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lunes, 3 de agosto de 2015

Acojoná de volver a la pelu ( Crónicas Vienesas)






(Te recomiendo leer los dos post anteriores sobre la pelu (sobre todo el primero) pinchando aquí)

     Mi relación con los peluqueros es digna de psicoanálisis: sigue un patrón que se ha estado repitiendo a lo largo de las décadas.
     Al principio los adoro, los pongo en un pedestal, halago las maravillas que hacen con mi pelo, los ensalzo ante la gente que conozco, los recomiendo. A la tercera o cuarta vez, empiezo a cagarme en su madre, no falla. Paso de la idolatría al odio de un día al otro, cual amante neurasténica.
    
      Hace tres meses entré en un círculo muy peligroso: al día siguiente de que mi Anja me cortara el pelo, me sorprendí injuriándola ante el espejo por primera vez. Mi mala leche se incrementaba cada vez que me lavaba el pelo, hasta que no pude más.
     
     Yo, una persona con manos de manteca, unas de las manos menos agraciadas que he visto en mi vida, en cuanto a sensibilidad se refiere (todavía pinto la misma casita con solecito que pintaba en  preescolar, sin haberla mejorado ni un ápice ), llegué a tal punto de paranoia que un día cogí las tijeras y la emprendí a tijeretazos con mi pelo. La cosa me enganchó y en vez de ir a la peluquería a los dos meses, como suelo ir siempre, me planté en el tercer mes con la cabeza hecha un lío, no sólo estéticamente hablando.
    
      Acabé llevando “un casco” en la parte delantera con el que ya no sabía qué hacer; mientras que la parte de la nuca estaba demasiado corta como para ir a la peluquería.
Si seguía cortando iba a entrar en un círculo vicioso que me apartaría para siempre de la peluquería, con el consiguiente perjuicio estético, o sease: acabaría pareciendo una escoba. 
      
     A mi presión mental se añadía la presión exterior que  se estaba haciendo insoportable, pues la peluquería está justo enfrente de mi tienda, y cada vez que salía, las peluqueras me interrogaban por señas tras el cristal « ¿Qué cuándo vienes?». 
     
     Hasta que el otro día al salir de la tienda la jefa de Anja se levantó del mostrador y me alzó los brazos a lo torero, vocalizando algo así como: « ¡Eh, tú! ¿Qué pasa que no vienes?» Y yo rulando el brazo le grité: «¡Qué, sí, qué sí! ¡Qué ya voy!»
    Llegué a casa angustiada por la presión. Así que le pedí al mariden don Manfredo que me ayudara a tomar tan trascendente decisión. El mariden fue contundente: « Pareces un cristo. Vete a la peluquería ya.»
    
      Al día siguiente  “acojoná” y totalmente avergonzada me fui a  la pelu. Sabía que Anja notaría que ese pelo no lo había cortado ella, pero yo no estaba dispuesta a admitirlo.
     Me cogió el pelo entré las manos y empezó a cortar; el silencio rasgaba el aire.
     No lo pude resistir, tenía que despistarla y justificarme, así que me oí a mi misma decir: 
     —No sé que pasa que últimamente no me crece el pelo.
     — Lo sé, lo sé. Cuando el pelo está mal, no crece — dijo la tía falsa..
     A ver que me invento la próxima vez, porque lo primero que hice al llegar a casa fue volver a darle a la tijera.
     ¡Ojú!, me tendré que hacer un curso de peluquería.

     CONTINÚA EN MASACRE EN LA PELU
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6 comentarios:

Aroa M dijo...

Hola compañera viajera jejeje (te escribo desde Miami)
Primero muchas felicitaciones por tu blog.
Segundo totalmente de acuerdo con lo de la peluquería, yo llegue a un punto en que me cortaba sola el flequillo en casa, cual destrozos..ejem.. Directamente me corta el pelo mi marido, que la verdad que he tenido mucha suerte porque es bastante apañao jajaajaja. No es lo más artístico del mundo pero me voy apañando y me ahorro unos dolares la verdad jajaja.

Un saludo grandeeeee

Celia Segui dijo...

Hola Aroa:
Encantada de saludarte. Somos muchas las mujeres que tenemos el mismo problema. Ayer me comentaba una compañera lo mismo, en un foro. Jajaja.
Si sigues mi blog, verás en que acaba todo esto ;)
Mil gracias por comentar y espero que te vaya todo muy bien por aquellos lares.
Un abrazo.
Celia

Mi Álter Ego dijo...

Dar con un peluquero de confianza es una ardua tarea. Estoy hartita de vivir en Madrid pero creo que no me mudo por no tener que cambiar de peluqueros, con lo que adoro a los míos. Si mañana me ofrecen un trabajo en el extranjero con un sueldo de seis cifras anuales, pondré como condición sine qua non, poder llevarme a mis peluqueros. Jajajaja. Besotes!!!!

Celia Segui dijo...

Harás bien, Mi Álter Ego!
Di que sí, cual estrella hollywoodense ;). Jajaja.
Gracias por tu comentario y un abrazo desde Viena.

Blanca Lafarga dijo...

JA JA creo que todas lo hemos hecho alguna vez...

Celia Segui dijo...

Parece que sí, Blanca.
Abrazo

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