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sábado, 4 de julio de 2015

Bolas Tristes (Relato Humor)



                         

     
SINÓPSIS: Bonifacio Armendia nace con un defecto en los genitales. Su madre encuentra un eficaz método para que nadie se entere. Sin embargo, un buen día  Bonifacio se presenta en casa con su primera novia para  mayor preocupación de su madre y su peculiar abuela.

     La sala del quirófano donde nació se llenó de gritos nada más aparecer la parte baja de su cuerpecillo. La madre pensó que su niño venía muerto, hasta que la comadrona, con cara de haber visto a ET, se lo puso en brazos:
     — ¡Aaaayyy! —gritó la madre— pero ¡qué bolas más tristes!
     Por muchas pruebas que le hicieron, los médicos no pudieron averiguar por qué Bonifacio Armendia había nacido con los testículos de color gris oscuro. Ya se le irá cuando vaya creciendo, dijeron. Pero se equivocaron.
     Bonifacio fue criado por su abuela  y su madre en un barrio obrero de una pequeña ciudad de provincias.
     —Trae a Bolas Tristes que le cambie los pañales —decía la madre.
     — ¡Manda carajo!, ¡a ver qué mujer te quiere a ti de mayor  con los huevos como mortajas! —refunfuñaba la abuela—, si al menos los tuviera negros, podríamos decir que iba para mestizo pero se torció en la gestación. Eso te pasa por haberte quedado preñada de un pordiosero. Ya te lo dije, hija mía. ¡Si al final la mugre se graba en los genes! 
     —No diga tonterías, madre, que el padre sería lo que fuera pero los tenía encarnados como las mejillas de la Macarena.
     —Pues este se nos va a quedar para vestir santos, ya te lo digo yo. Adiós a mis ilusiones de perpetuar la estirpe.
     Las culpables de que a Bonifacio se le conociera en el pueblo como Bolas Tristes fueron sin duda su abuela y su madre.
      — ¿Por qué llamáis a la pobre criatura Bolas Tristes? —preguntó un día la carnicera.
     —Nada mujer, que tiene las bolillas chiquitillas, pero ya le crecerán; los hay que crecen enanos y luego dan el estirón, cosas de la infancia.
     Cuando llegó la edad de ir al cole todos los niños siguieron llamándole Bolas Tristes sin saber muy bien la razón. El día que tocaba clase de gimnasia su madre cogía una estampa de la Macarena y le pintaba los huevillos encarnados con pintura acrílica para que los niños del colegio no se rieran de él. Así que, una vez por semana, Bonifacio se sentaba en el patio de su casa cuando hacía bueno y delante de la calefacción en invierno, como dios lo trajo al mundo, pero con los cataplines sonrosados,  hasta que la pintura se secaba. Este tiempo lo aprovechaba Bonifacio para tomar el desayuno:
      —Cuidado, chiquillo, que no te caigan migas  encima y se te queden empanados; ya sería lo que nos faltaba —le decía su abuela.
     De modo que  Bonifacio creció sin que nadie supiera que tenía los testículos grises como nubarrones. Contrariamente a lo que se pudiera esperar, en vez de hacer honor a su apodo, Bolas Tristes salió de carácter alegre. Su madre se encargó de que el defecto no se transformara en un trauma:
      —Mamá, ¿por qué he salido con los huevos grises? En mi cole nadie los tiene como yo; ni siquiera tan encarnados como me los pintas. Algunos niños en la ducha me han  preguntado por qué yo los tengo tan sonrosados.
      — ¡Ay, hijo mío!, diles que la Virgen de la Macarena te ha premiado  por bueno —afirmaba la madre orgullosa.
      La pintada de los testículos de Bonifacio se convirtió en un ritual familiar. La noche antes Bonifacio la pasaba siempre en blanco después de que entre la madre y la abuela le hubieran quitado los restos de  pintura de la semana anterior con buenas dosis de acetona, preparando los susodichos para la pintada de la mañana siguiente:
     — Pero ¿es que con la acetona no le podemos quitar el gris también? ¡Lo tiene tan agarrao el pobre! —se quejaba la abuela.
     — ¡Más de prisa, mamá, que me suben los vapores y  me ahogo! —apremiaba Bolas Tristes.
     —No, si lo que usted quiere, madre, es que ahogue al niño, ¡no ve que si friego más se los arranco de cuajo!
     — ¡Ahhhhhh! ¡Que duele! —gritaba el crío.
     —Más les duele a los nazarenos llevar a la Virgen a hombros. ¿Tú los oyes quejarse? Pues hala, ¡a callar!
      En la cama, por la noche, el olor a acetona era tan insoportable que la criatura se lo pasaba tosiendo. —Es lo que hay, Bolas Tristes —le decía la madre—. Tú piensa que mañana por la mañana te despiertas con la cara de la Macarena, ¡que ese honor no lo tiene todo el mundo!
     En verano la familia Armendia se trasladaba a la playa. Como no había cole y  el chiquillo no tenía que ducharse con sus compañeros, le dejaban las criadillas al natural:
     —Ni se te ocurra quitarte el bañador, Bolas Tristes, o tenemos un disgusto — le advirtió un día la madre.
     —Pero si dices que es un premio de la Virgen, ¿por qué tengo que ocultarlo, mamá?
    —Porque si se enteran, la basílica de la Macarena revienta de peregrinos pidiendo huevillos como los tuyos. ¡Nos faltaba! Al poco tenemos a la Iglesia
exigiendo una indemnización o derechos de autor, o vete tú a saber, que esos con sacar pasta se aclaman a todo. Tú hazme caso y no te quites el bañador, leches.
     — ¡A la Iglesia hemos mentado! —añadió la abuela levantando la mirada de sus labores—, como se enteren de que tienes los huevos grises son capaces de
anunciar que ha llegado el anticristo, ¡que estos por un poco de publicidad son capaces de todo!
     Bonifacio consiguió pasar su infancia y adolescencia sin mayores problemas.
     —A Dios gracias ya no existe el servicio militar, hijo mío. Si no, te meten en el calabozo por hereje  —le dijo su abuela, un día en que advirtió que a su nieto estaba empezando a crecerle la barba.
     — ¡Madre, por dios! ¿Cómo le dice eso al chico?
     —Me parece a mí que ya va siendo hora de que le quites la estampa de la Macarena cuando se los pinta, hija. Que el muchacho ya los tiene grandes y no es cosa de la Virgen estar presente.
     —Pues con más motivo, madre, con más motivo. Ahora es cuando tiene que colorearlos bien  para que no parezcan dos bolas del árbol de Navidad. Bien sabe la Macarena que el chico necesita ayuda, y,  ¿quién mejor que ella que es madre de todos nosotros? —replicó la hija molesta.
     —Lo que tú digas. Sólo espero que esto no salga de estas cuatro paredes — sentenció la abuela.
     Un buen día Bolas Tristes anunció que se había enamorado. La madre y la abuela se miraron con evidente preocupación:
     — ¿Puedo traerla a cenar a casa un día, mamá? —preguntó ilusionado.
     —Claro, hijo, claro —contestó su madre—. Oye, ¿no te habrá visto…?
     —No, mamá, no. Además, si así fuera, ya sabes que los llevo coloreados.
     —No es solución, Bolas Tristes, no es solución —intervino la abuela—. El día que te cases, a ver como explicas lo de la Macarena.
       — ¿Pero qué dices, abuela?
       La cena fue un éxito. La muchacha era encantadora y se veían francamente enamorados. A partir de aquel día Bolas Tristes y su novia aparecían por la casa regularmente, la cosa iba en serio.
     Un día la abuela lo interpeló:
      — ¿Cuándo piensas decirle la verdad, Bolas Tristes?
      —No sé, abuela, lo he pensado varias veces pero no me  atrevo.
      —Pues más vale que se lo digas antes de que se le queden las manos manchadas de pintura.
      — ¡Madre! —le riñó su hija.
      —No te preocupes, abuela, la pintura es potente, no se quita fácilmente.
      — ¡Pero coña! ¿Es que si te casas con ella vas a ir con los huevos pintados hasta la tumba? ¡¿Y qué me dices de la Macarena?!
      —La abuela tiene razón, Bolas Tristes, tenemos que decírselo tarde o temprano.
      —De acuerdo. Pero me da miedo que me deje.
      —Si te quiere no te dejará, hijo mío. Tú pídeselo a la Virgen que ella te tiene confianza y te ayudará. Si no te ayuda a ti, juro por mis muertos que me vuelvo atea. Además, a la pobre Virgen le vendrá bien descansar, que ya son años.
      El temido día llegó. La cena estaba siendo tan amena como siempre. Había una empatía natural entre la joven y la familia de Bolas Tristes:
     —Natalia —dijo al fin la madre—, la verdad es que no sé como decirte esto.
     — ¿Ocurre algo? —preguntó la joven, preocupada.
     —No, no. Es que… A ver… ¿De qué color son los huevos?
   —Hombre, pues los hay blancos y coloraos, ¿no? Por lo menos en la  pollería donde mi madre los compra.
      —No, no, uf —contestó la madre apurada
     —¡Ay qué inútil, hija! —interrumpió la abuela mientras Bolas Tristes se movía inquieto en su silla sin saber adónde mirar.
  —Mi hija no se refiere a esos huevos; se refiere a los testículos, ¡a ver si no se puede hablar con propiedad en los tiempos en que vivimos!  
     —¡Abuela! —exclamó azorado Bolas Tristes. Asustado por la mala impresión que estaban dando a su novia, decidió intervenir:
     —Basta ya. Creo que esto es mejor que se lo diga yo a solas. Vámonos Natalia, te explicaré por qué me llaman Bolas Tristes.
     — ¡No te olvides de lo de la Macarena! —gritó la abuela mientras se alejaban.
     Natalia se tomó como una declaración de confianza la confesión de Bonifacio Armendia. Lejos de abandonarlo se enamoró más de él. Lo admiraba por haber podido sobrellevar esa carga toda la vida y sin embargo tener un carácter tan encantador.
     Natalia y Bonifacio se casaron y al poco ella se quedó embarazada:
      — ¡Ay, qué alegría! —gritó eufórica la abuela— ¡La estirpe se perpetúa a pesar de todo! Esperemos que nazca niña,  hijo. Por el bien de todos, incluida la madre de Dios.
     —Saldrá lo que tenga que salir, abuela —contestó el nieto. 
     A los pocos meses supieron que se trataba de un varón. La abuela y la madre tomaron la   noticia con más preocupación  que el propio Bolas Tristes y su mujer:
     —Si viene otro Bolas Tristes al mundo, que venga. Al fin y al cabo no me ha ido nada mal —las tranquilizaba Bonifacio.
      El día del nacimiento, la madre insistió tanto en estar presente en el parto junto a Bolas Tristes, que los médicos, sabedores de su preocupación porque se repitiera el defecto de su hijo, la dejaron pasar. La abuela, inquieta permaneció sentada en el pasillo, justo a la salida del  paritorio. Los minutos parecían una  eternidad para la anciana , que rozaba el rosario con la estampa de la Virgen de la Macarena en el regazo:       —Virgen bonita, espero que le hayas pedido a nuestro señor que te dé de baja una temporadita larga como te llevo pidiendo hace tiempo. Que digo yo, que tendrás cosas mejores que hacer que trabajar de modelo —dijo mirando a la  estampa—. Que los saque rosadillos, virgencita, que los saque rosadillos —repetía una y otra vez.
      Y de repente, se oyó un grito procedente del quirófano: 
     — ¡Tiene los huevos como las mejillas de la Macarena! 
     —¡Aleluya! —gritó la vieja.



                         A Óscar Tissier Duarte

©Celia Seguí Hernández.   Todos los derechos reservados. 

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