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miércoles, 17 de junio de 2015

Las politicuchas del barrio (Crónicas Vienesas)

     Todas las Crónicas son hechos reales. Los nombres de las personas han sido cambiados para preservar su intimidad.



     A las pocas horas de aterrizar de vuelta de España, cansada y de mala gana (pedí que lo pasaran a otro día pero no hubo tu tía) me presento delante de la fotocopiadora del barrio. Suzane, la dueña, Elke, la de la quesería  y una morena rondando la cincuentena, como yo, con las tetas tan arrebatadas que  se le subían casi al cuello (pensé si se las habría subido con un arnés pero llevaba tirantes y con Wonderbra tampoco, que yo me lo he probado y a estas edades te las deja como papas arrugás, a lo canario).
     El caso es que cuando llegué estaban ya dándole al vino sentadas en una mesa “municipal”, de las que hay fijadas al suelo con sus respectivas sillas por toda la ciudad para el disfrute de los vieneses cuando el tiempo lo permite (de haber sido esto España, ya hubieran encontrado sito en las casas y terrazas particulares, como las macetas del Puente de las Flores de Valencia, que amanecía desflorado y lleno de calvas cada vez que la alcaldesa reponía los maceteros. Pero los austriacos carecen de nuestra  picaresca, los pobres). La mesa constaba de tres amplias sillas provistas de los cómodos cojines de quita y pon que la de la fotocopiadora  se  hizo fabricar a medida, tal cual si el acomodamiento fuera  suyo. Había tomado Suzane la precaución de sacar un largo banco sin respaldo, para que nos sentáramos Manfred y yo, y los espontáneos que se apuntan todos los años conforme nos van subiendo los vapores del alcohol y se monta la algarabía.
     Me senté en el banco ya malcarada, pensando en cómo tendría la espalda a las doce de la noche (eran tan solo las siete y media). La de las tetas se presenta efusivamente y me manifiesta su deseo de ser latina. Será cretina, pensé (tendría que haberla puesto a bailar salsa para ver si las “Manolas” le tiraban para algún lado o se quedaban tiesas, idiota de mí, ¡oportunidad perdida!). Era morena de bote (como yo, pero yo en rubio) y empezó a alardear de que ella parecía latina  con una energía desaforada que le quedaba postiza. “Con la cara de guiri que tienes”, pensaba yo.  
     Entonces Suzane me la presentó formalmente: “Elisabeth es la concejala del distrito”. Acabáramos, pensé, la tía de las flores (el año pasado fue criticada por comprar con nuestros impuestos macetas de flores en la floristería de una amiga y repartirlas de puerta en puerta entre los vecinos “para que las ponga usted en el balcón y embellezcamos el barrio”, decía la Barbie. (Por cierto, en Viena cada distrito está gobernado por según que partido). En estas estábamos cuando llega Manfred, mi marido, con los platos de embutidos y el pan. Suzane saca dos botellas más de vino y copas para nosotros. 
     Por la izquierda aparece entonces una especie de Virgen María mal retratada, fea de cojones pero con el místico puesto. La mujer toma asiento a mi lado. Ostras, qué agobio, pienso enclaustrada entre “la Virgen” y mi marido, con el calor que hace. Suzanne presenta a la  mística como otra concejala del barrio (no es casualidad que le pusieran la mesita y las sillas justo delante de su fotocopiadora y aunque en realidad no las soporta, tiene que quedar bien con ellas). En menos de cinco minutos las políticas habían entablado su propia conversación a mesa cruzada dejándonos a todos fuera.
     La de las tetas arrebatadas en un momento dado se levanta de un salto y se sienta en mi banco, al lado de la mística, que tira su culo más hacia mí dejándome completamente emparedada. Hacía un calor del copón y para más Inri había una fiesta un  poco más arriba en la calle con una banda de música que ponía los nervios al rojo vivo.
      Víctima atroz de la perimenopausia, sentí  como si me hubiera tragado un kilo de pimentón picante y empecé a sudar y a respirar convulsivamente: «me ahogo, me ahogo», le bisbisaba a Manfred. «Ponte aquí», me dice cediéndome su sitio. Y  yo: « que no quiero, que no quiero» (mira cómo sufro por haberme traído aquí después de medio día viajando, capullo, pensaba). Como en realidad miraba que me ahogaba, le pregunté a Suzane si me podía sentar en la silla que la de las tetas arrebatadas había dejado libre: «No, mejor quédate ahí», me dice yo qué sé por qué. Me quedé flipada.
      Desesperada empiezo a culear hacia la Virgen, pero espacio no había, así que poco pude lograr. «Yo me siento en la silla, carajo», le grito a Manfred en español para que nadie se coscara. Y apunto estaba de levantarme cuando un vecino se para a saludar y la Suzane le invita a  tomar asiento  en “mi” silla. Mi cara debía parecerse al Vesubio en erupción, así que antes de que me diera un soponcio me levanté y  con sonrisa fingida me disculpé y me piré a casa echando chispas, cabreada por partida doble porque para mi decepción  mi marido no me seguía.
     No hacía ni dos minutos que había llegado a casa cagándome en todo lo vivo,  cuando oigo la cerradura de la puerta y entra Manfred cabreadísimo: «Esas dos cabronas se han cargado todo el ambiente», me dice. «Que esperabas, políticos de hoy en día», contesto.  «Exactamente», me dice, «unas auténticas maleducadas».
    El resto de la noche nuestra conversación giró entorno a la arrogancia, prepotencia y absoluta carencia de educación de las gentes que nos gobiernan.
     «Y no te lo pierdas»,  dice Manfred, «la tipa (la de las tetas) ha llamado a la policía para que pararan la fiesta que había en la calle a las nueve en punto, y yo le he dicho:“¡Pero si tú estás aquí sentada y lo más probable es que te quedes hasta la madrugada! ¿Por qué te metes con ellos?” ¿Y sabes qué me ha contestado?, que nuestra mesa era pública y tienen derecho a estar hasta que les dé la gana».
      Con dos cojones o con dos tetones…este es el  nivel general de los que disponen nuestras vidas. Esperemos que algún día cambie.
    ¡De vergüenza!



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