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domingo, 21 de junio de 2015

Die Firmung o la Confirmación ( Crónicas Vienesas)

     Todas las Crónicas son historias reales.



     El domingo pasado fue die Firmung (la Confirmación) de uno de mis sobrinos. Me tiré un par de semanas haciéndome a la dolorosa idea de levantarme a las 6.30 un domingo por la mañana, pues aquí, con tal de comer  a las doce te largan la misa de Confirmación, Comunión o lo que sea, a las nueve  de la mañana.
      Fue un día inolvidable, sin duda. Alterada por el domingo que me esperaba, abrí los ojos a las cinco de la mañana y así permanecieron hasta que sonó el despertador a las  seis y media.  Nos esperaba un viaje de una hora a Tulln, donde a las ocho y media  debíamos reunirnos con el resto de la familia a la puerta de la iglesia.
     Al ser Manfred el padrino, pensé que habíamos quedado media hora antes de la misa para ensayar, pero de eso nada. A las 8.30 en punto estábamos todos los austriaquitos y yo sentaditos en nuestros respectivos bancos de la abarrotada iglesia. « ¿Pero para qué leches viene todo el mundo tan pronto si no hay ensayo?», me pregunté fastidiada.
     Y así  transcurrió la primera media hora de este eterno día, sentada, observando los horrorosos cortes de pelo de las parroquianas, su nada favorecedora indumentaria, sus caras ausentes muchas de ellas de maquillaje, su incomprensible indolencia en lo que se refiere a su apariencia física. Tomar conciencia de mi guapura al lado de tanto pelo-paja, me hizo más llevadera  la primera  media horita, para que nos vamos a engañar.
     A las nueve en punto llegó el arzobispo y el cura del pueblo. Los feligreses nos levantamos y empezó el show. Un desafinado coro comenzó a cantar. En lugar de un coro celestial parecían una versión mala de los Beach Boys cantando “Surfing USA”. Se largaron un libreto entero en las dos soporíferas,  infumables horas que duró la  misa.
     Como al cumplirse  la primera hora  para mi desesperación  empezó a quedar claro que aquello iba para largo me saqué la libretita del bolso y empecé a tomar notas para mi “Crónica Vienesa”. Acto seguido  me eché una cabezadita, al rato entreabrí los ojos y vi que mi sobrino mayor también dormitaba plácidamente a mi lado, así que me di a sobar de nuevo.  Llegó por fin, no es que lo esperara con ansias, el momento de darnos la paz. « Friede sei mit dir», me dice mi cuñada dándome la mano. «¡Y con tu espíritu! », exclamo en español, intuyendo en el fondo que esa frase aquí no va.
     Al rato, empieza el personal a  extenderse desde los bancos a los pasillos. Confusa, pregunto que qué pasa; mi cuñada me hace una señal con las manos indicándome que debo desplazarme hacia el centro; lo hago y lo próximo que sé es que un señor desconocido a mi lado me mira y me coge de la mano, horrorizada por lo embarazoso de la situación, me meriendo otra cancioncita del disonante coro, agarraditos los dos.
     Llegado el momento de la Comunión, la iglesia en pleno se dirige a tomar el Cuerpo de Cristo, y para avanzar, una señora sale en ayuda del cura y reparte hostias en una esquina. Estaba tan muerta de hambre que estuve a punto de ir a por una, pero me resistí a la Sagrada Comunión (aunque católica de nacimiento no profeso ninguna religión). No así Manfred, mi marido, a quien, incrédula, veo dirigirse desde el tercer banco al altar. Más tarde, al preguntarle en el coche por qué había comulgado me confirmó lo que yo intuía: «estaba muerto de hambre ». 
     Y como todo se acaba, también el arzobispo, que el único atino que tuvo fue admitir que ir a misa era aburrido, puso fin al suplicio.
     Tras dos horas y media, salimos a la lluvia y al frío, donde una banda de música sacada de un desfile americano guió a la manada de feligreses hasta una fría cueva subterránea en la que nos sirvieron un par de vinos.
     Se impuso la hora de ir a comer, y a las 12.00 en punto entrábamos los dieciséis miembros de ambas partes de la familia al restaurante. Sobre la mesa, en el cartelito de la reserva  advertí que en realidad llegábamos tarde, pues la reserva estaba hecha para las 11.30  ¡Oh! ¿Cuándo me acostumbraré a estos horarios?
     Olvidémonos del aperitivo, ¿qué es eso?, o de la paella, del cordero, del marisco, de todos los manjares que los españoles comemos en las ocasiones más señaladas. La carta era la de siempre: filete de pollo empanado, filete de cerdo empanado, filete de pavo empanado…Todo se sirve aquí empanado. En menos de una hora, nos habíamos zampado los platos de empanados con patatas, en silencio una gran parte de la mesa. No pude por menos de añorar el bullicio de nuestras comilonas en España, los cafés después del postre, la copita para acabar la fiesta. “Na de na”, dos copitas de vino  y mi filete empanado fue todo lo que me llevé a la boca.
     Pero no nos engañemos, no es que no les guste comer ni beber, en general se come y se bebe más que en España. Tras la comida fuimos a casa de mi cuñada donde se sirvió el café, y cayeron dos tartas enteras servidas en descomunales porciones. Sin mediar pausa, una vez acabada la merienda, se sirvieron varias botellas de vino y… ¡el aperitivo! ¡El mundo al revés!  Pero eso mismo deben de pensar ellos cuando vienen a mi casa invitados, a juzgar por sus constantes quejas cuando les planto los chips y los cacahuetes delante de las narices. Ya van dos familias que se me han quejado: «No nos queréis dar de comer, por eso nos hartáis con chips y cacahuetes. »  «Exacto», les contesto yo siempre. «¡Así coméis menos y me salís más baratos!»
     No estoy segura de que se lo tomen a broma.

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2 comentarios:

Opiniones incorrectas dijo...

Jajajajaja no había leído esto y estoy por los suelos.

Lo del señor desconocido es brutal y las dos horas y media en misa un suicidio asistido xDDD

Besos

Celia Segui dijo...

Jajajaja

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