera comprado los churros, uf. “

     Oye… pasan las horas y pasan las  horas y ni llega marido ni muerto al que resucitar. Nos aburrimos, nos damos con la cabeza contra la pared del edifico por burros. Pensamos en nuestro jefe, en las reprimendas. En los consortes. Uf. “Burro”, nos decimos. Pero ya es tarde, no hay vuelta atrás. Hay que esperar a ver cómo se desencadena todo.

     Atiza. La mujer sale del portal con una jaula y un loro, le dice a alguien por el móvil que lo lleva al veterinario. Lo deja brevemente sobre la escalera y vuelve a entrar un momento. Uf, un loro es un problema añadido, puede hablar. Corremos hacia el loro y antes de que vuelva la señora trincamos la jaula y salimos corriendo.

     Corremos y corremos carretera arriba como poseos. ¿”Onde” vas, alma de cántaro? , nos preguntamos. Pero no podemos dar marcha atrás. Si nos pillan con el loro nos encierran por ladrones. Uf. Hay que correr.

     Hay suerte y el metro entra justo cuando llegamos al andén, esta vez sin churros pero con un loro. Ea, la mañana está guapa, nos decimos. El vagón se cierra y respiramos aliviados a medias, pues todavía nos queda el problemón de la catástrofe familiar que estamos a punto de desatar por los putos churros. Pero como somos personas de recursos se nos ocurre una brillante idea: llevaremos el loro al  veterinario. El resto, Dios dirá, las cosas de la vida se desarrollan con tirar de un hilo, tampoco hay que andar pensándolo todo, es imposible. 

    Bien, aquí estamos porque hemos venido. En la consulta de un veterinario que nos ha aconsejado una buena mujer en la calle. Entramos. El veterinario inspecciona al animal. «Menos mal que lo ha traido a tiempo, si no este animalito se muere. Vaya, que tarda una hora más y no lo cuenta.» La alegría nos embarga. Nuestra buena acción del día. Nosotros hemos llegado, si lo hubiera traído la señora le hubiera podido pasar cualquier cosa y el animal podía haber muerto: uno no sabe si llega a un sitio o no hasta que no ha llegado y nosotros hemos llegado y la señora no, esto es indiscutible.

     Volvamos pues a casa de la mujer. El loro, lorito bonito, nos ha salvado la vida.

   Esperamos en el zaguán hasta que una vecina nos dice en qué piso viven el loro y su dueña. 

    Llamamos nerviosos a la puerta. La señora abre, se abalanza llorando sobre la jaula. Nos invita a entrar. Aceptamos una cerveza encantados sentados en el sofá. Explicamos que pasábamos por casualidad y vimos la jaula tirada en la calle. «Alguien me la debió robar», dice la señora. Para que no salga corriendo al veterinario le contamos que el loro estaba tan asustado que se ahogaba por lo que decidimos llevarlo al veterinario de urgencias, quien nos dijo que de no haberlo llevado habría muerto. La mujer nos abraza agradecida. Se da la vuelta y se dirige a la cómoda a sacar algo. Y ahora, que nos hemos venido arriba y nos sabemos unos héroes aprovechamos la ocasión: «Señora, disculpe que se lo diga, pero dado el lugar, si no se lo dice alguien difícilmente se dará cuenta: lleva usted una mancha de aceite en el trasero.»

    «Ay, qué amable es usted. En cuanto se vaya me los cambio. »  «No, no, cámbieselos ahora, antes de que llegue el marido, que son muy mal pensados.» Pero la señora nos aclara que no tiene marido y respiramos aliviados por ella , por nosotros y por la familia del mecánico.

    Entonces, sonrientes, le entregamos el quitamanchas que hemos comprado en una droguería al salir del veterinario: «Pruebe esto, quita las manchas sin frotar», declaramos eufóricos.

     Y así es como al final hemos ganado una amiga para toda la vida. Y nuestro jefe no se ha enfadado porque sabe que hemos faltado al trabajo por salvar a un loro. Esta vez nos ha salido bien , pero podía haber sido nuestra ruina y la de unos cuantos inocentes. 

      De modo que ya sabéis... !Nunca comáis churros en el metro!

                        

                                                        ©2015


29 comentarios:

EmeM dijo...

Los churros los carga el diablo, no me cabe duda!. Y no sé con qué hay que tener más cuidado, si con ellos o con la imaginación desbordada... si, esa que se extiende más que la mancha de aceite ;)
Menos mal que existen los finales felices y la paz en el mundo :)
Me encantó tu relato. Y como lo cuentas. Y las ganas de sonreir al leerlo.
Un abrazo.

TORO SALVAJE dijo...

Que bien se portaron contigo regalándote el quitamanchas y todo....

Que gente tan maja hay en el mundo.

Besos.

Lapiz Pluma dijo...

Los churros son peligrosísimos. Por unas o por otras siempre dejan señal en la zona de las posaderas. Aunque a veces éstas sean ajenas xD

Marcos dijo...

Me has tenido con el alma en un puño. Mi madre nos obligaba a hacer pis y beber agua antes de salir de casa, añadiré lo de comer churros previamente a salir.

unjubilado dijo...

Y yo que pensaba que tenía mucha imaginación, que barbaridad y menos mal que no se puso a comer porras ya que en ese caso hasta el FBI hubiera tenido que decir algo y buscar al sospechoso.
Por cierto el loro era un topo infiltrado de la CIA, que quería saber si la comedora de churros era legal o era una sin papeles.
Besos

Piruli dijo...

Ahora entiendo por qué en la mayoría de metros que conozco están prohibidos los animales y la comida. Normal, normal... Lo que no es normal es que te la vendan al entrar, ¡mira lo que pasa!
Besos

El collar de Hampstead dijo...

Jajjajaja
Se me ocurre pensar lo que hubiera pasado si los churros hubieran ido acompañados de chocolate (es que yo los churros me los como con chocolate sí o sí)...la que hubieras liado...
:P

Buen relato Celia,pero ahora tengo hambre...
Voy a llamar al loro,a ver si me trae algo.
; )

Besos loquitos.

LA ZARZAMORA dijo...

Yo creo que lo que deberías de haber hecho es denunciar al churrero que es el origen de todo este jaleo.
Exigir prohibir la venta de churros a la entrada de cualquier metro y más en hora punta.
Porque quien no nos dice ahora que todos posiblemente llevemos o hayamos llevado el pompis con un lucero y no hayamos tenido la suerte de caer con una buena persona?
De perder en los tribunales y no ser así, al menos volver a los metros donde se encuentren las paradas con ventas de churros y poner un cartel de advertencia, marcar con una X los vagones para los que coman churros y en el que puedan entrar todos los que lleven pantalones blancos y tengan un loro.
Contratar a algunos agentes de la Securitat Vienesa para combrobar quien lleva su bolsita aceitosa de churros y quien lleva pantalones blancos y pedir el certificado de compra de los loros antes de subir a los vagones.
Y ya que estás y de paso, marcar con un corazoncito el vagón de las mujeres con pantalones blancos y que tengan un loro, y lo más importante, que no estén casadas ni tengan compromiso alguno, para que así los mozos además de poder rozarles el trasero con el paquetito de churros también puedan acompañarlas a casa y de ahí nacer una linda amistad y más, si afinidades, y escuchar juntos en lugar de un soporífico debate político, una canción romántica cantada por el loro a capella.

Me encantan los finales felices...
Y lo que dan de sí las manchas de aceite ;)
Un besote, guapetona.

Mi Álter Ego dijo...

Jajajaja. Me encantan tus idas de olla... De todas formas, yo añadiría un motivo más (aunque más realista). Yo no como churros ni absolutamente nada en el metro desde una vez que por ir comiendo kikos me pillé una gastroenteritis. Probablemente por el aire tan sano que allí se respira o por haber tocado una barra o vete tú a saber. Nunca más he vuelto a comer nada en el metro... Lo de quién se divorcie es secundario. Yo quiero mi estómago en su sitio. Besotes!!!

RECOMENZAR dijo...

me encantan los churros cuando son hombres en Argentino quiere decir un tipo muy buen mozo

Celia Segui dijo...

Jajaja. Desde luego que me habéis dado argumentos para una novela a partir de los churros, qué barbaridad :)
Besos a todos

lavelablanca dijo...

En mi caso no se me presenta la disyuntiva, pues en Burgos no hay metro. Claro que cuando viajo a Madrid puedo comerlos. Pero creo que no me daría cargo de conciencia una situación así.

Abrazos.

Krika Alcaide dijo...

Ay ay ay, menos mal que el loro está bien! jajajaja

Inma_Luna dijo...

Menuda ansiedad uff, churros en el metro yo no, y es pq soy claustofobica, pero con esto de las manchas ya cada vez que se me antoje un cartucho churros me lo voy a pensar por si acaso...eso si no sabia yo que donde Viena hay churros crei que era un producto made in spain...Besitos

Opiniones incorrectas dijo...

Jajaja como diría mi ahijado, Gugo: "¡Los churros son de Satanáaaasss!"

Besos

Marcos dijo...

Aun le estoy dando vueltas a los churros. Y me pregunto:
Dando por hecho que te comprastes los churros y subiste al metro, ¿En que momento se te dispàra la imaginación y sacas una hilarante historia como ésta?. Tu espòso tiene que pasarlo bomba contigo, eres una "campanilla".

Celia Segui dijo...

Jajaja, gracias, Marcos. Te explico si es que tiene explicación. Yo siempre ando buscando nuevas cosas que escribir. Me gusta el humor pero me resulta 100 veces más difícil encontrar una historia de ficción de humor que una dramática. Empecé a darle al coco, la idea era encontrar un hilo que me llevara a desarrollar una absurdez. O sea, cualquier cosa, andaba con una historia de una mujer con dientes de conejo pero no me convencía. Entonces pensé en algo que yo buscaba o hacía en el metro y que me llevara a lo largo de la ciudad, como un hilo al que seguir. Se me ocurrió una mancha. Y después pensé qué puede causar una mancha de aceite y me vinieron los churros. Una vez escrita la primera frase el resto vino solo y lo escribí como en veinte minutos, el domingo por la tarde, casi sin pensar. Es lo que pasa. Cuando uno consigue el tiempo en que lo escribe, la persona, y el lugar, ya no hay que pensar, sale todo solo ;)
Jajaja. Besos y gracias!!

Celia Segui dijo...

Inma, en Viena no hay churros. Esto no es una Crónica Vienesa, es una historia de ficción. Las crónicas están basadas en hechos reales, esto no.
Besos

Celia Segui dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marta M. dijo...

Hola. pese a todos los problemas que ocasionaron los churros en el metro yo los seguría tomando. Con lo ricos que están!!! además al final ganasteis una amiga. Qué risa con la historia... la estaba visualizando. Seguimos en contacto

Blanca Lafarga dijo...

JA JA tomo nota...
Un besico.

Blanca Lafarga dijo...

JA JA tomo nota...
Un besico.

Trescatorce dijo...

¡Lo que me he podido reír, madre mía! Porque no tengo aquí iconos de los del wasap que lloran de risa, si no te inundo el comentario de ellos.
Me ha encantado, y qué final, cómo el karma se ocupa de dejarlo todo en su sitio.
Enhorabuena, Celia.
¡Besotes!

karin rosenkranz dijo...

Que bueno! Me has hecho reír sin parar! Por un momento pensé que era una historia basada en tu experiencia...
La verdad es que comer dentro del metro, no me da ganas. No se, el olor, la muchedumbre, el aire viciado....
Te cuento que en Buenos Aires, se me ocurrió subir a un subte( metro) con un ramo de flores....
Otro consejo, nunca subas a un metro con un ramo de flores.

Celia Segui dijo...

No lo haré , Karin :)
Besos a todas, guapas :)

La Hobbita dijo...

Me alegro de que el loro esté bien :p.

Dicho lo cual, sigue dándole a los churros. Dan para buenos relatos xD

Un abrazo :)

Ayla dijo...

Ostras pedrín, la que has liado con un cucurucho de churros, te llegas a plantear comerte un perrito caliente lleno de mostaza y ketchup y ni te cuento donde acabamos, jajajajaja. No se si escribes novelas o que? pero a este paso me eclipsas a Harry Potter, vamos que si :P
Besote!!!!!

PD: que desavorios, no tienen churros? pues si solo es harina, chorrito de aceite.....ainssssss

Soledad Gutiérrez dijo...

La que has liado con el paquete de churros. =P Me he partido con las suposiciones de lo que podía ocurrir, hasta liarse con un mecánico jejeje Muy bueno, Celia.
Un beso. =)

Blanca Lafarga dijo...

Te deseo Feliz Año Nuevo compartiendo un premio recibido.
http://escueladeblanca.blogspot.com.es/2016/01/premio-bor-litarcihis-blogger.html
Un besico.

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