""
Bienvenido al blog de Celia Seguí
RSS

martes, 26 de mayo de 2015

Una vida en blanco ( relato dramático)




Relato sobre las últimas angustiosas horas de una Estrella de Cine.



     Sus párpados temblaron asustados, hostigados por un mal sueño. El aliento, entrecortado, luchaba por aferrarse a un resquicio de aire, ese aire que parecía querer librarse de ella para siempre. La cabeza, coronada de serpientes rubias deslizándose a ambos lados de su cara, se agitaba  intentando  espantar los monstruos noctívagos.
     Los ojos se abrieron arañados por los primeros rayos de sol; la mirada se derramó exhausta sobre las sábanas blancas de raso. Esas mismas sábanas que cubrirían su cuerpo sin vida al caer de nuevo la noche.
     Las noches se sucedían como malditas extensiones del día; y, mientras el mundo dormía, ella, semejante a un faro penado a presenciar las constantes contiendas entre la noche y el día, alumbrando la oscuridad con su blonda cabellera, permanecía pavorosamente despierta; asida, a su pesar, a la vida.
      Aturdida por la ingente cantidad de somníferos que su cuerpo se había acostumbrado a tolerar se levantó y se dirigió al baño. Su cara, de 36 años, reflejaba en el espejo una belleza sobrehumana: como si para contrarrestar las ojeras y  el mate en la piel y  ojos  absorbiera la luz de cualquier superficie reflectante y la engullera. Al igual que un pigmento  absorbe los rayos de luz.
     Quizá fuera por haber vivido siempre en la oscuridad por lo que era tan luminosa, por lo que había aprendido a convertirse en una lámpara que se enciende y se apaga a voluntad. Una bella lámpara colgada en lo alto, inalcanzable, resplandeciendo solitaria en un gran baile de máscaras.
     Refrescó su cara con abundante agua y se dirigió a la cocina. Con qué esperanza había comprado hacía  pocos meses su casa, la primera casa que poseía, un pedazo de tierra a la que pertenecer al fin. Está tan vacía, pensó, mientras atravesaba la mullida moqueta blanca del salón. Todo era blanco, estéril, un reflejo de su propia vida: sin padres ni hermanos ni marido ni hijos ni familia alguna a la que recurrir.

     Porque siempre había sido eso exactamente, un candil transportado de casa en casa, intentando captar con su destello el amor de las numerosas familias de acogida; o como la imagen al otro lado del espejo que trata de  atrapar en vano un atisbo de realidad, sabiéndose condenada desde el origen a no formar parte jamás de la vida de los otros.
     Por eso probablemente me hice actriz, pensó, mientras abría el frigorífico  y  se servía un zumo de frutas. Al fin y al cabo, ¿no había logrado el amor del mundo entero? Pero...un amor que no abraza, ¿es amor?, se preguntaba. ¿Por qué tenía que conformarse con vivir las vidas ajenas de sus personajes? ¿Por qué lo único que la vida le había concedido era el éxito profesional?
      El reloj de la cocina, celoso de su carismática presencia, decidió tomar protagonismo: el gris plomizo de su voz saltó súbitamente de la pared, y una hilera interminable de tic tacs  invadieron  sus oídos martilleándolos —torvos, dolorosos, torturadores—, determinados a recordarle quién tenía el control.
      Deseó ser inexistente, escapar a la angustia del tiempo. Pero no: ella siempre había luchado; era experta en alumbrar la oscuridad, se recordó. Cerró los ojos, sorbió su zumo, los abrió, fijó el azul de sus pupilas en  las mangas blancas de su albornoz (el blanco lo diluía todo; por eso lo amaba tanto).
      Los pensamientos y el blanco no eran compatibles; tampoco el blanco y los tic tacs del reloj: demasiado inmenso, silencioso, estéril, pensaban los tic tacs.
     La mirada clavada en la manga blanca quedó ahí suspendida, y ella voló a algún lugar remoto de su imaginación; mientras los tic tacs se retiraban a su escondrijo en el reloj de la cocina guardando un terrible secreto que nadie más sabía: que  esa noche cuando las varillas marcaran  las diez y veinte, ella se desgajaría para siempre entre el blanco de sus  sábanas; en cambio, ellos seguirían penetrando los segundos, empujándolos hacia delante, exhortándolos a seducir a su amada productividad eternamente; porque... ellos tenían el control.

En aquel lugar remoto de su imaginación existía la niña que fue. ¿Por qué no la dejaba en paz? La odiaba. Esa huérfana no querida. Aunque, no era huérfana; su madre vivía, o al menos existía en algún lujoso sanatorio psiquiátrico.
     Respecto a su padre, nunca supo quién fue. A su madre no la quería ver: demasiado dolor. No entendía por qué había permitido que su mente enfermara dejándola a ella sola a tan tierna edad ¿Cómo había podido? Nadie que ame de verdad puede enloquecer, pensaba. Enloquecer es un acto egoísta y cobarde, una huida.
     Y, porque había huido de ella, sabía que no la quería.
      Ella, sin embargo, siempre había temido enloquecer; porque estaba sola, sin nadie a quien amar.  « La locura se hereda, y es fruto del desamor», le decían sus psiquiatras. Aunque, en realidad, no tenía nada que temer: el público la amaba  y vivía para él;  no podía huir, no podía decepcionarles volviéndose loca; además, ella también lo amaba.
     Pero... ¿es amor el que no abraza? Y, ¿cómo sobrevivir a los torturantes tic tacs sin nadie a quien abrazar? ¿Cómo mantener la mirada en el blanco el suficiente tiempo para no sucumbir a la locura?
     Un hijo, un hijo hubiera sido su salvación. ¡Cómo había deseado tener un hijo! Y, ¡cómo había amado los tic tacs aquel día en que supo que estaba embarazada! ¡Con qué ansiedad había esperado el paso del tiempo, la llegada del  día en que tendría a su niño entre sus brazos! Al fin una familia, alguien a quien pertenecer, por quien vivir: un amor que abraza.
     Pero aquella terrible enfermedad... ¿Por qué el diccionario no se revelaba ante todas las palabras horribles que manchaban sus páginas blancas?
     «Endometriosis» le dijeron los tic tacs, taladrando su oído con la horrenda combinación de sílabas.
     Aunque...podía intentarlo de nuevo tras una operación, le habían dicho los médicos.

      Y aquel marido, el tercero, el que iba a salvarla por fin del naufragio interminable que era su vida, el que le había devuelto la fe en sí misma, él también la animaba. ¿Por qué no?  Todo no podía ser tan malo en su vida. De pequeña, las católicas familias de acogida siempre le decían que tuviera fe, que si era buena Dios la premiaría. Pero yo soy buena, había pensado entonces. ¿No era más fácil que ellos la premiaran con un poco de amor? ¿Tenía que esperar a Dios? ¡Dios estaba tan lejos! Eso era: ella no era digna de amor.
     Entonces llegó él y le dijo que era digna; la amó; la animó a aquella dolorosa operación. Y los tic tacs del reloj se disfrazaron de música celestial el día en que supo que estaba embarazada otra vez. Y el marido la amó aún más, admirado por su valentía. Al fin y al cabo era buena y Dios la  premiaba al fin. Tenía que tener fe.
     No obstante, los tic tacs se aburrían si vestían  a menudo de colores, y, como su voz era plomiza, disfrutaban más ataviándose con harapos grises y malolientes. Por eso descendieron de la pared de aquella blanca habitación de hospital, vestidos de horror, y la martillearon de nuevo con aquella terrible palabra: En-do-me-trio-sis.
     Nunca pudo superar la humillación de un segundo aborto. Ella era la culpable de que ese hombre, que por fin la amaba, no tuviera la alegría de un hijo suyo. No; definitivamente no era digna de amor.
     
     El fruto maduro de una palmera decidió desprenderse, golpeó la  ventana de la cocina y ella volvió al blanco de su manga. ¡Ah! Este promete ser un sábado muy cansino, pensó, mientras se levantaba y dejaba el vaso en el fregadero. Echó un vistazo a la cocina: estaba orgullosa de los alegres azulejos mexicanos que había elegido. Sonrío. Cuando esté acabada será una casa bonita; un verdadero hogar, pensó.
      Pero sola, estás sola, le susurró un pensamiento traidor justo antes de echar a correr. Y un globo blanco como la nada se hinchó súbitamente en su  pecho robándole el aire. Todo a su alrededor se confabulaba para hurtarle el aire, para gritarle que no tenía derecho a él. Cruzó corriendo el comedor; salió al jardín; estalló al fin en una gran bocanada de aire blanco de agosto. Tenía derecho a vivir, a pesar de lo que le gritaran miles de globos blancos.
     ¡Blanco!...de repente se acordó de Max ¿Cómo podía haberlo olvidado? No estaba sola, aquel pensamiento que había echado a correr, le mentía: tenía a Max. Cruzó la casa a toda prisa, salió a la fachada principal y se dirigió al bungalow de invitados.
     — ¡Max! —gritó. Y una pequeña bola blanca, lanuda, le abrazó las piernas, brincó, y le sonrió con sus pupilas perrunas.
     De vuelta en el salón decidió leer un poco, quizá así se quedaría dormida. Buscó entre las revistas algo que leer. «Maureen Drexler, la esposa de Guy Green, ha dado a luz a una niña». ¿Por qué no lo tiraba? ¿Por qué se castigaba una y otra vez con ese titular? La congoja le estrujaba el cuello; los celos repuntaban el corazón como rabiosas costureras solteronas, puntada a puntada, puntada a puntada; la rabia, roja como las paredes del infierno, le mordía el estómago como un perro furioso; la pena —siempre humilde, siempre humillada— luchaba por abrirse paso subiendo costosamente desde el estómago, atravesando el corazón lacerado, empujando por la  tráquea, hasta librarse de aquella caterva de rufianes  y nadar libre en un mar de lágrimas nimias.
      Apenas se había cumplido un año de su divorcio y él ya había tenido  un hijo con su nueva esposa, una mujer digna de ser amada, una compañera que  no le había fallado. ¿Por qué? ¿Por qué tanta tortura? Hacía mucho que no tenía buena opinión de Dios, caso de que existiera en absoluto.
   
      Las llaves giraron en la puerta principal, y ella violó su dolor: esa mujer espesa, cachazuda, irreverente, fea; esa mujer espantosa entraba en su salón con llaves propias y violaba su dolor. Y hacía y deshacía a voluntad, en su propia casa; porque así lo había dispuesto el doctor Davenport, su psiquiatra. La echaré, mañana le diré que el lunes no vuelva, pensó. Despediría a todos, incluido el doctor Davenport.  Era hora de empezar a vivir, de fumigar los insectos que se pegaban a su lámpara, chupando su luz, formando una muralla negra que la apartaba del mundo real, que impedía a la poca gente que le importaba acercarse a ella.
     —Buenos días señorita Meredith —saludó la intrusa.
     —Buenos días señora Cartwright —respondió con voz casi inaudible mientras guardaba la revista bajo la mesa. ¿Por qué la miraba así? ¿Es que no tenía derecho a estar triste? Esa sensación de superioridad, ¡cómo odiaba a esa mujer!
     La misma mirada condescendiente del personal de aquel hospital psiquiátrico, recordó horrorizada. Aquel aterrador hospital. Sólo de pensarlo se le quebraba el alma. ¡Cuánta traición en 36 años de vida! Pero la traición de la doctora Malone fue la mayor de todas. Ella, que había depositado en la psiquiatra toda su confianza, que la había dejado pasar al otro lado del espejo —ese lado en el que habitaba sola con sus monstruos—, fue traicionada de una forma brutal.
     Fue después de su último divorcio. Se derrumbó, y ¿quién no se derrumba tras un fracaso matrimonial? La doctora Malone la convenció para ingresar en aquel hospital: —te tratarán por agotamiento emocional —le dijo—. Es el mejor hospital. Estarás muy bien —. Y ella la había creído.
       Aquella celda blanca, blanca como la inexistencia, pero al contrario de ésta, tan dolorosa. Sin enchufes, sin ventanas, sin cajones; nada con lo que se pudiera dañar. ¡Pero ella no quería dañarse!, gritaba a los médicos a través del ventanuco de la puerta blindada; ¡Era un tremendo error! Estaba allí para descansar por agotamiento emocional. No, no era cierto; ella no se daba cuenta pero estaba muy enferma mentalmente, le decían los médicos (con esa misma mirada impertinente, la mirada de la señora Cartwright violando su dolor, allí, de pie, en la entrada de su casa).
     Y el pánico, como un dardo envenenado, se incrustó en su cuerpo. Y, de repente, todos los pensamientos sobre la locura que la habían perseguido durante  su vida entera cobraron vida propia y se abalanzaron sobre ella, negruzcos, con sus faces dantescas, sus rotos lamentos, difuminando el blanco de la celda, gritándole que existía, que estaba terriblemente viva. Chilló, chilló desgarrada por dentro; enloqueció brevemente, y paró. Sabía que no estaba loca. Y allí, acurrucada en el suelo, lloró silenciosamente, lloró el total abandono de su alma.
     La mujer más amada y admirada del mundo carecía del amor que abraza. Y  le lloró, le lloró; por si el amor se conmovía y acudía a salvarla.

     Allí, de pie, en el umbral de la puerta, la señora Cartwright, con su mirada altanera, se sintió plena, poderosa, como se siente el gobernante déspota que somete al talentoso para ocultar ante sí mismo y ante el mundo los jirones  míseros que revisten su alma.
     —Tiene mal aspecto. Llamaré al doctor Davenport —dictaminó la señora Cartwright. Y el pequeño Max gimoteó y se enrolló en un ovillo de lana. Odiaba a la señora Cartwright, ese agujero negro en su espacio de moqueta blanca que lo engulliría si se acercaba a él, así la percibía Max.
     —No, señora Cartwright, no lo llame; estoy bien. Sólo necesito dormir un poco —. Max adoraba la dulce voz aniñada de su ama; y, vista a ras de suelo, la cabellera plateada, la luz que irradiaba sobre su mundo de moqueta blanca... era su sol; la adoraba; y a su manera, con sus cuatro patitas, la abrazaba.
     —Lo llamaré igualmente —insistió el agujero negro.
     Ella, resignada, hizo oídos sordos y se retiró a su dormitorio.
     Ya es la hora de comer, pensó. Pero tenía que estar delgada para embutirse en el ceñido traje que tenía preparado para la fiesta de esa noche. No, no comeré, se dijo. A lo mejor asistiría él; le había prometido que si lograba encontrar una excusa creíble  dejaría a su mujer y sus hijos en el rancho en el que pasaban el fin de semana y volaría en avión privado para asistir a la fiesta; para verla. La deseaba, le decía. Y ella se había enamorado como una colegiala. ¡Era tan guapo! y ¡Tan poderoso! Tan poderoso que podía hacer lo que quería, por eso dejaría a su mujer por ella.
     Su anterior marido también había dejado a su mujer por ella; conseguir enloquecer a un hombre no era su problema; sabía hacer sus deseos realidad.

     Pero... sus monstruos... ¿cómo mantenerlos a raya?  Tarde o temprano ellos los veían.
    Se enamoraban de su luz, de su dulzura, de su inteligencia y  talento, de su  alegría —porque podía ser la criatura más alegre y más triste del mundo, se daba en ella esa dicotomía—, de todas las maravillosas cualidades con que Dios la había dotado —el mismo Dios que se olvidó de su obra, quizá por considerar que ya había sido lo bastante generoso—, hasta que se abría delante de ellos el abismo oscuro de su pasado de huérfana y por el subían una miríada de monstruos y de seres esperpénticos.
     Sólo un héroe podía rescatarla del yugo de  esos engendros, y él lo era. Sabía que lo era. Una vida amable la esperaba más allá de los monstruos y de los agujeros negros y de los psiquiatras.
     —Tengo que dormir algo, tengo que estar descansada y brillante para esta noche —. Cogió uno de los múltiples botes de pastillas que cubrían su mesilla de noche, engulló un puñado y se tumbó.
    
     Mientras los tic tacs del reloj  de la cocina golpeaban furibundos las manillas del reloj —deprisa, deprisa, apremiaban—, la señora Cartwright telefoneaba al doctor Davenport.
       —Tenemos problemas doctor. Creo que está deprimida otra vez. Y creo que debería usted venir —murmuró, mientras arreglaba el cuello de su camisa: importante, solemne, con la satisfacción impostada de quien sabe que se ahoga en un mar de normalidad.
     —Voy enseguida señora Cartwright. Por favor, vigile usted que no tome demasiadas pastillas —. La señora Cartwright se preguntó cómo, sin embargo lo prometió: la eficacia no plantea dudas.
     El doctor llegó; saludó al ama de llaves, grave,  trascendental, como un maestro de ceremonias antes de presentar un acontecimiento de máxima importancia.
      — ¿Dónde está?
     —Se ha encerrado en su habitación hará como una hora y no quiere salir.
Le he dicho que le llamaría a usted, pero no quería saber nada del asunto.
           — ¡Mary Ann ! —llamó el doctor. No hubo respuesta. El psiquiatra abrió la habitación ( tenía derecho, su condición de sanador mental le daba derecho a invadir cuantas mentes enfermas creyera conveniente sin pedir permiso; él tenía el bisturí, las herramientas adecuadas para coser y cortar, coser y cortar todo cuanto él considerara anormal. Y gracias a este sublime poder sanador conseguido a base de leer tantísimos libros, aparecía siempre erguido, lúcido, clarividente, sacramentalmente preparado para empezar su ceremonia.)
     —Por favor, doctor, necesito descansar —alcanzó a balbucear la voz ahogada en sustancias químicas.
     —Por dios santo, ¿Cuántas pastillas has tomado? —preguntó mientras examinaba el único bote abierto entre los quince que había sobre la mesilla.
     —No lo sé doctor, unas cuantas. Tengo que dormir para la fiesta —murmuró.
     —Habíamos acordado que fueras dejándolas poco a poco. ¡Señora Cartwright! —llamó, asomándose al pasillo—. De momento no hay peligro, pero vigílela y que no tome más fármacos. Que vaya esta noche a la fiesta y se distraiga. El lunes tenemos una sesión y hablaremos sobre su estado de hoy. Yo me voy, tengo una cena esta noche.
     —Descuide, doctor —replicó el ama de llaves.

     En la penumbra del dormitorio la voz de Frank Sinatra susurraba  As Time Goes By.  En la cocina, los tic tacs del reloj acababan de dar las ocho, impacientes, con la ansiedad de los que se niegan a disfrutar el presente. El teléfono, en el suelo del dormitorio, sonó. Ella, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, contestó.
    
      Era su amigo, el anfitrión de la fiesta a la que debía asistir:
      —Él no asistirá, irán a verte para hablar contigo. De todos modos espero que vengas a la fiesta —. Pero por qué, y quién iba a venir a verla, y, por qué motivo. No; no tenía ganas de ir a la fiesta. Lo llamaría. Tenía que hablar con él.
      —No lo llames, no puedes hacer eso, es un hombre importante. Está con su familia; no puedes poner su vida familiar y su carrera en peligro. Si esta relación sale a la luz, será el fin de su carrera — le advirtió.
     La sombra de un monstruo se proyectó sobre la moqueta blanca del dormitorio: Vete, vete, no eres real, le decía. ¡Él la quería!  ¡Le había dicho que no estaba enamorado de su mujer!  Además, ¡él era el héroe que la rescataría al fin de los monstruos! «Vete, vete, no existes» repetía.
     Dios estaba en deuda con ella. Había esperado toda su vida. Y el amor era el pago justo, no podía ser de otro modo; si no....estaría perdida: — ¡No cabe más dolor en mi alma, no cabe más dolor! —gritaba la voz interior.
     Además, él...estaba enamorado, lo sabía; le pertenecía. —Le llamaré; es mi amor; vendrá a abrazarme. Lo llamó, lo llamó unas diez veces. El señor no se puede poner, le dijeron; o, «haga usted el favor de no volver a llamar».
     Y su mente flotó vagando por la habitación, chocando con una pared blanca, rebotando contra la otra, como una pelota de ping pong: la preferida de Dios, cuando éste se dignaba a existir. Vagaba anticipándose a la muerte; intentando verle la cara antes de ir a su encuentro... por si se arrepentía. Pero si volvía, si su mente dejaba de vagar y de rebotar, entonces vería al monstruo, a este en concreto, que planeaba su inmensa sombra negra sobre la moqueta de la habitación. ¡No, no quería ver al monstruo!
   
      El timbre de la puerta principal sonó. Ella no oyó nada. Flotaba como una lámpara solitaria en el techo del dormitorio. Proyectando la plata de su pelo sobre la sombra del monstruo. La señora Cartwright abrió. Dos señores con trajes oscuros, importantes, muy importantes  —tanto que la señora Cartwright quedó transformada, sintiendo como una vaporosa muselina rosa pálido trepaba por sus piernas , se deslizaba sensualmente por sus caderas , acariciaba sus senos marchitos rociándola de placer, y la impregnaba de una extraña condición de majestad —, entraron. Max, que percibió la transformación de la señora Cartwright como una expansión del agujero negro, salió despavorido entre las piernas de los hombres en dirección a su camastro de la casa de huéspedes.
          — ¿Qué se les ofrece, señores? —inquirió su majestad.
          — ¿Dónde está la señorita Meredith? Nos manda el senador Johannson.
     —Síganme, por favor —replicó la señora Cartwright mientras ondeaba, envuelta en  muselina rosa pálido, hacia el dormitorio de la señorita Meredith.  —Señorita Meredith, tiene visita —anunció golpeando la puerta.
     La puerta se abrió, ella apareció en su albornoz blanco, pálida como la luz de la última luna que ya afloraba sobre los setos del jardín. La echaron atrás, los hombres importantes entraron y cerraron la puerta tras de sí; y, en el corredor, la muselina de la señora Cartwright se evaporó.
     —Deje en paz al senador Johannson —la conminaron.
     — ¿Quienes son ustedes? ¡Fuera de mi habitación! ¿Con qué derecho...? —gritó intentando salvaguardar un último resto de dignidad.
   —El senador nos manda a decirle que si vuelve a contactarle tendremos que tomar medidas drásticas.
     La habitación daba vueltas a su alrededor; no podía estar sucediendo; sentía su cuerpo huir, alejarse del alma repudiada. ¿Qué cuerpo querría albergar un espíritu condenado al rechazo desde la cuna? Enloqueció: golpeó aquellos monstruos disfrazados de elegancia. ¡Cobardes!  ¡Cobardes! ¡Cobardes! chillaba la voz enajenada, independiente, desligada de cualquier voluntad; ya no había voluntad, solo el llanto del dolor enquistado.  
     La señora Cartwright, alarmada, entró. Ayúdenos a calmarla, le pidieron.
     La atraparon entre los tres, como a un animal enjaulado; la echaron sobre la cama
     —Le daré una injección calmante —dijo el ama de llaves.
     Sabía como tratar a los locos, había sido enfermera y tenía instrucciones precisas del doctor Davenport en casos extremos, les dijo. Preparó una jeringa; la aplicó sobre el animal herido.
     —Váyanse, ya me encargo yo —declaró la voz de la experiencia.
     Mary Ann, tendida en la cama, vio alejarse a los lobos pardos a través del poco azul que quedaba en sus pupilas.
     —Duerma un poco señorita Meredith. Mañana a primera hora llamaré al doctor Davenport. Vendrá aunque sea domingo, así que no tiene de qué preocuparse.
     Dejó encendida la lamparita de noche y se encaminó a la cocina a preparase una infusión relajante. Tratar con locos es un trabajo muy estresante, se dijo. El lunes pediría un aumento de sueldo, pensó. ¿Qué hora era? Ah, sí, las diez menos cinco, rieron los tic tacs del reloj. Habría que cenar algo.
    
     Un grillo chirriaba enojando a la brisa nocturna, que mecía a las anémonas del jardín tratando de dormirlas. Indignada, alcanzó a infiltrarse por la ventana del dormitorio en penumbra. Rozó una  piel desnuda con aroma a  vainilla amarga. Ella sintió el abrazo y se estremeció llena de agradecimiento. La brisa la acunó; le susurró al oído que no estaba sola. Una lágrima surcó su rostro de porcelana rota. Extendió la mano hacia la mesilla de noche: serena, llena de dignidad infinita, y engulló las últimas píldoras.
     No había más monstruos, sólo el blanco sosegado de las sábanas.

     Al otro lado del jardín, en el bungalow de invitados, la brisa rozó la nariz de Max impregnándola de un aroma a vainilla amarga. Max saltó sobresaltado, rascó la puerta enloquecido. Aulló desde las entrañas de su diminuto ser intentando espantar aquel olor a muerte. Temblaba horrorizado, arañando aquella perversa puerta que hería sus pezuñas y le  separaría de su amada para siempre.

     Exhausto, frustrado, doloridas las pezuñas sangrantes, se enroscó  en su pequeño ovillo de lana y sollozó abandonado a la luz blanca de la luna.
      Su sol se había apagado para siempre.

       En la cocina, la señora Cartwright había acabado de cenar. ¿Qué hora es? Se preguntó mirando el reloj. Oh, las diez y veinte ya. Hora de irse a la cama.

                                       A la memoria de la actriz Marilyn Monroe.





2 comentarios:

Tania (Sevilla desde La Giralda) dijo...

La verdad es que desconocía esta faceta tuya de escritora de relatos cortos.

Me ha resultado un texto sublime que te mantiene enganchado hasta el último suspiro.

Un abrazo.

Celia Segui dijo...

Mil gracias, Tania, de corazón.
De todos modos este lo pienso repostear para el 90 cumple de Marilyn.
Muchos besos

Publicar un comentario