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viernes, 26 de junio de 2015

Emigrar al extranjero ( Artículos)


     A lo largo de mi vida he emigrado en una ocasión dentro de España y en dos  al extranjero. A Inglaterra, a los treinta y dos años y a Austria a los cuarenta y cuatro. En las dos ocasiones fue una experiencia difícil, pero la segunda y definitiva (espero) superó con creces a la primera en cuanto a nivel de dificultad por varias razones.
     En ambas ocasiones experimenté un sentimiento como de rotura interior. Y es que esto es lo que suele pasar cuando dejas atrás “todo”. Emigrar al extranjero significa abandonar todo o casi todo cuanto conoces para crear desde la nada una nueva vida. Casi nada.
     Nunca  he sentido la soledad de manera tan profunda (y eso que la segunda vez estaba ya con mi marido).
     El entorno en el que has crecido (hablamos del país), al que estás acostumbrado desde la cuna, ya no está. Todo es ajeno a ti. Te sientes como si te hubieran quitado el suelo de debajo de los pies. Las  personas te hablan en una lengua que aunque ya hayas aprendido no es la tuya, una lengua que te va a costar esfuerzo hablar y entender (me vine con un nivel avanzado de alemán y seis años después en ocasiones  me cuesta entender una película o a determinadas personas, y eso teniendo facilidad para los idiomas. Que una lengua se aprende viviendo en el país en cuestión es un mito al que dedicaré otro post: sin esfuerzo no se aprende nada).
     En medio de esta soledad, la mayoría de los emigrantes comenten lo que para mí es un error: buscan inmediatamente amigos de su tierra, con el resultado de que en  muchas ocasiones acaban viviendo más en un ghetto que en la tierra de acogida. Las personas no somos mejores por ser de un país u otro ni por ser de tu país van a ser mejores amigos. Emigrar es como un duelo que durará más o  menos según las circunstancias y la forma de ser de cada persona. En mi caso, duró mucho, muchísimo, quizá porque la segunda vez había descartado la opción de volver si las cosas no salen como uno quiere. Cuando tomo una decisión voy hasta el final, pase lo que pase. En mi opinión solo así completas tus experiencias.
     El sufrimiento se suaviza con el tiempo, pero no pasa si no quieres que pase. Hay emigrantes   que no dejan de quejarse  de todo: que si la falta de  sol, que si el carácter de los españoles, que si la comida. Comparar una cultura con otra, algo en lo que todos caemos alguna que otra vez, es un error. Hay que buscar lo positivo de la cultura del país de acogida, que seguro es mucho. Y al final uno acaba aceptando  que nada es perfecto y que en realidad todos somos ciudadanos del mundo.
     Los puntos positivos de emigrar superan con creces los negativos: hacer nuevos amigos, hablar una nueva lengua, viajar más, conocer en profundidad una cultura muy diferente a la tuya, lo cual no hace si no enriquecerte como ser humano y abrir tu mente. A tu gente, la de verdad, nunca la pierdes, no la ves tanto como desearías pero en contraposición tu vida se llena de personas con vidas muy vividas. Gente que como tú ha arriesgado y está llena de experiencias. En las mesas a menudo confluyen personas de diversas nacionalidades y en ocasiones  se manejan  hasta  tres lenguas en una misma conversación. Nada más rico y la mejor cura para ridículos nacionalismos.
     Siempre he dicho que cualquier persona debería pasar mínimo un par de años en un país extranjero buscándose la vida. Si yo fuera madre animaría a mis hijos a hacerlo. Es el mejor regalo que una persona se puede hacer a sí misma y es genial para la autoestima.
     Y ahora, digo lo mismo que mi amiga Nuria, una granadina que lleva once años en Viena, decía anoche tomando unos vinos: “A mí de Viena no me mueve nadie”.


     A mí tampoco.


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