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sábado, 29 de agosto de 2015

La Golondrina y el Mirlo ( Relato Dramático)

    


       Este fue mi primer relato de ficción. Un tanto decimonónico. Una alegoría sobre las almas nómadas y las sedentarias: aferrarse a lo conocido o volar. Yo siempre elegí volar.

     En un frondoso jardín de algún país del centro de Europa anidaban, desde hacía tiempo, una pequeña golondrina y una pareja de mirlos.
      Como cada año, antes de partir, la golondrinita fue a despedirse de  sus vecinos. La señora mirlo había salido a hacer unos recados, así que sólo pudo despedirse del señor mirlo.
     —Mañana parto hacia el sur, ¿por qué no os animáis y venís conmigo?
     —No, no, yo no soy viajero, prefiero quedarme en mi hogar, aquí tengo mi vida y no me expongo a los peligros del mundo.

     —Querido mirlo, los peligros son parte de la vida.

     —Sí, sí, pero no hay por qué exponerse tanto, ya nos contarás tú tus historias cuando  vuelvas —contestó el mirlo.  
     —Bueno, como quieras, pero no es vivir ver el mundo a través de ojos ajenos —replicó decepcionada la pequeña golondrina.

      Al día siguiente  emprendió el vuelo hacia el sur. Voló sobre los majestuosos Alpes deteniéndose a beber en el agua clara de sus arroyuelos. El esplendor de sus cimas y valles engrandecían su espíritu —.   iAh, si mi amigo el mirlo pudiera ver tanta belleza! , estoy segura de que cambiaría de idea y  no dudaría en acompañarme —pensaba.  Disfrutó de su comida a las orillas de una laguna de aguas esmeralda, escuchando el canto de otros pájaros cuyo lenguaje no conocía, aunque no le era del todo extraño.
    
     Reemprendió el viaje después de comer y no había cruzado ni dos cimas, cuando se desató una tempestad. Perdida en sus ensoñaciones no había sido capaz de anticiparla. Luchó con todas sus fuerzas batiendo fuertemente sus alas antes de que la lluvia la calara dejándola fuera de combate; su cuerpecillo se tambaleaba indefenso al viento haciéndola sentir  tan insignificante como los insectos que tan ávidamente comía.
    
       El viento amainó y el ave aterrizó a las faldas de un arce bajo el que  se refugió. —La verdad, no soy más importante que los animales de los que me alimento —se dijo—, quizá tendría que hacer caso al mirlo y conformarme con una vida más sencilla. Pero, ¿cómo entonces conocería el límite de mis fuerzas? ¿Cómo, si vivo en la falsa apariencia de la seguridad, me conoceré a mí misma de verdad? Por otro lado la vida está llena de tormentas que hay que afrontar. La próxima vez dejaré que pase la tormenta y después emprenderé el camino de mi libertad —. En esto, el arce, que no se había perdido palabra, le dijo:
      
     —Tu amigo tiene razón. Mírame a mí, vivo arraigado a la tierra y no hay viento o tormenta que pueda conmigo. Nada da más seguridad que echar raíces. Llevo más de cien años dominando este panorama y, cada mañana al despertar, tengo la  certeza de que el lago, las flores, la hierba, todo seguirá a mis pies. Así que no  tengo de qué preocuparme —dijo  con aire altanero.
     —Pero tú no eres sólo  tronco y  ramas. ¿Qué me dices de tus raíces? Tú no las ves  pero ellas viven sin la certeza de la que hablas —rebatió la pequeña ave—. Las raíces crecen en la oscuridad, luchan abriéndose paso a través de la tierra en busca del agua que te da vida, al igual que yo viajo en busca de alimento para mi alma. Además, ¿qué hay de excitante en la certeza?, ¿no te aburres viendo siempre el mismo paisaje? A mí me gusta conocer el mundo, ¡hay tanto por descubrir! —exclamó soñadora—. ¿Has oído hablar de los delfines?
     — ¿Los delfines? ¡Y a mí qué me importa! Yo soy un árbol empírico y no creo en lo que no veo, así que no pierdas el tiempo contándome tonterías. Sé todo cuanto  tengo que saber! —dictaminó el arce malhumorado.
     — ¡Lo que eres es un inflexible!
    ¡Soy  sensato! Vosotros los pájaros sois dados a la vaguedad y la ensoñación.
     Un hermoso lirio que había escuchado la conversación, intervino:
   —Querido, tienes un ego insoportable. Quizá la golondrina tenga razón. Yo ya estoy  aburrida de escucharte día y noche, y, la verdad, ¡no me importaría cambiar de  paisaje!
     —Bueno, ya está bien; ahora voy a dormir que mañana me espera un largo día —concluyó la golondrinita.
     Y, a pesar de los gruñidos del encopetado árbol, se echaron todos a dormir.

      A la salida del sol, la golondrina se puso de nuevo en marcha. La naturaleza había mudado ya su verde ropaje desplegando un abrumador abanico de tonos ocres, naranja y amarillos.
     
     Al sobrevolar una pequeña aldea y oler el humo de sus chimeneas  se apoderó de ella la melancolía  y dudó de nuevo de  si hacía bien al ser tan ambiciosa queriendo apurar tanto la vida. Pero pronto desapareció su inseguridad, pues estaba sedienta de nuevas experiencias e intuía que la vida era una fuente ilimitada para quien se atrevía a aventurarse más allá de lo conocido.
    
     Absorta en sus pensamientos atravesó el poblado y, apenas lo había dejado atrás, una sombra cruzó rauda el firmamento. Levantó la mirada justo a tiempo de ver como un majestuoso  halcón finalizaba las maniobras pertinentes antes de abalanzarse en picado sobre ella. En un instante los latidos de su  corazón se fundieron con el frenético batir de sus alas y comenzó a virar a un lado y a otro, como una embarcación en plena marea, tratando de esquivar a su verdugo. Presurosa, voló hacia un castaño vecino y se escondió en una de sus cavidades, justo a tiempo de evitar  que las garras de la rapaz apresaran su cuerpo tembloroso.
    
     —Sal de ahí —gruñó el halcón.
     —Crees que soy tonta, no pienso salir —musitó la golondrina con un hilillo de voz.
     — ¡No puedes quedarte ahí sin pagar derecho de pernada!
     —Este es un hueco público y no tengo que pagar nada —contestó atrevida.
     —Eso era antes de que yo promulgara mis leyes. Este reino es mío, y los lugares públicos han sido privatizados por decreto ley, ¡así que sal de ahí ahora mismo! —gritó colérico el halcón.
      —Pues sí quieres sacarme de aquí tendrás que mandar  que me desalojen, los árboles no pertenecen a nadie —respondió la envalentonada golondrina.
     La noche cayó y la golondrina, agotada, se sumió en un profundo sueño no exento de pesadillas.

      A miles de kilómetros de distancia, el mirlo pasaba una noche de insomnio pensando en su vecina y, como no era nada sufrido, decidió despertar a su señora:

     —Señora mirlo despierta —susurró—, ¡despierta que no puedo dormir!
     — ¡Ay, qué pesado eres! —dijo la señora mirlo bostezando.
     — ¿Qué será de la golondrinita? Me tiene preocupado.
     —No te preocupes por ella; es un pájaro de mundo; sabrá salir adelante —contestó la señora mirlo dándose la vuelta en el nido, dispuesta a proseguir con su sueño.
     — ¿Eres feliz? —insistió, dándole un picotazo en el hombro  a su señora.
     — ¡Ay qué pesado! Pues claro que soy feliz, ¡qué cosas tienes! 
     —No soporto el dolor ni  la incertidumbre. No entiendo por qué la pequeña golondrina se empeña en enfrentarse a ellos. ¿Merece la pena tanto sufrimiento?
     —A veces también yo me lo pregunto y la verdad es que no lo sé — respondió su señora con la mirada perdida en la oscuridad—. Cuando era joven tenía sueños, pero los sueños sólo son  sueños. Hay que labrarse una vida, ser coherente con la realidad y conformarse humildemente con lo que tenemos. Supongo que ahí reside  la felicidad.
     —Eso mismo pensaba yo. Vamos a dormir, que tengo sueño.
     —Sí, al fin y al cabo, vivimos cómodos aquí, ¿no?
     Y en una comodidad impregnada de sopor se echaron a dormir.

       

     Al despertar la golondrinita sacó la cabeza con cuidado para escudriñar  el   lugar. Al parecer el halcón se había ido, así que, no sin recelo, se puso de nuevo en marcha.
  
     Tras varios atardeceres la brisa salada del mar inundó su olfato.  Sus alas se expandieron y advirtió que todo su ser se exaltaba anticipándose a la magnificencia del mar cercano. Surcó la costa buscando un lugar donde descansar  hasta que vislumbró una arboleda situada sobre un lindo cerro con vistas al mar; le pareció un lugar idóneo, de modo que, sin perder un minuto, se dispuso a prepararse un cómodo nido donde yacer unas horas; y en ello estaba cuando la sorprendió el delicioso canto de un ruiseñor entonando, melancólico, “Chanson d´Amour”.

      ¡Oh! ¡Qué románticos son los franceses! —suspiró la golondrinita entornando los ojos.
     El exquisito canto, lleno de notas aterciopeladas irrumpiendo con ímpetu en brillantes agudos, sumió los sentidos de la golondrina en el más absoluto arrobamiento, alzándola a la cima de la sensualidad, sumergiéndola repentinamente en una profunda melancolía para , desprovista ya de cualquier voluntad, volverla a elevar al máximo delirio en un crescendo final.
      
     Al acabar supo que ya nunca sería la misma, ni ante la más recia tormenta se había sentido tan vulnerable. De repente comprendió, aterrada, que su corazón no le pertenecía.
      
     Al día siguiente, el alba la descubrió alienada, aturdida, después de una larga noche en vela.
      —Bon jour —oyó decir a sus espaldas. Trémula se dio la vuelta y vio al bello ruiseñor. Tenía un aire distinguido, caballeroso.
     Bon jour —contestó la  azorada golondrina—. No sé trinar como trináis aquí, lo siento, vengo de muy lejos —balbuceo nerviosa.

     C´est bien. Soy ave cosmopolita y cultivada,  acostumbro a alternar con mesdemoiselles de todas las nacionalidades —declaró el ruiseñor, con aire de afectado garçon de la Riviera.

      El trastornado corazón de la golondrinita obvió esta clara señal de alerta y siguió  latiendo con fuerza, cegado por la pasión.
     — ¿Volamos por la plage? —interpeló él, alzando su blanca ceja, inclinándose hacia la turbada golondrina.
           
       Fue así como, amanecer tras amanecer,  los rayos del sol naciente presenciaron el inusual cortejo entre un ruiseñor y  una golondrina surcando el ruborizado cielo.
     
     —Hay que amar con valor, aun a riesgo de no volver a ser yo misma — meditaba un anochecer el ave enamorada —. Pero, ¿No es este estado de enajenación contrario al conocimiento que tanto anhelo? ¿Es amor genuino aquél que me despoja de todo cuanto soy, como el buitre despoja al ave de su plumaje para después devorarle las entrañas?
    
      En tales filosofías andaba la pobre golondrina, brincando de rama en rama, en estado de total exaltación, cuando un ardoroso do de pecho la sacó brúscamente de su ensimismamiento. El amado ruiseñor detuvo, orgulloso, su canto en seco, y alzando el torso, pavoneándose de su hazaña, se acercó pausadamente a la lisonjeada golondrina. El menudo Aznavour procedió a cantar “J´e T´aime”; prosiguió con  “La Vie en Rose”; y, haciendo caso omiso a los repetidos  intentos de su pretendida de interrumpirle, pues poco le interesaban las pamplinas de las féminas, entonó, endiosado, “Venecia sin ti”.
         
     Desencantada se acostó la golondrinita esa noche; pero, ¡ay! una vez clavada la flecha de Cupido es como arrancar a un beodo de su botella.
     
     —Es muy cantarín mi amado. ¡Me gustaría tanto compartir con él mis sentimientos!...pero, ¡qué desagradecida soy!, él partiéndose el pecho para demostrarme su amor con sus bellos cantos y yo quejándome en vez de mostrarle agradecimiento.
      
     Las veladas musicales se siguieron sin que la confusa golondrina tuviera la menor posibilidad de volcar  las notas turbadas de su alma en las estudiadas melodías del pájaro cantor.
     
     Una apacible tarde, a la hora acostumbrada,  se hallaba la golondrinita esperando oír el familiar do de pecho de su enamorado anunciando su presencia, cuando un timbre de voz desconocido la sobresaltó.
    
      —Disculpa si te he asustado —dijo el recién llegado.
     — ¿Quién eres?

     —Mi amigo, el ruiseñor, me manda a decirte que no vendrá más —. Las inesperadas nuevas cayeron como un  chaparrón  inundándola con las oscuras gotas de la  humillación. 

      —Dice que una nueva mademoiselle ha llegado del norte y requiere sus cantos, y que es cosa de gran generosidad y misión suya en este mundo enseñar el amor a cuantas doncellas se crucen en su camino —. Dicho esto, desapareció el mensajero  por donde había venido.  
     Ah, ¿lágrimas por qué existís?, si en vuestra levedad no ha lugar para el dolor ni la alegría y sin embargo sois de ellos mensajeras… pero qué  digo… al fin y al cabo las aves no pueden llorar.

      Posado sobre una rama de abeto el señor mirlo reflexionaba casualmente sobre las cosas del amor, al parecer afectado por la crisis de la mediana edad.

     —Ay que ver, ¡qué de mirlas guapas vuelan hoy en día por ahí! ¿Cómo me tiene que gustar, pues, lo que tengo en casa? —Cruzaba rauda esta frase por su pensamiento—. Pero, qué digo, ¡con lo buena que es la señora mirlo!  —corregía lleno de arrepentimiento—. Mi señora me ha dado hijuelos, cuidado de mi nido, y consolado en la prematura muerte de mi madre; no, no, quererla la quiero, ¡ya lo creo que la quiero!

     Acurrucada sobre sí lloraba la golondrinita desconsolada su amor perdido, cuando un bullicioso batir de alas, como de ángeles que acudieran en su auxilio, la sacó de su  recogimiento. Al levantar la vista una bandada de golondrinas la observaba.
    
     — ¿Qué te ocurre, golondrinita? —inquirió una de ellas.
     —Mi amor me ha abandonado.
     — ¿No será el ruiseñor afrancesado? —preguntó otra.
     — ¿Cómo lo sabes? —contestó sorprendida el ave despechada.
    ¡Ese don Juan de opereta! —gritaba una tercera enfurecida.
    ¡Nos lo ha hecho a todas! —vociferaba enardecida otra.
     ¡Venganza contra el chanteur de pacotilla! ¡Ni siquiera es francés! bramaba una, desgañitada.
     — ¡¿Qué no es francés?! —interpeló nuestra heroína con el  pico abierto
     — ¡No!! ¡Es siciliano! ¡Proveniente de mafiosi!
     — ¡Mirad! ¡Allá va volando con otra víctima! ¡A por él, venguemos el oprobio!
        
     El  ejército de enfurecidas amazonas se lanzó contra el seductor acorralándole contra la falda de un abedul; con el retorcimiento de las hembras mancilladas decidieron meterle una pluma por  la cloaca—: ¡Así podrás cantar Madame Butterfly!!! —gritó una de ellas con la esperanza de convertir al cantamañanas en eunuco.
      
     Lo que fue del humillado tenor, no lo sabremos nunca; quizá se convirtió en soprano para deleite de los pájaros machos de la Riviera; o bien murió como había vivido: henchido de mierda. Pero, ¿a quién le interesa?

     —Volando todas juntas alcanzamos más velocidad y llegaremos más pronto al sur —explicaba una vieja golondrina a su joven compañera, mientras se acercaban a la costa norteafricana. Y la vieja golondrina, que era muy cursi y relamida, y se  había adjudicado en el grupo el papel de sabia, pues en todo grupo, según ella, debía  haber un sabio, prosiguió—: Pronto olvidarás amiga. El verdadero amor nace del conocimiento y no ofusca nuestro discernimiento; es a nuestro ser lo que el agua fresca del pozo a un caminante sediento: refresca, calma, serena; al contrario que la  pasión, cuyo fuego desmesurado puede quemar nuestra alma en lugar de templarla.
     —Pero, ¿cómo lo reconoceré si lo encuentro? —inquirió la joven ave. A lo que la vieja golondrina, satisfecha en su papel, y haciendo pleno uso de su pedantería, contestó:
      —Cuando la pasión tienda su alfombra de fuego a tus pies, el humo cegará  tus ojos y  el calor secará tu garganta privándote de tu voz. Pero no temas,  la implacable  dama del tiempo no tardará en asomar su negra faz sepultando el fuego en la oscuridad del pasado. El humo se dispersará y, poco a poco, dará paso a la  claridad. Si entonces aún sientes amor, con suerte, lo habrás encontrado.  

       Un día la señora Mirlo descubrió a su marido revoloteando por un parque con una joven mirla, el encuentro fue obviamente embarazoso para todos; sin embargo, por la noche en el nido decidieron no hablar sobre lo sucedido.
      
     Fue tiempo después cuando la señora mirlo empezó a oír rumores por el vecindario; aun así, temerosa de enfrentarse con la realidad, hizo oídos sordos y siguió adelante con su vida; mejor no saber.

       

     Con el paso de los días el señor Mirlo se mostraba cada vez más retraído, hasta que la tormenta que se gestaba en su interior estalló al fin:
     —He decidido empezar una nueva vida sin ti.
      
    Las palabras retumbaron  en su cerebro como el eco en las paredes desnudas de una cueva; el terrible repiqueteo se infiltró en su sangre haciendo temblar cada una de sus venas; era una brizna de hierba arrancada por una mano atroz  y abandonada a la merced de un viento inmisericorde. Mareada, se apoyó en la pared del nido que durante años la había protegido, y que ahora sentía agrietarse a sus espaldas. ¡Horror! La verdad, que había estado eludiendo, se le revelaba ahora incontestable, dictatorial, dejándola al amparo de la soledad, temido polizonte arrebujado en nuestra incierta existencia. Fue en ese momento cuando  supo que tendría que volver a nacer y, por primera vez, se sintió vieja.
   
       El señor Mirlo, por su parte, se trasladó al nido de su joven amante. Esperaba que la pasión lo enardeciera, tal como la recordaba de sus días de juventud; pero, con el transcurrir de los días, la decepción se instaló en su corazón. Nada era igual que antaño: la realidad no se ajustaba a sus anhelos; los colores del día a día desmerecían las exultantes tonalidades de sus sueños; ni siquiera el olor de la lluvia se asemejaba al  de aquellos lejanos días de juventud que el recuerdo encerraba con recelo de avaro; la lluvia, de hecho, apenas olía a nada. ¿Por qué moraban más vívidos los sentidos allá donde reside el ayer, tan exento de vida?
     
     Volar, tenía que salir volando; de otro modo moriría; acaso… ¿no estaba muerto ya?
    
     El camino de regreso es arduo, incierto, y sin embargo necesario. Porque, en el fondo, nadie vuelve a pertenecer exactamente al lugar del que partió. Iniciar un camino significa renunciar a  la vida que transcurre en los otros. No, ¡no podemos bifurcarnos!  Y el alma nómada averigua, tarde o temprano, que la pérdida es a la vida lo que el vacío al universo.
    
      De vuelta al origen, la golondrinita no había hallado todavía el amor que tanto anhelaba, pero no era menos cierto que había vivido intensamente que,  una vez más,  se había enriquecido con las enseñanzas de otros seres a quienes de otro modo no habría conocido.

     Al llegar se dirigió al nido del señor y la señora Mirlo. Una punzada, como un rayo atravesando una nube despistada que no sabe que ha originado una tormenta, atravesó su pecho de plumas. El nido reposaba vacío sobre el árbol; el hogar de sus queridos amigos estaba ahora habitado por tocones secos y hojas muertas. Se acordó de las palabras de su amiga, la vieja y resabiada golondrina, mientras surcaban el cielo africano: el tiempo sepultando la pasión en la oscuridad del pasado, el tiempo sepultándolo todo en su insondable oscuridad. Pero, ¿cómo podía sepultar una vida tan corto espacio de tiempo? Los mirlos habían habitado este lugar desde que tenía uso de razón; algo incomprensible había acontecido.
    
      A fuerza de buscar y preguntar en la vecindad, encontró por fin a la señora Mirlo. Había envejecido inimaginablemente. Le contó, llena de pena infinita, la pérdida de su amor arrebatado por la juventud de otra. Le refirió su humillación, sus celos al verlos juntos; y que un día, sin más, había dejado de ver a quien fue el amor de su vida. Tras la desaparición, ella misma había pensado en migrar como la golondrinita; huir de la inhumana sensación que sentía cada vez que se encontraba con la joven que había vaciado su hogar, como el ladrón sigiloso sustrae de la humilde morada los más queridos recuerdos para después arrojarlos, indiferente, al viento;  la amante cuya juventud denunciaba la temida vejez, como una foto amarillenta  nos alerta del paso del tiempo. Pero, no tenía valor, en todo caso, esperaría a que llegara el otoño; estaba acostumbrada a esperar.

     Miles de ramilletes de Nomeolvides parecían haber subido volando hacia el firmamento para concederle el singular azul que irradiaba aquel día. El señor Mirlo miraba al cielo lleno de fascinación y de miedo. Volaría hacia el invierno, lo sabía,  tendría que atravesar tormentas, quizá moriría, pero detrás de la tempestad, o aun de la muerte misma, se alzaría un mundo tan refulgente como la luz de las luciérnagas.
     
     Una parte de él quiso volver con la señora Mirlo a su viejo hogar, barrer de un plumazo la realidad, como la barre un sueño al caer la noche, solo que los sueños, al igual que las gotas de rocío, se evaporan al llegar el alba.
    
     Fascinado, y lleno de miedo, alzó al fin el vuelo hacia los ramilletes de Nomeolvides.

©Celia Seguí 2010

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2 comentarios:

Mi Álter Ego dijo...

Madre mía. Menuda tragedia avícola. Jajaja. Un besote!!!

Celia Segui dijo...

Tragicómica que es una :)
Besos

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